Anabolizantes

    Los anabolizantes son sustancias artificiales, preparadas en el laboratorio, cuya estructura química es muy parecida a la de las hormonas masculinas (andrógenos) secretadas por el organismo.

    Utilizados bajo estricto control médico, los anabolizantes constituyen un recurso importante para combatir una forma especial de anemia, la denominada anemia aplásica, en la que se altera la capacidad normal de la médula ósea para producir glóbulos rojos.

    También se emplean en el tratamiento de otras enfermedades, como la osteoporosis (debilitamiento progresivo de los huesos, frecuente en las mujeres posmenopáusicas) y para contrarrestar los efectos nocivos de la cortisona en el tratamiento de la artritis reumatoide, otro proceso degenerativo de los huesos.

    Sin embargo, la popularidad de estos fármacos no se debe tanto a sus beneficios terapéuticos como al uso indiscriminado que algunos deportistas de competición han venido haciendo de ellos para mejorar su rendimiento, práctica esta que, además de prohibida, resulta en extremo peligrosa para la salud, ya que los anabolizantes tienen importantes efectos secundarios nocivos.

    Si se toman sin el adecuado control médico, los anabolizantes pueden producir retrasos en el crecimiento de los niños, así como el trastorno conocido como efecto masculinizante (aumento del vello corporal y facial y voz grave, además de posible infertilidad) en las mujeres. En los varones, su utilización continuada puede llegar a inhibir la producción natural de andrógenos y causar impotencia. Además, provocan hipertensión arterial, aumento de la concentración sanguínea de colesterol, así como mayor riesgo de enfermedad cardiovascular. También se ha observado que produce diversas lesiones hepáticas e incluso tumores en el hígado. También resultan especialmente peligrosos para los diabéticos, ya que alteran el metabolismo normal de la insulina y de la glucosa.