Cambio climático global

    Variaciones en las características generales del clima de todo el planeta.

    El clima en el planeta es el resultado de las interacciones de la atmósfera, los mares y océanos, los suelos y los seres vivos. Todos esos elementos establecen unas relaciones de equilibrio que gobiernan todos los aspectos climáticos existentes.

    En la actualidad, en el mundo científico, está muy extendida la idea de que se está verificando un cambio climático global. Se ha constatado un aumento de la temperatura media de la Tierra a lo largo de los últimos años y todo parece indicar que esa tendencia, lejos de frenarse, va en aumento. El siglo XX se ha cerrado con un incremento térmico promedio de 0,6 ºC y las previsiones para el actual, aunque con algunas discrepancias, lo cifran en un intervalo que va desde 1,5 a los 4,5 ºC. Estos cambios inducirán una respuesta correlativa en el resto de las características climáticas. El IPCC (Panel Internacional sobre Cambio Climático), organización con más de 2.500 científicos de todo el mundo, opina que un incremento de temperatura media entre 1,5 y 3,5 ºC causaría los mismos efectos, pero en sentido opuesto, que los que originó la última glaciación.

    La causa principal de este calentamiento se atribuye al incremento del efecto invernadero: la atmósfera posee una capa constituida por dióxido de carbono (CO2) que sirve para retener el calor sobre la superficie de la Tierra de forma natural, el ciclo del carbono en la naturaleza establece un equilibrio entre el CO2 lanzado a la atmósfera por la respiración de los seres vivos y el drenado de la misma por las masas vegetales para los procesos de fotosíntesis con los que elaboran sus propios alimentos. Este equilibrio ha sido alterado por la mano del hombre, mediante la emisión de ingentes cantidades de dióxido de carbono producido por el empleo masivo de combustibles fósiles, engrosando la capa natural. Cuando la radiación solar atraviesa dicha capa, y una vez reflejada en la superficie del planeta, no es capaz de salir, siendo reflejada de nuevo y reenviada hacia la superficie terrestre. Este fenómeno provoca los mencionados ascensos térmicos, los cuales, además, se ven reforzados por la continua y progresiva desaparición de masa arbórea, consecuencia de incendios, de deforestaciones y de talas desaforadas. Otros gases, como el metano, también han ayudado al mencionado aumento.

    Además, el indiscutible deterioro de la capa de ozono existente en la atmósfera, cuya misión es la de filtrar la radiación ultravioleta procedente del Sol, permitiendo la llegada a la superficie terráquea únicamente de la necesaria y conveniente, también supone una aportación al ascenso térmico.

    Algunos científicos opinan que el cambio climático es un hecho que ya está produciendo ciertos efectos, aunque sólo visibles por el momento a escala regional como son la aparición de largas sequías, altas temperaturas en épocas invernales en regiones históricamente frías o exageradas condiciones térmicas en los meses de estío.

    El cambio climático global presumiblemente traerá como consecuencias un aumento de enfermedades infecciosas tropicales tales como malaria, dengue o cólera, terrenos litorales invadidos por las aguas y, paralelamente, zonas afectadas por importantes sequías; desaparición de muchas especies animales y vegetales, tormentas, tifones y huracanes de especial violencia. Otra consecuencia será la imposibilidad de desarrollar determinados cultivos, lo que puede originar problemas sociales de gran importancia.

    Para afrontar este problema, en junio de 1992, se convocó en Río de Janeiro la Conferencia sobre Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas, continuadora de la Conferencia sobre el Ambiente Humano, de 1972. En ella se llegó a la conclusión, entre 162 países, de que era precisa una reducción de la emisión de CO2, proponiéndose medidas para ello como el aislamiento de viviendas, las plantas combinadas para la obtención de energía, la eficiencia de los aparatos eléctricos, el empleo del transporte público y la toma de medidas específicas para cada actividad industrial.

    Tras esta Conferencia de Río, se han producido otras, como la de Berlín (1995), en la que se llegaba al acuerdo de reducir las emisiones de CO2 pero sin dar cifras ni plazos. A partir de ella, se estableció el acuerdo de realizar una conferencia anual y obedeciendo a este criterio, se convocó la de Ginebra (1996), en la que sólo hubo declaraciones huecas y ninguna medida concreta. En 1997, se celebró la de Kyoto (Japón), en la que por fin se estableció un Protocolo que clasificaba a los países industrializados en ocho grupos, obligándoles a la reducción de gases nocivos. De esta manera, los Estados Unidos debían disminuir la emisión de éstos en un 7%, Japón en un 6% y la Unión Europea en un 8%. No obstante, en 1998, la Conferencia de Buenos Aires aplazó hasta el año 2000 la puesta en marcha de los acuerdos de Kyoto y la Conferencia de Bonn, en 1999, puso de manifiesto la resistencia de los países industrializados a acatar los acuerdos de Kyoto, lo que se evidenció en la Conferencia de La Haya, en 2000, finalizada sin llegar a acuerdo alguno. En 2001, la Conferencia de Marrakech (Marruecos) se cerró, al menos, con un acuerdo sobre las reglas de aplicación del Protocolo de Kyoto. Tras otras conferencias, en 2005, tuvo lugar la de Montreal (Canadá), con los acuerdos de Kyoto ya en vigor y en la que se establecieron acuerdos distintos para los países desarrollados y los que se hallan en vías de desarrollo. En 2006, la Conferencia de Nairobi profundizó en este sentido.