Biomas de aguas interiores

La singularidad de las masas acuáticas interiores las convierte en biomas por derecho propio.

Los ecosistemas de aguas interiores, es decir, los establecidos en ríos y arroyos, estanques, marjales, marismas y manglares, conforman un conjunto de distintas partes de la biosfera −en ese sentido se consideran biomas− que, a pesar de corresponder a áreas proporcionalmente reducidas de ella, desempeñan un papel esencial en el mantenimiento del equilibrio ecológico.

Características y tipos de aguas interiores

Apenas el 1% de la hidrosfera, la parte de la biosfera formada por agua, corresponde a las aguas interiores, ya que se estima que el 97,6% del total del agua está contenido en mares y océanos y que del 2,4% restante forman parte también el vapor de agua de la atmósfera, las aguas absorbidas por el terreno y las acumuladas en los polos como masas de hielo. A pesar de que su volumen proporcional es poco significativo, las aguas interiores tienen una importancia ecológica fundamental, ya que constituyen uno de los medios que intervienen en el ciclo biogeoquímico del agua, un modo de regulación del mantenimiento del equilibrio planetario.

Las aguas interiores se diferencian en lóticas, o aguas corrientes, y lénticas, o estacionarias. Las primeras forman parte de ríos, arroyos, y torrentes, mientras que las segundas corresponden a las aguas de lagos, lagunas, estanques, pantanos y otros tipos de humedales.

Las aguas de ambos tipos se relacionan básicamente con tres sistemas de drenaje: exorreico, endorreico y arreico. Las regiones llamadas exorreicas son aquellas en las que las aguas fluyen hacia el océano según un patrón bien definido de aguas permanentes contenidas en ríos, arroyos, etc. En las cuencas endorreicas, en cambio, la red hidrográfica no fluye directamente hacia los mares y océanos, debido a fenómenos como la acumulación hídrica en depresiones cerradas, la filtración del agua a capas freáticas subterráneas o el exceso de evaporación, que hace que en ocasiones las aguas sean salinas, en especial en lagos y lagunas de litoral y de montaña. Según su sistema de drenaje, las masas de agua pueden ser permanentes o temporales. Por último, las zonas arreicas son las que presentan una red hidrográfica no permanente y, por definición, determinan la existencia de aguas temporales.

Las aguas de interior pueden ser tanto dulces como saladas, con una distribución predominante de las aguas dulces permanentes en las áreas tropicales y templadas húmedas, y de las temporales y saladas en las regiones áridas. Hay que mencionar también las aguas acumuladas en cuevas y capas freáticas subterráneas, filtradas por los estratos rocosos permeables.

Ríos y arroyos

Los ríos y sus variantes menores −arroyos, riachuelos, torrentes− son corrientes de agua que fluyen sobre un lecho bien definido por sus dos orillas. Desde el punto de vista ecológico, los ríos son un elemento esencial en el ciclo del agua, ya que las aguas que llegan a la tierra desde la atmósfera a través de las precipitaciones vuelven en su mayoría al mar por medio de los cauces fluviales. También es importante el papel que las corrientes de los ríos desempeñan como elemento modelador del terreno a través de la erosión, como atestiguan paisajes tan espectaculares como el del Gran Cañón del río Colorado, en los Estados Unidos. Además de acciones erosivas tan patentes como las de los cañones, las corrientes fluviales también modelan el paisaje a través de otros mecanismos como la formación de llanuras aluviales o la acumulación de sedimentos en sus desembocaduras o en los lagos que se forman a lo largo de su recorrido.

Los ríos forman con todos sus afluentes unas redes complejas de drenaje que, en su conjunto, constituyen las llamadas cuencas fluviales.

En los ríos se diferencian distintos tramos de condiciones ecológicas diversas. En las fuentes, formadas por torrentes y cascadas a partir de un manantial, las aguas son claras, frías y ricas en oxígeno. Corriente abajo, va aumentando la profundidad y la anchura del río, así como su contenido de materia orgánica, aumenta la temperatura de las aguas y disminuye la cantidad de oxígeno. En el curso bajo, la pendiente de los ríos es muy reducida, por lo que las aguas fluyen despacio y no retienen las partículas que arrastran en suspensión, que tienden a depositarse tanto en el lecho como en las márgenes. Puede decirse que en el curso alto predomina la función erosiva −para consolidar el cauce de la cabecera del río−, en el medio la función principal es la de trasporte de los nutrientes en suspensión y en el bajo, ya cerca de la desembocadura en el mar o en otro río en el caso de los afluentes, la de sedimentación.

