Reino Unido

Primera potencia mundial hasta comienzos del siglo pasado, cuando fue sobrepasado por los rampantes Estados Unidos, el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte siempre se ha enorgullecido de lo mucho que le diferencia de la Europa continental. La singularidad británica se manifiesta todavía en el siglo XXI en aspectos tan diversos como el tráfico rodado (se conduce por la izquierda) o la preservación de su histórica moneda nacional: la libra esterlina. Cuna del liberalismo y de la Revolución Industrial, este estado monárquico insular ha vuelto a resurgir económicamente desde finales del siglo XX tras varias décadas de estancamiento que lo habían sumido en un cierto estado de desánimo.

Bandera de Reino Unido.

Medio físico

El Reino Unido se extiende sobre toda la isla de Gran Bretaña y el norte de la de Irlanda. El canal de la Mancha separa a Gran Bretaña del continente europeo (Francia). Las islas del Canal, también llamadas anglonormandas, son de soberanía británica pese a ubicarse frente a las costas francesas de Normandía.

Las aguas del mar de Irlanda bañan gran parte del litoral occidental de Gran Bretaña, así como el oriental de la vecina Irlanda. La isla de Man, entre Gran Bretaña e Irlanda, también forma parte del Reino Unido, al igual que los archipiélagos escoceses de las Hébridas, las Órcadas y las Shetland.

El este de la isla está bañado por el mar del Norte, y el noroeste por el océano Atlántico. El Reino Unido cuenta con numerosas posesiones de ultramar, como Gibraltar y las islas Malvinas, cuya soberanía es reclamada por España y la Argentina, respectivamente. La superficie total del país es de 244.820 kilómetros cuadrados.

Vista del Pico Ben Nevis, en Escocia, el de mayor altitud de la isla (1.343 metros).

El relieve de Gran Bretaña es poco accidentado salvo al norte y al oeste. Los montes Cámbricos atraviesan el territorio de Gales de norte a sur. Los Peninos se extienden desde el sur de Escocia hasta el noroeste de Inglaterra. En Escocia se encuentran los Grampianos, que separan las tierras altas escocesas de las del sur; aquí se halla el monte más alto de la isla, el Ben Nevis (1.343 metros).

El sur y el este de Inglaterra son zonas de llanuras y colinas suaves. En la zona nororiental de Irlanda del Norte merece especial mención la formación de origen volcánico denominada Calzada de los Gigantes, consistente en un conjunto de varias decenas de miles de columnas de basalto formadas a partir del rápido enfriamiento de la lava.

Aspecto de la Calzada de los Gigantes, paisaje volcánico de Irlanda del Norte, descubierto en el siglo XVII y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El litoral británico es muy accidentado en la costa occidental de Escocia, que presenta numerosas islas y entrantes de origen glaciar. En el sur se levantan altos acantilados.

Entre los principales ríos de Gran Bretaña se encuentran el Severn, el Támesis y el Avon. Al norte abundan los lagos, entre los que destacan el Lomond y el Ness. Este último tiene una profundidad superior a los 200 metros.

Imagen del legendario lago Ness, cuya profundidad supera los 200 metros.

El clima del Reino Unido es oceánico, con inviernos relativamente suaves, veranos frescos y altas precipitaciones. Las temperaturas invernales son más frías cuanto más al norte: en las tierras altas de Escocia se registran las temperaturas más bajas, y en el litoral inglés meridional las más altas.

Flora y fauna

Los principales bosques del Reino Unido son los de coníferas y robles. Abundan los brezales por todo el país. Dentro de la fauna salvaje británica se cuentan poblaciones de corzos, ciervos rojos, ardillas rojas y gatos monteses. Se han clasificado más de 200 especies de aves. Entre los peces de agua dulce destacan los salmones, las truchas y los lucios.

Población

Demografía

La población británica es de unos 64.000.000 habitantes, más del 82 % de los cuales habita en ciudades. La densidad poblacional es superior a 263 habitantes por kilómetro cuadrado. Las zonas más pobladas son las del sudeste y centro de Inglaterra. Por su parte, las menos habitadas son las tierras altas de Escocia y el extremo sudoccidental de Inglaterra.

La esperanza de vida al nacer es de 78,3 años para los hombres y de 82,8 para las mujeres. Aunque la tasa de natalidad descendió bastante en las últimas décadas del siglo XX, a principios de la actual centuria se situó como una de las más altas de Europa occidental. La tasa de crecimiento de la inmigración es asimismo una de las más elevadas de Europa. Las ciudades más pobladas del Reino Unido son Londres (la capital), Birmingham, Glasgow, Liverpool, Leeds, Sheffield, Edimburgo, Bristol y Manchester.

El área metropolitana de Londres es la mayor de Reino Unido (y de la Unión Europea), la que mayor cantidad de inmigrantes acoge y en la que conviven más culturas. Por su parte, el aeropuerto londinense es el que más visitas internacionales recibe del mundo. En la imagen, vista del puente londinense de la Torre (Tower Bridge) sobre las aguas del río Támesis.

La mayor parte de la población nativa británica es de etnia germánica, descendiente de anglos, sajones, jutos, vikingos y franconormandos, entre otros. En Escocia, Gales y el sudoeste de Inglaterra pervive en la población, en un mayor o menor grado, una huella celta.

La actual sociedad británica es una de las más multiculturales de Europa, con una población inmigrante que supera el 7 % de la población. En este porcentaje no se incluye a los ciudadanos de origen extranjero que se han naturalizado británicos, así como a quienes han nacido en suelo británico de padres extranjeros. Los principales grupos foráneos son los representados por asiáticos (sobre todo, paquistaníes, indios, bangladeshíes y chinos), afrocaribeños y africanos.

Lengua

La lengua oficial del Reino Unido es el inglés, idioma germánico aunque muy influido en su evolución por el francés. El inglés se ha convertido en lengua franca mundial, tras extenderse en el pasado desde Gran Bretaña a los cinco continentes.

En algunas comarcas noroccidentales de Escocia se habla una lengua celta, el gaélico escocés. Este idioma se encuentra emparentado con el gaélico de la vecina Irlanda, utilizado tanto en la República de Irlanda como en el territorio norirlandés. Otra lengua celta hablada en Gran Bretaña es el galés, idioma circunscrito al oeste de Gales.

En la región sudoccidental inglesa de Cornualles se habló hasta hace pocos siglos otro idioma de la familia celta: el córnico. Tras su extinción, esta lengua se encuentra actualmente en un lento proceso de recuperación. Hay que apuntar, por otra parte, el uso en Escocia de un dialecto del inglés llamado scots o escocés.

Religión

La religión mayoritaria en el Reino Unido es la anglicana, aunque son significativas las cifras de protestantes no anglicanos (presbiterianos, metodistas, etc.) y de católicos. Existen importantes comunidades de musulmanes, hindúes y sijs, integradas por personas originarias de ex colonias británicas. A ellos hay que sumar grupos más pequeños de judíos y budistas.

Economía y comunicación

Datos económicos

La agricultura es un sector marginal dentro de la economía británica. Los cultivos más importantes son los de cereales (trigo, cebada y avena), papas o patatas, remolacha azucarera, plantas forrajeras y hortalizas. La ganadería tiene un mayor peso económico que la agricultura. La actividad ganadera en el Reino Unido es principalmente ovina, bovina y porcina.

Cabe reseñar la producción de leche y de derivados lácteos como la mantequilla y el queso. La actividad pesquera es importante en algunas comarcas del litoral, sobre todo en Escocia. Destacan las capturas de bacalao y arenque. Las mayores explotaciones forestales están en suelo escocés.

Un 80 % de la electricidad generada en el Reino Unido procede de combustibles fósiles. La energía nuclear y la eólica representan la mayor parte del resto. El Reino Unido extrae petróleo y gas natural de sus yacimientos en el mar del Norte, lo que permite satisfacer buena parte de sus necesidades energéticas.

Los británicos son los segundos exportadores de crudo de Europa occidental, sólo por detrás de Noruega. Algunas de las empresas multinacionales británicas más conocidas (BP y la anglo-neerlandesa Royal Dutch Shell) pertenecen al sector petrolero. El reino cuenta además con yacimientos de carbón, cobre, plomo, estaño y sal gema.

El Reino Unido es uno de los siete países más industrializados del mundo. La industria se localiza sobre todo en el centro de Inglaterra y en torno a Londres. Entre las principales industrias destacan la siderúrgica, la mecánica, la química, la petroquímica, la automovilística, la electrónica, la aeroespacial, la agroalimentaria y la farmacéutica (el segundo grupo farmacéutico mundial, GlaxoSmithKline, es británico).

La mayoría de la población británica está encuadrada en el sector terciario o de servicios: comercio, transporte, administración, banca, consultoría empresarial, etc. Londres es la zona del país con un mayor peso de los servicios en su tejido económico. En el corazón de la capital británica se halla la City, uno de los principales centros financieros del mundo que acoge la Bolsa de Londres, la compañía de seguros Lloyds y el Banco de Inglaterra.

En la antigua zona portuaria londinense de las Docklands se encuentran las oficinas de corporaciones bancarias de proyección internacional como Barclays Bank y HSBC. Por su parte, Edimburgo alberga la sede central de uno de los mayores bancos de Europa: el Royal Bank of Scotland. El sector turístico da empleo a un 6 % de la población británica. El turismo es importante en Londres, el litoral meridional de Inglaterra, Escocia y Gales.

La mayor parte del comercio exterior británico se realiza con los Estados Unidos y con los países socios de la Unión Europea (UE) y, dentro de ésta, sobre todo con Alemania, Francia y los Países Bajos. El Reino Unido importa productos manufacturados, maquinaria, petróleo y alimentos. Entre sus exportaciones destacan las de productos manufacturados, combustibles, productos químicos, alimentos y bebidas.

