Japón

Las islas que conforman el archipiélago de Japón son el hogar de una civilización muy particular y, en cierto modo, extraña para el resto del mundo. A la sombra del gran volcán Fuji Yama (o Fujiyama), el denominado país del sol naciente, icono representado en su bandera, ha permanecido aislado geográfica y culturalmente durante siglos.

Los japoneses han preservado así costumbres ancestrales como una caligrafía particular muy elaborada, la ceremonia del té, el uso del kimono o el cultivo artístico de árboles en pequeños recipientes, denominados bonsáis. Con la misma determinación, Japón ha emprendido el camino de la modernidad desde su dramática derrota en la Segunda Guerra Mundial, y hoy día es líder mundial en ámbitos como la cibernética, la electrónica y la automoción.

Bandera de Japón.

Medio físico

El archipiélago japonés se extiende en dirección noroeste-sudeste sobre el océano Pacífico en un arco de 2.800 kilómetros. Su existencia se debe a que Japón se encuentra en la línea de choque de la placa tectónica euroasiática con la del Pacífico, al este, y la placa filipina al sur. Con el movimiento de estas placas han aflorado seis arcos montañosos concéntricos que se corresponden con las diferentes islas de Japón. El país está formado por cuatro islas principales separadas por estrechos: Honshu, la más extensa; Hokkaido, la más septentrional; Kyushu, la más meridional; y Shikoku, la más pequeña de las cuatro. A ellas se añaden, al sudoeste del país y ya en el mar de China, cerca de tres mil islas menores que conforman los archipiélagos de Riukiu y Ogasawara. De éstos, la isla de Okinawa es la más grande.

Vista del lago del cráter Toya, en la isla de Hokkaido.

La superficie total del territorio es de 377.835 kilómetros cuadrados. Las costas occidentales miran al continente asiático y se extienden en paralelo a Rusia, Corea del Norte y del Sur y China frente a un mar de escasa profundidad. La frontera norte, con Rusia, queda delimitada por el estrecho de La Pérouse (Soya) entre la isla de Hokkaido y la de Sajalín, y, al nordeste, por el archipiélago de las Kuriles, islas actualmente en posesión de Rusia y que los japoneses reclaman.

Aproximadamente un 70 % del territorio japonés lo conforman montañas. Todas las islas cuentan con cordilleras alineadas de norte a sur. En Hokkaido están los montes Kitami e Hidaka; en la isla de Honshu se levantan al norte las cordilleras de Ou, Kitakami y Abukuma; en el centro, el monte Fuji; al oeste, las montañas de Akaishi, Kiso y Hida; y sólo al este se extiende una amplia planicie en la que se sitúan la capital, Tokio, y otros asentamientos humanos. Las cordilleras más meridionales han originado las islas de Sikoku y Kyushu y, más al sur, Okinawa y otras islas. Las montañas bajas de Honshu y Hokkaido están formadas por areniscas y esquistos del periodo terciario, a los que se añaden materiales volcánicos. Algunos afloramientos de granito aparecen sobre todo en el centro de Honshu y en el norte de Kyushu.

La formación geológica de Japón es el resultado de la acción de fuerzas orogénicas producidas en el Cuaternario y cuya actividad aún se manifiesta en frecuentes terremotos que originan a su vez tsunamis, palabra de origen japonés con la que se conoce a las grandes olas que se forman sobre el epicentro de los movimientos sísmicos en el mar. Además, existe actividad volcánica en al menos cuarenta cráteres de los doscientos con que cuenta el país. El volcán más elevado es el Fuji Yama, con 3.776 metros de altura. Las costas japonesas son bastante recortadas y se disponen formando bahías y promontorios.

Gran parte del territorio japonés está conformado por sistemas montañosos. En la imagen inferior, el monte Fuji (isla de Honshu), visto desde el lago Kawaguchi.

Gran parte del territorio japonés está conformado por sistemas montañosos. En la imagen inferior, el monte Fuji (isla de Honshu), visto desde el lago Kawaguchi.

Los ríos japoneses son de corto recorrido y de régimen torrencial. El más largo es el Shinano, y sólo ocho de ellos sobrepasan los 200 kilómetros. Los cauces arrastran grandes cantidades de aluvión formando valles en terrazas y deltas en sus desembocaduras, pero sin constituir grandes cuencas hidrográficas. Algunos ríos se originan en zonas altas de volcanes, por lo que contienen aguas de gran acidez no aptas para el regadío. En el centro de la isla de Honshu, junto a Kioto, existe un gran lago llamado Biwa, de 675 kilómetros cuadrados, que se ha originado gracias a la actividad tectónica. Otros lagos más pequeños de origen volcánico, enmarcados en paisajes de gran belleza, son el Kutcharo, que se encuentra en Hokkaido, y los de Ashi y Towada, sitos en el norte de la isla de Honshu.

El clima varía en relación con la latitud, el relieve y la influencia estacional de los monzones. Al norte el clima es templado, con inviernos más fríos de lo que corresponde a su latitud por efecto de la acción de los vientos procedentes de Siberia y el océano Pacífico. La parte occidental de la isla de Hokkaido y el norte de Honshu están sometidos a fuertes nevadas y frecuentes precipitaciones a lo largo del invierno. En la isla de Hokkaido las temperaturas pueden bajar hasta los -9 ºC. En verano, los vientos monzónicos del este y el sur traen temperaturas cálidas y lluvia. Por el contrario, en el sur de Honshu, Shikoku y Kyushu y, sobre todo, en las pequeñas islas más meridionales, el clima es templado cálido, con temperaturas entre los 7 y los 27 ºC. Al final del verano y comienzos del otoño son frecuentes los tifones, con vientos que alcanzan los 300 kilómetros por hora, y las tormentas. En general, la pluviosidad es más alta en el occidente del país por la presencia de las montañas que favorecen las precipitaciones. Allí se alcanzan registros de 2.500 milímetros anuales.

Flora y fauna

En Japón crece una gran variedad de flora gracias a un clima templado y húmedo. Entre las más de 17.000 especies de plantas se incluyen los crisantemos (la flor nacional del Japón), los cerezos, los ciruelos blancos y rojos, las azaleas, las peonias y los lotos. En Hokkaido la vegetación es parecida a la del sur de Siberia y por tanto está adaptada a un clima más extremo. El tipo de árbol predominante en el Japón es la conífera, con numerosas especies de abetos, píceas, boj y cipreses, aunque se dan también diversas especies de hoja caduca.

Al norte de la isla de Honshu las especies arbóreas son las típicas de la zona templada, como pinos, castaños, olmos, álamos y hayas. Una especie autóctona es el sugi, o cedro japonés, árbol que alcanza gran tamaño. Especies de aprovechamiento agrícola son los melocotoneros, los perales, los naranjos y los bananos. El árbol de la laca y la morera se cultivan de manera extensiva. En la mitad sur del Japón crecen árboles de tipo tropical como la palmera, el bambú, el alcanforero y el árbol de la cera, y se cultiva la planta del té.

Las zonas boscosas de montaña son el refugio de mamíferos como osos, ciervos, zorros y antílopes. Uno de los animales más característicos es el macaco japonés, único simio del mundo que vive en latitudes tan al norte. Hay también variedad de reptiles, tortugas, serpientes y anfibios, siendo el más característico de ellos la salamandra gigante de Kyushu. Otra especie endémica es el gato salvaje iriomote, cuyo hábitat se halla en el archipiélago de Riukiu y está considerado un fósil viviente. Más de 600 especies de aves, algunas migratorias, viven en Japón, entre ellas patos, gansos, cisnes, cormoranes y albatros, así como águilas, halcones, búhos y pájaros carpinteros. La humedad facilita también la llegada de insectos como la cigarra o las libélulas, y en los ríos viven truchas y salmones. Como consecuencia de la mezcla de corrientes cálidas y frías en las aguas japonesas, las cercanías de la costa son ricas en bancos de peces, como la sardina, el atún, el arenque y el bacalao, así como de crustáceos y moluscos. Además, los mares cuentan con la presencia de delfines y ballenas.

La riqueza natural de Japón se encuentra amenazada por la deforestación y la lluvia ácida. Por suerte, la inaccesibilidad a gran parte de la topografía montañosa ha preservado zonas de gran belleza natural, sobre todo las regiones alpinas del centro de Honshu y los parques naturales de Hokkaido.

Población

Demografía

Con una población superior a los 126 millones de personas, Japón presenta una de las mayores densidades del planeta (335 habitantes por kilómetro cuadrado). Debido al relieve montañoso, las mayores concentraciones humanas se localizan en las regiones costeras orientales. Este desarrollo urbano es un fenómeno relativamente reciente, iniciado hace poco más de un siglo, cuando la industrialización favoreció la concentración urbana alrededor de los grandes puertos del comercio internacional. El resultado es la formación de gigantescas metrópolis en las que se mezclan los grandes rascacielos y autopistas con barrios tradicionales de pequeñas casas de madera. Así, la ciudad de Tokio y su área metropolitana están habitadas por 36 millones de personas, incluyendo Kawasaki, Yokohama y otras poblaciones de la bahía de Tokio. Otros núcleos de población son Osaka, con 18 millones, que incluyen Kobe y Kioto; Nagoya, con 5 millones; Sapporo, con 2 millones; Fukuoka, con 1.263.000 habitantes; e Hiroshima, con 1 millón.

La emigración de las regiones rurales y de montaña a las ciudades ha sido una constante a lo largo del siglo XX. Muchas aldeas han desaparecido debido a esos desplazamientos. En las comunidades restantes, la forma de vida tradicional ha sufrido serias modificaciones con la llegada de nuevas industrias. En la ciudad, las pautas sociales modernas han reducido drásticamente el número de nacimientos. A ello contribuyó también la política gubernamental posterior a la Segunda Guerra Mundial, que favoreció la planificación familiar, llevando a cabo, entre otras medidas, la legalización del aborto desde 1948.

Los habitantes de Japón tienen una muy alta esperanza de vida al nacer: 81 años para los hombres y 88 para las mujeres. Este hecho, combinado con el acusado descenso en los nacimientos, hace que la población japonesa esté envejeciendo a un ritmo acelerado.

Los japoneses presentan rasgos étnicos comunes con los pueblos de Asia oriental, como son los ojos rasgados, el cabello liso y oscuro y la constitución corporal. Sin embargo, el aislamiento secular ha hecho de ellos un grupo diferenciado que ha dado lugar a una absoluta uniformidad nacional que sólo se ve alterada por pequeños porcentajes de población de origen coreano o chino; por los llamados ainos, que viven en la isla de Hokkaido; por los habitantes de Okinawa, que presentan determinadas particularidades culturales y lingüísticas y sufren una cierta discriminación social; y por los campesinos descendientes de las clases más bajas del antiguo sistema social.

