Arte califal

Arte musulmán que tuvo lugar durante los califatos omeya y los primeros siglos del abbasí. Sus centros fueron Damasco, Bagdad, la península arábiga y Córdoba. Se caracterizó por su acusado eclecticismo.

También llamado arte islámico formativo, comprende todas las expresiones artísticas generadas durante la vida de Mahoma , el periodo de los califas “bien guiados” (al- rashidun), la dinastía omeya (661-750) y los primeros siglos de la abbasí (750-1258), acabando con el dominio indirecto de las dinastías buyíes sobre el califato (siglo X). Se trata en total de algo más de tres siglos que vieron cómo el Islam se expandía desde la Transoxiana hasta las tierras ibéricas de al-Ándalus, creando cuatro focos de irradiación cultural y artística: las tierras arábigas, la región siria en torno a Damasco, la región de al-jazira en torno a Baghdad y el emirato y califato andalusí, centrado en Córdoba.

Arquitectura

Durante este periodo, dominado en un principio por una etapa de transición hasta la consecución de un arte islámico pleno, se manifestaron cuatro tipos de influencias en las artes: la tradición preislámica, la bizantina, la persa o sasánida y evidentemente, las enseñanzas del Islam. Estas influencias se reflejan en la continuidad de formas y estilos precedentes a la conquista musulmana con ligeras adaptaciones a las necesidades del mecenazgo islámico (como por ejemplo, la eliminación de las coronas, símbolo de tiranía en el Islam, en los relieves de tradición persa).

Uno de los mayores ejemplos en este continuismo en las formas regionales previas es la famosa Cúpula de la Roca, en Jerusalén. Construida entre el 685 y el 691 por orden del califa omeya Abd al-Malik b. Marwan, este templo de planta octogonal utiliza elementos bizantinos (entre otras, la técnica del mosaico) dentro de un contexto puramente islámico.

La fusión de estilos también se puede comprobar en tres de las grandes mezquitas de la época: la de Medina, la de Damasco y la de Jerusalén. Las tres imitaban de alguna forma el concepto grecolatino, transmitido por Bizancio, del hipóstilo, largos espacios sustentados por numerosas columnas. Asimismo, las tres contenían ya el mihrab, así como una nave axial o gran pasillo central. Todo el conjunto arquitectónico estaba profusamente decorado con mosaicos, mármoles y tallas de madera aunque sólo la de Damasco contaba con minaretes o torres para la llamada de los fieles.

El eclecticismo de la primera época fue aún más cierto en la arquitectura secular, la cual no necesitaba adaptarse a las normas religiosas del Islam. El castillo rural sirio conocido como Jirbat al-Mafyar, por ejemplo, poseía una mezquita con su hipóstilo además de una sala del trono que semejaba una basílica romana. Esta misma conjunción de estilos se encuentra en las grandes ciudades palacio (Samarra en Iraq, Madinat al-Zahra en Córdoba) y, probablemente, en los palacios urbanos de la época.

Decoración mural

La ornamentación arquitectónica fue utilizada profusamente por la dinastía omeya, volviéndose más austera y selectiva con los abbasíes. Los elementos empleados incidieron una vez en los ya existentes: mosaicos y frescos del antiguo mundo romano, estuco iraní, etc. También se emplearon materiales industriales como fragmentos de cerámica (mezquita de al-Qayrawan, Túnez) o madera. La temática de estas decoraciones fue muy diversa, utilizándose los ricos elementos florales de tradición romana e iraní, simples paneles de estuco sin clara utilidad arquitectónica (palacio de Mshatta, Siria) o incluso, iconografías específicas (como las coronas de la mezquita de Jerusalén que simbolizaban los imperios conquistados), aunque éstas tendieron a ser eliminadas con el paso del tiempo.

Artes decorativas

Las artes decorativas del primer periodo son poco conocidas debido a la falta de objetos que sirvan para juzgarlas o al uso de estilos bizantinos, persas o coptos que hacen imposible distinguir si son originales o copias islámicas. Sólo la cerámica se sale de este panorama gracias a las numerosas muestras que se poseen. Esto permite atestiguar dos cambios significativos en las tradiciones cerámicas de las regiones conquistadas: por una parte, el desarrollo de una cerámica vidriada que imitaba tonos metálicos, muy apreciada por las clases altas, y la introducción durante el periodo abbasí de la técnica de la porcelana, la cual imitó modelos chinos.