La red británica de ferrocarriles, pionera del mundo, cuenta en la actualidad con más de 16.000 kilómetros, de los que más de cinco mil se hallan electrificados. Existe una conexión ferroviaria internacional con Francia, a través del Eurotúnel bajo las aguas del canal de la Mancha. Irlanda del Norte está conectada por ferrocarril con la vecina República de Irlanda.

Londres y Glasgow tienen metro urbano. También hay un sistema de metro en el condado inglés de Tyne and Wear, en torno a las ciudades de Newcastle y Sunderland. Existen tranvías en varias ciudades, como Blackpool, Manchester, Sheffield y Nottingham, además de Croydon (Londres).

La red británica de carreteras es de alrededor de 394.000 kilómetros, de los que más de tres mil son autopistas. Hasta el año 2003, cuando se inauguró la autopista de peaje M6 en Birmingham, todas las autopistas del país eran gratuitas. La principal autopista británica es la M1, que lleva de Londres a Edimburgo.

Vista nocturna de Portsmouth (Inglaterra), donde se halla uno de los puertos destacables del país.

La red británica de canales acuáticos está formada por más de 3.000 kilómetros. En su mayor parte tienen actualmente un uso recreativo, aunque durante la Revolución Industrial constituyeron el principal medio de transporte interno de mercancías. Los puertos más importantes del Reino Unido por volumen de carga embarcada o desembarcada son los de Tilbury (cerca de Londres), Felixstowe y Southampton. Otros puertos activos son los de Aberdeen, Belfast, Bristol, Cardiff, Dover, Glasgow, Gloucester, Hull, Inverness, Liverpool, Londres, Manchester, Plymouth, Portsmouth y Tyne.

Existen conexiones internacionales por transbordador (ferry) con Francia, Irlanda, España, Países Bajos, Dinamarca, Bélgica, Noruega y Suecia. Entre las rutas internas de ferry destacan los servicios que enlazan Escocia con Irlanda del Norte, así como Southampton con la isla de Wight. La marina mercante británica se compone de más de 400 barcos con un peso bruto superior a las mil toneladas.

El aeropuerto internacional de Londres-Heathrow es el más importante del Reino Unido y figura entre los de mayor tráfico del mundo. Desde él se puede volar a los cinco continentes. Otros aeropuertos notables son los de Londres-Gatwick, Manchester, Londres-Stansted (Essex), Londres-Luton, Birmingham, Cardiff, Glasgow, Edimburgo y Belfast.

Comunicación

Los periódicos británicos con mayor influencia son The Times, Daily Telegraph, The Guardian, Financial Times y The Independent, a los que se suman los tabloides The Sun y Daily Mirror. Todos ellos están editados en Londres.

El ente público de la radiotelevisión es la British Broadcasting Corporation (BBC). Cuenta con dos canales de televisión nacionales (BBC 1 y BBC 2), además de con una emisión internacional por satélite (BBC Internacional). Los canales privados analógicos de difusión nacional en abierto son tres: ITV, Channel Four y Five.

El sistema británico de telecomunicaciones se cuenta entre los más modernos del mundo. En el país hay más de 81 millones de teléfonos celulares. Los usuarios de Internet suman unos 51 millones, un 80 % de la población total. Más de la mitad de las conexiones a Internet son de banda ancha.

Administración y política

División territorial

El Reino Unido se compone de cuatro territorios: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Todos, a excepción de Inglaterra, disponen de un parlamento regional. Dentro de Inglaterra existe una creciente demanda política para que se constituya un parlamento autónomo inglés.

Escocia se divide en 32 concejos; Gales, en 22 distritos unitarios e Irlanda del Norte, en 26 distritos. En Inglaterra hay distintos niveles de organización territorial (condados, distritos metropolitanos, autoridades unitarias…), siendo el primero el de 9 grandes regiones: Greater London, South East England, South West England, West Midlands, North West England, North East England, Yorkshire and the Humber, East Midlands y, East of England. Estas regiones se utilizan como circunscripciones para las elecciones al Parlamento Europeo. El nivel más bajo de la administración local está representado por las parroquias. Londres es la capital de Inglaterra y de todo el Reino Unido.

Londres es la capital de Inglaterra y de Reino Unido, aunque puede considerarse una capital mundial. En ella tiene su sede el gobierno de la nación. Es un referente global en el ámbito académico (43 universidades), cultural, económico, industrial y de ocio, y uno de los principales centros financieros del mundo. En la imagen, el palacio de Westminster, sede del Parlamento británico.

Forma de gobierno y partidos políticos

El Reino Unido es una monarquía constitucional en la que el poder ejecutivo es ejercido por el Gobierno en nombre del rey. Su Parlamento es bicameral, compuesto por la Cámara de los Comunes (646 diputados, elegidos cada uno por una circunscripción para un mandato de cinco años) y la Cámara de los Lores (724 miembros, designados directamente por la Corona, la Iglesia de Inglaterra y otras instituciones).

Esta última se encarga de revisar la legislación aprobada en la Cámara de los Comunes, así como de proponer enmiendas a dichas leyes. Tiene la facultad de vetar algunas leyes, aunque el único efecto práctico de dicho veto es retrasar su tramitación. Los asientos en la Cámara de los Lores fueron hereditarios hasta la reforma efectuada en 1999.

El rey tiene reconocidas teóricamente amplias facultades políticas, aunque en la práctica su función es meramente ceremonial. El Gobierno es responsable ante la Cámara de los Comunes, a la que debe pertenecer la persona designada como primer ministro. El Reino Unido carece de Constitución escrita, por lo que basa su ordenamiento jurídico en el derecho consuetudinario y en un conjunto no unificado de convenciones constitucionales y otras disposiciones legales.

El sistema judicial del Reino Unido tiene algunas particularidades que lo distinguen del vigente en buena parte de Europa continental. Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte utilizan el derecho común, mientras que en Escocia rige un sistema mixto que reúne elementos tanto del derecho común como del civil.

La organización judicial no está unificada. Por una parte se encuentran los tribunales de Inglaterra y Gales, en cuya jurisdicción la Cámara de los Lores hace las veces de tribunal supremo. Escocia e Irlanda del Norte tienen su propia organización judicial. Escocia posee un Tribunal Supremo de Justicia competente para casos penales.

Sin embargo, el tribunal de última instancia para casos civiles es, al igual que en Inglaterra y Gales, la Cámara de los Lores. Ésta también actúa como tribunal de casación, tanto para asuntos civiles como penales, de Irlanda del Norte.

Las principales formaciones políticas del Reino Unido son el Partido Laborista, el Partido Conservador y los Liberales Demócratas (centro-izquierda). Entre las formaciones de ámbito regional destaca el Partido Nacionalista Escocés, que propugna la independencia de Escocia.

Servicios del Estado

El sistema educativo es obligatorio en el Reino Unido entre los 5 y los 16 años de edad. La educación primaria dura seis años, pudiendo ser recibida enteramente en escuelas combinadas infantiles y juveniles. Otra opción consiste en seguir la enseñanza primaria en sendos tramos sucesivos de dos (escuela infantil) y cuatro años (escuela juvenil).

A continuación siguen cinco cursos de escuela secundaria, que cuenta con cuatro modalidades diferentes. En algunos centros se ofrecen dos años adicionales de formación que llevan a la obtención de un diploma de enseñanza avanzada.

Las universidades británicas más prestigiosas son las de Cambridge, Oxford, Edimburgo, Manchester, Bristol, Sheffield, Nottingham y Birmingham, así como el Imperial College, el University College y el King’s College de Londres. Estos tres colleges, como la también prestigiosa London School of Economics, forman parte de la Universidad de Londres.

Vista aérea de la ciudad de Oxford, sede de una de las más prestigiosa universidades del Reino Unido.

El modelo de sanidad británico consta de un sector público y otro privado. El gasto sanitario total supera el 9 % del producto interno (interior) bruto (PIB). Las prestaciones sociales han experimentado un descenso progresivo en las últimas décadas, lo que ha supuesto el desmantelamiento de parte del estado de bienestar creado tras la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, sigue habiendo ayudas sociales para los desempleados y los grupos de población más desfavorecidos. Asimismo, la sanidad pública mantiene su universalidad y gratuidad.

Historia

La antigüedad prerromana

Hace unos cinco mil años se inició la práctica de la agricultura en las zonas meridionales de Inglaterra. Medio milenio más tarde empezó a desarrollarse en Gran Bretaña la cultura del vaso campaniforme, creadora del complejo megalítico de Stonehenge. En el primer milenio anterior a la era cristiana se produjo la invasión celta: este pueblo indoeuropeo introdujo en la isla el arado de hierro.

Conjunto megalítico tipo crómlech, de Stonehenge (Inglaterra), encuadrado dentro de la cultura prehistórica del vaso campaniforme.

A mediados del siglo I a.C., tras la conquista de la Galia, Julio César comandó dos expediciones a Gran Bretaña. La isla, conocida entonces con el nombre de Britania, quedó plenamente incorporada al Imperio romano en la segunda mitad de la centuria siguiente.

De los romanos a los anglosajones

Los romanos extendieron su dominio hasta tierras escocesas, aunque allí encontraron una resistencia mucho más tenaz de la población nativa. La muralla de Adriano marcaba en el primer cuarto del siglo II de la era cristiana los límites septentrionales de la Britania romana.

A principios del siglo V, en plena descomposición del imperio, los romanos abandonaron la isla. Las tribus anglosajonas (anglos, sajones, jutos, etc.) no tardaron en ocupar el vacío dejado por Roma, confinando a la población celta de la isla en Gales, Escocia y la región sudoccidental de Cornualles.