Sin embargo hay muchos ríos, algunos de ellos grandes como el Nilo o el Congo en África o el São Francisco en Brasil, que después de recorrer amplios tramos de tierras llanas en régimen de curso medio vuelven a "rejuvenecer" al llegar a desniveles bruscos en su camino hacia el mar.

La actividad humana condiciona de manera determinante la ecología fluvial. Por ejemplo, la construcción de presas para la obtención de energía eléctrica altera cualquier tipo de ecosistema de agua corriente, ya que la masa de agua, que al expandirse forma un embalse y anega tierras, destruye su hábitat natural. Por otra parte, el curso del río aguas abajo de la presa ve reducido su caudal de manera tan drástica que pueden registrarse cambios importantes en los organismos que habitan en sus aguas y en los ecosistemas que conforman sus riberas.

Sin embargo, el elemento que afecta de modo más decisivo a los ecosistemas fluviales es la contaminación. En áreas industrializadas, pocos son los ríos que no ven alterada la composición de sus aguas por el vertido de residuos de todo tipo. Ello produce un fenómeno llamado hipoxia, que tiene lugar cuando la vegetación fluvial crece muy rápido por el exceso de nutrientes derivados de los residuos contaminantes. Una vez muertas, las algas y otros vegetales acuáticos son descompuestos por bacterias cuya actividad metabólica "acelerada" agota las reservas de oxígeno de las aguas y dificulta −y, a veces, imposibilita− el desarrollo de formas de vida en el río.

Lagos, lagunas y estanques

Lagos, lagunas y estanques son ecosistemas de aguas estacionarias que se diferencian fundamentalmente por sus dimensiones, mayores en los lagos. Un lago es una masa de agua acumulada en una cavidad del terreno en forma de depresión que está rodeada por un perímetro de tierra. Se trata de formaciones geológicas que pueden ser de agua dulce o salada y cuyo tamaño y profundidad varían de forma considerable. A algunos, no siempre los más grandes, se les asigna el nombre de mares. Así sucede con el mar Caspio, entre Europa y Asia −el mayor del mundo−, o el mar Muerto, en Israel.

Aunque no todos los lagos cuentan con aportes de agua procedentes de cauces fluviales, a los ríos que alimentan los lagos se les llama inmisarios, mientras que a los que actúan como vías de desagüe se les denomina emisarios. En los lagos se distinguen tres zonas o capas principales, conocidas como litoral, limnética y profunda. La primera está formada por aguas someras que bañan las orillas de la formación lacustre, y se caracteriza por la presencia de vegetación de ribera (juncos, espadañas). Al ser la más superficial es la que engloba un mayor nivel de actividad fotosintética y, por tanto, de riqueza en nutrientes. La capa limnética es la de aguas abiertas, alejadas de la costa y cuyo límite inferior lo marca el punto hasta el cual penetra la luz. En esta zona la vegetación es menos abundante que en la litoral, aunque los peces son de mayor tamaño, y predominan el fitoplancton y el zooplancton. Por debajo se sitúa la capa profunda, a la que no alcanza la luz, y en la que los nutrientes tienen su origen en los organismos muertos procedentes del nivel superior y descompuestos por bacterias. Este nivel no existe más que en los lagos de cierta profundidad y no está presente en lagunas ni estanques.

Una de las consecuencias ecológicas más importantes de la actividad humana en los lagos es la eutrofización, excesivo enriquecimiento de nutrientes procedentes del arrastre de aguas residuales, domésticas o industriales, y de productos como los fertilizantes, que se filtran desde el terreno. Este proceso es más activo en los lagos que en las aguas corrientes y ha determinado, por ejemplo, que especies que requieren aguas bien oxigenadas (con pocos nutrientes), como el lucio o el esturión, hayan sido desplazadas por otras más resistentes a la falta de oxígeno, como el bagre o la carpa.