Teodicea

    La teodicea es una disciplina filosófica ideada por el pensador alemán Gottfried Wilhelm Leibniz en una de sus más célebres obras, Ensayo de teodicea acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. En ella pretendía defender a Dios de las acusaciones más tradicionales contra su bondad o su existencia.

    Estas acusaciones se basaban en una serie de argumentos que son ya clásicos. Entre ellos destacan, por ejemplo, la consideración del mal en la existencia y la omnipotencia de Dios, que decía lo siguiente: Es una evidencia que el mal existe en el mundo, sin embargo, esto compromete gravemente la existencia de Dios; ya que, si éste es bueno, es imposible que quiera que el mal sea; sin embargo, si no quiere que la maldad sea pero ésta existe, es porque no es omnipotente, y por tanto no existe. Otra opción es que la existencia del mal no dependa de él, lo que supondría también que no lo puede todo.

    La teodicea pretende, por tanto, salvar a Dios de las acusaciones que surgen a partir de la consideración de la existencia del mal en la existencia; además de la consideración de la libertad humana en el mundo, ya que es un argumento clásico que el mal es el fruto del libre albedrío.

    Las respuestas de Leibniz a las acusaciones contra Dios no pudieron ser menos sorprendentes, por su clasicismo, como más brillantes, por su genio. Si Dios permite el llamado mal es porque éste es completamente relativo, dice Leibniz. Lo que quiere decir que todo lo que le parece malo al hombre es, en realidad, la parte de un gran plan perfecto en el que este mal no hace sino aumentar el bien. Por tanto, Dios no sólo es bueno, sino que además es omnipotente, lo puede todo.

    Por otro lado, el hombre es libre. Es cierto que Dios decide cómo va a ser toda persona, puesto que es omnipotente y todo lo anticipa en su plan divino; y que al decidir cómo va a ser cada persona también decide cómo va a comportarse. Sin embargo, hay que entender, dice Leibniz, que Dios sólo imprime una tendencia, no una acción. Las tendencias se pueden combatir por uno mismo, y, en definitiva, es el propio hombre el que decide si seguir sus tendencias o cambiarlas. Existe pues el libre albedrío.