Hacia el siglo VII se habían asentado en Britania siete reinos anglosajones: Northumbria, Mercia, Kent, East Anglia, Wessex, Essex y Sussex. A principios de esa misma centuria, con la introducción del cristianismo en la isla, proliferó la construcción de monasterios.

Alfredo el Grande, coronado rey de Wessex en el 871, derrotó a los daneses y fue un notable impulsor de la cultura y de las artes. Su nieto Athelstan consumó la unificación de los reinos anglosajones tras su victoria en la batalla de Brunanburh (937). Inglaterra quedó dividida en cuarenta condados.

En la siguiente centuria, los daneses corrieron mejor suerte: en 1016, el rey danés Canuto I derrotó al monarca inglés Edmundo II y se anexionó toda Inglaterra. La extinción de la dinastía de Canuto I permitió, no obstante, la restauración en 1042 de la dinastía anglosajona en la persona de Eduardo el Confesor.

De la batalla de Hastings (1066) a la de Bannockburn (1314)

La muerte sin herederos en 1066 de Eduardo el Confesor condujo a un enfrentamiento entre varios aspirantes al trono: el conde de Wessex Harold, el rey Harald III de Noruega y el duque Guillermo de Normandía. La victoria de las tropas normandas de Guillermo en la batalla de Hastings llevó a la coronación de éste en la abadía de Westminster.

Guillermo I el Conquistador, nombre con el que dicho monarca pasaría a la historia, introdujo en Inglaterra el feudalismo franconormando y situó al país dentro la órbita cultural francesa. La huella francesa se manifestaría de modo muy especial en la evolución de la lengua inglesa, que pese a su raíz germánica experimentaría una intensa latinización.

En 1154, después de un periodo de anarquía bajo el reinado de Esteban, fue coronado Enrique II. Éste devolvió el orden al país e intentó reducir el poder de la Iglesia. Para ello tuvo que hacer frente a la oposición del arzobispo de Canterbury, santo Tomás Becket, a quien finalmente ordenó ejecutar. El santo inglés había sido anteriormente su canciller. Los dominios de Enrique II se extendían sobre Inglaterra y la mitad de Francia. Además, el monarca inglés era señor de Irlanda y de Escocia.

Vidriera de la catedral de Canterbury en la que se representa el ajusticiamiento de santo Tomás Becket por orden del rey Enrique II.

Tras el reinado de Ricardo I Corazón de León (1189-1199), quien permaneció buena parte del mismo fuera de Inglaterra, llegó al trono Juan sin Tierra. Éste perdió en 1204 Normandía, que pasó a manos de Francia. Juan sin Tierra se vio forzado a aceptar en 1215 la Carta Magna, documento en que accedía a una limitación de los poderes reales en beneficio de la nobleza.

A lo largo de esa centuria y de la siguiente, Inglaterra conoció una etapa de florecimiento económico, demográfico y cultural. A esto último contribuyó en gran medida la fundación de las universidades de Oxford y Cambridge. No obstante, en 1264 estalló una corta guerra civil.

Bajo el reinado de Eduardo I (1272-1307) se creó, a partir del antiguo consejo real, un parlamento inglés. Eduardo I sometió el noroeste de Gales, creando el título de príncipe de Gales que desde entonces llevan todos los herederos a la corona inglesa. Eduardo II intentó invadir Escocia, pero fue derrotado en 1314 en la batalla de Bannockburn. El monarca escocés Roberto I Bruce ratificó la independencia de su país, que conservaría durante casi cuatro siglos.

La guerra de los Cien Años y la de las Dos Rosas

Eduardo III accedió al trono en 1327 tras la abdicación de su padre Enrique II. En 1337 comenzó la guerra de los Cien Años contra Francia, que en su primera etapa se saldó con un rotundo éxito militar inglés. En 1349, la isla se vio gravemente afectada por la peste negra.

A finales de siglo, Inglaterra perdió casi todas sus conquistas en suelo francés. En 1399, el duque de Lancaster obligó a abdicar a su primo Ricardo II, haciéndose coronar con el nombre de Enrique IV. Éste sería sucedido por Enrique V (1413-1422) y Enrique VI (1422-1461), quien ocupó los tronos de Inglaterra y Francia.

Aunque los ingleses volvieron a recuperar terreno en la guerra de los Cien Años, la reacción encabezada por la joven heroína francesa Juana de Arco les obligó a abandonar todo el suelo galo a excepción de Calais, devuelta a Francia en 1558. La derrota en Francia llevó a un nuevo conflicto dinástico: la guerra de las Dos Rosas (1455-1485), entre la casa de Lancaster y la de York. Esta última, al mando del duque Ricardo, pretendió desalojar a los Lancaster del trono inglés.

La derrota en 1461 de los partidarios de Lancaster condujo a la proclamación de Eduardo de York como Eduardo IV. Sin embargo, éste fue depuesto en 1470, lo que supuso la reposición en el trono de Enrique VI. La victoria definitiva correspondería a la casa de York, aunque en 1485 fue otra dinastía, la Tudor, la que consiguió imponerse tras la victoria de Enrique Tudor (Enrique VII) en la batalla de Bosworth.

De los Tudor a los Hannover

Enrique VIII, segundo monarca de la dinastía Tudor, reinó en Inglaterra en el periodo comprendido entre 1509 y 1547. Este rey, que llegó a tener seis esposas, fue el artífice de la ruptura religiosa con Roma y de la constitución de la Iglesia de Inglaterra. Su sucesor, Eduardo VI, reinó entre 1547 y 1553.

Retrato del monarca Enrique VIII, segundo de la dinastía Tudor, obra de Hans Holbein el Joven (s. XVI).

María I Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, restauró el catolicismo y contrajo matrimonio con Felipe II de España. Tras su muerte en 1558 llegó al trono su hermanastra Isabel I, quien volvió a perseguir a los católicos. La derrota de la Armada Invencible de Felipe II en 1588 impidió la proyectada invasión española de Gran Bretaña.

En 1603, al acceder al trono inglés el rey escocés Jacobo IV (I de Inglaterra), se unificaron las Coronas inglesa y escocesa. Fue el comienzo de una nueva dinastía, la de los Estuardo. El reinado de Carlos I (1625-1649) asistió a un enfrentamiento entre el monarca y el Parlamento que condujo a una guerra civil.

Con el apoyo de Escocia, y bajo el liderazgo de Oliver Cromwell, el partido parlamentario derrotó al monárquico. Carlos I fue ejecutado en 1649, año en que el sistema monárquico fue abolido y se proclamó una república con Cromwell al frente. Éste disolvió en 1653 el Parlamento y se convirtió en lord protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Tras su muerte en 1658, le sucedió su hijo, Richard Cromwell, quien no pudo evitar el triunfo de los monárquicos y la restauración del poder real en 1660 en la persona de Carlos II.

Jacobo, hermano católico de Carlos II, heredó el trono tras la muerte de éste en 1685. Bajo su reinado, con el nombre de Jacobo II, se registró un notable auge de las artes y las letras. Pese a ello, hubo de encarar una fuerte oposición interna. Sus detractores decidieron dar su apoyo político a su yerno, el protestante Guillermo III de Orange, estatúder de los Países Bajos. Jacobo II hubo de huir a Francia, tras lo cual Guillermo formó un Gobierno provisional.

El Parlamento inglés otorgó la corona a ambos, ratificando su soberanía. Sólo se resistieron a aceptar esta decisión los llamados jacobitas, quienes fueron finalmente sometidos junto a los católicos. A principios del siglo XVIII, Inglaterra intervino en la guerra de Sucesión española (1701-1713). Su victoria sobre los franceses en la batalla de Blenheim (1704) sentaría las bases del poderío militar británico en Europa y en el resto del mundo.

En 1707 se suscribió la Union Act, que representó la fusión política de Inglaterra y Escocia en el nuevo Reino Unido de la Gran Bretaña. El Parlamento escocés fue cerrado y Londres se convirtió en la capital del naciente estado unitario.

Merced al Tratado de Utrecht (1713), Gran Bretaña reconoció la entronización de la dinastía francesa de los Borbones en España. A cambio, logró la cesión de Francia de amplios territorios en Norteamérica. España, por su parte, entregó a los británicos el peñón mediterráneo de Gibraltar y la isla de Menorca, devuelta siete decenios más tarde.

De la entronización de los Hannover a la batalla de Trafalgar (1805)

En 1714 se produjo la entronización de una nueva dinastía en Gran Bretaña: la alemana de Hannover, con Jorge I como primer monarca. Jorge I tuvo que afrontar en 1715 una sublevación jacobita. Durante su reinado y el de su sucesor Jorge II, Robert Walpole desempeñó el puesto de primer ministro.

En 1739, Gran Bretaña entró en guerra con España. Los británicos también se vieron implicados en la guerra de Sucesión austriaca (1740-1748), en la que se aliaron a Austria frente a prusianos, franceses y españoles.

Una nueva revuelta jacobita estalló en Escocia en 1745 con el propósito de devolver el trono a los Estuardo. Aunque Jacobo III fue proclamado rey en Edimburgo tras la toma jacobita de la ciudad, la revuelta fue sofocada en la batalla de Culloden.

En la guerra de los Siete Años (1756-1763), los británicos se aliaron a Prusia para combatir a franceses, austriacos y rusos. La flota británica se impuso a la francesa en aguas próximas a Portugal. Además, Gran Bretaña arrebató a Francia las ciudades norteamericanas de Quebec y Montreal.

