Thomas Hobbes

    Thomas Hobbes (1588-1679), filósofo inglés y radical defensor del empirismo, manifestó su convencimiento de que la realidad estaba formada tan sólo de materia y movimiento y de la imposibilidad de llegar a un conocimiento de Dios, lo que le granjeó la enemistad de la Iglesia. Como teórico político, su desconfianza hacia el hombre libre, al que consideraba un peligro para sí mismo, le hizo defender la monarquía absoluta.

    Nacido el 5 de abril de 1588 en la localidad de Westport, Wiltshire (Inglaterra), estudió en Oxford y pronto se dedicó a la enseñanza, viajando como preceptor del hijo de Lord Cavendish a lo largo de toda Europa. De vuelta en Inglaterra se aplicó a estudiar la obra de su amigo Galileo Galilei y a publicar sus primeras obras. Posteriormente viajó a París huyendo del gobierno inglés, que no le era favorable. Allí escribió Leviathan, su obra más célebre e importante. En 1651 volvió a Inglaterra, cuando el gobierno volvió a estar de su lado, aunque tuvo que soportar las continuas críticas de la Iglesia a su pensamiento. Murió en la localidad de Hardwick Hall, en Derbyshire (Inglaterra) el 4 de diciembre de 1679.

    Su obra fue extensa y rica, destacando Elementos de la ley natural y política (1640), Leviatán, o la materia, la forma y el poder de un estado eclesiástico y civil (1651), De corpore (1655) y De homine (1658).

    El pensamiento de Thomas Hobbes se caracteriza por presentarse como un radical empirismo materialista y mecanicista. Así, la realidad está compuesta para el pensador inglés por materia y movimiento, que a través de diversas formas de relación dan lugar a todos los fenómenos de la realidad. En lo que se refiere al pensamiento, éste es sólo el resultado de una serie de estímulos materiales y nerviosos; mientras que Dios se encuentra detrás de todos los fenómenos, aunque es imposible saber nada acerca de él.

    El hombre por su parte es un lobo para el hombre. Es decir: se trata de un ser egoísta que en principio sólo piensa en sus propios intereses y se enfrenta a otros hombres para hacerlos realidad. Por lo tanto, la sociedad se fundamenta sobre la pérdida de la libertad humana y la coacción de sus deseos. Así, es necesaria una monarquía absoluta que controle todas las facetas de la vida social, monarquía que no depende del derecho divino sino del contrato social que los hombres establecen entre sí.