Basura espacial

    La basura espacial es el conjunto de materiales de desecho que orbitan alrededor de la Tierra sin que tengan ya ninguna utilidad. También llamada chatarra espacial, está formada por restos de objetos de satélites artificiales en desuso, de módulos de cohetes desechados tras las fases de impulsión y de fragmentos debidos a la erosión o desintegración de partes de ingenios en órbita diseñados por el hombre o de colisiones entre dichos fragmentos.

    La existencia de la basura espacial es fuente de importantes problemas para el desarrollo de la astronáutica y constituye una amenaza para los habitantes del planeta, por la posibilidad de que sus fragmentos se precipiten contra la superficie terrestre. Según estimaciones de los organismos especializados, a mediados de 2013 se habían contabilizado más de 170 millones de restos de tamaño inferior a 1 centímetro, por encima de medio millón de hasta 10 centímetros y en torno a veinte mil de mayor tamaño. Estos restos, que suman una masa total aproximada de 6.000 toneladas, gravitan a una distancia comprendida entre 300 y 2.000 kilómetros de altura desde la superficie de la Tierra.

    Dadas las velocidades que alcanzan estos objetos en la órbita terrestre, aun el residuo espacial de menor dimensión puede causar problemas serios en los paneles solares, los telescopios ópticos y otros instrumentos a bordo de los satélites artificiales en plena vida útil dedicados a la observación científica, los estudios geodésicos y meteorológicos y otros fines. Las colisiones con fragmentos de tamaño importante de basura espacial han ocasionado algunos episodios especialmente graves, como fue la destrucción en 2006 del satélite francés Cérise, que quedó inutilizado.

    Otra prueba de los daños causados por la basura espacial se obtuvo tras la misión de reparación del Telescopio Espacial en Órbita Hubble. El transbordador espacial que trajo de nuevo a la Tierra los paneles solares que había utilizado el telescopio permitió comprobar que contaban con un gran número de impactos con una anchura de hasta 8 milímetros. Esta clase de efectos ha conducido a realizar un estrecho seguimiento de la chatarra espacial desde observatorios terrestres mediante radares y telescopios. También se han diseñado proyectos específicos dirigidos a destruir algunos de los fragmentos considerados más peligrosos, por estar situados en las proximidades de las órbitas utilizadas para fines científicos y militares.

    A lo anterior se añade el riesgo de que parte de esta chatarra espacial pierda velocidad y caiga sobre la superficie terrestre. Aunque no se han registrado episodios de gravedad a este respecto, no debe desdeñarse la amenaza que suponen. El efecto protector que procura la atmósfera sobre la Tierra hace que la inmensa mayoría de estos objetos, cuando tienen un tamaño reducido, se desintegren antes de llegar a caer sobre la superficie del planeta. Aun así, los restos de mayor dimensión no llegan a pulverizarse totalmente y se precipitan sobre el suelo.

    Una preocupación creciente entre los expertos es la posibilidad de que se produzca el llamado efecto Kessler, es decir, una colisión en cascada entre los numerosos objetos situados en órbita terrestre baja. La imposibilidad de controlar el movimiento de los innumerables residuos que se crearían podría dejar inservible para fines astronáuticos una amplia zona de espacio orbital, además de suponer un riesgo de bombardeo sobre la superficie de la Tierra.

    La astronáutica china ha asumido un papel de liderazgo en el manejo de la basura espacial con resultados controvertidos. En enero de 2007, sus responsables destruyeron con un misil lanzado desde la superficie terrestre un satélite meteorológico en desuso. Aunque el misil logró su objetivo, se ha estimado que dispersó por el espacio al menos tres mil objetos en órbita sin control. Uno de estos fragmentos colisionó en 2009 con un satélite de comunicaciones ruso, que resultó gravemente dañado, a unos 790 kilómetros de altitud. A finales de 2014, la Estación Espacial Internacional (EEI) se enfrentó a un grave incidente y hubo de hacer un uso de emergencia de sus propulsores para evitar la colisión con un fragmento de chatarra interpuesto en su trayectoria. Aun cuando la EEI cuenta con un sistema específico de protección denominado escudo Whipple, el choque habría puesto en grave riesgo la vida de los seis ocupantes de la estación.