Lengua

El japonés es una lengua del grupo altaico entroncada con el coreano y con influencias del chino llegadas a través de la literatura, de la que adoptó los pictogramas denominados kanyis para escribir su propio vocabulario. Posteriormente, el japonés se adaptó a un doble silabario, katakana e hiragana, a partir de la simplificación de la escritura china. El japonés actual se escribe por medio de una combinación de kanyis, unos cinco mil en el lenguaje culto, y grafías propias. El habla de Tokio se impuso como norma lingüística en el siglo XIX a través de las escuelas. No obstante, existen diversos dialectos como el hondo, con diversas variantes, y el nanto, un arcaico japonés hablado por los pobladores de Okinawa. En los últimos tiempos, multitud de palabras occidentales, sobre todo del inglés, han pasado a formar parte del vocabulario habitual japonés.

Religión

Los valores religiosos en Japón presentan una gran heterogeneidad e influencia del exterior. La religión shinto, profundamente identificada con la cultura japonesa, es un culto popular practicado desde los primeros tiempos que se basa en el animismo, el naturalismo y la veneración a los antepasados. El sintoísmo afirma la existencia de divinidades o seres espirituales (kami) que pueden encontrarse en la propia naturaleza o en niveles superiores de existencia. Los dioses de la religión sintoísta son innumerables. El propio ser humano, como hijo de kami, tiene una naturaleza divina.

Por consiguiente, de lo que se trata es de vivir en armonía con los kami para poder disfrutar de su protección y aprobación. El sintoísmo no posee un dios que predomine sobre los otros ni reglas establecidas para la oración. Tampoco cuenta con textos sagrados, aunque sí con narraciones míticas que explican el origen del mundo y del hombre, así como con numerosos templos y festivales religiosos a los que acuden millares de personas en fechas señaladas. El sintoísmo consta de trece sectas que fueron fundadas en el siglo XIX, las cuales contienen elementos del confucianismo, el budismo y el taoísmo.

A la religión sintoísta se sumó pronto el budismo, que penetró desde China y Corea y fue adoptada como religión oficial en el siglo VIII. El budismo ha ejercido una profunda influencia sobre el shinto, aunque éste también ha modelado la tradición budista nacional hasta darle una forma particular. Ambas religiones definen la religiosidad nipona, y los japoneses suelen practicar los ritos de ambas tradiciones según la naturaleza de la ocasión (suelen preferir el shinto para los rituales de nacimiento y matrimonio y el budismo para los ritos funerarios).

Los valores religiosos en Japón son muy heterogéneos, aunque existen dos grandes corrientes: el sintoísmo y el budismo. En la foto el templo budista Kiyomizu-Dera, en Kioto, perfectamente integrado en la naturaleza.

En la Edad Media penetró, también desde China, un tipo de budismo denominado zen. En Japón se crearon dos escuelas principales del budismo zen: Rinzai y Soto. Estas dos escuelas acapararon con el tiempo buena parte del resurgir del budismo. El taoísmo y el confucianismo han sido también religiones de peso en Japón. El confucianismo ha tenido una influencia tradicional en la filosofía y la doctrina política japonesa desde el siglo VI, mientras que el taoísmo está presente en creencias populares como la adivinación y el seguimiento del calendario chino. Mucho más tarde, a partir del siglo XVI, los misioneros europeos introdujeron el cristianismo, cuyo culto, predominantemente protestante, se ha mantenido a pesar de las periódicas persecuciones de tiempos pasados.

Ya en el siglo XX surgieron multitud de nuevas religiones y sectas más o menos influenciadas por las religiones previamente establecidas. Es el caso de Soka Gakkai, que cuenta con numerosos fieles a la búsqueda de nuevos valores en la sociedad industrial. En la actualidad conviven toda una variedad de cultos que en ocasiones son practicados simultáneamente. El sintoísmo, presente en muchos ritos sociales, no impide la existencia de altares en honor a Buda o la adhesión de los japoneses a cualquier otro dogma. Algunos de ellos han derivado en grupos de corte mesiánico y apocalíptico al margen de la ley, como la secta Verdad Suprema, que en 1994 atentó en la capital esparciendo gas venenoso en el metro.

Economía y comunicación

Datos económicos

La agricultura japonesa ha debido adaptarse a las particularidades del terreno y a la falta de superficie apta para el cultivo. Las tierras de uso agrícola suponen sólo el 12 % de la totalidad del territorio y en general se encuentran repartidas en pequeñas propiedades de aproximadamente una hectárea. Es frecuente la disposición de las parcelas en terrazas y bancales para su máximo aprovechamiento. Japón dispone de suficientes reservas de agua para uso agrícola, especialmente útiles para el cultivo del arroz. Incluso a menudo ha de hacer frente a las periódicas inundaciones.

El principal producto agrícola y base de la alimentación, el arroz, ocupa el 50 % de las tierras y su producción abastece las necesidades nacionales. Otros productos importantes son la remolacha azucarera, el trigo, verduras, naranjas, papas o patatas, soja, té y tabaco. Sin embargo, Japón ha de importar más del 60 % de los productos agrícolas y alimenticios para satisfacer a su numerosa población. Hay una gran disponibilidad de madera en el país, pero su localización en zonas agrestes dificulta su explotación y transporte. En los bosques de propiedad estatal se está llevando a cabo una campaña de repoblación forestal para paliar la sobreexplotación. La agricultura, de poco peso en la actividad económica del país, es además un sector fuertemente subvencionado por el Estado. De la ganadería destaca la explotación porcina y de aves de corral.

El cultivo del arroz es uno de los más abundantes del país. En la foto, una granja tradicional en un arrozal.

La industria pesquera, por el contrario, tiene una gran importancia, ya que el pescado es un alimento esencial en la nutrición de los japoneses. La flota nipona es una de las más grandes y modernas del mundo y sus capturas suponen el 15 % del volumen de extracción mundial de pescado. Buques-factoría aprovechan los recursos de las aguas circundantes, que se encuentran al límite de la sobreexplotación, y llevan a cabo campañas en aguas lejanas, como la pesca ballenera en la Antártida. Existen asimismo numerosas piscifactorías en el litoral japonés, así como una industria dedicada a la extracción y el cultivo de perlas.

El subsuelo nipón no es rico en recursos minerales. El país cuenta con ciertas reservas de carbón, mineral de hierro, cinc, plomo, cobre, plata, oro, tungsteno, cromo, manganeso y piedra caliza. En menor cantidad dispone de níquel, cobalto, bauxita, nitratos, potasio, fosfatos, petróleo y gas. Los yacimientos más explotados en la primera fase de la industrialización fueron los de carbón, existentes en las islas de Hokkaido y Kyushu. Ahora suponen, en cambio, una actividad menor debido a la competencia exterior, de donde llega mineral de mayor poder calorífico y más barato, y por el uso generalizado del petróleo. Las reservas de gas y petróleo se localizan al norte de la isla de Honshu, en el mar de Japón, y en las tierras bajas de Hokkaido. Debido a la carencia de recursos fósiles y a la dificultad para instalar grandes centrales hidroeléctricas en un relieve tan montañoso, Japón ha apostado decididamente por la energía nuclear.

La actividad industrial supone aproximadamente el 26,6 % del PIB y está muy diversificada y especializada. Se basa, en primer lugar, en la producción de automóviles, de la que Japón es uno de los mayores proveedores mundiales, tanto de motocicletas y turismos (Suzuki, Honda) como de vehículos industriales. A continuación sobresale la producción de maquinaria y aparatos de precisión: relojes (Seiko, Citizen), cámaras fotográficas (Nikon, Olympus), computadoras y material audiovisual (Sony, Pioneer). El país nipón se ha convertido asimismo en un excelente competidor en campos como la robótica, la microelectrónica, la biotecnología y la industria aeroespacial. También produce barcos, acero en bruto, aluminio, ácido sulfúrico, plásticos, cemento, pasta de papel, tejido de algodón y fibras sintéticas. El sector industrial depende enormemente del mercado exterior, tanto para la obtención de materias primas que intervienen en la fabricación, como para colocar la producción nacional.

El sector servicios ocupa buena parte de la actividad económica del país (72,2 % del PIB). En él, el peso de la actividad financiera es muy importante. Japón dispone de una red bancaria muy desarrollada y con fuerte implantación en los mercados internacionales como fuente de capital y crédito. Su regulación está garantizada por el Banco de Japón, institución que desde 1882 ejerce las funciones de banco central. Las entidades más importantes son el Dai-Ichi-Kangyo, el Fuji, el Mitsubishi y el Bank of Tokyo. Muchas de estas corporaciones mantienen estrechas conexiones con los grupos industriales, financiando y participando directamente de sus beneficios. El índice Nikkei de la bolsa de valores de Tokio es tan determinante en la marcha de la economía mundial como lo son los mercados bursátiles de Nueva York o Londres.

Vista aérea de Tokio con el monte Fuji al fondo, y del edificio del Gobierno Metropolitano. Tokio es capital del país y un referente industrial, económico, financiero y cultural internacional, además de ser una de las metrópolis más pobladas del mundo.

Vista aérea de Tokio con el monte Fuji al fondo, y del edificio del Gobierno Metropolitano. Tokio es capital del país y un referente industrial, económico, financiero y cultural internacional, además de ser una de las metrópolis más pobladas del mundo.

La moneda japonesa es el yen, una divisa fuerte respaldada por la tercera mayor potencia económica mundial, tras los Estados Unidos y la Unión Europea. Su poderío económico se basa en el peso que el comercio japonés tiene en el mercado mundial, cuya participación es del 10 %, y que favorece un superávit permanente en su balanza comercial. Por ello, Japón es uno de los mayores defensores de la liberalización económica y tiene un papel muy activo en los más importantes foros mundiales, como el G-8, la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

La economía japonesa, muy desarrollada en la industria y los servicios, se apoya en un arraigado sentido social de colectividad y de responsabilidad individual, en la preparación de los trabajadores y en una fuerte sinergia entre el Gobierno y los diversos sectores económicos. Influyentes asociaciones de trabajadores, proveedores y distribuidores (los keiretsu) y gremios empresariales velan por la marcha de la economía. El papel del Estado en la actividad económica se orienta por tanto más a la supervisión que a la regularización. La Administración, a través de agencias y expertos gubernamentales, mantiene un contacto permanente con los diferentes agentes económicos para analizar los indicadores y las variaciones en el mercado.

