Central nuclear

    Interior de las instalaciones de una central nuclear

    Como su nombre sugiere, las centrales nucleares son instalaciones que utilizan procesos nucleares para producir energía eléctrica. La primera central de este tipo se construyó en Rusia en 1954. En el hemisferio occidental, la primera en entrar en funcionamiento fue la de Calder Hall, en el Reino Unido, en 1956.

    Los componentes de una central nuclear son el reactor, el cambiador térmico y el grupo turbogenerador. El reactor es una instalación donde se verifica una reacción de fisión nuclear controlada, basada en la rotura de un núcleo atómico relativamente grande (ciertos isótopos de uranio o plutonio, preferentemente) en otros núcleos más pequeños.

    Esta reacción origina un enorme desprendimiento de calor. El calor así obtenido se comunica a una masa de agua líquida por medio del cambiador térmico, con lo que se logra vapor de agua, que es inyectado a alta presión en el grupo turbogenerador. Este grupo está constituido por una turbina, cuyo eje se halla acoplado al de un alternador. Cuando la turbina recibe el chorro de vapor, adquiere, como consecuencia del impacto, un movimiento de rotación, que se transmite al alternador. Éste, a su vez, gira, para engendrar una corriente eléctrica.

    Así pues, la filosofía del funcionamiento de una central nuclear es similar a la de una central térmica, de la que se diferencia en la manera de obtener el calor necesario para gasificar una masa de agua líquida. En las centrales térmicas, ese calor se obtiene quemando un combustible fósil y en las nucleares, por medio de una reacción de fisión.

    No obstante esta similitud, no se puede ignorar el rechazo que existe en amplias capas de la población hacia las centrales nucleares. Este rechazo ha tenido reflejo en diversas confrontaciones políticas y sociales y ha provocado la decisión por distintos gobiernos (por ejemplo, el de Alemania) de ordenar una moratoria nuclear que interrumpió la construcción de nuevas centrales de esta clase.

    Dejando al margen la repulsa hacia lo nuclear que tiene su origen psicológico en que la primera vez que se empleó esta energía fue para destruir dos poblaciones japonesas durante la Segunda Guerra Mundial (Hiroshima y Nagasaki), el debate sobre estas instalaciones gira en torno a tres grandes cuestiones: las crisis energéticas, el modelo de desarrollo y la calidad del medio ambiente.

    En ocasiones, el debate social ha sido tan acalorado que en algunos países, como Austria y Suiza, se sometió a referéndum la instalación de estas centrales. El resultado fue negativo en la primera nación y afirmativo en la segunda, aunque en ambos casos por muy poca diferencia entre partidarios y detractores de este método energético.

    En lo que respecta a la peligrosidad de estas instalaciones, debe decirse que los riesgos son relativamente bajos, ya que las medidas de seguridad en el reactor están duplicadas e, incluso, triplicadas. Además del edificio de contención (que alberga al reactor), el material fisionable se halla en unas vainas y siempre en concentraciones muy lejanas a la masa crítica, con lo que la posibilidad de que la central explote es muy reducida.

    Las centrales están atendidas siempre por personal altamente cualificado, que las somete a revisiones periódicas y rigurosos controles, especialmente en lo relativo al mantenimiento de los circuitos de refrigeración del conductor. Un fallo en estos circuitos podría desencadenar la fusión del núcleo del reactor.

    Otro peligro asociado a las centrales nucleares es el riesgo de escape de radiaciones altamente ionizantes al ambiente. En este sentido deben reseñarse accidentes como los de Chalk River (Ontario, 1952) o el de la Isla de las Tres Millas (Harrisburg, Estados Unidos, 1979). Según los estudios científicos, en ambos casos la radiación escapada, aun siendo preocupante, no parece haber causado daños irreversibles.

    Mención especial en este ámbito merece el desastre de Chernóbil, en Ucrania, donde en 1986 se llegó a la fusión del reactor y en cuyos alrededores se ha constatado un notable aumento de enfermedades cancerosas. El secretismo de las autoridades soviéticas del periodo obstaculizó el conocimiento de los detalles de la catástrofe, aunque los indicios parecen apuntar a la obsolescencia de las instalaciones como causa primigenia del accidente.

    Otro problema muy debatido del recurso a centrales como fuente de energía es el de los residuos radiactivos. Estas sustancias, obtenidas de las reacciones nucleares y sin un uso aprovechable, tienen una vida media muy larga durante la cual continúan emitiendo radiaciones potencialmente peligrosas para la salud y el medio ambiente. El tratamiento y desecho de las mismas ha sido objeto de numerosas propuestas, ninguna de ellas plenamente satisfactoria.

    La tendencia actual recomienda tratar esta “basura” atómica en la propia central, para introducirla en unos bidones especiales, altamente aislantes, para después enterrarla en lugares con una constitución geológica apropiada que constituyen los llamados cementerios nucleares. En otras ocasiones se lleva a unas plantas de reprocesamiento que, tras el oportuno tratamiento, regeneran materiales útiles como combustibles. Sin embargo, esta posibilidad es costosa y requiere una tecnología muy avanzada.

    La energía nuclear de fisión muestra un alto grado de eficiencia, y en cierto modo su uso evita la excesiva dependencia del consumo de unas reservas de petróleo y combustibles fósiles en marcado retroceso. Los defensores de las centrales nucleares sostienen que permiten, dentro de ciertos límites, un desarrollo sostenido y aducen en su favor su elevado margen de seguridad. En su contra figuran los riesgos inherentes a reacciones nucleares incontroladas y el innegable impacto ecológico negativo de los residuos.