Historia del cristianismo

La historia del cristianismo nace de manera oficial con la vida del propio Jesucristo, quien con su vida, obra, muerte y resurrección estableció históricamente los orígenes de la religión que estaba destinada a hacerse con el poder religioso de toda Europa, además de sus contenidos elementales.

En los últimos meses de su vida, Jesucristo eligió a doce apóstoles, quienes eran sus primeros discípulos, y los preparó para extender su palabra por todo el mundo. El hecho histórico capital de la historia del cristianismo es la última cena, a la que siguió, según las escrituras, el martirio, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret.

En la última cena Jesucristo pidió a sus discípulos que conmemorasen su sacrificio por los hombres mediante la eucaristía, que supone la transformación de la carne y la sangre de Cristo en pan y vino, símbolos de la comunidad cristiana.

Los primeros siglos del cristianismo

Tras la muerte y la resurrección de Jesús, los apóstoles, que llevaban consigo el mensaje elemental de la religión cristiana, se repartieron por los territorios cercanos a Judea y establecieron las primeras comunidades propiamente cristianas.

Según los datos históricos de los que se dispone, las tres primeras ciudades en las que se desarrolló el cristianismo fueron Roma, Antioquía y Alejandría, que constituían los centros urbanos y culturales más importantes de la época.

Al principio, los apóstoles siguieron comportándose, al menos de cara a la vida pública, como hebreos ortodoxos. Sin embargo, en su privacidad enseñaban el credo cristiano. Así, hacia mediados del siglo I se cree que ya se había producido una separación neta entre judaísmo y cristianismo, tanto en el culto privado como en el culto público.

Por otra parte, si el cristianismo había nacido en Jerusalén, hacia finales del primer siglo después de Cristo Roma ya era la capital de la cristiandad. Así, si bien los cristianos eran perseguidos por rendir culto a una religión monoteísta, excluyente, éstos se habían reunido en las catacumbas de la ciudad, haciendo de ella la capital de la cristiandad.

A pesar de que los primeros siglos de la nueva religión estuvieron marcados por la persecución intermitente de los cristianos, cabe reseñar que estas persecuciones no eran perpetradas únicamente por las autoridades romanas, sino también por el pueblo, que veía en ellos una negación de su libertad de culto y una forma de oposición al nacionalismo hebreo.

Según la Iglesia católica, las persecuciones contra los primeros cristianos fueron diez en total, cada una de las cuales fue ordenada por un emperador o gobernador diferente. Estas diez persecuciones fueron las de Nerón, Domiciano, Trajano, Adriano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Maximiliano, Decio, Valeriano y Diocleciano.

Durante las persecuciones se produjo la muerte de muchos personajes que han sido canonizados por la iglesia y se empezaron a establecer las primeras verdades doctrinales del cristianismo.

A pesar de que estas persecuciones llegaron a ser brutales, la religión cristiana no se detuvo y se expandió por todo el territorio, gracias sobre todo a su carácter universal, que no hacía distinciones entre los fieles y deparaba el mismo destino para todos los hombres, no sólo para los iniciados o para los hombres pertenecientes a una determinada etnia, como sucedía en el judaísmo.

Esta expansión encontró su culminación en el siglo IV, en el año 313, cuando el emperador romano Constantino escribió el edicto de Milán, según el cual se permitía la libertad de culto y se protegía a los cristianos de la persecución. Sin embargo, también en este periodo se consolidó la creación de una nueva Iglesia cristiana diferente a la romana, que tuvo como sede Constantinopla.

El establecimiento de una ortodoxia cristiana condujo a la celebración de los primeros concilios, como el de Nicea (año 325), en el que se trató la naturaleza de las instituciones religiosas y la realidad de los primeros dogmas de fe.

A partir de este siglo fue muy determinante para la historia del cristianismo la labor de los primeros Padres de la Iglesia, cuyo pensamiento se suele encuadrar dentro de una corriente religiosa y filosófica conocida como patrística.

Una serie de autores, entre los que destacan san Agustín, Tertuliano y Orígenes, se dedicaron a estudiar la Biblia con el fin de asentar los principios elementales de la ortodoxia religiosa. Así, se empezó a tratar la figura de Jesucristo como parte de la trinidad compuesta por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y se comprendió la vida mundana como una preparación para el juicio final.

En este establecimiento de las primeras doctrinas desempeñó un papel definitivo la obra de Platón, que llevó a san Agustín o a Orígenes a comprender a Dios como al logos que mantiene la inteligibilidad del mundo.

Estos primeros Padres de la Iglesia se enfrentaron además a las primeras formas de herejía, como el arrianismo, condenado por el Concilio de Nicea, o el pelagianismo, que negaba la trascendencia y la radicalidad del pecado original.

