Robótica

Rama de la tecnología que se ocupa de la fabricación y estudio, en el más amplio sentido, de los de robots, entendiendo por tales máquinas diseñadas para realizar tareas rutinarias o peligrosas. Entre los primeros, puede citarse los empleados en cadenas de ensamblaje de automóviles para aplicar, por ejemplo, puntos de soldadura; entre los segundos, los usados por los artificieros a fin de anular explosivos.

Evolución histórica

El origen de la creación de estos ingenios, primitivamente llamados autómatas, es muy antiguo. Dejando al margen ingeniosos dispositivos, diseñados por griegos y romanos, y que eran accionados por medios hidráulicos, ya en los siglos XVII y XVIII se fabricaron muñecos mecánicos, similares en su modo de actuación a los robots de hoy en día. El propio Leonardo da Vinci diseñó alguno de ellos que, en general, sólo perseguían objetivos lúdicos.

Durante la Revolución Industrial se diseñaron máquinas dotadas de un cierto automatismo, como la hiladora de Crompton o el telar de Jacquard. Este último funcionaba a partir de las órdenes que recibía de un sistema de tarjetas perforadas, antecedente de los modernos sistemas informáticos. Ya en el siglo XX, el español Leonardo Torres Quevedo inventó el telekino o mando a distancia, así como máquinas para jugar al ajedrez que pueden considerarse precursoras de la inteligencia artificial.

Sin embargo, el impulso fundamental de la robótica está ligado al progreso de la electrónica, en general, y de la informática, en particular. La invención de circuitos integrados, sensores, controladores, retroalimentadores, etc., ha sido fundamental para llegar a los modernos robots, dotados de versatilidad y de gran potencia. La evolución de la informática, capaz de desarrollar en milisegundos complejos algoritmos, ha sido otro factor decisivo. No puede olvidarse el último avance, representado por la inteligencia artificial.

Los primeros robots de cierta importancia aparecieron en la década de 1950. En este sentido merece destacarse el diseñado en 1951 para el manejo de materiales radiactivos, la máquina de control numérico ideada por el Instituto Tecnológico de Massachusetts en 1952 y diversos dispositivos de control y transferencia. En 1956, George Devol patentó su manipulador programable, el cual está considerado como el origen de los modernos sistemas robóticos.

En 1961, en la factoría de General Motors comenzaron a actuar en las cadenas de montaje una serie de robots que ejecutaban diferentes trabajos, entre los que se hallaba el troquelado de planchas. Cinco años más tarde, la firma noruega Trallfa utilizaba un robot para pintar chapa metálica a pistola.

En 1968, el Standford Research Institute diseñó un dispositivo al que llamó Shakey, que ya disponía de sensores y de una cámara que le permitía captar imágenes, siendo capaz de desplazarse. Pronto se le añadió un brazo que actuaba movido por una alimentación eléctrica.

En 1973 se creó el primer lenguaje de programación para robots, el WAWE, también obra del Stanford Research Institute, y un año después aparecía un nuevo lenguaje, el AL. Ese mismo año Kawasaki instalaba en sus factorías japonesas un robot capaz de realizar soldaduras.

Desde ese momento, la extensión y perfeccionamiento de los robots industriales ha sido incesante. Hacia 1980, la Universidad de Rhode Island ideó un robot que captaba objetos en cualquier orientación y posición, y en 1982 la potente IBM, creadora de un nuevo lenguaje informático para estas máquinas, el AML, diseñó un dispositivo en el que el brazo podía moverse tridimensionalmente, según tres ejes perpendiculares entre sí, a modo de triedro cartesiano.

Desde entonces, los robots han continuado evolucionando y hoy día son artefactos comunes en la mayoría de fábricas basadas en cadenas de automontaje. Sin embargo, carecen de funcionalidades verdaderamente humanas, un sueño de sus creadores, especialmente en lo que respecta a la finura de sus movimientos o su capacidad de aprender de situaciones. En este sentido, se espera que los avances en el campo de la inteligencia artificial terminen por repercutir positivamente en el mundo de los robots.

Robótica y sociedad

Desde la década de 1950, en que se comenzó a implantar la robótica a fin de liberar al hombre de la realización de tareas peligrosas o repetitivas, la aplicación de esta rama de la tecnología ha ido conquistando progresivamente diversos sectores de la sociedad.

Los primeros robots se utilizaron para el movimiento de cargas y para trabajos de troquelación y estampación en materiales metálicos; después se idearon otros capaces de realizar soldaduras, pinturas y diversas tareas de mecanización, como el desbarbado o el pulido, y, finalmente, se emplearon robots capaces de ser insertados en cadenas de montaje de automóviles y en la fabricación de elementos eléctricos y electrónicos de variada complejidad. Hoy día, se pueden encontrar en cadenas de envasado, de manipulado, etc.

La progresión de esta ciencia ha tenido su correspondiente impacto en la educación, al crear la necesidad de formar especialistas en el diseño, perfeccionamiento y reparación de estos ingenios. Se trata de profesionales en los que debe concitarse un conjunto de conocimientos pertenecientes a campos muy diversos, como matemáticas, mecánica, electrónica, informática, etc. Ello ha supuesto la creación de especialidades en muchas ramas de la ingeniería y la aparición de profusas líneas de investigación a nivel institucional y de tesis doctorales.

Naturalmente, la actividad industrial es la principal receptora de los beneficios que supone la robótica. Su primer efecto es la disminución de costes y la liberación de los trabajadores de la realización de tareas monótonas. Se ha dicho que su existencia elimina puestos de trabajo, argumento que se ha sacado a relucir siempre que se ha logrado un avance técnico, desde la máquina de vapor a las computadoras, pero se olvida la demanda laboral correlativa de personal capaz de manejar, fabricar y reparar estos ingenios que se origina. La historia demuestra que los avances tecnológicos nunca han repercutido contra el hombre.

También dentro de la industria, la robótica, al abaratar costes, ha supuesto la introducción de un factor de competitividad que ha obligado a muchas empresas a modernizarse, corriendo, en caso contrario, el peligro de quedar fuera del mercado establecido por sus rivales. Esta especie de guerra incruenta, pero de fuertes connotaciones económicas, redunda casi siempre en beneficio del consumidor.