Yihadismo

    El término yihadismo es un neologismo utilizado en los países occidentales para referirse a una corriente radical y fundamentalista del islam que preconiza la lucha armada para combatir a los infieles de esta religión. Etimológicamente, procede de yihad, un concepto más extenso que alude en general a la lucha y el esfuerzo del creyente por perseverar el cumplimiento de los preceptos del islam.

    Aun cuando la noción de yihad como “guerra santa” existe desde antiguo, el vocablo yihadismo fue acuñado en Occidente a partir de la década de 2000 para referirse a una forma combinada de insurgencia, movimiento militar y terrorismo fundamentalista de inspiración islámica radical. En esta acepción, el yihadismo ha adquirido un carácter panislámico global. De forma restringida, se aplica a los actos violentos a gran escala cometidos en nombre del islam por miembros de las comunidades suníes dentro de esta religión. La ideología que lo inspira es el salafismo, una vertiente ultraortodoxa del islam suní que defiende el regreso a una interpretación estricta de la religión y una aplicación prioritaria de la ley islámica (sharia) sobre cualquier otra norma vigente en la vida en sociedad.

    Aun cuando los antecedentes del actual yihadismo pueden encontrarse en los movimientos de emancipación del siglo XIX en varios territorios musulmanes en contra de la colonización europea y del imperio otomano, sus fundamentos se asentaron y se extendieron desde la década de 1990 asociados, entre otros, a los conflictos bélicos de Cachemira (contra los hindúes), Argelia (contra el régimen militar imperante en el país), Chechenia (contra la ocupación rusa) y, sobre todo, Afganistán, donde la organización Al Qaeda había asumido una función dirigente en la lucha contra la invasión del territorio por el ejército soviético entre 1979 y 1989.

    En el conflicto afgano, el régimen talibán, con el apoyo expreso de Al Qaeda y de su principal dirigente, Osama bin Laden, sirvió de vivero para la formación de una primera generación de yihadistas y para la definición de sus tácticas y estrategias militares. Mediante una guerra de guerrillas, los muyahidines afganos lograron expulsar a los soviéticos de su territorio e implantar un régimen rigorista en el Gobierno del país encabezado por el movimiento talibán. El auge del yihadismo experimentó un importante salto cualitativo el 11 de septiembre de 2001, cuando un grupo de terroristas islámicos afines a Al Qaeda perpetró varios atentados simultáneos en los Estados Unidos, entre ellos el derribo del World Trade Center de Nueva York. Casi tres mil personas perdieron la vida en estos ataques y varios millares más resultaron heridas. El Gobierno estadounidense respondió con una guerra abierta en Afganistán que depuso a los talibanes.

    Sin embargo, la inestabilidad en varios países de Oriente Medio y la persistencia del conflicto palestino-israelí durante décadas alimentaron nuevos movimientos extremistas en la órbita islámica. Zonas recónditas de Afganistán y de la vecina Pakistán sirvieron de refugio a los resistentes talibanes y a los máximos responsables de Al Qaeda, entre ellos Bin Laden (hasta su muerte en una operación militar estadounidense en 2011). Esta red, aunque debilitada, extendió su influencia a otros lugares y fue inspiradora de numerosos ataques terroristas en diversos países musulmanes y occidentales.

    De corte yihadista fue también el movimiento islámico radical que cobró importancia en Nigeria desde 2001 con el nombre de Boko Haram, En Yemen, una facción de Al Qaeda se enfrentó al poder establecido en un conflicto que derivó en una guerra civil abierta a partir de 2010. Las guerras libradas en Iraq contra el régimen de Saddam Hussein derrocaron al dictador, pero dejaron un vacío de poder en el que prosperó el autodenominado Ejército Islámico. El estallido de la guerra civil en la vecina Siria en 2011 favoreció una extensión territorial de este movimiento, que alcanzó resonancia internacional a través de una intensa labor de propaganda y reclutamiento y de cruentos atentados cometidos no sólo en Iraq y en la propia Siria, sino en otros países musulmanes (Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Turquía) y no musulmanes (principalmente, Francia y Bélgica). En la guerra siria operaba otro movimiento de inspiración yihadista, conocido como Frente Al-Nusra, mientras que en Libia los enfrentamientos internos dejaron el camino abierto para la penetración del Ejército Islámico, Al Qaeda y otras organizaciones, que protagonizaron incursiones en países vecinos como Malí.

    En términos conceptuales, el yihadismo se ha interpretado como una reacción de protesta a la institucionalización del islam en los Estados musulmanes poscoloniales y a las difíciles perspectivas de desarrollo vital de amplias capas de población de estos Estados en un marco de explosión demográfica. Tras el acceso de los países musulmanes a la independencia o emancipación de los grandes imperios a lo largo del siglo XX, las autoridades religiosas, a menudo cultivadas y elitistas, se acercaron al poder político como un modo de influencia en la sociedad. Sin embargo, esta cercanía alejó a los ulemas de las clases desfavorecidas, que encontraron en la insurgencia social un cauce para expresar su descontento. Los regímenes autoritarios de la mayor parte de los países musulmanes lograron contener temporalmente este auge, pero el derrumbamiento de sus estructuras de poder en lugares como Iraq, Afganistán, Libia y Siria y, temporalmente, en Egipto, dejaron un vacío que ocupó, en buena medida, el yihadismo.

    Por otra parte, la explotación de los yacimientos petrolíferos alimentó el enriquecimiento de una élite económica y alcanzó de una forma muy desigual a otros estratos sociales. Parte de esa riqueza se reencauzó en forma de donaciones a grupos fundamentalistas islámicos cercanos a la doctrina del wahabismo, un rigorismo islámico enraizado en Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. De este modo, el wahabismo y el salafismo se convirtieron en caldos de cultivo para el desarrollo de los grupos yihadistas.

    La extrema hostilidad hacia las jerarquías de los Estados musulmanes y hacia las potencias occidentales a las que identificaban con la explotación colonial explica en parte la radicalización y la extensión de este movimiento. El yihadismo, impulsor de tácticas de guerrilla urbana en los territorios en conflicto y de atentados terroristas indiscriminados contra la población civil en otros lugares, ampliamente divulgados a través de las redes sociales, pasó a convertirse en una de las principales amenazas para la paz y la convivencia en extensas regiones del mundo en las primeras décadas del siglo XXI.

    Entre los atentados más cruentos atribuibles a grupos yihadistas en los últimos años figuran los perpetrados en Beirut contra el cuartel de marines estadounidenses en octubre de 1983 (241 fallecidos), en Nairobi (Kenia) y Dar es Salam (Tanzania) contra las embajadas estadounidenses en agosto de 1998 (241 muertos) y en Bali en octubre de 2002 (con 202 fallecidos). Varias ciudades europeas (en particular, Madrid en marzo de 2004, Londres en julio de 2005, París en noviembre de 2015, Bruselas en marzo de 2016 y Niza en julio de ese mismo año) fueron objetivos de los sangrientos ataques de comandos yihadistas.