El cristianismo en la edad media

Durante la alta edad media el cristianismo tuvo que hacer frente a dos fenómenos muy importantes en la historia de la religión.

Por un lado se produjo la caída de Roma ante el asedio de los pueblos bárbaros, lo que puso en grave peligro la hegemonía de la Iglesia con sede en Roma. Sin embargo, los diversos pactos establecidos entre los papas y los gobernantes europeos y la indiferencia de los bárbaros ante el credo cristiano, que respetaron, minimizaron el impacto del primer medievo en la salud del cristianismo romano.

Por otro lado, en los inicios del siglo VII nació en Oriente Medio una nueva religión monoteísta que determinaría para siempre el desarrollo de la religión cristiana: el islam. El nacimiento, la vida y las enseñanzas de Mahoma dieron lugar a una religión sólida, que estaba destinada a enfrentarse con el cristianismo al ocupar muchos de los territorios considerados como sagrados por los seguidores de Cristo y su doctrina.

De este modo, si la iglesia de occidente, con sede en Roma, conservó una salud envidiable a pesar de los tiempos oscuros a los que se enfrentaba, la de oriente, con sede en Constantinopla, sufrió la decadencia de la desorganización.

Además, las diferencias entre las iglesias de oriente y occidente se pronunciaban a medida que cada una se desarrollaba de manera independiente, lo que condujo a un cisma definitivo en el siglo XI. Se considera que el cisma tuvo su origen en la resistencia por parte de los ortodoxos (la Iglesia de oriente) a aceptar la soberanía del papa romano; sin embargo, hay que tener presente que la propia Iglesia de occidente había intentado acaparar la totalidad de la cristiandad desde sus orígenes.

Este cisma favoreció decisivamente a la Iglesia occidental, mucho mejor organizada, que adoptó el misionado universal del que habló Jesucristo. El catolicismo consiguió además cierta autonomía frente al devenir político del país latino, ya que siempre trató de no identificarse con el imperio romano mismo.

Consecuencia de esta situación fue el nacimiento del estado católico en Roma, un estado independiente que contaba con sus propias leyes y su propia forma de comprender la sociedad, que estaba basada de principio a fin en la existencia de una jerarquía sacerdotal con la figura del papa al frente, cabeza visible de la Iglesia católica y soberano de la zona de Roma que ocupaban los cristianos.

La baja edad media se caracterizó además por tres fenómenos religiosos y políticos que determinaron el destino de la cristiandad y el de las dos iglesias que la representaban:

En primer lugar, mientras el cristianismo se institucionalizaba con más fuerza que nunca gracias a las iglesias de Roma y Constantinopla, en los campos y en las ciudades surgían las primeras órdenes monásticas, la mayoría de ellas afiliadas a la santa sede romana.

Estas órdenes pretendían retomar la pobreza y la austeridad de los primeros cristianos, que contrastaba con el poder y la riqueza con la que empezaban a contar los sacerdotes. Así, los agustinos, los carmelitas o los dominicos se dedicaban exclusivamente a orar y a mendigar, apartados de cualquier forma de comodidad.

En segundo lugar, el cristianismo de Roma empezó a luchar con mayor violencia contra los infieles, lo que se tradujo en la creación de las guerras santas conocidas como cruzadas. Con ellas, el catolicismo pretendía no sólo recuperar aquellos territorios santos que habían sido ocupados por los musulmanes, sino también hacerse con más territorios pertenecientes a la Iglesia oriental de Constantinopla. En consecuencia, las cruzadas no constituyeron sólo un fenómeno religioso, sino también una realidad política que pretendía transformar el aspecto de Europa y parte de oriente.

En tercer y último lugar, la cristiandad de occidente empezó a establecer unos dogmas de fe mucho más sólidos, gracias a la labor de pensadores escolásticos de la talla de santo Tomás de Aquino.

Sin embargo, y a pesar del poder que estaba empezando a alcanzar la Iglesia de occidente, el cristianismo pasó en los últimos siglos de la edad media por un periodo negro, del que la mayor parte de los cristianos se avergüenza. El clero vivía sumido en la ignorancia y la corrupción, los papas sólo se ocupaban de su propio bienestar y se creó el oficio de la Inquisición con el fin de acabar con la vida de los herejes.

Esta situación insostenible hizo que la Iglesia de occidente entrase en la modernidad sumida en la más absoluta corrupción, que alcanzó su más célebre expresión con las indulgencias, que consistían en la concesión del perdón de los pecados a cambio del pago de dinero al papa.

