Digestores

    Instalaciones que facilitan el mantenimiento y la reproducción de bacterias anaerobias, las cuales actúan sobre los residuos introducidos en ellas, originando un gas combustible, llamado biogás, rico en metano (CH4) y en dióxido de carbono (CO2), dejando además un nuevo residuo de naturaleza alcalina y rico en nutrientes.

    Los países pioneros en la obtención de biogás han sido la India y China, países en los que, por sus especiales características socioeconómicas, no se puede consumir petróleo de manera masiva, teniendo que buscar la energía en otras fuentes.

    El proceso de producción de biogás en el interior de un digestor consta de dos fases principales. En la primera, intervienen las llamadas bacterias acidificantes, las cuales descomponen la materia orgánica, rica en celulosa, en glucosa. A partir de ella, se generan, mediante diversas reacciones, un conjunto de sustancias, como ácido propiónico, etanol y ácido acético, principalmente. En la segunda fase, actúan las denominadas bacterias metanogénicas, cuya misión es convertir dichos compuestos en metano. Las bacterias acidificantes son muy resistentes a los cambios que se originen en su entorno, mientras que las metanogénicas, además de ser anaerobias, sí son muy sensibles a los cambios ambientales. Por este motivo, un digestor correctamente diseñado debe ser capaz de mantener las características precisas y garantizar la total ausencia de oxígeno.

    Cara al mantenimiento de dichas características, la instalación debe operar a un pH total neutro, por lo que, dada la abundancia de sustancias ácidas, es aconsejable que conserve este parámetro en el entorno de 8,5. Además, es fundamental el mantenimiento de una temperatura constante, alrededor de los 37 ºC y nunca superior a los 65 ºC, ya que las bacterias metanogénicas morirían.

    Hay varios criterios de clasificación de los digestores, siendo muy común el que los divide entre digestores de carga continua y de carga discontinua.

    Los primeros tienen su base en el funcionamiento de las fosas sépticas que comenzaron a utilizarse en el siglo XIX. Reproducen sus propias bacterias, creando, además, un medio de cultivo adecuado para las mismas. Para su buen funcionamiento, deben ser alimentados de manera regular, precisan de un buen control de la temperatura y son selectivos respecto a los residuos con los que trabajan, los cuales no pueden ser grandes ni fibrosos, sino que, por el contrario, deben estar triturados.

    En los de carga discontinua, las capas más superficiales son las que sufren una fermentación previa, que origina un gran desprendimiento de calor, el cual progresa hacia las capas inferiores, que es en las que, en una segunda fase, se origina la producción de metano.