San Agustín

    San Agustín de Hipona (Aurelio Agustín, 354-430), filósofo y teólogo cristiano, considerado uno de los padres de la Iglesia y uno de los pilares doctrinales de la ortodoxia cristiana.

    Nacido en el año 354 en la ciudad africana de Tagaste de Numidia (actual Souk-Ahras, Argelia), sus tendencias religiosas fueron determinadas en gran medida por su madre, una ferviente cristiana, que lo llevó a interesarse por la filosofía y la religión después de una juventud turbulenta y apasionada.

    Atraído en un primer momento por la obra de Cicerón y el maniqueísmo (teoría religiosa, filosófica y teológica que suponía el desprecio y la demonización del mundo físico a favor de la espiritualidad del hombre y su realidad), posteriormente se acercó al neoplatonismo de Plotino, tras sufrir una grave crisis espiritual y realizar un decisivo viaje a Roma, donde tomó contacto con el cristianismo más ortodoxo. En el año 386 se convirtió de manera definitiva a la religión cristiana, lo que lo llevó a iniciar una vida ascética dedicada a la abnegada misión de convertir a los africanos más desfavorecidos al credo cristiano. Finalmente, en el año 391, fue ordenado sacerdote en Hipona (actual Annabah, Argelia), sustituyendo cinco años después al frente del obispado a quien fue su mentor espiritual, el obispo Valerio.

    En el año 400, siendo ya una figura admirada, terminó de redactar la que es sin lugar a dudas su obra más célebre, las Confesiones, en las que se dedica a relatar su alocada vida juvenil y a reflexionar con suma profundidad sobre los grandes dogmas de la fe. Otras obras de gran relevancia en su vida intelectual son De la Trinidad y La ciudad de Dios. San Agustín murió en el año 430, después de que la ciudad de Hipona fuese sitiada durante varios meses por invasores.

    Filosofía

    La filosofía de San Agustín se basa sobre todo en una convicción elemental: el pensamiento y la fe deben seguir caminos paralelos. Si bien es cierto que la religión y la filosofía son disciplinas distintas, que poseen sus propias formas de abordar el mundo, al final las dos deben llegar a las mismas conclusiones. Esto es así porque para que la razón sea conducida de manera adecuada primero es necesario que ésta se apoye en la fe; y, por otro lado, la fe puede ser apoyada por la razón para demostrar sus dogmas y sus realidades más básicas.

    San Agustín creía que el hombre era un compuesto de alma y cuerpo, siendo la primera más importante y necesaria. Esta forma de ser se traducía en tres facultades distintas: un conocimiento sensible, basado en el cuerpo; un conocimiento racional inferior; y un conocimiento racional superior. De las tres facultades la última es considerada como la más importante, como una forma de entendimiento divino, como una sabiduría que permitía llegar a los principios elementales de la religión cristiana gracias a la ayuda de Dios.

    Otro aspecto elemental de la obra de San Agustín, como se muestra en La ciudad de Dios, es la lucha entre el plano espiritual y el plano material o físico. En la época en la que vivió San Agustín, con la cultura romana ya en declive, el mundo se había convertido en un lugar caótico e inhóspito, en el que eran frecuentes los atropellos y la inmoralidad. En este contexto, el pensador cristiano ofrecía el mundo religioso como la única manera de escapar a la barbarie y el sinsentido.

    San Agustín posee una importancia fundamental en la historia del pensamiento, ya que supuso en gran medida la primera figura moderna. Desde un punto de vista religioso se ha convertido en una referencia obligada por su abnegación, esfuerzo e inteligencia.