En virtud del Tratado de París (1763), Gran Bretaña se hizo con todos los territorios franceses en el Canadá y al este del Mississippi, así como con buena parte de sus posesiones en la India. España hubo de ceder la Florida. Por otra parte, la Compañía Británica de las Indias Orientales lograba asentarse en Bengala frente a las pretensiones francesas.

Jorge III, quien había accedió al trono en 1760, tuvo que hacer frente a la guerra de la Independencia de las colonias norteamericanas. Los rebeldes norteamericanos, que contaron con el apoyo francés, español y neerlandés, lograron con las armas la independencia de las trece colonias. A España le fueron devueltas la península de Florida y la isla de Menorca.

Conforme al Acta de la India de 1784, la Compañía Británica de las Indias Orientales fue subordinada al Gobierno de Londres en el ejercicio de sus funciones políticas. William Pitt el Joven fue primer ministro en el cambio del siglo XVIII al XIX. En 1805, una flota británica al mando de lord Nelson derrotó en Trafalgar a otra integrada por franceses y españoles.

El glorioso siglo XIX

Pese a la victoria naval en Trafalgar, Gran Bretaña tuvo que soportar en años posteriores un bloqueo comercial continental decretado por Napoleón. Los ejércitos británicos desempeñaron un papel fundamental en la derrota de la Francia napoleónica, destacándose en particular el genio militar del duque de Wellington.

Merced al Congreso de Viena de 1815, los británicos se anexionaron los antiguos territorios neerlandeses de El Cabo y Ceilán (la moderna Sri Lanka). Jorge IV, quien había sucedido en 1811 en el trono a su padre Jorge III, murió en 1830. Accedió entonces al trono su hermano Guillermo IV. En la década de 1830 se aplicó una reforma electoral que amplió el número de personas con derecho a voto.

La Revolución Industrial, iniciada a finales del siglo XVIII, había convertido ya en la década de 1830 a Gran Bretaña en una gran potencia económica. Londres era por aquel entonces la urbe más poblada del mundo, así como su principal centro político y financiero. Guillermo IV fue sucedido en 1837 por su joven nieta Victoria, con la que se abría el periodo más esplendoroso de la historia de Gran Bretaña. El movimiento cartista demandaba ya el sufragio universal masculino.

A mediados de siglo, el Gobierno británico empezó a reducir los aranceles y abolió las leyes de granos (Corn Laws). El país vivió un nuevo avance económico con la extensión del ferrocarril, la industria y las finanzas, lo que reforzó su hegemonía en el mundo. En 1858 fue sofocada la rebelión de los cipayos en la India, territorio que pasó a ser administrado directamente por Londres con el estatus de colonia del Imperio británico.

Tras la muerte en 1865 del primer ministro Henry Palmerston, William Ewart Gladstone y Benjamin Disraeli se convirtieron en los principales protagonistas de la vida política británica: el primero, en el bando liberal o whig, y el segundo, en el conservador o tory. El primer periodo de gobierno de Gladstone, entre 1868 y 1874, asistió a profundas reformas políticas y sociales. Disraeli, entre 1874 y 1880, prosiguió con las políticas de bienestar social y afianzó el poderío británico en el mundo.

La reina Victoria fue coronada emperatriz de la India en 1876. Seis años después, los británicos establecieron un protectorado sobre Egipto. Entre 1899 y 1902, el país sostuvo en Sudáfrica la guerra de los bóers contra los colonos de origen neerlandés. Esta guerra terminó con el triunfo británico, logrado un año después del fallecimiento de la reina Victoria.

De Eduardo VII a la Segunda Guerra Mundial

Eduardo VII fue coronado en 1901 en sustitución de la reina Victoria. En 1904, Gran Bretaña suscribió con Francia la Entente Cordial. En 1910 se otorgó una autonomía a la recién constituida Unión de Sudáfrica. Ese mismo año murió Eduardo VII, a quien sucedió Jorge V.

La invasión alemana de Bélgica en 1914 llevó al Reino Unido a declarar la guerra a Alemania. El país se vio así plenamente implicado en la Primera Guerra Mundial. La intervención en el conflicto en 1917 de los Estados Unidos inclinó la balanza decisivamente del lado de los aliados.

Tras la victoria bélica aliada, en 1918, el liberal Lloyd George se impuso en las urnas por mayoría absoluta. El Reino Unido consiguió ensanchar los límites de su imperio con la conversión en mandatos británicos de las ex colonias alemanas en África y de las antiguas posesiones otomanas en el Cercano Oriente.

Por otra parte, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica pasaron a ser miembros de la nueva Sociedad de Naciones. En 1921 se constituyó al sur de Irlanda el Estado Libre de Irlanda, en el marco de la Comunidad Británica de Naciones (Commonwealth).

En 1924, Ramsay MacDonald se convirtió en primer ministro, el primero de ideología laborista en la historia del Reino Unido. MacDonald volvió al poder en 1929. El dirigente laborista hubo de hacer frente a los efectos de la Gran Depresión.

En 1931 constituyó un Gobierno de coalición. Eduardo VIII fue coronado rey tras la muerte de Jorge V en 1936. El reinado del nuevo monarca fue efímero, ya que abdicó ese mismo año en su hermano Jorge VI para desposarse con una mujer divorciada de nacionalidad estadounidense.

El primer ministro conservador, Neville Chamberlain, en el poder desde 1937, optó por una política de apaciguamiento frente a la Alemania nazi de Adolf Hitler. En 1937 se abolió el Estado Libre de Irlanda, proclamándose su independencia con el nombre de Eire. En 1938, Chamberlain suscribió con Hitler los Acuerdos de Munich, que legitimaron la anexión alemana de la región checa de los Sudetes. La invasión nazi de Polonia en 1939 llevó a la declaración de guerra a Alemania, que dio comienzo a la Segunda Guerra Mundial.

Con el conservador Winston Churchill como primer ministro desde 1940, el Reino Unido se destacó como uno de los artífices de la derrota militar de Alemania. Los británicos tuvieron un especial protagonismo en la batalla naval del Atlántico norte y en la campaña del desierto en el norte de África. Los soldados británicos participaron también en la invasión de Sicilia y el desembarco de Normandía.

Imagen del mandatario británico W. Churchill, indiscutible protagonista del triunfo de las fuerzas aliadas contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial.

De Clement Attlee a Margaret Thatcher

Pese la victoria en 1945 sobre la Alemania nazi, los comicios celebrados ese mismo año en el Reino Unido supusieron una derrota electoral para Churchill. El laborista Clement Attlee se convirtió en el nuevo primer ministro. El país se sumó al Plan Marshall de ayuda estadounidense y fue en 1949 uno de los fundadores de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

En 1947 se otorgó la independencia a la India, y un año después a Birmania y Ceilán (actual Sri Lanka). También en 1948, los británicos abandonaron su mandato en Palestina. Eire rompió en 1949 sus últimos lazos políticos con el Reino Unido, convirtiéndose en la República de Irlanda y abandonando la Comunidad Británica de Naciones.

El conservador Churchill retornó al poder tras las elecciones de 1951. A la muerte de Jorge VI, en 1952, fue sucedido por su hija Isabel II. El conservador Anthony Eden relevó a Churchill en 1955 al frente del Gobierno. Lo sustituyó dos años después el también conservador Harold Macmillan, quien se mantuvo al frente del Gobierno hasta 1963.

Con Macmillan como primer ministro se intensificó el proceso de independencia de las colonias. El Reino Unido pidió en 1961 ingresar en la Comunidad Económica Europea (CEE), pero su candidatura fue vetada por Francia, presidida entonces por Charles de Gaulle.

Alexander Frederick Douglas-Home sucedió a su compañero de partido Macmillan en 1963. Fue derrotado en las urnas al año siguiente por el laborista Harold Wilson, quien gobernó hasta 1970. Ese año regresaron los conservadores al poder de la mano de Edward Heath. En 1969 se habían enviado tropas a Irlanda del Norte para sofocar la ola de violencia allí desatada. El Ejercito Republicano Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés) inició sus actividades terroristas contra el Ejército británico.

El Reino Unido ingresó en la CEE en 1973, junto a Dinamarca y la República de Irlanda. Tras los comicios de 1974, Wilson volvió al Gobierno con el apoyo de los liberales. El primer ministro dimitió en 1976, lo que llevó al nombramiento para el cargo del también laborista James Callaghan.

La etapa conservadora de Thatcher y Major

La conservadora Margaret Thatcher se convirtió en primera ministra tras su victoria sobre Callaghan en las elecciones de 1979. La política de Thatcher se caracterizó por la adopción de medidas económicas de corte neoliberal y por el reforzamiento de los vínculos políticos con los Estados Unidos.

Instantánea de la entonces primera ministra Margaret Thatcher en un encuentro con G.W. Bush (1983), años antes de que éste último accediera a la presidencia de los Estados Unidos.

En 1982, el país libró la guerra de las Malvinas contra la Argentina. El Ejército británico logró reconquistar este archipiélago del Atlántico sur, que poco antes había sido tomado militarmente por los argentinos. Thatcher revalidó su cargo en las elecciones de 1983 y 1987. Abandonó el poder tras su dimisión en 1990, a causa de desavenencias en el seno del Partido Conservador. Fue sustituida por su compañero de partido John Major.

El nuevo primer ministro se alineó con los Estados Unidos durante la primera guerra del Golfo contra Iraq. En 1994, el IRA declaró un alto el fuego. Ello propició el inicio de un diálogo directo entre el Gobierno británico y el Sinn Féin, brazo político del IRA. En 1996, el Reino Unido se vio afectado por la enfermedad de las «vacas locas», una encefalopatía espongiforme bovina que motivó un embargo en la UE del ganado y la carne de vacuno procedentes de suelo británico.