Otra característica es la estabilidad en el empleo, pues las empresas japonesas garantizan el trabajo de por vida a sus empleados a cambio de un compromiso fiel de éstos en la marcha del negocio. La tasa de desempleo en Japón se mantiene estable en torno a un 4 % de la población activa y el PIB alcanza los 31.500 dólares por persona.

Desde la mitad de la pasada centuria, el crecimiento económico japonés ha sido espectacular, con una media del 10 % en la década de 1960, un 5 % en la de 1970 y un 4 % en la de 1980. Gracias a su considerable productividad, Japón logra colocar una gran variedad de bienes con un alto valor tecnológico en el mercado internacional. Esta competitividad ha ocasionado algunas guerras comerciales con otras economías del planeta. Los principales socios comerciales de Japón son China (de quien importa buena parte de las materias primas), los Estados Unidos (destino principal de la producción nipona), Corea del Sur, Taiwán, Australia e Indonesia. No obstante, desde finales del siglo XX la economía japonesa se sumió en un periodo de bajo crecimiento, o incluso desaceleración y recesión ocasional, que se prolongó durante dos décadas.

En cuanto al ámbito del transporte, debe señalarse que Japón cuenta con más de un millón de kilómetros de carreteras, en su gran mayoría perfectamente asfaltadas, que comunican las múltiples localidades de las islas. La primera línea férrea del país se estableció entre Tokio y Yokohama en 1872. Actualmente cuenta con 27.100 kilómetros de vías, por muchas de las cuales circulan los famosos shinkansen o trenes-bala, que alcanzan velocidades cercanas a los 300 kilómetros/hora y con los que Japón, en la década de 1960, fue pionero en la implantación de trenes de alta velocidad. Los ferrocarriles japoneses tienen reputación de ser puntuales y limpios. Además, la red suburbana de metro de la capital y de otras ciudades cubre cientos de kilómetros de vía, en constante aumento para abastecer la masificación de las urbes. Los servicios de trenes de cercanías son utilizados por millones de personas cada día para desplazarse de sus casas a los lugares de trabajo. Las diferentes islas se comunican también por vía marítima, con puertos tan destacados como los de Kawasaki, Kobe o Nagoya. Respecto al transporte aéreo, Japón posee 142 aeropuertos, varios de ellos internacionales, en los que operan diversas compañías domésticas y la línea nacional JAL, que tiene vuelos a los cinco continentes.

Comunicación

El porcentaje de japoneses que leen diariamente la prensa asciende al 80 %. Entre los periódicos más conocidos se encuentran el Asahi Shimbun, el Yomiuri Shimbun, el Nikkei Net o el Japan Times, la mayoría de los cuales incluyen páginas en inglés. Japón ha desarrollado también una potente cultura audiovisual. Las infraestructuras de las telecomunicaciones son de las más desarrolladas del mundo y llegan hasta los lugares más remotos del país. La radiotelevisión japonesa (Nipon Hoso Kioaki o NHK) es una corporación pública que se financia con la concesión de licencias a los receptores particulares y emite televisión de alta definición. También existen diversas cadenas de televisión privadas que pertenecen a importantes grupos periodísticos y se financian con una poderosa industria publicitaria, así como compañías de televisión por cable o satélite.

Las Fuerzas Armadas estadounidenses destinadas en suelo nipón disponen de tres estaciones televisivas y dos servicios de televisión por cable. Las comunicaciones están garantizadas por el empleo de varias estaciones de recepción vía satélite y por el tendido de cable submarino a Asia y los Estados Unidos. El Gobierno ha privatizado buena parte de esos servicios creándose un gran grupo mediático, el Nipon Telegraph and Telephone (NTT), con el que se está implantando un sistema de comunicación por fibra óptica de última generación. Más de 99 millones de japoneses navegan en Internet, a menudo desde los teléfonos móviles más modernos del mercado.

Administración y política

División territorial

Japón está dividido administrativamente en 44 prefecturas (ken), dos prefecturas urbanas (fu), en Kioto y Osaka, y una metrópoli (to), en Tokio. Además, cuenta con más de tres mil ayuntamientos. Los presidentes de las administraciones son elegidos por sufragio universal y existe un nivel administrativo intermedio entre las prefecturas y el Gobierno central, pues algunas oficinas ministeriales se sitúan en ciudades desde donde extienden sus competencias a varias prefecturas. La administración regional y local tiene competencias en materias social, de educación, vivienda e infraestructuras.

Administrativamente, Japón está dividido en diversas prefecturas. En la imagen, ciudad de Fujikawaguchiko en la prefectura de Yamanashi.

Forma de gobierno y partidos políticos

La actual Constitución japonesa entró en vigor el 3 de mayo de 1947. En ella queda establecido que Japón es una monarquía constitucional, con un Gobierno parlamentario y con separación de poderes. La soberanía reside en el pueblo japonés. Aunque a la cabeza del Estado se sitúa el emperador, éste tiene sólo una función simbólica y de representación, y es la Dieta o Parlamento el que detenta el poder político y de donde emana toda la legislación del país. La Dieta consta de una Cámara de Representantes, o Cámara Baja, compuesta por 480 asientos, y una Cámara de Consejeros, o Cámara Alta, con 242 escaños. La composición del Parlamento la deciden por sufragio universal los japoneses mayores de 20 años cada cuatrienio, pero la elección del primer ministro la llevan a cabo los miembros de la Dieta. El primer ministro es el encargado de nombrar y presidir el gabinete ministerial, que es el órgano de gestión del poder ejecutivo.

El máximo órgano del poder judicial es el Tribunal Supremo, compuesto por un presidente y catorce jueces nombrados por el poder ejecutivo. Por debajo se sitúan los tribunales superiores, los de distrito y los tribunales sumarios.

La Constitución garantiza la libertad para constituir partidos políticos, que sólo necesitan cumplir el requisito de registrarse. Multitud de partidos, a veces sólo de un alcance local, entran continuamente en la escena política. No obstante, son pocos los partidos que tienen una cobertura nacional. El más importante ha sido tradicionalmente el Partido Liberal Democrático (PLD), la fuerza dominante durante la segunda mitad del siglo XX. Su hegemonía finalizó en la década de 1990, a partir de una serie de escándalos de corrupción que llevaron a la escisión del partido. Surgió entonces una fuerza opositora multipartidista denominada Nueva Frontera (Shinshinto). En esta coalición alternativa se encuentran partidos muy arraigados de la izquierda, como el Partido Social Democrático (PSD), el Partido del Gobierno Limpio (Komeito), el Partido Socialista Democrático (PSD) y el Partido Comunista Japonés (PCJ). Todos ellos se apoyan en una importante base sindical de trabajadores.

Servicios del Estado

El desarrollo económico de Japón ha reducido notablemente las antiguas diferencias entre ricos y pobres, consolidando una inmensa clase media. El estado de bienestar garantiza la seguridad social de los ciudadanos con pensiones, seguros de desempleo, de accidentes laborales y cobertura médica. Los ancianos, sector de población cada vez más grande, disponen de servicios de atención en el hogar, todo tipo de cuidados médicos y una oferta de ocio desde las instituciones. Existen programas específicos para el cuidado de la infancia, especialmente de los niños pertenecientes a las familias con menos ingresos, así como cuidados médicos para las mujeres embarazadas. Las personas con discapacidades físicas o mentales reciben asimismo toda la atención necesaria del Estado. A todos estos programas se añaden asociaciones privadas y de voluntarios que se ocupan de las personas más necesitadas.

La educación ha alcanzado también un nivel muy avanzado y explica en parte el espectacular desarrollo de Japón. Las empresas conceden una gran importancia a la cualificación de sus empleados y se asume el nivel formativo como vía de acceso a mejoras sociales y económicas. La escolarización es obligatoria y gratuita a partir de los 6 años de edad y por un periodo de nueve años. La educación secundaria, a pesar de no ser obligatoria, es seguida por la práctica totalidad de los japoneses. Los centros universitarios más prestigiosos y antiguos son los de Tokio y Kioto. La ciudad de la ciencia de Tsukuba, situada a las afueras de la capital, cuenta con dos universidades y varios centros de investigación. Existe asimismo una «universidad virtual», la Universidad del Aire, que proporciona cursos de educación superior a través de la televisión.

La vivienda es en cambio una cuestión sólo resuelta a medias. Japón arrastra, desde la destrucción generalizada de la Segunda Guerra Mundial, un déficit en la oferta de construcción de viviendas. Durante los años de prosperidad posteriores, los beneficios obtenidos fueron reinvertidos en la industria en lugar de promover la construcción de casas. A esta coyuntura se suma también la destrucción que originan los frecuentes terremotos, inundaciones y tifones. Con la falta de alojamiento sobrevino una gran especulación económica en el sector inmobiliario que ha disparado los precios de las casas, en especial los de las zonas más céntricas de las ciudades. El resultado es que amplios sectores de población tienen dificultades en el acceso a la vivienda y se ven obligados a ocupar espacios de una sola habitación. Tampoco ha existido una planificación urbanística sistemática por parte de la Administración, por lo que el crecimiento de las ciudades se ha producido de forma anárquica y descontrolada. Muchos japoneses tienen que recorrer largas distancias desde sus casas a los centros de trabajo, con la consiguiente saturación del tráfico urbano. El Gobierno ha tratado de paliar la carestía de hogares a través de la creación de una Corporación para el Desarrollo Urbano y de la Vivienda, en la que se ofrecen créditos a bajo interés para la construcción de nuevos hogares. Por su parte, las Administraciones regionales y locales construyen edificios de apartamentos para familias con pocos recursos. También las grandes empresas proporcionan a veces alojamientos modestos para sus empleados.

En lo referente a la seguridad del Estado, desde la firma de la paz tras la Segunda Guerra Mundial, Japón delegó buena parte de sus atribuciones defensivas en los Estados Unidos, con quien mantiene un tratado de Mutua Cooperación y Seguridad vigente desde 1960. Gracias a este tratado, los Estados Unidos desplegaron diversas bases militares por el país. A pesar del paraguas militar estadounidense, Japón cuenta con un Consejo de Defensa Nacional y unas Fuerzas Armadas que desde 1992 intervienen en operaciones de paz establecidas por las Naciones Unidas. La Agencia Nacional de Policía es la encargada de velar por la seguridad ciudadana y de perseguir la delincuencia y el crimen, aspectos que no suponen un grave problema en comparación con otros países desarrollados. Una Agencia de Seguridad Marítima tiene como cometido mantener la vigilancia sobre las aguas jurisdiccionales y las costas.

