Religión egipcia

    Religión practicada por los antiguos pobladores de Egipto. La religión egipcia se caracterizó por ser politeísta y antropomórfica, es decir, los dioses adoptaban las formas humanas junto con sus cualidades y defectos.

    Durante los 3.000 años de pervivencia del imperio egipcio, la religión desempeñó un significativo papel, pues impregnaba la vida cotidiana y todas las actividades políticas y sociales. Además, los egipcios creían en el más allá, es decir, en la continuación de la vida tras la muerte, lo que tuvo destacadas repercusiones en diferentes manifestaciones como, por ejemplo, la momificación y en el arte. Aunque no quedan muchas fuentes escritas, sí pervive una rica y variada mitología que explica el origen de los dioses y del propio cosmos, y parten de la base de que Egipto era el centro del mundo y sus habitantes los primeros en aparecer. En las tumbas de reyes y faraones se han encontrado textos (papiros) muy importantes, como el Libro de los muertos, que han permitido conocer más detalles de esta civilización.

    Hasta que la civilización egipcia contó con un poder central fuerte y unificado, cada zona del territorio tuvo sus propios dioses, que se fueron sumando, posteriormente, al inacabable panteón egipcio. Además, la preeminencia de una ciudad sobre una región implicaba que el dios de esa ciudad se colocaba por encima de las demás deidades a la hora de celebrar los ritos y ceremonias.

    Los dioses destacaban por la variedad de sus formas y en muchas ocasiones se les representaba como animales o mezclando el cuerpo humano con la cabeza del animal. En el panteón egipcio Ra era el dios principal, personificación del sol, señor del firmamento, de los dioses y de los hombres. Por debajo de él destacaban los siguientes: Amón (que significa “lo oculto”), que representaba los poderes del universo y era el dios principal de Tebas. Ptah, dios de los artesanos, creador de las cosas y principal señor de la ciudad de Menfis. Osiris (hijo de Ra), dios de los muertos. Isis (esposa de Osiris), diosa que protegía de los peligros, curaba enfermedades y representaba la fidelidad conyugal. Horus, dios del cielo y protector de la realeza, al que se representaba con cabeza de halcón. Anubis, dios del embalsamamiento, representado por una cabeza de chacal. Seth (hermano de Osiris), señor de las sequías, tormentas, las inclemencias, etc.

    También existían demonios, siendo el más destacado Apopis, una grandiosa serpiente enemiga del sol.

    Cada dios contaba con su propio templo y con un cuerpo de sacerdotes que se encargaban de dirigir las ceremonias y rendir los cultos y las ofrendas. Entre los muchos templos que se levantaron cabe mencionar los de Luxor y Karnak, en la ciudad de Tebas; Deir-el-Bahari, obra de la reina Hatshepsut; y Abu Simbel, del faraón Ramsés II.

    El politeísmo egipcio sólo se interrumpió durante el reinado del faraón Amenhotep IV (también llamado Amenofis IV), que en el siglo XIV a.C. impulsó una gran reforma religiosa e impuso como único dios a Atón, representante del disco solar. Durante su mandato, Amenhotep (que cambió su nombre por el de Akhenatón) trasladó la capital de Tebas a otra nueva, recién construida, que llamó Akhetatón (Tell-el-Amarna). Sin embargo, este monoteísmo duró poco, porque tras su muerte, el nuevo faraón Tutankhamón regresó a los antiguos cultos.

    El faraón también ejercía un papel trascendental en la religión egipcia. Como representante de los dioses, el pueblo creía que gracias a él crecían las cosechas, los animales se reproducían o el Nilo se desbordaba para irrigar los campos. El faraón tenía como principal objetivo conservar la benevolencia de lo dioses manteniendo el equilibrio entre el orden y el desorden que reinaban en el mundo. Cuando moría se convertía en un dios y se le rendía culto porque se consideraba que pasaba a formar parte del cielo y las estrellas. Se creía que en su “viaje” el faraón adoptaba una figura de animal.

    Los egipcios también creían en la existencia de un alma, llamada ka, que permitía la relación entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Por eso, los ritos y ceremonias fúnebres se realizaban rodeados de un gran ceremonial para permitir el tránsito hacia la otra vida. En este sentido, la práctica de la momificación era fundamental para que el cuerpo se reuniera con Osiris y llevara una vida independiente, por lo que junto al cuerpo se dejaban alimentos y ajuares. Una vez momificado, el cadáver se depositaba en un sarcófago y se enterraba en tumbas. Las tumbas de los faraones y de los personajes principales evolucionaron a lo largo de la historia, desde las primeras mastabas hasta los hipogeos, pasando por las pirámides.