La etapa laborista de Blair

En las elecciones de 1997, Major fue derrotado por el laborista Tony Blair. Ese verano murió en un accidente de tráfico en París la princesa Diana de Gales, esposa del príncipe Carlos. El nuevo Gobierno laborista aprobó la concesión de autonomía a Escocia y Gales, donde se constituyeron sendos parlamentos.

En 1998 se firmaron en el castillo norirlandés de Stormont unos acuerdos para poner fin al conflicto armado en Irlanda del Norte. En 1999 se abolió el carácter hereditario de la representación en la Cámara de los Lores.

Blair repitió triunfo electoral en 2001. Tras los atentados suicidas cometidos ese año en Nueva York y Washington, los británicos renovaron su compromiso militar con los Estados Unidos. Tropas británicas intervinieron en la guerra de Afganistán para desalojar del poder al régimen talibán.

En 2001, el IRA anunció que había empezado a inutilizar sus armas conforme a lo dispuesto en los acuerdos de Stormont. Blair volvió a apoyar militarmente a los Estados Unidos en la invasión de Iraq en 2003, también conocida como segunda guerra del Golfo.

Los laboristas se mantuvieron en el Gobierno tras su nueva victoria en 2005. Ese mismo año, Londres fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 2012. Al día siguiente de dicha designación, la red de transporte de la capital británica sufrió un atentado múltiple, con la explosión de cuatro bombas que causaron la muerte de más de cincuenta personas. Los ataques fueron reivindicados por grupos afines a la organización Al Qaeda. En junio de 2007, Tony Blair dimitió de su cargo, siendo sucedido al frente del gabinete por su correligionario Gordon Brown. El nuevo primer ministro hubo de afrontar una situación política delicada, caracterizada por el desgaste del largo periodo laborista en el poder y el deterioro de la situación económica.

Este desgaste se puso de manifiesto en las elecciones locales celebradas en mayo de 2008. Los laboristas obtuvieron su peor resultado electoral en los últimos cuarenta años, en coincidencia con un ascenso del opositor partido conservador. Además, el alcalde de Londres, el laborista Ken Livingstone, perdió en los comicios frente a su rival, el conservador Boris Johnson.

En octubre de 2008, el Reino Unido se vio sacudido intensamente por la crisis financiera internacional, debido a la importancia de su sector financiero. Ante los problemas serios por los que atravesaban varios de sus bancos, el Gobierno británico aprobó la concesión de un cuantioso paquete de rescate, cifrado inicialmente en 37.000 millones de libras. Los valores bursátiles en los mercados de Londres se derrumbaron, y el Banco de Inglaterra redujo las tasas de interés hasta el 1,5 %, el menor valor de su historia. El Ejecutivo británico puso en marcha medidas complementarias como la nacionalización parcial del sistema bancario y el aumento del gasto público.

En este contexto se celebraron elecciones al Parlamento Europeo en junio de 2009. El Partido Laborista en el Gobierno fue la tercera fuerza más votada, con el menor recuento de sufragios desde la Segunda Guerra Mundial: el 15,7 %. La victoria correspondió al Partido Conservador, que conquistó el 27,7 % de los votos. La situación económica empeoró a lo largo de 2009, en el que las estimaciones calculaban una contracción del crecimiento de aproximadamente el -4,3 %. El país, en recesión, acumuló seis semestres consecutivos de índices de crecimiento negativos. Paralelamente, el mercado del empleo sufrió un acusado deterioro.

Primer mandato de David Cameron

El ciclo político del primer ministro Brown tocó a su fin en 2010. La crisis económica, con un país altamente endeudado y lastrado por el alto valor del déficit público, minó sus aspiraciones a revalidar su mandato. En las elecciones generales celebradas en el mes de mayo, el Partido Conservador encabezado por David Cameron se alzó con la victoria, aunque sin mayoría absoluta. Cameron se puso al frente de un Gobierno de coalición con el partido de los Demócratas Liberales, tercero en la preferencia de los votantes, encabezado a su vez por Nick Clegg. El derrotado Brown cedió su puesto como principal dirigente laborista a su correligionario Edward Milliband.

En consonancia con las medidas adoptadas por otros Gobiernos europeos aquejados por la recesión económica, el Ejecutivo dirigido por Cameron anunció en octubre un plan de recortes del gasto público con la pretensión de reducir el abultado déficit presupuestario nacional. Dicho plan contemplaba la supresión de cerca de medio millón de empleos en el sector público. El anuncio de un programa tan restrictivo tuvo contestación en las calles, y varios miles de personas se manifestaron en las principales ciudades británicas como protesta por las previsiblemente negativas consecuencias sociales de la política de austeridad preconizada por el primer ministro.

A lo largo de 2011, el prestigio de la clase política y las fuerzas del orden público británicas quedó en entredicho a raíz del conocimiento de las escuchas ilegales realizadas por periodistas ligados a la publicación sensacionalista News of the World, propiedad del empresario Rupert Murdoch. El primer ministro Cameron ordenó una investigación oficial sobre el caso, que llegó a afectar a su propio director de comunicaciones, quien hubo de dimitir de su cargo y que fue detenido por su relación con el escándalo.

La Corona británica fue noticia asimismo durante 2011. En el mes de abril, el príncipe Guillermo, segundo heredero al trono en el orden dinástico, contrajo matrimonio con Kate Middleton. Por su parte, la reina Isabel II inició en junio la primera visita oficial de un monarca británico a Irlanda desde la independencia de este país. En abril de 2012, la sociedad británica conmemoró el 60.º aniversario de la entronización de la reina. Este año tuvo un valor simbólico especial para el país por la celebración en Londres de los Juegos Olímpicos de Verano.

A la sombra de estos fastos, el devenir del Reino Unido durante 2012 tuvo también algunas sombras. Durante los dos primeros trimestres del año, la economía británica se contrajo, mientras la población expresaba su malestar con la política gubernamental al otorgar su apoyo mayoritario al Partido Laborista en las elecciones locales del mes de mayo. Aun así, el conservador Boris Johnson logró conservar la alcaldía de Londres.

La propia identidad como estado del Reino Unido se vio cuestionada con motivo de las aspiraciones secesionistas de una parte de la población escocesa. Las autoridades del Gobierno autónomo de Escocia y el Ejecutivo encabezado por Cameron acordaron celebrar una consulta popular para conocer la opinión de los escoceses sobre la continuidad de su pertenencia al país.

Otra decisión política controvertida del primer ministro giró en torno al compromiso, asumido en enero de 2013, de proponer un referéndum al conjunto de la población británica para decidir sobre la continuidad de la adhesión del Reino Unido a la Unión Europea. El Partido Laborista y los socios de Gobierno de Cameron, los Demócratas Liberales, mostraron su oposición a la idea. La situación del primer ministro quedó aún más debilitada en agosto de 2013, cuando presentó ante la Cámara de los Comunes un plan para realizar una intervención militar en Siria, después de que se hubiera denunciado un ataque con armas químicas contra la población civil en este país. Los parlamentarios se opusieron a la propuesta de Cameron de un ataque punitivo contra Siria, en alianza con Estados Unidos, sin que antes se contara con el respaldo explícito de las Naciones Unidas.

La campaña previa a la celebración del referéndum de independencia de Escocia forzó una participación muy activa de los principales políticos británicos. El primer ministro Cameron, consciente de que el triunfo de los independentistas era una posibilidad real, hizo un llamamiento dramático y emotivo para ponderar las ventajas de continuar en la unión. También asumió un papel destacado con este mismo propósito el dirigente laborista Gordon Brown, antiguo jefe de gobierno del Reino Unido y con buena imagen en el territorio afectado, dado su origen escocés.

La consulta se celebró finalmente el 18 de septiembre de 2014. Con una participación muy elevada (en torno al 84 % del electorado), los votantes decidieron en favor de la continuidad de Escocia dentro del Reino Unido con el 55,3 % de los sufragios. Ante la derrota de sus postulados secesionistas, el ministro principal de Escocia, Alex Salmond, presentó su dimisión, aunque su Partido Nacional Escocés reforzó su imagen y mejoró sus perspectivas electorales, como se demostraría en los meses siguientes.

Entre tanto, el sentimiento contrario a la Unión Europea se extendió en Inglaterra hasta el punto de que el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés) consiguió un apoyo creciente entre la población. Su dirigente Nigel Farage se situó entre los más populares del país y esta formación obtuvo un resultado muy notable en las elecciones al Parlamento Europeo, con 24 escaños y en primer lugar en el cómputo de los votos. Por primera vez en un siglo, el triunfo en unos comicios a escala nacional había correspondido a una formación política diferente de los conservadores y los laboristas.

Segundo mandato de Cameron y el Brexit

En las elecciones generales celebradas en mayo de 2015, el Partido Conservador obtuvo una amplísima victoria y mayoría absoluta en el Parlamento. Este resultado sorprendió a los observadores y contradijo las predicciones de las encuestas, si bien en parte se explicaba por el modelo mayoritario del sistema electoral británico. El Partido Conservador alcanzó casi el 37 % de los votos, mientras el opositor Partido Laborista hubo de conformarse con el 30 % y una representación parlamentaria muy inferior. En tercer lugar se situó el Partido Nacional Escocés liderado por Nicola Sturgeon que, con el 4,7 % de los sufragios en total, logró 56 escaños en Escocia, todos los disputados en este territorio excepto tres. Los Liberal Demócratas encabezados por Nick Clegg obtuvieron un número de diputados muy por debajo de sus expectativas. Dadas las peculiaridades del sistema electoral, el euroescéptico Farage de UKIP, aunque contó con el respaldo de casi cuatro millones de electores, logró un único escaño.