Historia

La leyenda atribuye la creación de Japón a la diosa del sol Amaterasu, de la que son descendientes los emperadores desde Jimu, quien supuestamente ascendió al trono en el 660 a.C. Esta doctrina fue dogma oficial del Estado hasta el año 1945.

Japón en la Prehistoria

Poco se conoce del poblamiento del archipiélago japonés en sus primeros periodos, pero no existen dudas acerca de que los hombres originarios llegaron desde el continente asiático a través de la península de Corea. Se han encontrado numerosos yacimientos con instrumentos de piedra de época paleolítica que demuestran la existencia de pueblos cazadores. A esta cultura se la conoce con el nombre de era Pre-cerámica.

Hacia el 10000 a.C. aparecen las primeras civilizaciones que emplean la cerámica en la isla de Kyushu, primera manifestación de una cultura denominada Jomon que moldea recipientes de gran diversidad y se halla provista de abundante decoración. Estas técnicas se expandieron por el resto del archipiélago con variaciones regionales. De esta época se han localizado diversos asentamientos con pequeños grupos de viviendas excavadas cuyos moradores vivían de la recolección, la caza y la pesca. Junto a las viviendas han sido encontradas las sepulturas.

Desde el siglo III a.C. se desarrolló una cultura que se irradió desde Kyushu al resto del territorio. Se la denomina Yayoi, el nombre del distrito de Tokio donde apareció uno de sus asentamientos. La cerámica allí encontrada revelaba haber sido modelada con torno y cocida a alta temperatura. Además se hallaba acompañada de objetos de metal asociados al cultivo del arroz, cuya práctica había penetrado desde el continente. La mayor parte de los asentamientos descubiertos con posterioridad se encuentran en zonas bajas aluviales que permitían el regadío de los arrozales.

La unificación de Japón

Los primeros registros históricos en el archipiélago datan del año 400, cuando el clan Yamato, establecido en lo que hoy es Kioto, se impuso frente a los demás grupos del centro y el oeste de Japón. Esta hegemonía era sólo nominal, de forma que el resto de los clanes se relacionaban con el poder en una especie de confederación. El contacto con la península de Corea introdujo por las mismas fechas el budismo en el territorio. Hacia el año 700, las influencias constantes llegadas desde el continente hicieron que los Yamato establecieran una corte al estilo de la China imperial de la dinastía Han. De ellos emanaron también las primeras manifestaciones del culto shinto. Al mismo tiempo, clanes de guerreros o samurais comenzaban a distinguirse de los demás.

Durante los periodos Nara (710-784) y Heian (794-1185) es cuando mayor influencia de China llega al Japón, pero al final del siglo IX se produce una ruptura en las relaciones con el continente debido a la llegada de la dinastía Tang a China. Es entonces cuando surgen dos nuevas sectas budistas en Japón que darán el carácter nacional a la religión.

En los siglos X y XI la familia Fujiwara monopolizaba las funciones de gobierno y la corte imperial sólo era el lugar donde se celebraban las ceremonias religiosas. Se hizo frecuente la figura de un emperador que delegaba sus funciones políticas y se dedicaba a una vida contemplativa en los monasterios budistas. Con su patrocinio se erigían lujosos templos y muchos aristócratas seguían su ejemplo y se retiraban a los templos, que se convirtieron en lugares para la intriga política. La aristocracia local, por su parte, llevaba una vida opulenta dentro de sus dominios. Surgió entonces una nueva fuerza en las provincias que reunía a miembros de la familia imperial y la aristocracia descontentos con la hegemonía de los Fujiwara. Este grupo comenzó a formar pequeños ejércitos y se hizo fuerte primero en el ámbito rural. La discordia entre las facciones del emperador y la regencia de los Fujiwara dividió a la nobleza y se produjeron conflictos abiertos.

El periodo de Kamakura (1192-1333)

Tras una serie de conflictos civiles, Minamoto Yorimoto fue nombrado shogun, el máximo honor militar, en la ciudad de Kamakura. Esta distinción llevaba asociada la propiedad de tierras (bakufu). Con la sucesión de shogunes, el espacio administrativo se fue fragmentando en una organización política de tipo feudal, al tiempo que se iniciaba en Japón una nueva era en la que la clase militar se iba oponiendo paulatinamente a la autoridad del emperador de Kioto, hasta llegar a establecerse un doble Gobierno. El emperador Go-Toba trató de poner freno al creciente poderío militar, pero una nueva dinastía shogun ocupó Kioto y desterró al emperador. A partir de entonces el dominio del shogunato se extendió a todo el país.

Al final de este periodo los japoneses se vieron amenazados por la presencia de Gengis Kan en toda Asia. Desde China, su sucesor Kublai intentó por dos veces invadir con su flota el archipiélago, pero sendos tifones arrasaron las naves de los mongoles. La insularidad japonesa seguiría favoreciendo el desarrollo de una civilización en completo aislamiento.

La restauración imperial de Muromachi/Ashikaga (1338-1573)

Ayudado por los monjes guerreros de los templos budistas y algunos señores locales, el emperador Go-Daigo logró retomar el poder. La vuelta del emperador a Kioto en 1333 se conoce como la restauración Kemmu, con la que se abrió una etapa de centralización burocrática. Sin embargo, algunos de los guerreros que ayudaron al emperador se mostraron descontentos con el reparto del botín, por lo que Go-Daigo fue de nuevo expulsado y se instaló en el trono del distrito de Muromachi (en Kioto) a otra línea imperial bajo el control de la familia Ashikaga. El emperador Go-Daigo y sus seguidores establecieron una nueva corte en Nara, con lo que durante varias décadas el poder político estuvo dividido en dos cortes imperiales.

El nuevo shogunato de Muromachi mantuvo las estructuras básicas del anterior, pero amplió sus poderes administrativos y militares. Al mismo tiempo, en las comunidades rurales los campesinos vieron mejorar su posición gracias al desarrollo de la agricultura, el comercio (restablecido con China y Corea) y la pequeña industria, y comenzaron a dotarse de instituciones para su propia organización. Bajo esta situación se revelaron contra las tasas impuestas por el shogun, exigiendo una moratoria de sus deudas a los prestamistas. En 1441 estallaron las revueltas y los campesinos llegaron hasta Kioto. Pero fue entre 1467 y 1477 cuando la inestabilidad social derivó en un conflicto generalizado: la guerra de Onin. En este clima de violencia, los pueblos comenzaron a constituir ejércitos locales para la defensa, al frente de los cuales se situaron los samurais, quienes acabaron convirtiéndose en señores o daimios. La aristocracia civil, por su parte, al ver reducidos sus ingresos dejó la corte y se situó bajo la protección de dichos daimios.

Con la generalización de los daimios en todo Japón, tanto el poder imperial como el de los shogunes fue prácticamente inexistente, ya que los nuevos señores administraban sus propios territorios. A pesar de constituir un periodo de conflictos generalizados entre los diversos poderes regionales, la circulación de moneda favoreció el desarrollo del comercio y las ciudades se expandieron más allá de los castillos de los señores feudales. Fue entonces también cuando adquirieron importancia las ciudades portuarias como centros de intercambio, a las que llegaron los primeros misioneros jesuitas en 1543.

Los daimios, en su interés por comerciar con los extranjeros y adquirir su equipamiento militar, se convirtieron en ocasiones al cristianismo. También en este momento los monjes budistas que viajaban a Corea y China trajeron a las islas niponas el budismo zen, del que se crearon dos escuelas: por un lado, la escuela Rinzai, que sería del agrado de las clases feudales; por otro, la escuela Soto, que se integraría en el modo de vida de los samurais. La escuela ya existente y por entonces preponderante, llamada Tendai, no se opuso significativamente a las nuevas corrientes.

El shogunato de los Tokugawa (1603-1867)

En la década de 1550 los conflictos entre daimios se recrudecieron, pero, al fin, uno de ellos, Oda Nobunaga, logró imponerse a los demás y conquistar la capital. Este hecho detuvo la desintegración del siglo anterior e inició la reunificación del Japón, que continuó con los sucesores de Oda. A mediados del siglo XVI un grupo de jefes militares liderados por Tokugawa Ieyasu se levantaron contra el poder de los otros daimios y unificaron todo el territorio. En 1603, en el bakufu de Edo (Tokio), quedó establecido el shogunato de los Tokugawa, que perduraría hasta 1867. Convertido el título de shogun en hereditario, la familia Tokugawa completó las reformas para ejercer el control del territorio a través del vasallaje de los señoríos. Los daimios fueron obligados a pagar fuertes tributos al shogun y a levantar fortalezas al servicio de su señor. Éstos, a su vez, continuaron ejerciendo una autoridad administrativa sobre las tierras, por lo que quedó conformado un sistema basado en una jerarquía muy rígida de estamentos de guerreros, campesinos, artesanos y comerciantes. El control de las ciudades más importantes, Kioto, Osaka y Nagasaki, así como de las minas y otros recursos, permitió al shogunato tener las llaves del comercio y la industria.

Retrato de la emperatriz consorte Masako Tokugawa (1607-1678).

Tras el periodo Momoyama, en el que penetró la cultura occidental en Japón, el régimen se cerró completamente a toda influencia exterior, prohibiéndose el comercio con los europeos e iniciándose una persecución a los seguidores del cristianismo. Tampoco el sintoísmo ni el budismo se consideraron adecuados para legitimar el régimen, por lo que el neo-confucianismo, que apoyaba los conceptos de estratificación del orden social, se convirtió en la ideología oficial.

Con la neutralización de los señores feudales, el shogunato trajo a Japón un largo periodo de paz y prosperidad. El comercio y el desarrollo urbano florecieron, especialmente en la región central de Kinki. Las fortalezas feudales se transformaron en destacados centros comerciales, algunos de ellos con más de cien mil habitantes (en el caso de Edo se superó el millón). La producción de algodón en las regiones occidentales y de seda en oriente tuvo salida en las crecientes plazas comerciales gracias a la construcción de nuevos caminos.

Esta situación de bonanza se mantuvo hasta los comienzos del siglo XVIII, cuando varios años de malas cosechas provocaron un fuerte aumento de los precios, que se vio agravado por la gran carga fiscal. La escasez y el hambre motivaron a muchos campesinos a abandonar sus tierras en busca de mejores oportunidades en las ciudades. Lo mismo sucedió con los samurais, quienes desde el fin de las guerras por el poder habían adoptado una forma de vida urbana y se veían en general empobrecidos. Pronto estallaron las revueltas. El poder shogun emprendió urgentes reformas administrativas, pero la inestabilidad social continuó aumentando.

