La vida en el Nuevo Mundo

    Las actuales sociedades latinoamericanas son fruto de un complejo y lento proceso de mestizaje étnico, religioso y cultural desarrollado entre la segunda mitad del siglo XVI y el segundo tercio del siglo XVIII. Gracias a él, diversos elementos de la cultura occidental como la lengua –castellana o portuguesa–, el alfabeto latino, las tradiciones culinarias, la concepción lineal del tiempo y la burocracia estatal se mezclaron con la herencia cultural de los pueblos indígenas, creando una identidad colectiva única. Es por ello que a lo largo de estas centurias los hombres de letras continuaron utilizando el término de Nuevo Mundo acuñado por Pedro Mártir de Anglería a fines del siglo XV para referirse a América.

    Las sociedades coloniales españolas y portuguesas se estructuraron jerárquicamente en función de un criterio racial y giraron en torno a dos centros de poder: el eclesiástico, representado por los arzobispos, los obispos y las órdenes religiosas, y el político, representado por el virrey y las Audiencias. Ambos poderes funcionaron como contrapesos uno del otro y regularon todos los aspectos de la vida colonial; en el caso de los virreinatos españoles, el Santo Oficio de la Inquisición cumplió una importante labor como garante de las costumbres y las tradiciones hispanas.

    La estructura económica de dichas sociedades descansaba sobre cuatro pilares fundamentales: la minería, la producción agropecuaria –realizada a través de las haciendas–, las actividades artesanales y el comercio, tanto el regional como el ultramarino.

    Las colonias inglesas y francesas, por el contrario, fueron objeto de un menor control político y religioso por parte de sus respectivas Coronas y basaron su economía en la producción agrícola –en particular de algodón, tabaco, café y caña de azúcar– y el comercio, pues fueron concebidas como abastecedoras de materias primas de las incipientes industrias europeas.

    Junto a la influencia de la Iglesia, el poder político, que recaía en el virrey y en las Audiencias, fue el motor de la vida colonial americana. En la imagen, la Catedral Metropolitana de Santiago, en Chile.

    América bajo el dominio español

    Lejos de ser una época oscura, el periodo que se extiende entre 1550 y 1715 fue una época de crecimiento económico y florecimiento cultural en los dominios españoles en América que se reflejó en la proliferación de iglesias y conventos y en la consolidación de una oligarquía minera y terrateniente que pugnaba por controlar los resortes del poder político.

    Desde los inicios de la conquista, los indígenas americanos pasaron a ocupar un papel inferior en el entramado social. Así se aprecia en esta lámina, en la que un grupo de indios ejercen como porteadores de dos oficiales de caballería.

    Aunque durante muchos años la historiografía oficial de carácter nacionalista ha relegado el estudio de este periodo histórico –o le ha dado una naturaleza negativa–, lo cierto es que fue en estos años en los que se sentaron las bases de la organización social, económica y política que caracterizan a la América Latina contemporánea. De esta suerte, aunque las repúblicas hispanoamericanas se constituyeron políticamente en torno a las décadas de 1820 y 1830, lo cierto es que sus raíces históricas deben buscarse no sólo en los mundos indígenas, sino también en los años en los que el Nuevo Mundo formó parte de la monarquía española.

    La estructura de la sociedad

    La sociedad colonial se organizó jerárquicamente en función de cuatro criterios: el paternalista, el étnico, el del lugar de nacimiento y el económico.

    • El criterio paternalista fue de naturaleza teológica y moral y consistía en el hecho de que tanto las órdenes religiosas como la monarquía querían evitar que las poblaciones indígenas fueran contaminadas por los vicios del Viejo Continente. Ello llevó a la Corona a separar legalmente a los naturales del resto de la sociedad, constituyendo una «república de indios» y una «república de españoles», cada una con leyes propias. La medida se tradujo, sin embargo, en una segregación de hecho y en una subordinación económica y política de las comunidades indígenas, pues los conquistadores vieron en ellas a seres de civilización «inferior» y, por lo mismo, susceptibles de ser explotados.