En su segundo mandato como primer ministro, Cameron renovó su compromiso de celebrar un referéndum nacional para cuestionar la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Partidario del statu quo, Cameron inició unas complejas negociaciones con las autoridades europeas para lograr un acuerdo que pudiera presentar ante su electorado y evitar la salida británica de la UE, una posibilidad conocida popularmente como Brexit. Si la decisión popular fuera favorable a esta salida, no sólo se produciría una difícil transición de la economía y la política británicas, sino también la posible partición del país, dado el declarado carácter europeísta de Escocia.

La economía británica resistió mejor los efectos de la crisis iniciada en 2008 que otras naciones europeas. Por ello, se convirtió en un destino preferido entre los inmigrantes económicos en el seno de la UE. El endurecimiento de las condiciones laborales y de protección social para los trabajadores europeos no británicos y la renuencia a aceptar cuotas de refugiados procedentes de naciones en guerra, como Siria o Iraq, ante la grave crisis humanitaria desatada por este motivo en el este de Europa, fueron características dominantes en la política del Gobierno de Cameron.

Finalmente, el referéndum acerca del Brexit se celebró el 23 de junio de 2016. La campaña sobre esta votación apuntaba inicialmente a una victoria de los partidarios de la permanencia. Entre ellos se situaba el primer ministro Cameron y la mayor parte de su Gobierno. No obstante, una facción del Partido Conservador se mostró abiertamente favorable al abandono de la UE. Entre los dirigentes conservadores más activos en favor del Brexit se situaron el antiguo alcalde de Londres, Boris Johnson, y el ministro de justicia Michael Gove. Especialmente virulenta fue la campaña organizada por el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés) liderado por Nigel Farage, con un mensaje xenófobo que abogaba por la recuperación de los valores tradicionales británicos y la drástica contención de la llegada de inmigrantes. Por su parte, el Partido Laborista abrazó con claridad la permanencia en la UE, aunque su principal dirigente, Jeremy Corbin, no expresó un entusiasmo indiscutido con la idea.

La consulta arrojó un resultado inesperado que provocó una grave crisis política, tanto en el Reino Unido como en el resto de la UE. El 51,9 % de los electores optó por la salida del Reino Unido del proyecto europeo. El apoyo al Brexit venció en la mayor parte de Inglaterra y Gales. En cambio, la salida de la UE fue rotundamente rechazada en Escocia, gran parte de Irlanda del Norte y la región de Londres.

Las consecuencias en la política interna británica fueron demoledoras. El primer ministro Cameron presentó su dimisión, mientras los defensores del Brexit dentro de su partido, Johnson y Gove, fueron desacreditados por sus correligionarios del Partido Conservador y fracasaron en su propósito de acceder a la jefatura de Gobierno. La ministra del interior, Theresa May, fue elegida nueva primera ministra, encargada de gestionar la compleja separación entre su país y la UE.

Inmediatamente después de conocerse los resultados se constató que la campaña en favor del Brexit se había basado en datos falsos o tergiversados acerca de las condiciones de financiación y las políticas de inmigración, que habían centrado buena parte de los debates durante la campaña. Uno de los responsables de esta desinformación, el ultraconservador y nacionalista Nigel Farage, presentó su dimisión como líder del UKIP. El laborista Corbin hubo de hacer frente a movimientos dentro de su partido que pretendían destituirle. Por su parte, Nicola Sturgeon, ministra principal de Escocia, declaró que su Gobierno iniciaría los trámites para convocar un nuevo referéndum sobre la posible separación de Escocia con respecto al Reino Unido.

Entre tanto, la economía británica comenzó a sufrir una desaceleración, aun cuando no se produjo ninguna situación catastrófica. El acusado descenso inicial de la libra esterlina tras la consulta se moderó, mientras el Gobierno de May diseñaba un plan para abrir negociaciones con los restantes países de la UE sobre cómo abordar el proceso. Cabe reseñar que, aunque el referéndum se convocó con carácter consultivo y no vinculante, la primera ministra ratificó que invocaría los protocolos europeos para la salida de su país de la UE.

La primera ministra británica convocó elecciones legislativas para el mes de junio de 2017. Su intención era reforzar la mayoría parlamentaria de su Partido Conservador de cara a mejorar la posición negociadora frente a la UE para la salida del país de esta institución. Sin embargo, la cita electoral no arrojó los resultados que ella esperaba. Si bien el Partido Conservador obtuvo la victoria en los comicios, perdió apoyo popular y hubo de establecer un acuerdo postelectoral con los Unionistas Democráticos de Irlanda del Norte para formar un Gobierno estable. En este marco de debilidad política y cierta incertidumbre se inició el proceso formal para el Brexit.

Por otra parte, el Reino Unido fue escenario de varios atentados terroristas durante la primera mitad de 2017. En marzo, cinco personas murieron en las proximidades del Parlamento en Londres en un ataque reivindicado por islamistas. En los meses de mayo y junio, en sendos atentados perpetrados en Manchester y Londres otras treinta personas perdieron la vida en ataques yihadistas.

Sociedad y cultura

Ciencia y tecnología

El Reino Unido ha sido uno de los países del mundo que más ha contribuido al avance de la ciencia y de la tecnología en casi todos los ámbitos. En suelo británico nacieron naturalistas como Charles Darwin, formulador de la teoría de la selección natural de las especies; Alfred Russell Wallace, fundador de la biogeografía; y Richard Owen, destacado anatomista y paleontólogo.

También británicos eran los médicos Edward Jenner, quien llevó a cabo la primera vacunación contra la viruela, y Alexander Fleming, descubridor de la penicilina; el etólogo Desmond Morris, creador del famoso ensayo antropológico El mono desnudo, y el ambientalista James Lovelock, quien formuló la célebre hipótesis Gaia que considera el planeta Tierra como un sistema autorregulado.

En el campo de la física, varios investigadores y pensadores británicos marcaron el rumbo de los avances científicos desde la Edad Moderna. La figura de Isaac Newton fue esencial para el desarrollo de la física, con sus teorías sobre la gravitación, el movimiento y la naturaleza de la luz.

En el siglo XIX, James Clark Maxwell estableció las leyes generales del electromagnetismo sobre trabajos previos de, entre otros, el también británico Michael Faraday. John Dalton, William Kelvin y James Prescott Joule destacaron también por sus aportaciones científicas en el periodo. Ya al siglo XX pertenecen investigadores como Maurice Wilkins, estudioso de la difracción de los rayos X, y Stephen Hawking, uno de los cosmólogos más prestigiosos de las últimas décadas.

La relación de grandes ingenieros, mecánicos e inventores británicos es extraordinariamente extensa. Thomas Savery inventó una máquina para bombear agua, Thomas Newcomen construyó la primera máquina práctica de vapor y George Stephenson diseñó una de las primeras locomotoras de vapor. A John Wilkinson se atribuye la invención de la taladradora y el diseño del primer barco de hierro. Sobre ellos, por su enorme influencia, destaca la figura de James Watt, inventor del condensador y del regulador de fuerza centrífuga para la máquina de vapor.

Literatura

Las muestras más antiguas de la literatura realizada en Gran Bretaña corresponden al periodo anglosajón, en el que tuvo lugar una fusión de las tradiciones latina y germánica. Las principales manifestaciones literarias de esta etapa fueron de dos tipos: textos épicos de inspiración escandinava y poemas religiosos.

Tras la invasión normanda, en la segunda mitad del siglo XI, se inició una nueva era en las letras británicas. La lengua anglosajona (inglés antiguo) quedó confinada al pueblo llano, y el latín y el francés se convirtieron en lenguas oficiales del nuevo reino inglés franconormando.

En este periodo se escribieron crónicas, como las del monje Geoffrey de Monmouth. Asimismo, bajo la inspiración de la tradición celta dio comienzo el llamado ciclo artúrico. La Historia de los reyes de Britania, de Monmouth, es uno de los primeros textos en mencionar al legendario monarca britano.

En el siglo XIII, la lengua inglesa, muy teñida de galicismos por el fuerte influjo cultural franconormando, empezó a afianzarse en el país por encima del francés. El inglés se convirtió en la nueva lengua culta, merced sobre todo a la obra de Geoffrey Chaucer. Autor de los Cuentos de Canterbury, Chaucer contribuyó a fijar las reglas gramaticales del idioma. Junto a la poesía de tipo juglaresco se desarrolló un teatro medieval basado principalmente en la representación de «misterios».

La literatura británica renacentista tuvo como principales representantes a los humanistas John Colet y William Grocyn. Ambos cultivaron la amistad del neerlandés Erasmo de Rotterdam. Escritores posteriores, ya plenamente adscritos al siglo XVI, fueron los poetas Thomas Wyatt y Henry Howard.

La edad de oro de las letras inglesas, coincidente con el reinado de Isabel I, se inició en 1575. En esta etapa, que se extendió hasta bien entrado el siglo XVII, se inscriben las obras de poetas como Edmund Spenser (La reina de las hadas) y John Donne (Canciones y sonetos) y dramaturgos como Thomas Kyd (La tragedia española), Christopher Marlowe (La trágica historia del doctor Fausto) y Ben Jonson (Cada cual según su humor).

No obstante, el escritor más notable de la edad de oro inglesa fue William Shakespeare, considerado uno de los grandes genios de la literatura universal. Shakespeare destacó principalmente como dramaturgo, con piezas inmortales como Otelo, Hamlet, Macbeth y El mercader de Venecia.

Retrato de William Shakespeare, el literato más universal de Reino Unido.

