Desarrollo sostenible

    El desarrollo sostenible puede entenderse como la evolución de un sistema o una comunidad de manera que satisfaga sus necesidades actuales sin comprometer la capacidad de seguir haciéndolo en el futuro. Se trata de un concepto muy general que se aplica a diferentes ámbitos, ya sea el económico, el político o el cultural. No obstante, en sentido restringido esta idea se ha utilizado preferentemente para referirse a la búsqueda de un equilibrio entre la explotación de los recursos naturales, la viabilidad de las sociedades humanas y la conservación del medio ambiente. También se ha denominado desarrollo sustentable.

    La sostenibilidad de los procesos humanos y naturales puede entenderse como la capacidad de mantener una producción o un aprovechamiento de forma indefinida. Para ello es necesario encontrar un punto de encuentro estable entre el consumo de los recursos existentes y su reposición. No obstante, este planteamiento exige una vigilancia activa, así como la aplicación de soluciones rápidas en casos de emergencia. Los sistemas humanos y naturales son entes dinámicos en los que pequeñas variaciones con respecto a una situación actual pueden derivar en cambios drásticos en los resultados que se producen. Por tanto, la sostenibilidad de cualquier sistema complejo exige, más que la mera reposición de los recursos, la conservación de condiciones favorables para la viabilidad del mismo.

    En las poblaciones naturales se observan comúnmente casos ilustrativos del comportamiento de las comunidades complejas. Los ecosistemas biológicos mantienen equilibrios frágiles y susceptibles de rápida desestabilización. Por ejemplo, la introducción de una especie nueva en un ecosistema induce cambios a menudo imprevisibles. Con frecuencia, la nueva especie carecerá en principio de enemigos naturales, con lo cual adquiere una ventaja competitiva en la lucha por la supervivencia. En cambio, la población de sus especies rivales alcanzó en el curso de la evolución del ecosistema una situación de estabilidad, merced al consumo compensado de los recursos y de las relaciones entre los depredadores y sus presas. Los organismos invasores pueden amenazar seriamente el ecosistema, no sólo porque desplazan a especies autóctonas en posición desfavorable, sino porque pueden llegar a poner en riesgo la viabilidad de todo el conjunto a causa de una sobreexplotación de sus recursos.

    Este mismo razonamiento puede aplicarse al desarrollo de las sociedades contemporáneas. En un contexto de creciente globalización económica y cultural existen numerosos riesgos que pueden dificultar seriamente su sostenibilidad y el futuro de la humanidad. Uno de ellos es la creciente superpoblación del planeta, que amenaza la continuidad de los recursos hídricos, mineros, forestales y de otra índole, crecientemente utilizados. Otro se deriva del cambio climático en curso.

    Según los datos científicos contrastados, la temperatura media del planeta, la atmósfera y los océanos se ha incrementado de forma continuada y apreciable en las últimas décadas. Puntualmente, esta circunstancia puede favorecer a algunos entornos locales de desarrollo humano debido, por ejemplo, a la mejor habitabilidad de las regiones más frías o a la extensión hacia las altas latitudes (sobre todo, norte de Eurasia y América) de los cultivos económicamente rentables.

    Sin embargo, las consecuencias globales del fenómeno parecen perjudiciales o, cuando menos, amenazadoras. El ascenso del nivel medio de los océanos por el derretimiento de los hielos perpetuos árticos y antárticos, la mayor intensidad y frecuencia de las sequías y las inundaciones, el aumento de las concentraciones de gases de invernadero en la atmósfera y la acidificación de los mares ponen en riesgo los ecosistemas naturales, la explotación de los bienes agropecuarios, el desarrollo urbano (sobre todo, en las costas y las islas) y, en definitiva, la convivencia pacífica entre las distintas sociedades en competencia por unos recursos crecientemente escasos.

    Como han resaltado los expertos de las Naciones Unidas, el cambio climático y el desarrollo sostenible son dos caras de la misma moneda y se refuerzan mutuamente. Sin adoptar medidas contra el cambio climático no se alcanzará un desarrollo sostenible. A su vez, sólo este tipo de desarrollo permitirá impulsar medidas correctoras que puedan frenar el calentamiento global.

    Las estrategias para abordar tan compleja problemática exigen un enfoque multidisciplinar. En primer lugar, es preciso definir la magnitud de los fenómenos observados y la intensidad de los riesgos mediante un estudio riguroso de investigación. Este trabajo ha de contar con fuentes suficientes de financiación y con el concurso de profesionales expertos. La concienciación social es un elemento fundamental para reunir estos recursos y cohesionar la búsqueda y la puesta en práctica de las soluciones propuestas. Todo ello requiere la elaboración de amplias campañas educativas, importantes inversiones económicas y una acción política y social conjunta.

    Las grandes entidades supranacionales han definido recurrentemente objetivos primordiales dirigidos a lograr un avance compensado de los avances sociales y el respeto de los recursos de la naturaleza. En este contexto, el 1 de enero de 2016 entraron en vigor los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados por las Naciones Unidas. Enmarcados dentro del programa genérico de este organismo bautizado como Agenda 2030, en ellos se compendian las prioridades más urgentes de la humanidad. Estos objetivos se articulan en torno a tres grandes ejes de acción: combatir la pobreza en todas sus formas, reducir la desigualdad en el mundo y luchar contra el cambio climático de un modo concertado y en equilibrio con el crecimiento económico y la inclusión social.