Telescopio espacial

    La aplicación del telescopio, un instrumento destinado inicialmente a observar objetos lejanos en la superficie terrestre y en el mar, a la astronomía arrojó resultados espectaculares desde el siglo XVI y revolucionó la física y la mecánica celeste. El italiano Galileo lo usó por primera vez con estos fines en 1609 y en unos años descubrió cuatro satélites de Júpiter (lunas galileanas), los anillos de Saturno o los rasgos orográficos del paisaje lunar.

    Desde entonces, el perfeccionamiento de los telescopios ópticos ha sido incesante. Al mismo tiempo, surgió ya en el siglo XX una serie de generaciones de radiotelescopios destinados a recoger datos sobre las fuentes de radio de distintas regiones de la bóveda celeste. Sin embargo, todos estos telescopios han de hacer frente a una dificultad intrínseca: la atmósfera, envoltura gaseosa del planeta, absorbe parcialmente y perturba las radiaciones que llegan del espacio exterior.

    Esta dificultad puede solventarse con el uso de telescopios espaciales, en órbita alrededor de la Tierra. El instrumento emblemático en este campo ha sido el telescopio espacial Hubble, puesto en órbita a unos 600 km de altura en abril de 1990. Desde esa fecha, y a pesar de requerir varias reparaciones de sus sistemas ópticos y tecnológicos, el Hubble ha tomado multitud de fotografías y recabado numerosos datos sobre las formaciones estelares, galácticas y extragalácticas del cielo profundo, en imágenes exentas de las distorsiones y absorciones de los rayos luminosos por parte de la atmósfera.

    El Hubble cuenta con un gran telescopio reflector cuyo espejo primario tiene una dimensión de 2,4 m. Sus instrumentos de observación permiten captar radiaciones en el espectro de luz visible, ultravioleta e infrarrojo. Su cámara planetaria ha permitido una precisión en la resolución de las imágenes que multiplica por diez la mejor que se ha obtenido en los observatorios con base terrestre.