En la segunda mitad del siglo XVII se registró un auge de la poesía, con autores de la talla de John Milton (El paraíso perdido) y del también dramaturgo John Dryden (La medalla). En la centuria siguiente destacaron Alexander Pope (La Duncíada), William Blake (Canción de inocencia), Robert Burns (Los alegres mendigos) y Samuel Johnson (Vanidad de los deseos humanos). Por lo que respecta a la narrativa, cabe señalar a Daniel Defoe (Robinson Crusoe), Henry Fielding (Pulgarcito) y Horace Walpole (El castillo de Otranto).

El siglo XIX asistió a la aparición de la obra de grandes poetas románticos como Samuel Taylor Coleridge y William Wordsworth (autor, junto al anterior, de Baladas líricas) y Alfred Tennyson (Los idilios del rey). A ellos se sumaron los tres principales poetas románticos ingleses: Lord Byron (Don Juan), Percy B. Shelley (Oda al viento del oeste) y John Keats (Oda a un ruiseñor).

En el ámbito de la prosa se destacaron Walter Scott (Ivanhoe), William Thackeray (La feria de las vanidades), Jane Austen (Orgullo y prejuicio) y las hermanas Charlotte (Jane Eyre) y Emily Brönte (Cumbres borrascosas). El influjo de Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro), un maestro de las novelas de aventuras, y Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas), autor de una obra marcada por el ingenio y la imaginación, se ha prolongado hasta la actualidad. Asimismo, destacó Charles Dickens que, en novelas como Oliver Twist y Grandes esperanzas, supo trazar un retrato fiel de la sociedad de su tiempo.

Entre los siglos XIX y XX desarrollaron su trabajo literario autores como Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas), Rudyard Kipling (Kim, Premio Nobel en 1907) y Arthur Conan Doyle (autor de la serie de novelas policíacas de Sherlock Holmes). En esta diversidad de estilos y géneros se enmarca también H. G. Wells (La guerra de los mundos), un pionero de la literatura de ciencia-ficción.

Entre las principales figuras de la literatura británica del siglo XX, hay que destacar a reconocidos escritores, como Gilbert K. Chesterton (El hombre que fue jueves), William Somerset Maugham (Servidumbre humana), D. H. Lawrence (El amante de Lady Chatterley) y Virginia Woolf (Las olas). T. S. Eliot (Tierra baldía, Premio Nobel en 1948) alcanzó altas cimas expresivas en su producción poética y Robert Graves (Yo, Claudio) añadió a su talento lírico una extraordinaria capacidad de indagación en temas clásicos.

En el ámbito de la narrativa, Graham Greene (El factor humano), William Golding (El señor de las moscas, Premio Nobel en 1983), Aldous Huxley (Un mundo feliz), Christopher Isherwood (Adiós a Berlín), Lawrence Durrell (Justine) y Doris Lessing (El cuaderno dorado), entre otros, mantuvieron la calidad de la literatura en inglés. También destacaron los dramaturgos John Osborne (Mirando hacia atrás con ira) y Harold Pinter (Retorno al hogar, Premio Nobel en 2005).

El género de la ciencia-ficción encontró en George Orwell (1984), Arthur C. Clarke (2001: una odisea en el espacio) y Anthony Burgess (La naranja mecánica) destacados representantes. La novela de misterio tuvo varios maestros británicos, como Agatha Christie (Diez negritos) o John Le Carré (El espía que surgió del frío).

También cosecharon gran éxito las aventuras fantásticas recogidas por J. R. R. Tolkien en su trilogía El señor de los anillos. Entre los escritores nacidos en la segunda mitad de la pasada centuria figuran Julian Barnes (El loro de Flaubert), el anglo-indio Salman Rushdie (Versos satánicos), Martin Amis (El libro de Raquel) y J. K. Rowling (autora de la exitosa serie de novelas infantiles de Harry Potter).

El Reino Unido ha sido igualmente cuna de notables filósofos, pensadores y científicos sociales. Entre los cultivadores más reconocidos de la filosofía destacaron Roger Bacon, Guillermo de Ockham, Francis Bacon y Thomas Hobbes. Otros valiosos pensadores de distintas épocas fueron John Locke, David Hume, John Stuart Mill y Bertrand Russell, también matemático. Adam Smith, David Ricardo yThomas Malthus fueron pioneros de la moderna ciencia económica, mientras que Edward Burnett Tylor y Francis Galton destacaron en el ámbito de la antropología.

Dentro del capítulo de eruditos y pensadores ingleses pueden anotarse asimismo los nombres de Beda el Venerable, Alcuino de York y Tomás Moro. En los dos últimos siglos, hay que apuntar la valía de economistas como Alfred Marshall, John Maynard Keynes y Ronald Coase, sociólogos como Stanley Cohen y Anthony Giddens o historiadores como Arnold Toynbee, Edward Gibbon y Paul Preston.

Artes plásticas

El complejo megalítico de Stonehenge, al sur de Inglaterra, es la muestra más soberbia de la arquitectura desarrollada en suelo británico antes de la llegada de los romanos. Éstos dejaron en la isla diversos monumentos y obras públicas, como las termas de Bath.

Las primeras iglesias se empezaron a edificar en el siglo VI, tras la introducción del cristianismo. La iluminación de manuscritos fue una de las actividades artísticas desarrolladas en los primeros monasterios británicos. Dentro de la escultura destacó el esculpido de cruces de piedra.

La llegada de los franconormandos en el siglo XI supuso la introducción en Gran Bretaña del arte románico, estilo en que se construyeron la Torre de Londres y las catedrales de Canterbury, Lincoln y Durham. En pintura, la conquista normanda trajo consigo el inicio del desarrollo del arte mural. La escultura románica era eminentemente decorativa.

Desde el siglo XII se impuso el gótico, que en Gran Bretaña conoció varias etapas diferenciadas: estilo inglés primitivo, gótico decorado y gótico perpendicular. Al primero se adscribe la catedral de Salisbury, al segundo las de York y Westminster y al tercero la de Gloucester. Las universidades de Oxford y Cambridge también fueron levantadas conforme al estilo gótico perpendicular.

Catedral de Salisbury (estilo inglés primitivo), cuya construcción se inició en la segunda década del siglo XIII.

Tanto durante el románico como en el gótico se erigieron sobre la geografía británica numerosos castillos, monasterios y fortalezas. La escultura del periodo gótico continuó siendo principalmente ornamental, con temas religiosos o funerarios.

El periodo de transición entre la arquitectura gótica y la renacentista en Gran Bretaña recibe el nombre de estilo Tudor. Bajo una marcada influencia extranjera, este estilo se manifestó en edificios como el palacio de Hampton Court. En la escultura, la obra maestra de este periodo fue el sepulcro del rey Enrique VII.

Tras la implantación de la Reforma anglicana, se empezó a desarrollar en el país una pintura de temática profana centrada sobre todo en el retrato. El siglo XVI asistió a un auge en la actividad de pintores extranjeros radicados en suelo británico, como Hans Holbein el Joven.

La arquitectura británica del siglo XVII tuvo como principales exponentes a Inigo Jones, constructor de la Queen’s House, y Christopher Wren. Este último reconstruyó la catedral de San Pablo tras el incendio de Londres en 1666. Los principales escultores británicos del siglo XVII fueron Nicholas Stone y Grinling Gibbons, quien representó la cumbre del barroco en las islas Británicas. La pintura, como en la centuria anterior, alcanzó su cima en la obra de artistas extranjeros radicados en el país. Tal fue el caso de Antoon van Dyck, pintor de la corte de Carlos I.

En el siglo XVIII sobresalieron, bajo la influencia del estilo Palladio italianizante o del barroco, arquitectos como James Gibbs o John Vanbrough (palacio de Blenheim). El estilo Palladio tuvo una gran importancia en Escocia, ya que la construcción de buena parte de los edificios nobles de Edimburgo siguió este patrón.

La escultura de esta centuria estuvo fuertemente marcada por los cánones neoclásicos. En pintura surgieron los primeros grandes creadores nacionales: Joshua Reynolds (Cabezas de ángeles), Thomas Gainsborough (El abrevadero) y William Hogarth (En la puerta de Calais). A caballo entre este siglo y el siguiente destaca la obra del pintor y poeta místico William Blake (El gran dragón y la mujer revestida de sol).

En el siglo XIX se desarrollaron varias corrientes arquitectónicas como el neogótico, del que el Parlamento de Londres es una excelente muestra. A finales de esa centuria surgió la influyente Escuela de Glasgow, a la que pertenecieron arquitectos como Charles Rennie Mackintosh.

En el ámbito pictórico destacaron varios paisajistas de gran influencia en la pintura posterior europea, en particular William Turner (Lluvia, vapor, velocidad) y John Constable (El carro de heno). También hay que apuntar el surgimiento del grupo de pintores prerrafaelitas, entre los que figuraban John Everett Millais (Ofelia), Dante Gabriel Rossetti (La casa en la pradera) y Edward Burne-Jones (La cabeza maléfica).

La pintura británica del siglo XX arrancó con creadores de influencia impresionista como Walter Sickert (Los bañistas de Dieppe) y Philip Wilson Steer. El escultor Ben Nicholson fue el máximo representante de la abstracción y Peter Blake, del arte pop.

Capítulo aparte merecen el anglo-irlandés Francis Bacon y Lucien Freud (Mujer con un perro blanco), cultivador de un estilo realista de gran hondura expresiva. En las últimas décadas del siglo cabe destacar al creador del land art Richard Long, así como a los miembros del grupo de arte conceptual Art and Language Terry Atkinson y Michael Corris.

La arquitectura británica del siglo XX tuvo como protagonista al dúo integrado por Peter y Alison Smithson, además de a James Stirling y Norman Foster, autor de la cúpula del Reichstag de Berlín. Las principales figuras de la escultura británica en la pasada centuria fueron el modernista Henry Moore, la creadora abstracta Barbara Hepworth y, más recientemente, Eduardo Paolozzi y Tony Cragg.