Al mismo tiempo empezaba a manifestarse la presión externa para que Japón abriera su territorio al comercio. Las primeras misiones diplomáticas llegaron de Moscú y, ante el rechazo del shogun, los rusos comenzaron a hostigar las islas Sajalín y las Kuriles. Por el sur, los británicos aparecían periódicamente en las aguas niponas, lo que motivó un recelo de los japoneses cada vez mayor hacia los extranjeros, sobre todo tras conocer la derrota china en la guerra del Opio de 1842.

El periodo Meiji (1868-1912)

La presencia de los occidentales hacia la mitad del siglo XIX en Japón originó una grave tensión en el interior del país. La casta de los samurais se situó en contra de los que consideraban bárbaros y de quienes les apoyaban, y aglutinaron una fuerza de señores feudales que compartían estos sentimientos xenófobos. Sin embargo, eran conscientes de su debilidad militar frente a los ejércitos occidentales. En 1868 el poder de Japón volvió a manos del emperador Mutsuhito, quien reemplazó al shogunato de Tokugawa ocupando su castillo en Edo y rebautizando la ciudad con el nombre de Tokio, «la capital de este». Se iniciaba así la construcción de un estado moderno a través de una serie de reformas que culminarían en la promulgación de la Constitución de 1889.

El Gobierno Meiji se afanó en la creación de una nueva administración apoyada por un ejército poderoso bajo el lema Fukoku Kyohei («enriquecer el país, reforzar el ejército»). Con este fin se enviaron comisiones de expertos a los países occidentales para recabar información y emprender la reforma de la estructura feudal del Japón. Los señores feudales fueron forzados a reintegrar las tierras al trono imperial y se convirtieron en cargos administrativos locales. Los antiguos 250 señoríos se transformaron en 72 prefecturas y tres distritos metropolitanos.

En lo referente al resto de los estamentos del orden social, se terminó definitivamente con los privilegios de que disponían los cerca de dos millones de samurais, entre ellos el corte de pelo característico y la posibilidad de portar la espada, y se reconoció una nueva clase de plebeyos o heimin en la que se incluía a todo el campesinado y las clases urbanas. Todos acogieron muy favorablemente el poder liberarse de la carga feudal, y su acceso a la propiedad de la tierra propició la introducción de nuevas técnicas agrícolas, como el uso de fertilizantes o nuevas semillas, que a la larga facilitaron la acumulación de excedentes. Estos nuevos granjeros reclamaron su participación política en el nuevo sistema y se agruparon en torno al partido liberal o Jiyuto. El Estado, por su parte, encontró en los nuevos impuestos sobre la agricultura el modo de llenar sus arcas.

Se emprendió asimismo un programa de industrialización con el apoyo de un reducido número de particulares denominados zaibatsu que acabarían dominando el sector. En el norte de Kyushu comenzó la explotación de la industria metalúrgica, que permitió la construcción de líneas de ferrocarril y la primera industrialización. Pero las manufacturas encontraban numerosas trabas para dar salida a sus productos, debido a los tratos desiguales que Japón tenía con las potencias extranjeras en el intercambio comercial.

Del Gobierno Meiji emanó también un sentimiento de orgullo nacional que trataba de centralizar el Estado en torno a los valores tradicionales japoneses, favoreciendo el culto a las deidades del sintoísmo y la fidelidad al emperador en lugar del budismo. El cristianismo fue entonces dejado de perseguir, aunque siguió estando bajo permanente vigilancia. El vehículo para transmitir los nuevos valores de ciudadanía fue la educación, por medio de la cual se inculcó en los japoneses el sentido de obediencia que hasta entonces había sido atribución sólo de los samurais.

Las reformas condujeron también a la creación de un cuerpo legislativo. Para su constitución se tomó como modelo la Dieta del Imperio prusiano y se crearon dos cámaras. Una de ellas fue reservada para una nueva nobleza en la que se incluyó a los antiguos daimios. En cuanto al gabinete ministerial, éste era nombrado directamente por el emperador. La nueva Constitución fue promulgada en 1889 y adoptó la forma de una concesión del poder imperial para con su pueblo que sólo podría ser cambiada por el emperador, cuya figura continuaba siendo sagrada e inviolable. Para asegurar el orden, se estableció que sólo los contribuyentes que alcanzaran un mínimo de renta tendrían derecho al voto, lo cual limitó el censo a apenas 500.000 personas. Para entonces la población japonesa rondaba los cuarenta y cinco millones de individuos y se hacía necesario abrir nuevos mercados para obtener materias primas, sobre todo alimentos, y dar salida a la creciente industria manufacturera.

Ante ese estado de cosas, y en pleno auge del imperialismo de las grandes potencias, Japón trataba por todos los medios de obtener una esfera de influencia en Asia y de alcanzar un plano de igualdad en las relaciones con Occidente. Antes de ello, Japón afirmó su soberanía sobre el archipiélago de las Riukiu, que fueron arrebatadas a China e incorporadas a la nación nipona en 1879; a continuación inició un pulso con los chinos a propósito del control de la península de Corea. La primera guerra sino-japonesa enfrentó a ambos imperios en agosto de 1894. Un año después, China firmó el Tratado de Shimonoseki, donde aceptaba la cesión de Formosa (Taiwán), las islas Pescadores y la península de Liaodong a Japón, país que desde entonces disfrutó en ellas de los privilegios comerciales que hasta entonces habían sido de los occidentales. Sin embargo, Rusia, Francia y Alemania no vieron con buenos ojos el avance japonés y éstos hubieron de devolver Liaodong. China y Japón se comprometieron mutuamente a respetar la independencia de Corea.

La tensión con Rusia no dejó tampoco de ir en aumento. En 1898 los rusos establecieron, con la connivencia china, la base naval de Port Arthur en la península de Liaodong, muy cerca de Corea, para después expansionarse sobre Manchuria. Los japoneses lanzaron entonces un ataque sorpresa sobre la flota rusa de Port Arthur, que quedó destrozada. Por el Tratado de Portsmouth, firmado en 1905, Japón obtenía preponderancia sobre Corea y Manchuria y ocupaba la mitad sur de la isla de Sajalín, situada al norte del territorio nipón. Pocos años después, ante al rebeldía de los coreanos, Japón se anexionó la zona, convirtiéndose así en la mayor fuerza de Extremo Oriente.

Japón durante las dos guerras mundiales (1914-1945)

El espaldarazo definitivo del expansionismo japonés llegó con el estallido de la Primera Guerra Mundial, en la que el apoyo nipón a los aliados fue recompensado con la obtención de los territorios alemanes de Shantung. El avance sobre el continente supuso una mayor enemistad entre Japón y China, al tiempo que el Reino Unido y los Estados Unidos comenzaron a considerar a Japón una seria amenaza para sus intereses coloniales en Asia.

En la década de 1930, la necesidad de abastecer a la creciente población llevó a Japón a sostener una política aún más agresiva frente a sus vecinos. El emperador fue reemplazado por su hijo Hirohito, a la vez que se produjo el ascenso de los militares y las organizaciones de derecha que reclamaban una postura más dura frente a China y las potencias occidentales. Bajo las directrices de los militares se estableció un gobierno títere en Manchuria, con el nombre de Manchukuo, al frente del cual se puso al último emperador manchú, Pu Yi. Los países europeos y los Estados Unidos condenaron esta acción a través de la Liga de Naciones, organización que Japón abandonó, iniciando un camino de aislamiento de la comunidad internacional.

El emperador Hirohito con uniforme militar. Subió al trono en 1926 y durante su mandato Japón entró en la Segunda Guerra Mundial.

Para romper ese vacío diplomático, Japón adoptó una línea de actuación que acarrearía trágicas consecuencias para el país. En 1936 firmó un tratado con la Alemania nazi, y más tarde con la Italia fascista, denominado Pacto Anti-Comintern. Éste fue renovado, una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, por el Pacto Tripartito o del Eje, a la vez que se concluía con la Unión Soviética otro tratado de no agresión. Japón inició en 1940 su expansión militar en Asia penetrando en Indochina, en un intento de bloquear el suministro a las fuerzas nacionalistas que luchaban en China. Los Estados Unidos reaccionaron imponiendo un embargo comercial de petróleo y otras materias primas a Japón, hecho que condujo a un aumento de la tensión diplomática entre ambos países. Cerrada toda vía de negociación, el 7 de diciembre de 1941 Japón lanzó un ataque sorpresa sobre la base naval estadounidense de Pearl Harbor, sita en Hawai, en aguas del océano Pacífico.

En los primeros momentos de la guerra contra los Estados Unidos, Japón consiguió importantes éxitos, al avanzar rápidamente sobre las islas Filipinas, Singapur, Indonesia y Birmania. Pero pronto los norteamericanos se repusieron y consiguieron dos importantes victorias en las batallas de Midway (junio de 1942) y Guadalcanal (febrero de 1943). A partir de entonces, las fuerzas japonesas iniciaron un progresivo repliegue sobre su territorio hostigadas por los bombardeos masivos de los estadounidenses, quienes en 1945 ocuparon la isla de Okinawa y emprendieron una oleada de ataques aéreos sobre ciudades y complejos industriales de Japón, acompañados de un bloqueo submarino. En julio de ese año, en la Conferencia de Potsdam, se envió un ultimátum a Japón exigiendo su rendición, pero el Gobierno nipón lo rechazó. Poco después, el lanzamiento por parte del Ejército estadounidense de sendas bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 de agosto de 1945, respectivamente, forzó la rendición incondicional de los japoneses.

Japón tras la Segunda Guerra Mundial

La firma de la rendición japonesa tuvo como escenario el buque estadounidense Missouri, atracado en la bahía de Tokio. Tras la capitulación, los Estados Unidos se convirtieron en fuerza ocupante e intervinieron directamente en el Gobierno a través del Comando Supremo de las Fuerzas Aliadas, en el que participaron la Unión Soviética, China y los países de la Commonwealth, pero que en la práctica supuso situar a Japón bajo la autoridad directa del general estadounidense Douglas MacArthur. Japón se vio obligado a devolver la isla de Taiwán y Manchuria a China y el sur de Sajalín y las Kuriles a la Unión Soviética, mientras que las islas del Pacífico quedaban bajo control estadounidense.

