Monofisismo

    Doctrina que rechaza la doble naturaleza de Jesucristo. Es decir, mientras la doctrina católica y gran parte de la ortodoxa consideran que en Jesús se da una doble naturaleza, como hombre y como Dios, el monofisismo defiende una única naturaleza, Dios y hombre, a un tiempo.

    El monofisismo tuvo sus antecedentes en el Concilio de Constantinopla (381), en el que se declaró la igualdad de esencia entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Posteriormente, entre finales del siglo IV y el V d.C., el debate sobre la existencia o no de las dos naturalezas de Dios se acrecentó, sobre todo entre las diferentes sedes eclesiásticas (Alejandría, Antioquia, Edesa, etc.) de la Iglesia de oriente. El panorama religioso se complicó aún más con la elección de Nestorio como patriarca de Constantinopla (428), quien afirmó que en Dios convivían dos personas distintas (humana y divina). Ante esta afirmación, el patriarca de Alejandría, Cirilo, convocó el III Concilio Ecuménico de Éfeso (431), en el que consiguió declarar como herejía la postura de Nestorio. Éste fue expulsado de su cargo y desterrado, y sus seguidores perseguidos. A pesar de la victoria contra las tesis nestorianas, la Iglesia cristiana seguía dividida en torno a la cuestión de la naturaleza de Cristo, a lo que se sumaba una férrea lucha por el poder entre las sedes eclesiásticas de Alejandría y Constantinopla.

    Las prédicas del nuevo patriarca de Constantinopla, Eutiques, forzaron la convocatoria de un concilio en esta ciudad (448), en el que se consideraron heréticos los postulados de Eutiques. Pero un año más tarde, la sede de Alejandría obligó a la celebración de otro concilio en Éfeso, en el que los representantes del papa no fueron aceptados (hecho conocido como “Latrocinio de Éfeso”), y en el que se reconoció el monofisismo como doctrina oficial del cristianismo.

    Lejos de apaciguarse las tensiones, éstas continuaron, por lo que el emperador Marciano convocó el Concilio de Calcedonia (451) con la intención de finiquitar para siempre las luchas teológicas que estaban desgarrando a la Iglesia. Este sínodo, que contó con la presencia de todas las sedes eclesiásticas y legados papales, tuvo una gran trascendencia, pues se condenó el dogma del monofisismo y se aseguró la unidad de la Iglesia oriental y occidental (hasta el cisma de 1054), aunque muy pronto aparecieron las rivalidades político-religiosas entre Roma y Constantinopla.

    Por su parte, los seguidores del monofisismo, muy abundantes en tierras egipcias, palestinas y armenias, no aceptaron las decisiones del Concilio de Calcedonia, lo que dio paso a la formación de la Iglesia copta, especialmente importante en Egipto, que cuenta hoy en día con sus propios ritos, lengua y escritura.