Bioma marino

El bioma marino, que corresponde cuantitativamente al 97,6% del total de las aguas del planeta, se distingue de las aguas interiores o de transición en que está sometido en mayor medida a la acción de las mareas y las corrientes. En todos los mares hay dos mareas −pleamar y bajamar−, provocadas por el influjo de la atracción gravitacional del Sol y de la Luna. La magnitud de estas mareas varía en función de las fases lunares, la orografía de la costa, la estación del año, etc. Por su parte, las corrientes determinan flujos de agua que condicionan la temperatura, la fauna, la flora y otros factores, entre ellos el clima de las zonas terrestres próximas a esas corrientes. Para el análisis de los biomas marinos se ha establecido por convención una distribución de zonas en el medio marítimo.

La zonación de los océanos

En el océano se distinguen tres zonas principales, la mesolitoral o intermareal, próxima a la costa; la bentónica, formada por el lecho oceánico, y la pelágica, o de mar abierto. En esta última, a su vez, se distinguen dos áreas, que en ecología se llaman provincias: la nerítica, más cercana a la costa, y la oceánica, que forma la gran masa acuática de cada océano.

En sentido vertical se diferencian cuatro zonas: la epipelágica, que se extiende desde la superficie hasta aproximadamente los 200 metros de profundidad; la mesopelágica, cuya profundidad comprende entre los 200 y los 1.000 metros; la batipelágica, entre los 1.000 y los 4.000 metros, y la abisal, que desciende hasta los grandes abismos oceánicos.

Por otra parte, se distinguen una zona afótica, que es aquélla en la que no alcanza a penetrar la luz solar, y una fótica en la que sí inciden los rayos solares. Ésta, a su vez, se diferencia en zona eufótica, la más superficial, en la que los organismos vegetales pueden desarrollar la fotosíntesis, y disfótica, en la que la penetración de luz es tan escasa que el consumo de oxígeno es mayor que su producción por fotosíntesis. La distribución de profundidades para el establecimiento de estas zonas depende de factores como la turbidez del agua o la tasa de nubosidad del área. No obstante, se suele considerar que la región eufótica se extiende desde la superficie hasta unos 80 metros de profundidad, la disfótica entre los 80 y los 700 metros (según las condiciones) y la afótica se sitúa por debajo del límite de esta última.

Lógicamente, la mayoría de la flora y la fauna marinas se concentra en la región eufótica, si bien existen algunas especies que permanecen en la región afótica durante todo su ciclo vital.

Zona mesolitoral

La zona mesolitoral o intermareal es la que cubre la profundidad comprendida entre el nivel más alto de la marea, o pleamar, y el más bajo, o bajamar. Por debajo de ella se extiende una zona llamada sublitoral, que conforma el estrato superior del ambiente pelágico y que concentra una elevada productividad de organismos vegetales y animales. En la franja mesolitoral esa productividad también es alta, dados los importantes niveles de concentración de nutrientes y oxígeno y de entrada de luz. Sin embargo, el mesolitoral es un medio agresivo para muchos de los seres que viven en él. Una costa rocosa, por ejemplo, queda expuesta, por un lado, a la desecación y a fuertes cambios de temperatura cuando se retiran las aguas en la bajamar, y, por otro, a la acción erosiva de arrastre del oleaje cuando la costa está cubierta por las aguas en la pleamar.

Por tanto, muchos organismos de litoral desarrollan adaptaciones de distintos tipos para perdurar en este hábitat. Por ejemplo, las algas de la zona intermareal suelen presentar sólidas cubiertas de polisacáridos que les proporcionan una textura gomosa, lo que les permite resistir la exposición al sol y al aire y les aporta flexibilidad y resistencia ante el oleaje cuando están cubiertas por las aguas. Por su parte, los moluscos bivalvos, como las almejas y los mejillones, cierran sus valvas para retener la humedad al quedar a la intemperie, mientras que otros animales, como los cangrejos y otros crustáceos, se ocultan en grietas y cavidades de las rocas durante la bajamar.

El ambiente bentónico

La región bentónica está formada por el conjunto del lecho oceánico, desde la zona mesolitoral hasta la abisal. Esta región la constituyen, esencialmente, sedimentos de lodo y arena y fondos rocosos.

La gran mayoría de la vegetación marina bentónica está fijada en la zona eufótica. Por cuanto respecta a la fauna, también en esta zona se asientan buena parte de los invertebrados marinos (corales, esponjas, erizos, estrellas de mar, anémonas, abanicos de mar, etc.), así como algunos peces de profundidad como el rodaballo o el lenguado, que suelen permanecer enterrados en el fondo arenoso.

Especial interés ecológico presentan los sistemas arrecifales coralinos, en los que se registra la mayor biodiversidad de todos los biomas acuáticos. Por ejemplo, se estima que en la Gran Barrera Coralina australiana, que en extensión apenas supone el 0,1% de la superficie oceánica de la Tierra, se encuentran el 8% de las especies conocidas de peces. Además de peces e infinidad de invertebrados, estas formaciones, por lo demás extraordinariamente sensibles a la contaminación, las mareas negras, la pesca de arrastre o la simple presencia de un excesivo número de buceadores en ellos, constan básicamente de corales, animales del phyllum de los cnidarios o celentéreos. Se trata de pequeños organismos tubulares que fijan el calcio del agua y originan esqueletos calcáreos que forman grandes masas ramificadas a parte de las colonias coralinas.

El ambiente pelágico: las provincias nerítica y oceánica

Como se ha indicado, en el mar abierto se distinguen dos grandes áreas: la provincia nerítica, que corresponde a las aguas situadas sobre la superficie de la placa continental, y la provincia oceánica, que forma la gran masa de las aguas marinas y oceánicas y que llega hasta las regiones abisales.

En el nivel horizontal más próximo a la superficie de las provincias nerítica y oceánica se extiende la llamada región epipelágica, de unos 200 metros de profundidad, que es la que concentra la mayor productividad y biodiversidad en el ambiente pelágico. El abundante fitoplancton es la base para el establecimiento de redes tróficas en las que participan, en primera instancia, los organismos que conforman el zooplancton (pequeños crustáceos, protozoos y larvas de peces y otros animales marinos), que se alimentan de fitoplancton. A su vez, el zooplancton es el alimento de las especies menores del necton, es decir, de los peces y otros organismos nadadores de pequeño tamaño, como las sardinas, los arenques o los calamares, mientras que éstos conforman el nivel trófico del que se nutren otros carnívoros nectónicos mayores como los atunes, los delfines o los tiburones.

En cambio, en los niveles inferiores de la provincia oceánica, por debajo de los 200 metros −lo que, por otra parte, supone el 75% de la masa líquida de la Tierra−, la gran mayoría de los organismos vivos depende para nutrirse de la llamada nieve marina, formada por los residuos orgánicos que descienden desde la región epipelágica. Por este medio se arrastran a las profundidades plancton y otros organismos en descomposición que sirven para nutrir a los peces abisales. Éstos presentan adaptaciones propias, como los órganos luminosos utilizados para localizar alimento o congéneres con los que aparearse, o las mandíbulas de gran tamaño, destinadas a aprovechar al máximo los limitados recursos alimentarios de su entorno.

Algunos animales, como el enorme calamar gigante, realizan ascensiones en busca de presas para después regresar a las profundidades. Ello no es más que uno de los múltiples indicios de la interrelación existente entre los diversos componentes de los biomas acuáticos, que siempre han de ser considerados como un conjunto de medios entrelazados en el marco global de la biosfera.