En 1947 entró en vigor la nueva Constitución basada en tres pilares fundamentales: la soberanía del pueblo, expresada a través del sufragio universal, la separación tripartita de poderes y la presencia del emperador, sin atribuciones sagradas ni de gobierno, pero establecido como símbolo de la unidad del país. Todas las reformas del Estado vinieron impuestas desde arriba. Las Fuerzas Armadas quedaron desmanteladas para que dejasen de suponer una amenaza, al igual que la industria militar, y también se disolvió el Ministerio del Interior. Un tribunal internacional se encargó de juzgar los crímenes de guerra y algunos antiguos altos cargos fueron sentenciados a muerte, como sucedió en el caso del ex primer ministro Hideki Tojo. Una vez completada la purga de la antigua clase dirigente de los puestos de poder, se declaró la libertad de reunión, asociación, expresión y de culto, perdiendo el sintoísmo la posición de religión oficial.

En el aspecto socioeconómico, la ocupación representó un periodo de rápidos cambios en el que se adoptaron modelos occidentales y se rompió con muchas de las viejas tradiciones. Con un país completamente destruido por la contienda, se inició una entusiasta modernización siguiendo los patrones occidentales. La supresión de los antiguos monopolios o zaibatsus permitió a los japoneses estructurar la economía desde una nueva base. Se alentó la constitución de nuevas organizaciones sindicales y económicas. Se emprendió una profunda reforma de la propiedad agraria, en la que los grandes terratenientes fueron expropiados, y se concedieron subsidios para reactivar la prosperidad en el campo. A través de un nuevo código civil, quedó garantizada la igualdad entre los sexos y la mujer adquirió derechos políticos y sociales. También se procedió a reformar por completo el sistema educativo.

En 1952 se puso fin a la etapa de ocupación tras la firma de un tratado de paz definitivo, si bien los Estados Unidos retuvieron hasta 1972 las islas Riukiu y Okinawa. El documento reconocía el derecho de Japón a dotarse de un sistema de defensa individual y colectivo que se garantizó con la presencia permanente de bases militares para el Ejército estadounidense. Resurgieron figuras como Shigeru Yoshida, que permaneció como primer ministro hasta 1954, así como algunas de las anteriores fuerzas políticas, muchas de las cuales exigieron una rectificación de las políticas impuestas. Los partidos quedaron conformados en dos bloques fundamentales: el Partido Socialista Japonés (PSJ) y el Partido Liberal Democrático (PLD). A pesar del claro bipartidismo (a semejanza de los modelos democráticos anglosajones), el PLD, apoyado en los burócratas y los grandes sectores económicos, mantuvo un contundente predominio durante las décadas siguientes. La oposición centró su actividad en denunciar los efectos de la industrialización, en especial la contaminación y los problemas sociales.

El desencadenamiento del conflicto de Corea durante los comienzos de la guerra fría convirtió a Japón en una pieza fundamental del despliegue militar estadounidense en Asia, situación que se repetiría posteriormente en Vietnam. Japón obtuvo beneficios indirectos de la situación al convertirse en proveedor esencial del Ejército norteamericano. La actividad industrial adquirió entonces gran dinamismo, importándose una tecnología que permitió la elaboración de productos de gran calidad. La expansión de la economía originó una masiva emigración campesina hacia las ciudades, en especial a la bahía de Tokio, aunque también muchas grandes industrias se establecieron en zonas rurales en busca de mano de obra barata. Este proceso conllevó cambios fundamentales en lo social y económico, pues el paisaje urbano e industrial se extendió por todo el país. Las relaciones familiares se vieron también transformadas y los matrimonios pactados dejaron de ser una práctica habitual. Surgió, asimismo, una nueva clase social de profesionales que adquirió nuevos hábitos de entretenimiento al estilo occidental, y con ella comenzaron a proliferar los grandes comercios, cines, night clubs y restaurantes.

Japón restableció relaciones con la mayor parte de sus vecinos, admitiendo reparaciones de guerra con Filipinas, Indonesia y Birmania (Myanmar). Restableció también la diplomacia con la Unión Soviética, pero sin firmar un documento oficial y con la cuestión de las islas Kuriles sin resolver. En 1956 Japón fue admitido en las Naciones Unidas. Las relaciones con China entraron en la vía de la normalización hacia la década de 1970, una vez salvado el escollo de Taiwán, donde Japón había realizado importantes inversiones. En cuanto a los Estados Unidos, las relaciones bilaterales trajeron ventajas a ambas partes: los Estados Unidos tuvieron un aliado fiel en Asia durante el periodo de la guerra fría, y Japón obtuvo a cambio un inmenso mercado para dar salida a su producción. Esta idílica relación se vio entorpecida después por guerras comerciales periódicas, sobre todo a partir de las crisis del petróleo de la década de 1970. Desde el fin de la guerra fría, Japón presta una mayor atención a las economías emergentes en el continente asiático.

En la década de 1980 Japón se convirtió en el primer banquero del mundo, pero la especulación financiera desembocó en una grave crisis económica en la segunda mitad de la década siguiente que requirió la intervención del Banco Mundial. La recesión fue en parte superada a pesar de la apreciación del yen respecto al dólar, lo que perjudicó las exportaciones niponas pero permitió la inversión en el exterior. Sin embargo, la ralentización de la economía y el aumento del paro, fenómeno hasta ahora desconocido en el país, obligaron a realizar profundas reformas.

Akihito y el nuevo milenio

En 1989, la muerte del emperador Hirohito puso fin al reinado más largo de la historia de Japón. Desde entonces el emperador Akihito se situó a la cabeza del Estado y la Constitución fue reformada para que en el futuro pudiera reinar su única hija, que algún día se convertirá en la primera emperatriz de Japón. El PLD continuó dominando el panorama político hasta 1993, año en que salieron a la luz diversos escándalos de corrupción en medio de una crisis económica que llevaron al partido a perder la mayoría absoluta. En 1998 las finanzas niponas vivieron un momento difícil que alcanzó su clímax con la quiebra de la Bolsa de Tokio, cuya repercusión se hizo sentir en todo el continente asiático. Ese mismo año accedió a la jefatura del Gobierno Keizo Obuchi, quien, al fallecer en 2000, hubo de ser sustituido por Yoshiro Mori.

Japón entró en el siglo XXI en medio de una incipiente recuperación económica. Junichiro Koizumi, al frente del PLD, ocupó en 2001 el cargo de primer ministro. Desde su acceso al poder inició un exhaustivo programa de reformas en las finanzas públicas que le llevó a ser reelegido en 2003 y 2005. Ese año Japón conmemoró el sesenta aniversario del lanzamiento de las bombas atómicas con un fuerte espíritu antinuclear. En septiembre de 2006, la Dieta aprobó el nombramiento de Shinzo Abe como nuevo primer ministro del país.

En el mundo globalizado del nuevo milenio, Japón aspira a desempeñar un papel decisivo en las relaciones internacionales y en la marcha de la economía mundial. Con este propósito, la diplomacia nipona se muestra muy activa en el seno de las Naciones Unidas, en cuyo Consejo de Seguridad aspira a tener un asiento permanente. En los últimos años ha enviado tropas a Iraq en apoyo de la coalición británico-estadounidense, lo que ha desencadenado una gran polémica en el interior del país entre partidarios y detractores de esa decisión. En este mismo sentido, en diciembre de 2006 el Parlamento aprobó la creación de un Ministerio de Defensa, por primera vez desde el término de la Segunda Guerra Mundial.

En el mes de septiembre de 2007, Yasuo Fukuda fue nombrado primer ministro en sustitución de Abe. Meses más tarde, Fukuda hubo de superar una moción de censura parlamentaria que, tras triunfar en la Cámara Alta, fue desautorizada por la Cámara Baja parlamentaria. No obstante, las dificultades de su Gobierno forzaron al primer ministro a renunciar al cargo. En septiembre fue relevado por el antiguo ministro de Asuntos Exteriores, Taro Aso.

El nuevo Ejecutivo se vio enfrentado a un periodo de contracción económica. El crecimiento del producto interno (interior) bruto (PIB) en 2008 fue negativo, cifrado en el -0,7 %. Las tasas de interés se acercaron al 0 % y se entró formalmente en recesión. La situación empeoró durante 2009, cuando la economía nipona se contrajo en un 5,7 %, según las estimaciones. Aunque el sector financiero japonés campeó razonablemente bien la crisis financiera internacional inicial, la economía del país sufrió un retroceso ante la difícil situación de las inversiones y el descenso en la demanda global de exportaciones japonesas. El elevado endeudamiento nacional y el progresivo envejecimiento de la población se señalaban como factores estructurales de problemas para el desarrollo futuro.

En agosto de 2009 se celebraron elecciones legislativas. La victoria del Partido Democrático de Japón supuso un vuelco radical en el panorama político que puso término a más de cincuenta años de gobierno casi ininterrumpido del PLD. En septiembre, el dirigente de la formación vencedora, Yukio Hatoyama, fue investido como primer ministro al frente de una coalición conjunta con el Nuevo Partido del Pueblo y el Partido Social Democrático.

En mayo de 2010, el Partido Social Democrático abandonó la coalición de Gobierno al oponerse a la posición oficial del mismo en relación con la situación de la base militar estadounidense en la isla de Okinawa. Esta decisión llevó a la renuncia de Hatoyama como primer ministro, mientras el ministro de Finanzas, Naoto Kan, fue elegido para sucederlo en el cargo en votación parlamentaria. Las elecciones de julio de ese año llevaron a una derrota de la coalición de Gobierno en la Cámara Alta del Parlamento, lo que revelaba su relativa debilidad.

En este contexto, en marzo de 2011 se produjo frente a las costas de Japón el movimiento sísmico de mayor intensidad de la historia de este país. En un año en el que el estado nipón había sido superado por China como segunda principal economía del mundo y estaba cerca de ser alcanzado también por la India, el terremoto, de grado 9 en la escala de Richter, tuvo consecuencias devastadoras. Con el epicentro situado en el mar, frente a las costas noroccidentales de la península de Tohoku, la sacudida sísmica provocó un inmenso tsunami que asoló miles de kilómetros del litoral japonés. Las prefecturas de Miyagi, Iwate y Fukushima, en la isla de Honshu, fueron las más afectadas. Unas veinte mil personas resultaron muertas o desaparecidas, hubo varios cientos de miles de desplazados y los daños materiales fueron elevadísimos.