En cuanto a la decoración de estos objetos, ésta sí fue típicamente islámica, es decir, ecléctica. Aparte de los tradicionales motivos geométricos y vegetales, es posible hallar piezas de cerámica engalanadas con inscripciones de proverbios, animales del folclore iraní y, a veces, figuras humanas.

El arte textil también gozó de gran importancia en esta época dada su relación con el lujo y el boato. Bajo la influencia sasánida y bizantina, las ricas telas de la época utilizaron materiales de lujo (seda, hilos de oro y plata) para crear piezas de colores brillantes y profusamente adornadas con complicados diseños geométricos. En un tipo concreto de vestimentas, el tiraz (con incrustaciones), la caligrafía participaba como elemento decorativo de mangas y bandas, donde se insertaba el nombre del regente así como la marca del artesano.

En cuanto a la caligrafía y las miniaturas, progresivamente se fue adoptando la escritura denominada cúfica (de la ciudad iraquí Kufa). Ésta, caracterizada por su linealidad y angulosidad, era idónea para ser utilizada sobre superficies duras, desde los pergaminos que debían contener los textos hasta las inscripciones en piedra, a veces adornadas con motivos vegetales.

Al mismo tiempo, surgieron las primeras manifestaciones de decoración de libros y especialmente, del Corán. Para ello se emplearon sobre todo los signos diacríticos del árabe escrito, los cuales se distinguían del texto negro o marrón por su gran colorido (rojo, verde, oro). Se utilizaron además pequeños dibujos en forma de medallones para señalar conjuntos de versos e, incluso, miniaturas para dar comienzo a las suras o capítulos.

Literatura

En literatura, antes de la aparición del Islam, las culturas urbanas y nómadas de la península arábiga mantenían una rica tradición oral compuesta fundamentalmente por dos géneros básicos: la poesía lírica, compuesta en estrofas llamadas qasidas y que versaban sobre temas de amor o sobre la vida tribal, y la épica en forma de prosa rimada.

Sería en este contexto que surgiría el Corán, el cual recoge las predicaciones y enseñanzas de Mahoma tal y como éstas fueron transmitidas a sus seguidores. Compilado definitivamente durante el califato de Uthman (644-656), tuvo una fuerte influencia sobre la literatura islámica no sólo por ser el vehículo de transmisión del Islam sino porque fijó, como libro sagrado que es, una norma lingüística de la que surgiría el llamado árabe clásico.

La literatura del periodo formativo estuvo marcada en un principio por la continuidad de formas preislámicas en el ámbito secular. Sin embargo, los radicales cambios sociales y políticos surgidos tras la expansión del califato pronto trajeron las primeras e importantes transformaciones. Por una parte, los ambientes cortesanos fueron alejándose de las narraciones propias de la épica tribal para acercarse a formas líricas sobre el amor o el vino. Por otra parte, las conquistas pusieron a la cultura árabe en contacto con culturas con una gran tradición literaria como la india, surgiendo un intercambio de tradiciones que se materializaría con la traducción al árabe de la compilación Calila y Dimna, la cual tendría influencia sobre la literatura árabe.

Estas transformaciones llevaron a la literatura en lengua árabe a su época dorada, coincidente con el establecimiento del califato abbasí en Bagdad (750). En esta época se terminaron por definir las principales corrientes poéticas entre las que destacan la escuela antigua, representada por Abu-l-Atahiya, y que defendía a la poesía como vehículo de expresión de los saberes y sentimientos religiosos; y la escuela moderna o cortesana, liderada por Abu Nuwas, que siguió cultivando la poesía báquica surgida en el Damasco de los omeyas. Nació asimismo una poesía denominada neoclásica (Abu Firas) que buscaba reunir las dos grandes tradiciones poéticas árabes: la temática religiosa y la preislámica. Finalmente, el gran al-Mutanabi, con su discurso satírico y de claras consonancias políticas, lideró la aparición de la llamada poesía partidista.

En cuanto a la prosa, durante el siglo IX surgió el género del adab o literatura didáctica (Ibn Qutayba), la cual pretendía al mismo tiempo educar en la lengua árabe, cuyas reglas habían terminado de ser fijadas en época omeya, así como invitar al lector a reflexionar sobre temas importantes para la sociedad islámica. Sería en este contexto donde empezarían a surgir las colecciones de ajbar o narraciones breves y de carácter legendario sobre el primer siglo del Islam, así como una historiografía y geografía más seria representada por al-Tabari y al-Baladhuri respectivamente.