El protestantismo y la definitiva diversificación del cristianismo

Si en el siglo XV la ortodoxa era una Iglesia completamente independiente de la católica, que contaba con sus propios sacramentos y sus propias interpretaciones del hecho cristiano, a principios de la modernidad la Iglesia de occidente terminó de desmembrarse debido a la corrupción de los sacerdotes y a la labor crítica y revolucionaria de dos teólogos: Martín Lutero y Juan Calvino.

El primero rompió con la Iglesia de Roma al observar las riquezas del Vaticano. Así, Lutero criticó duramente el pago de indulgencias y propuso un retorno a la formulación original de la doctrina cristiana.

Según el luteranismo, no hay forma de salvación salvo la estipulada por Dios a través de la concesión de la gracia. Así, el pecado original es completamente determinante, y ninguna intervención de la Iglesia de Roma puede suplir la voluntad de Dios.

El triunfo de Lutero en Alemania primero y en gran parte de Europa después se debió además a sus prolijos estudios de los textos sagrados y su traducción de la Biblia al alemán, que unió a toda una nación emergente bajo el signo de un credo común, el del cristianismo protestante.

De manera casi paralela, en Francia surgió la figura de Juan Calvino, quien a partir de unos presupuestos similares a los luteranos creó el calvinismo, forma de cristianismo protestante que se extendió rápidamente por Francia, Suiza o Bélgica.

El calvinismo no sólo denunciaba la decadencia de la Iglesia, sino que además proponía una nueva interpretación radical de la gracia de Dios, según la cual el éxito personal era ya un indicio de que uno contaba con el beneplácito divino. Así, según los estudiosos del hecho religioso protestante, el calvinismo supuso en gran medida una avanzadilla del capitalismo y del egoísmo modernos, que determinarían el destino de Europa a partir de los siglos XVIII y XIX.

Así pues, a mediados del siglo XV el cristianismo se hallaba completamente fragmentado a lo largo y ancho de todo el mundo. La Iglesia de oriente empezaba a formalizarse desde un punto de vista administrativo y era una institución completamente autónoma; el protestantismo luterano y calvinista se había impuesto en gran parte de Europa, e Inglaterra creó su propia Iglesia anglicana a partir de un conflicto entre el papa romano y el rey de Gran Bretaña.

Sin embargo, en este contexto tan problemático, la Iglesia de occidente emprendió lo que se conoce como la Contrarreforma, una profunda reforma de la iglesia a través de la celebración del Concilio de Trento, en el que se reafirmaba el carácter original y único del catolicismo, que pretendía representar la verdadera iglesia cristiana bajo la consideración de que eran los herederos de san Pedro.

Por otra parte, el cristianismo de Roma consiguió aumentar su poder fuera de Roma gracias a la conquista de nuevos territorios por parte de los estados italianos, España o Portugal.

El cristianismo en la época contemporánea

En la actualidad, el catolicismo constituye la expresión del cristianismo que cuenta con un mayor número de fieles, seguido de la ortodoxia de las iglesias del este de Europa y las diversas iglesias que surgieron a partir del protestantismo moderno.

Aunque las distintas facciones del cristianismo cuentan con su propia forma de comprender la religión o los sacramentos, las coincidencias doctrinales siguen siendo tales que es posible hablar de un cristianismo casi homogéneo, que varía levemente dependiendo de las circunstancias políticas, sociales y culturales.

Una consecuencia de este hecho es el fenómeno de los concilios ecuménicos, en los que se reúnen todas las iglesias cristianas con el objetivo de acercar posturas. No en vano, los peligros y los problemas a los que se enfrentan todas son comunes, y no dependen de ninguna clase de diferencia interpretativa o cultural.

Actualmente, el cristianismo sigue siendo una de las religiones más numerosas e importantes del mundo; sin embargo, mientras el número de fieles crece en el Tercer Mundo, en Europa se extienden nuevas maneras de comprender el mundo y la realidad religiosa, que parten de las críticas políticas y filosóficas que se realizaron en el siglo XIX contra la religión.

En Europa crece sin cesar el ateísmo y el agnosticismo, mientras se proponen nuevas maneras de vivir la familia, la espiritualidad o el sentido de la historia. Así, el laicismo se ha convertido en la realidad más aceptada en toda Europa, lo que supone una disociación entre estado y religión.

Con el fin de hacer frente a esta situación, la Iglesia católica ha celebrado dos concilios durante el siglo XX, el Vaticano I y el Vaticano II, con los que ha tratado de modernizar las instituciones con el fin de volver a contar con el apoyo de toda Europa. Por otro lado, el cristianismo ha asistido en el siglo XX a las corrientes fundamentalistas del islam, que entiende a occidente y al cristianismo como enemigos.

En este contexto, el cristianismo ha entrado en el siglo XXI lleno de dudas, enfrentado a unas circunstancias sociales y políticas que comprometen profundamente la misma naturaleza de la religión.