Otra secuela del terremoto y el tsunami fueron los daños producidos en varias centrales nucleares del país. El más grave fue el de la central nuclear de Fukushima. Dotada de unos sistemas de protección y de unos protocolos de seguridad que demostraron ser ampliamente insuficientes, la central quedó inundada y sus servicios de alimentación eléctrica inutilizados. Los núcleos de varios reactores se calentaron por encima de los límites aceptables y uno de ellos estalló. A esta explosión directa le acompañó una fuga radiactiva de gran magnitud que afectó seriamente a las zonas circundantes a la central, tanto en tierra como en el mar, al que se vertieron miles de toneladas de aguas contaminadas con radiactividad. Las duras críticas recibidas por la actuación de las autoridades durante la crisis tuvieron una derivación política al más alto nivel, que se plasmó con la caída del primer ministro japonés, Naoto Kan, y su sustitución por Yoshihiko Noda.

Los efectos del movimiento sísmico y la catástrofe de Fukushima se dejaron sentir inevitablemente en el devenir económico inmediato de Japón. La economía, que se encontraba en fase de ascenso desde unos años antes, sufrió en 2011 una contracción que exigió cuantiosas inversiones por parte del Estado para retomar la senda de la recuperación. La dependencia energética del país de sus centrales nucleares y la vulnerabilidad mostrada por las mismas frente a los desastres naturales centraron asimismo el debate político y social y provocaron enfrentamientos entre los principales partidos y líderes políticos.

En 2012, en un año marcado por disputas territoriales por un grupo de islas en el mar de la China Meridional y tensiones diplomáticas con la vecina China, Japón mantuvo su lenta recuperación económica y vivió un nuevo cambio de Gobierno. En las elecciones de diciembre, el Partido Liberal Democrático recuperó el control del Parlamento y su principal dirigente, Shinzo Abe, se convirtió en primer ministro. Abe declaró que la economía era la máxima prioridad de su Gobierno. Bajo sus presiones, el Banco de Japón relajó su política monetaria y lanzó un extenso programa de estímulos financieros. La reestructuración de la economía y la reducción de la enorme deuda pública japonesa, superior al 200 % del PIB nacional, fueron otras de las prioridades declaradas por el Ejecutivo de Abe.

Las elecciones de 2013 para la Cámara Alta parlamentaria dieron la victoria al PLD de Abe. El primer ministro podría así gobernar con el apoyo claro de las dos cámaras legislativas del país. La pujanza recuperada del estado japonés, pese a las dudas suscitadas por el accidente nuclear de Fukushima, fue uno de los elementos que decidieron al Comité Olímpico Internacional (COI) a otorgar, en septiembre de 2013, la organización de los Juegos Olímpicos de 2020 a la ciudad de Tokio.

El segundo gobierno de Abe disfrutó de una amplia mayoría parlamentaria, con dos tercios de los escaños en la Dieta (cámara baja) merced a su alianza con el Nuevo Komeito. La revitalización económica, una amplia reforma educativa y el cambio en la estrategia militar del Estado japonés se marcaron como principales pilares de la acción de su gobierno. Las crecientes tensiones fronterizas con China y la extensión del programa de armamento atómico de Corea del Norte se consideraban las máximas amenazas a las que se enfrentaba la nación nipona en el terreno militar.

Las reformas económicas impulsadas por el Gobierno de Abe supusieron un punto de inflexión en la historia reciente del país. Para renovar su mandato y consolidar sus posiciones, el primer ministro convocó elecciones legislativas anticipadas, que se celebraron en diciembre de 2014. El Partido Liberal Democrático gubernamental logró mantener su mayoría parlamentaria, que con el apoyo del Nuevo Komeito se elevó otra vez hasta los dos tercios de la cámara. La economía japonesa experimentó tímidos avances y a finales de año se declaró oficialmente que había abandonado la recesión. Esta tendencia volvió a invertirse al año siguiente, lo que confirmaba la dificultad de recuperar el camino hacia el crecimiento continuado del PIB que había caracterizado a la economía japonesa en las últimas décadas del siglo XX.

Durante 2015, la Dieta aprobó un cambio constitucional para permitir a las tropas japonesas participar en acciones militares en el exterior, prohibidas desde el final de la II Guerra Mundial. Por otra parte, en el mes de agosto se ordenó la reapertura de la central nuclear de Sendai, controlada por una normativa de control y seguridad renovada después del desastre de Fukushima acaecido cuatro años antes.

En febrero de 2016, Japón fue uno de los doce países firmantes del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. Este pacto aspiraba a establecer una zona de intenso comercio entre naciones de las dos orillas del océano Pacífico que, en conjunto, sumaban aproximadamente el 40 % del producto interior bruto (PIB) mundial. Además de varios países latinoamericanos (México, Chile, Perú) y asiáticos (Vietnam, Malasia), en el acuerdo se encontraban algunas de las principales economías del mundo, como los Estados Unidos, Canadá, Australia y el propio Japón. El objetivo del tratado era crear nuevas oportunidades de negocio en un contexto de creciente competencia ante economías en rápida expansión en la zona, como China o Corea del Sur.

En el mes de julio de 2016 el emperador Akihito, con 83 años de edad y varios problemas de salud, declaró públicamente que se sentía fatigado y que consideraba que su hijo, el príncipe Naruhito, reunía las condiciones idóneas para acceder al trono. Estas declaraciones dejaban traslucir la intención implícita de Akihito de abandonar su cargo. No obstante, el texto constitucional japonés no contemplaba la posibilidad de abdicación por parte del emperador, lo cual abría ciertos interrogantes para resolver la situación.

Sociedad y cultura

Ciencia y tecnología

En Japón la ciencia tiene una gran importancia, y su desarrollo es animado por el Gobierno. De los numerosos recintos científicos propagados por todo el país destaca especialmente Tsukuba, campus que consta de varios centros de investigación y universidades. La comunidad científica es muy respetada entre los ciudadanos y se motiva a los jóvenes para que orienten sus carreras profesionales hacia la ciencia. Numerosas investigaciones tienen después aplicación en la industria y en las nuevas tecnologías. Japón ha recibido nueve Premios Nobel en los campos de la física, la química y la medicina.

Literatura

Hasta la adopción del silabario propio, la literatura japonesa se basó en la recopilación de las crónicas mitológicas, la poesía y la tradición oral por medio de la utilización de los kanyis de origen chino. De este primer periodo destacan la colección de poemas de los siglos IV al VIII Man yho. Con la creación de la escritura propia, el japonés se dota de un medio de expresión y comienzan a aparecer grandes obras en prosa. De comienzos del año 1000 es la narración Genji monogatari, de la escritora Shikibu Murasaki; el libro de poemas en prosa Makura no Shoshi, o el repertorio de cuentos Konjaku monogatari. De la literatura de tema caballeresco durante la Edad Media, la obra de referencia es el Heike monogatari. Hacia el final del Medievo aparecieron en el campo del teatro los dramas líricos no, textos de contenido filosófico sobre el universo escritos por monjes budistas que los actores debían representar con hermosos gestos. Zeami Motokiio fue el autor no más importante.

En la época del shogunato sobresalen autores como Ihara Saikaku en la prosa o Matsuo Basho, quien desarrolla el haiku como una forma de poesía muy visual empleando un lenguaje sencillo. Este género se desarrolla en los siglos XVII y XVIII, estableciéndose incluso concursos de composición. También se adaptaron las antiguas obras medievales a una literatura dramática acompañada de música que se hizo muy popular y es la base del kabuki o teatro japonés. El contacto con occidente produjo un gran impacto en el desarrollo de la literatura nipona posterior. Los grandes novelistas rusos, franceses y británicos del siglo XIX ejercieron una profunda influencia en autores como Koio Ozaki, Ogai Mori, Hakucho Mazamune o Kafu Nagai. Con el giro nacionalista en el periodo previo a la Segunda Guerra Mundial, la censura del país puso serias trabas a la creación, pero en la segunda mitad del siglo XX se afirmó la presencia de un elenco de grandes escritores, de entre los que destacaron Yasunari Kawabata, Premio Nobel de Literatura en 1968, y Yukio Mishima. La experimentación literaria continuó en autores posteriores como Abe Kobo, Kenzaburo Oe (Premio Nobel en 1994) y Endo Shusaku.

Artes plásticas

En el tiempo en que Japón estuvo aislado del resto del mundo, especialmente en el periodo Edo, se fue conformando un ideal estético muy arraigado en la cultura nipona que aparece en todas las manifestaciones artísticas, desde la caligrafía al vestido o la tradición constructiva. Las escasas manifestaciones artísticas llegadas del exterior han sido inmediatamente asimiladas y adaptadas a la particular sensibilidad japonesa. Así, con la introducción del budismo en el archipiélago se inició una corriente estética que produciría grandes obras. En los comienzos, las imágenes eran importadas de China y Corea, pero pronto surgieron artistas autóctonos. Destacaron en pintura y dibujo los makimonos, pintados sobre rollos de seda, y en escultura piezas como el Kannon de Kudara, del siglo VI. Se produjo también gran cantidad de cerámicas pintadas con colores brillantes. En arquitectura, el periodo Nara dejó pagodas como la del Este o el Shoshoin.

A comienzos del segundo milenio, el arte japonés comenzó a diferenciarse del arte chino al adoptar características propias. La pintura adquirió un tono más íntimo y se acompañó de una caligrafía muy perfeccionada. También se cultivó un género más caricaturesco, con cierta crítica social. Con la aparición de la secta zen se produjo una importante transformación estética. La arquitectura adquirió un estilo netamente japonés, sencillo y austero, alejado de todo lujo y que buscaba la funcionalidad. Un buen ejemplo se encuentra en los templos de Sanjusangendo (1266) y en los pabellones de Oro y Plata de Kioto. También se inició la tradición paisajística en los jardines que acompañan a las edificaciones. En pintura se desarrolló un estilo lleno de expresividad y naturalismo que puso el acento en el retrato y el paisaje (Catarata de Nachi), con autores como Sesshu. Otra actividad artística importante fue la técnica de las lacas.

Entre los siglos XVI y XVII se produjo una revolución estética conocida como arte del periodo Momoyama, auténtica edad de oro del arte japonés en la que aparecen las primeras influencias occidentales gracias a las obras aportadas por los misioneros europeos. A la mezcla de ambas tradiciones, japonesa y europea, se la denomina arte Namban. Los centros budistas dejaron de ser los únicos desde donde irradiaba la cultura y el arte empezó a acaparar el interés de las nuevas castas de comerciantes y militares. Estos últimos promovieron la construcción de castillos ricamente decorados en su interior, con las típicas salas provistas de puertas corredizas (fusuma) en las que se preparaba la ceremonia del té (chanoyu) sobre la estera o tatami. Ejemplos de estas construcciones son los palacios de Osaka, Himeji y Fushimi.

