Efecto invernadero

    La atmósfera retiene parte del calor llegado del Sol y filtra las radiaciones solares más peligrosas para los seres vivos (rayos ultravioleta).

    Aumento de la temperatura de la atmósfera como resultado de la falta de disipación de la radiación solar debido a la excesiva abundancia de gases contaminantes.

    Un nutriente fundamental para los ecosistemas es el carbono, ya que este elemento es imprescindible para la constitución de la materia viva. El carbono que se halla en los seres vivos es incorporado al suelo por medio de restos vegetales, animales muertos o sus excrementos. La actividad microbiana crea, a partir de estas sustancias carbonadas, dióxido de carbono, CO2, al que se une el producido por los órganos subterráneos de las plantas. Una parte de este dióxido de carbono se convierte en ácido carbónico y en diversas sales útiles para los vegetales, pero gran parte de él emigra a la atmósfera, donde se une al CO2 originado por la respiración de los seres vivos. El CO2 atmosférico es drenado del aire por la fotosíntesis, resultando transformado en productos tales como celulosa o almidón y siendo devuelto posteriormente al suelo en forma de restos vegetales y animales. De esta manera se completa el ciclo de este elemento.

    Pero además del carbono integrado en el CO2 de la atmósfera, hay que considerar otros manantiales de este elemento, como son el agua de los océanos, las rocas carbonosas, especialmente petróleo y carbones, la actividad de ciertas algas y las erupciones volcánicas.

    Por otra parte, al margen de su importancia como nutriente, el dióxido de carbono cumple en la Tierra un papel de capital importancia que es el de retener el calor que ésta recibe del Sol. En la atmósfera se encuentra una capa de dióxido de carbono, gracias a la cual se retiene sobre nuestro planeta el calor del Sol, lo que permite que en la Tierra haya una temperatura media de unos 15 ºC, en lugar de los -23 ºC que se registraría, también como media, en caso de no existir dicha capa. Este efecto fue descubierto en el siglo XIX por el sueco Svante Arrhenius y por el norteamericano T. C. Chamberlain, quienes, trabajando independientemente, llegaron a la misma conclusión: el CO2 de nuestra atmósfera absorbe la radiación infrarroja que emite la superficie terrestre y la devuelve hacia abajo en forma de calor.

    Sin embargo, concentraciones excesivas de CO2 pueden provocar efectos térmicos no deseados, al ocasionar temperaturas tanto más altas cuanto mayor fuese la proporción de CO2.

    El ciclo del carbono anteriormente descrito es el natural, pero hoy en día se ve incrementado, básicamente, por dos fuentes:

    Aportaciones habituales: debidas al desmedido uso de combustibles fósiles en fábricas, automóviles, calefacciones, etc.

    Aportaciones accidentales: debidas a incendios, intencionados o no, emanaciones volcánicas, etc.

    A estos manantiales de CO2 se une el incremento de la emisión de diversos gases que también contribuyen al efecto, como el metano, desprendido en la descomposición de materias orgánicas de ciertos cultivos, especialmente en el caso del arroz y los freones, usados en la industria del frío y como propelentes de aerosoles.

    Otros factores negativos son el aumento de la energía solar incidente, causado por el deterioro de la capa de ozono, y una gran desaparición de masa vegetal, por incendios, deforestaciones, etc., reduciéndose cada vez más la capacidad de drenaje de CO2 de la atmósfera.

    En resumen, una aportación progresivamente mayor de CO2 a la atmósfera y una disminución del que se sustrae de ella por los vegetales, ha propiciado la aparición del efecto invernadero y, como consecuencia, un aumento de la temperatura media de la Tierra, que algunas fuentes evalúan como importantes.

    Aunque existe una cierta disparidad en la cuantificación de los ascensos térmicos y algunos científicos creen que existe un límite para ellos, éstos tendrán dos claros efectos negativos:

    Sobre las aguas marinas: las temperaturas globales de la Tierra condicionan de forma decisiva el nivel de las aguas marinas. Hace 50.000 años, en la era Glacial, los descensos de temperatura hicieron bajar tanto el nivel de los mares que Inglaterra y el continente europeo se encontraban unidos. En sentido contrario, es evidente que un aumento de la temperatura provocará un ascenso en el nivel de mares y océanos, hecho que ya se está dando en Groenlandia y en la Antártida y que ha provocado un ascenso constatado del nivel marino de entre 5 y 10 centímetros.

    El deshielo de los glaciares supondría una elevación del mar entre 5 y 7 metros, lo que supondría que gran parte de la tierra hoy pisada, especialmente la situada en zonas bajas, quedaría sumergida y, además, alteraría corrientes cálidas, con la correspondiente incidencia climática.

    Sobre el clima:un incremento de la temperatura supondría un aumento pluviométrico en el norte, acompañado de fuertes sequías en el sur. Iría acompañado de la presencia de huracanes y tifones que serían más violentos, al estar su intensidad influida por la temperatura de las aguas y originaría un descenso de las nevadas.

    Estas variaciones climáticas supondrían efectos sobre la agricultura y la ganadería de desastrosas consecuencias para la Humanidad, con especial incidencia en los países subdesarrollados, dada la situación geográfica de éstos.

    Es importante mantener una buena calidad del aire controlando las emisiones a la atmósfera de gases contaminantes.