Patrimonio cultural

El patrimonio monumental y artístico del Reino Unido es de un alto valor. Por otro lado, en torno a la lengua inglesa, los británicos han forjado una comunidad cultural que se extiende por los cinco continentes. La Comunidad Británica de Naciones reúne a casi todos los países (con la ausencia significativa de los Estados Unidos e Irlanda) que fueron colonias del Reino Unido y comparten una misma herencia cultural. El inglés tiene desde el siglo pasado la condición de lengua franca universal.

Londres, Oxford y Edimburgo son las ciudades británicas de mayor patrimonio monumental y más valiosa herencia histórico-artística. Entre los monumentos de la capital británica destacan la Torre de Londres, la catedral de San Pablo, la abadía de Westminster y las casas del Parlamento.

Oxford, ciudad de gran tradición universitaria, es célebre por su catedral y sus numerosos colleges. En la capital escocesa de Edimburgo, destacan su castillo, su catedral gótica y el palacio de Holyrood.

Otras ciudades reseñables son Durham, Cambridge, Canterbury, Salisbury, York y Stratford-upon-Avon (localidad natal de William Shakespeare). Cabe apuntar además los complejos megalíticos de Stonehenge y Avebury.

El Reino Unido posee varios museos de primer orden mundial. En la capital británica se encuentran la Galería Nacional (su colección de más de dos mil cuadros ofrece un amplio recorrido por la pintura europea occidental entre los siglos XIII y XIX), el Museo Británico (con piezas de extraordinario valor histórico, como la piedra Rosetta de Egipto y el friso del Partenón ateniense), la Tate Gallery, la Tate Modern y el Museo Victoria y Alberto. Fuera de Londres sobresale la Galería Nacional de Escocia (Edimburgo).

Artes escénicas y música

Londres es una de las capitales mundiales del teatro y las artes escénicas, con una amplia y variada oferta de espectáculos a lo largo de todo el año. El Covent Garden de la capital británica es el recinto teatral, operístico y de danza de referencia en el país.

El panorama de las artes escénicas no se limita a la megalópolis londinense. También goza de fama internacional el festival estival de teatro, música y danza de Edimburgo, que cada verano reúne a decenas de miles de personas. La Royal Shakespeare Company, especializada en la representación de las obras de este dramaturgo, es una de las compañías teatrales de mayor tradición en las islas Británicas.

Entre las grandes figuras de la historia de la danza contemporánea en el Reino Unido se encuentra Margot Fonteyn, quien fue integrante del prestigioso Royal Ballet de Londres. Otro notable exponente de la danza británica fue el bailarín y coreógrafo Anthony Tudor, fundador del London Ballet.

La música antigua británica era de carácter litúrgico. El canto llano, base de la liturgia anglicana, fue introducido en la isla en el siglo VI. El Cancionero de Cambridge, fechado en el siglo XI, representa la primera composición profana de Gran Bretaña. Una centuria más tarde empezó a desarrollarse la música juglaresca.

Ya en el siglo XVI cabe reseñar al compositor y organista Thomas Tallis, a quien se considera iniciador de la música religiosa anglicana. Otra figura de renombre fue la del también organista William Byrd (Canciones sacras). Por su parte, Orlando Gibbons y Thomas Morley destacaron en la época isabelina como compositores de madrigales.

En el siglo XVII, la gran figura de la música británica fue Henry Purcell, compositor de Música para la reina María y de la ópera Dido y Eneas. La siguiente centuria recogió los trabajos de John Weldon y Maurice Greene, compositores y reputados organistas. En Londres siguió buena parte de su carrera musical uno de los grandes autores del barroco europeo: el alemán Georg Friedrich Haendel.

Ya entre los siglos XIX y XX, compusieron sus obras Edward Elgar (Marcha de pompa y circunstancia), Ralph Vaughan Williams (sinfonías y óperas) y Gustav Holst (Los planetas). Otros compositores británicos notables del siglo XX fueron Benjamin Britten (Réquiem de guerra) y John Rutter (Réquiem).

El Reino Unido ha sido cuna de algunos de los mejores grupos y solistas de la historia del pop y el rock. Bandas británicas como The Beatles, The Rolling Stones, The Who, Sex Pistols, The Clash, Queen e Iron Maiden se han convertido en mitos de la música moderna. A ellos se suman bandas más recientes como Oasis y Blur, además de solistas de la talla de David Bowie o Elton John. Michael Nyman se ha consolidado como un referente internacional del estilo new age.

The Beatles, la universal banda británica de música pop, en el aeropuerto estadounidense JFK, durante una visita a los Estados Unidos en 1964.

La música folclórica goza de una gran vitalidad en Escocia, donde tiene profundas raíces celtas. La gaita es el principal instrumento de la música tradicional escocesa. Buena parte de la tradición celta se ha vertido al pop y al rock, por lo que no sorprende que Escocia haya sido cuna de algunas de las bandas musicales más originales e innovadoras de las islas Británicas.

Cinematografía

A principios del siglo pasado, con la constitución de la Escuela de Brighton, surgió la primera hornada de cineastas británicos. James Williamson y Cecil Hepworth formaban parte de ese grupo pionero de realizadores. Charles Chaplin, que siguió buena parte de su carrera en los Estados Unidos, ofreció un abanico de obras maestras de la primera cinematografía mundial (El chico, El gran dictador).

En la década de 1930 comenzó a rodar sus películas Alfred Hitchcock, quien no tardaría en convertirse en uno de los grandes directores de Hollywood. Autor de filmes de suspense como Sospecha, Con la muerte en los talones y Los pájaros, Hitchcock es considerado uno de los grandes creadores del séptimo arte.

Tras la Segunda Guerra Mundial se consolidaron nuevos realizadores como David Lean (El puente sobre el río Kwai) y Carol Reed (El tercer hombre). En esta época, el país acogió en su suelo a importantes directores extranjeros como Richard Lester y Roman Polanski.

Ya en las décadas de 1960 y 1970 inició su actividad artística un nuevo grupo de cineastas entre los que sobresalieron John Schlesinger (Cowboy de medianoche), John Boorman (Excalibur), Ken Loach (Tierra y libertad) y Ridley Scott (Alien, el octavo pasajero, Blade Runner). Algo posteriores son Alan Parker (El expreso de medianoche), Stephen Frears (Las amistades peligrosas) y Anthony Minghella (El paciente inglés, Cold Mountain). Entre los exponentes más recientes del cine británico se encuentran Kenneth Branagh (Mucho ruido y pocas nueces) y Sam Mendes (American Beauty, Camino a la perdición).

El Reino Unido ha sido cuna de actores y actrices con sólida formación teatral que han triunfado en el cine. En el periodo clásico de la cinematografía destacaron, entre otros, Joan Fontaine, Cary Grant, Alec Guinness, Deborah Kerr, Vivien Leigh, James Mason, Laurence Olivier y Rex Harrison. Posteriormente, alcanzaron notoriedad Michael Caine, Sean Connery, Glenda Jackson, Anthony Hopkins y Jeremy Irons. La relación de grandes actores y actrices británicos se ha enriquecido en las últimas décadas con figuras como Daniel Day-Lewis, Ralph Fiennes y Ewan McGregor.

Deportes

El Reino Unido es una gran potencia deportiva, inventora de muchos juegos que derivaron en acontecimientos deportivos de enorme magnitud. Fútbol, rugby, golf, tenis o cricket son los más populares. A ellos, en las preferencias de los británicos, se unen el atletismo, el automovilismo y las carreras de caballos.

Instantánea de un partido de cricket, deporte típico de Reino Unido.

En las competiciones internacionales de fútbol de selecciones, el Reino Unido no compite como tal: lo hacen en su lugar combinados nacionales de cada uno de los cuatro países que lo integran. Los clubes ingleses, escoceses y norirlandeses cuentan con competiciones propias. En cambio, los equipos galeses juegan en la liga inglesa.

El combinado inglés de fútbol es uno de los mejores del mundo, con un título mundial en su haber. Los clubes ingleses son los más potentes del país. Liverpool, Manchester United, Nottingham Forest y Aston Villa figuran entre los equipos ingleses ganadores de la copa de Europa. El club escocés del Celtic de Glasgow se cuenta asimismo entre los vencedores del máximo trofeo futbolístico continental.

La afición de los británicos al rugby es también muy alta. Al igual que ocurre con el fútbol, ingleses, escoceses, galeses e irlandeses compiten internacionalmente de manera independiente. Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda, Francia e Italia disputan anualmente el Torneo de las Seis Naciones.

El campo de golf de Saint Andrews, localidad escocesa considerada la cuna mundial de este deporte, es uno de los más prestigiosos del mundo. En tenis, el país ha sido origen de maestros como Fred Perry. Las pistas de hierba de Wimbledon, cerca de Londres, asisten cada año a uno de los torneos del prestigioso Grand Slam.

El automovilismo británico ha dado campeones mundiales como Jackie Stewart, Graham Hill, Jim Clark, Nigel Mansell, Damon Hill y Lewis Hamilton. El Gran Premio de Gran Bretaña de Fórmula 1 se corre habitualmente en el circuito de Silverstone.

El circuito de Donington acoge las carreras de motos. El país es también escenario del Rally de Gran Bretaña, una de las pruebas del calendario mundial. Los británicos Colin McRae y Richard Burns han sido campeones mundiales en esta disciplina.

El Reino Unido ha producido asimismo notables atletas, como los corredores Linford Christie, Allan Wells, Steve Ovett y Sebastian Coe. Londres ha sido sede de los Juegos Olímpicos de Verano de 1908 y 1948, y volvió a serlo en el año 2012.