Palacio de Osaka, ejemplo de la arquitectura de la edad de oro japonesa (siglos XVI y XVII).

Tras el breve periodo Momoyama se inicia el de Edo o Tokugawa, en el que Japón se cierra a toda influencia del exterior y el arte adquiere una enorme sutileza. Es en este momento cuando la esencia de la estética japonesa queda establecida. La escuela de Kano constituye el núcleo del arte oficial, pero la de Ukiyo-e, que representa escenas más populares como retratos de actores de teatro, adquiere gran esplendor. Su estela se prolongó hasta bien entrado el siglo XIX. En la época Edo se introdujo en Japón la porcelana y se crearon varias escuelas dedicadas a su producción. El arte floral (ikebana) y la ceremonia del té (chanoyu) se convirtieron en costumbres muy elaboradas y refinadas y aparecieron escuelas en las que se transmitía su práctica. También se desarrolló con gran exquisitez el tejido y tintado de sedas para la confección de kimonos.

En el periodo Meiji volvieron a introducirse influencias del arte occidental, el cual ya no dejará de llegar a Japón hasta nuestros días. La pintura contó con tres estilos diferenciados: la Nanga, la Nihonya y la Yoga (esta última es la que recoge mayores influencias de Occidente). En el siglo XX se asistió a la perfecta simbiosis entre el arte de vanguardia occidental y la tradición estética nipona, en la que siempre subyace la noción de lo simple, efímero y transitorio. Este ideal se encuentra presente en toda manifestación artística. En arquitectura, los japoneses se situaron en primera fila del panorama mundial, como quedó patente en los edificios de los Juegos Olímpicos de 1964, en la exposición universal de Osaka de 1970 y, más recientemente, en la Expo 2005 de Aichi. Con influencias del racionalismo y aportando las tradiciones constructivas netamente japonesas, autores como Kenzo Tange o Tadao Ando han creado nuevos espacios arquitectónicos en todo el planeta.

Patrimonio cultural

El palacio imperial de Nara y los monumentos y templos sintoístas son magníficas muestras de cómo eran las antiguas capitales de Asia oriental. También lo es Kioto, corte de Japón desde su fundación hasta el periodo Meiji, en la que se puede contemplar la evolución de la arquitectura japonesa y la tradición de la jardinería. También se puede observar la relación del sintoísmo y el budismo con la naturaleza en los tres lugares de Yoshino-Omine, Kumano Sanzan y Koyasan, unidos por vías de peregrinación a Nara y Kioto. El culto a estas montañas sagradas tiene más de 1.200 años.

Al norte de Japón, en Hiraizumi, se mantienen vestigios del esplendor en el que vivió la familia Fujiwara en los siglos XI y XII. También del periodo samurai son los castillos de Kamakura, Matsue e Hikonejo, ejemplos de arquitectura defensiva y palaciega bien conservados. En el archipiélago de las Riukiu se preservan las ruinas de fortalezas de los siglos XII-XVII situadas en promontorios. El Memorial de la Paz de Hiroshima se sitúa en el único edificio que quedó en pie tras la explosión de la bomba atómica en la ciudad y se mantiene como símbolo de los deseos de paz de los pueblos. La UNESCO y el Estado también apoyan las manifestaciones culturales autóctonas, como el teatro tradicional japonés, que se encuentra incluido en el fondo de obras maestras del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad.

Castillo feudal samurái Matsue (siglo XVII), uno de los pocos que conservan la estructura de madera original.

Artes escénicas y música

La tradición teatral japonesa viene de muy antiguo y surgió de la evolución de las danzas rituales y cortesanas. El teatro nogaku se desarrolló en Japón durante los siglos XIV y XV, aunque su origen se remonta al siglo VIII. En aquella época comprendía varios tipos de representaciones, con acrobacias, cantos y música, además de números cómicos. Hoy día, el nogaku es el género más importante de teatro japonés, y ha ejercido su influencia sobre el teatro de marionetas y el kabuki. Las historias que cuenta provienen a menudo de la literatura tradicional. Se utilizan máscaras, trajes y otros accesorios y requiere un alto nivel de formación de actores y músicos. El nogaku comprende dos tipos de representaciones, el no y el kyogen. En el teatro no, las emociones se representan mediante una serie de gestos muy estilizados. El héroe es a veces un ser sobrenatural que adopta una forma humana para contar una historia y luego desaparece. Las máscaras, que son características del no, se utilizan para los papeles de fantasmas, mujeres, niños y ancianos. El no es la forma clásica y elitista de danza dramática o kakura, que cultivaban las clases más nobles, y está inspirada en el budismo.

La tradición teatral japonesa se remonta al siglo VIII y forma parte del patrimonio inmaterial de la humanidad. En la imagen, una actriz durante una representación.

El kyogen, que se deriva de los espectáculos cómicos del sangaku, se basa en los diálogos humorísticos y utiliza muy pocas máscaras. El texto está escrito en japonés medieval y describe a personajes del pueblo llano. Otro tipo de representación es el kabuki, género teatral que se originó en los barrios dedicados a la prostitución del periodo Edo y que era al principio representado por las geishas. Posteriormente, las mujeres fueron apartadas de los escenarios y los hombres pasaron a representar sus papeles. Por último, el bunraku, o teatro de marionetas, logra una gran expresividad en los movimientos gracias a su manejo por varias personas y al acompañamiento musical del shamisen o laúd japonés.

Además de la música tradicional nipona, gran cantidad de virtuosos instrumentistas, directores (Seiji Ozawa) y orquestas están presentes en el circuito internacional de la música clásica. Japón también cuenta con ejemplos de música pop de corte occidental y de experimentación electrónica, como Kitaro o Ryuichi Sakamoto.

En la música tradicional japonesa son característicos los tambores de enormes dimensiones, como el de la imagen, denominados taikos.

Cinematografía

A mediados del pasado siglo surgieron en Japón grandes cineastas como Yasujiro Ozu, Akira Kurosawa (de reconocido prestigio en el panorama internacional) y Kenji Mizoguchi, que cuentan con una abultada producción de películas. Posteriormente han aparecido nuevos directores como Nagisa Oshima, Kon Ichikawa, Keisuke Kinoshita o Takeshi Kitano.

El género de los dibujos de animación ha tenido un enorme desarrollo en Japón. Éste se divide a su vez en subgéneros: ciencia ficción, aventuras, historias para niños, romance, fantasía, erótico (hentai) y varios otros. La animación, con una marcada orientación comercial, busca audiencias muy específicas con categorías bien definidas para los géneros shonen (muchachos) y shojo (chicas), así como para adolescentes y adultos. Los estudios en los que se producen las animaciones han perfeccionado técnicas para utilizar la menor cantidad posible de dibujos por segundo, tales como mover o repetir escenarios y diálogos que impliquen únicamente el movimiento de las bocas mientras que el resto de la pantalla permanece estática. Algunas series de animación para la televisión han gozado de un seguimiento masivo mundial, especialmente las dirigidas a niños o jóvenes, que generan una variedad de artículos para promocionar aún más el producto, como videojuegos, juguetes, etc. Ejemplos de ello son las series Heidi, Mazinger Z, Dragon Ball o Pokemon. Con la introducción de la informática y las nuevas tecnologías de animación tridimensional, el género ha ganado en espectacularidad, especialmente en la gran pantalla, donde se han producido éxitos como Akira o, más recientemente, la premiada El viaje de Chihiro.

Deportes y ocio

Por influencia estadounidense, uno de los deportes que goza de mayor popularidad en Japón es el béisbol. Hay doce equipos repartidos en dos ligas profesionales y los ganadores de sus respectivas ligas se enfrentan en las Series de Japón. Numerosos jugadores japoneses han sido fichados por equipos de los Estados Unidos.

El interés por el fútbol ha llegado tarde, pero cuenta cada vez con más seguidores. La liga japonesa de fútbol profesional se creó en 1993, pero ha sido a partir de que Japón y la República de Corea celebraran conjuntamente el Campeonato del Mundo de la FIFA de 2002 cuando ha adquirido mayor popularidad.

Las artes marciales tradicionales del Japón, como el judo, el kendo, el karate y el aikido han sido, en cambio, exportadas a todo el mundo. En el judo, que significa «el camino apacible», la clave para superar al contrario radica en aprovecharse de su propia fuerza. El kendo es una suerte de esgrima en la que los contrincantes llevan una especie de armadura y utilizan espadas de bambú para atacar y defenderse. El karate se introdujo en Japón desde China a través de Okinawa y sus luchadores emplean tan sólo las manos y los pies.

En Japón se practican numerosas artes marciales, entre ellas en kendo. En la foto, dos combatientes antes de la lucha.

El sumo es el deporte nacional por excelencia de Japón y se practica desde hace más de mil años. Surgido de las ceremonias religiosas sintoístas, en el sumo aún se realizan muchos rituales. Los rikishi o luchadores siguen una dieta muy abundante y pesan entre 100 y 200 kilos, llevan el pelo al estilo de los antiguos samurais y sólo portan un cinturón especial de seda para luchar. El combate se decide en un dohyo o ring de 4,5 metros de diámetro, en el que el luchador que consigue hacer salir del ruedo o tocar el suelo con cualquier parte de su cuerpo al contrincante resulta vencedor. Los torneos de sumo profesionales se celebran seis veces al año y duran quince días cada uno.

Luchadores de sumo, el deporte tradicional de Japón.

Japón ha acogido los Juegos Olímpicos en tres ocasiones: en Tokio se celebraron los Juegos de Verano de 1964, la primera Olimpiada que tuvo lugar en Asia. Los Juegos de Invierno se celebraron en Sapporo, en el año 1972, y en Nagano, en 1998.

Las nuevas formas de vida urbanas y el escaso pero creciente tiempo libre han hecho aparecer una gran variedad de entretenimientos y formas de diversión entre los japoneses, normalmente asociados al desarrollo de las nuevas tecnologías audiovisuales. De gran popularidad es el fenómeno del karaoke, que Japón ha exportado a todo el mundo. Lo mismo ocurre con la cultura de los videojuegos, en la que empresas japonesas del sector como Sega o Nintendo lideran el mercado mundial. A pesar de la adhesión a la última tecnología y al consumismo, muchos japoneses siguen también apegados a viejas tradiciones como la caligrafía, el cultivo de bonsáis, la papiroflexia (origami) o la sencilla admiración de la naturaleza.