Bioma de alta montaña

    Los biomas de alta montaña son parecidos a los de tipo polar o tundra debido a la vegetación inexistente.

    Las zonas de alta montaña conforman un bioma propio, que se caracteriza por una vegetación carente de árboles y con condiciones climáticas variables en función de la altitud y de la naturaleza del relieve. A medida que se va descendiendo desde los niveles más altos de las montañas por sus laderas, el bioma específico de montaña va siendo sustituido por otros, como los bosques o los matorrales.

    El incremento de la altitud influye en la variación del clima de montaña, ya que en los niveles superiores las temperaturas y la humedad disminuyen, por lo que durante las noches y en el periodo invernal se producen importantes descensos térmicos. El clima de montaña presenta, por otra parte, diversos condicionamientos. Por ejemplo, las laderas orientadas al ecuador, es decir, las vertientes sur en el hemisferio norte y las vertientes norte en el hemisferio sur, presentan características climáticas más suaves que las opuestas para los mismos valores de altitud. De igual modo, en los valles se dan fenómenos por los que las masas de aire frío descienden a niveles inferiores, mientras que en otros más altos el aire es caliente y las temperaturas son más cálidas.

    Los principales biomas de montaña son los situados en Asia, en el Himalaya y el Tíbet; la larguísima cadena montañosa que se extiende por el oeste de América desde Alaska a la Tierra del Fuego, cuyas principales cordilleras son las Montañas Rocallosas, la Sierra Madre y los Andes, y otros sistemas montañosos menos elevados, como los Alpes y los Pirineos en Europa, los Urales y el Cáucaso en Asia, o el Atlas en África.

    Los suelos de alta montaña son en general muy pobres en nutrientes. Esto se debe a que la erosión de los vientos y de los hielos suele arrastrar los escasos elementos nutritivos. En los niveles más altos predominan las masas rocosas en las que el suelo herbáceo es prácticamente inexistente. En las cumbres de origen volcánico, las cenizas expulsadas en las erupciones aportan profundidad y fertilidad a los suelos.

    A partir de cierta altitud, la vegetación en las montañas no existe, dado que lo habitual es que el terreno esté cubierto por nieves y hielos perpetuos. A medida que se desciende, los niveles más altos de las laderas están cubiertos de musgos, líquenes y arbustos leñosos resistentes al frío, hasta la llamada línea de árboles, a partir de la cual comienzan a desarrollarse las masas arbóreas y cuyo nivel varía según la latitud, la temperatura, la humedad, etc. En las montañas del hemisferio norte los árboles que crecen por debajo de la línea de árboles son, sobre todo, coníferas, como abetos, pinos o piceas. En el hemisferio sur hay además árboles de montaña endémicos, como el roble pellín y otros representantes del género Notophagus, de la familia de las fagáceas, que comprende varias especies propias de la Argentina, Chile y Australia.

    Los animales de las zonas de montaña son los propios de las áreas geográficas de las regiones en las que éstas se alzan. Por ejemplo, en las laderas montañosas de Norteamérica se encuentran osos, lobos o ciervos, mientras que en la cordillera de los Andes existen otras especies propias de la zona y bien adaptadas a la vida en altitud. Entre ellas hay aves, como el cóndor, o camélidos, como el guanaco y sus parientes domesticados, la llama y la alpaca. En los niveles más altos, insectos y otros invertebrados son los que predominan.