    • La convivencia de distintas razas –blancos, negros e indios– en un mismo espacio geográfico incentivó el mestizaje étnico dando origen a diversas castas (mulatos, mestizos, zambos, etc.). Ante tal variedad, se hacía necesario una guía que permitiera estructurar la sociedad de forma clara, por lo que se estableció un criterio étnico en el que la raza blanca era el punto de referencia. Por otra parte, desde la segunda mitad del siglo XV se había establecido en la monarquía española el criterio de la limpieza de sangre –no tener antepasados ni judíos ni musulmanes– como condición previa para acceder a los puestos burocráticos. Tal criterio se reprodujo en América y ello fomentó la segregación de los indígenas, y en especial de los mestizos, los cuales se convirtieron a partir de la segunda mitad del siglo XVII en el grupo mayoritario.

    Indios nativos del Nuevo Continente, negros traídos como esclavos de África y blancos europeos conformaron en América todo un complejo entramado racial que fue recogido en numerosas pinturas de la época.

    • La confusión aportada por la existencia de distintas castas hizo necesario un nuevo criterio de estructuración: el lugar de nacimiento. De esta suerte, aunque la Corona reconoció jurídicamente como españoles con plenos derechos tanto a los criollos como a los nacidos en la península, lo cierto es que los altos cargos de la administración colonial y las altas dignidades eclesiásticas se otorgaron siempre a peninsulares. En este sentido, la pertenencia a una familia de rancio abolengo y origen peninsular o el matrimonio con un nativo de la península favorecía el ascenso dentro de la escala social.

    • Finalmente, el criterio económico venía establecido o bien por tener una abundante riqueza monetaria o bien por poseer grandes extensiones de tierra. Mineros y comerciantes, por su parte, se interesaron siempre por invertir su riqueza en tierras, lo que fomentó –gracias a las alianzas matrimoniales– la formación de oligarquías locales que cerraron las filas a los miembros de las clases inferiores, por lo cual la movilidad social fue sumamente difícil. Estas oligarquías compraron títulos nobiliarios como forma de obtener prestigio social y altos puestos dentro de la administración virreinal para adquirir así influencia política. Al mismo tiempo, consolidaron su patrimonio mediante la institución del mayorazgo, según el cual sólo podía heredar el primogénito.

    A pesar de estos criterios teóricos y fácticos, lo cierto es que las realidades coloniales fueron siempre más complejas. La pirámide social se estructuraba de la siguiente forma: en la cúspide se encontraban el virrey y su familia, los altos funcionarios (oidores, fiscales), los grandes comerciantes, los mineros, los terratenientes y las altas dignidades eclesiásticas (arzobispos y obispos); en un segundo nivel se hallaban los funcionarios medios (escribanos, notarios, alguaciles, alcaldes y corregidores), los caciques indígenas, los maestros artesanos, los profesionales liberales (abogados, médicos, impresores, profesores universitarios), los curas párrocos y los pequeños comerciantes (mesoneros, taberneros, tenderos); por último, las clases bajas, que en conjunto constituían a la mayoría de la población, estaban conformadas por los campesinos (mestizos o indígenas), los vendedores ambulantes, las prostitutas y los esclavos africanos. En estos siglos, las ciudades más pobladas de América fueron Lima y Ciudad de México.

    La inmigración europea. La Corona fue muy restrictiva a la hora de conceder los permisos para emigrar a América. La mayor parte de la población era de origen castellano –sobre todo extremeños y andaluces, en esa época tierra castellana–, pues era a Castilla a quien correspondía el dominio sobre el nuevo continente, o vasco. Con el andar del tiempo, los criterios se flexibilizaron y se permitió la emigración a súbditos de los otros reinos que conformaban la monarquía hispana: sicilianos, napolitanos, portugueses, aragoneses y catalanes, aunque siempre fueron una minoría. Con el objetivo de impedir la expansión del protestantismo por América y de no lesionar los intereses económicos y políticos de la monarquía, se impidió el asentamiento de ingleses, franceses y alemanes. Todo aquel que quisiera pasar a las Indias debía obtener el permiso respectivo de la Casa de Contratación de Sevilla y cubrir personalmente sus gastos hasta su lugar de destino.

    Dos ejemplos de sendas escalas de la estructura social americana durante la época colonial: un virrey (Luis de Velasco, imagen superior) y un cura párroco (en la prédica de un sermón, lámina inferior).

    Dos ejemplos de sendas escalas de la estructura social americana durante la época colonial: un virrey (Luis de Velasco, imagen superior) y un cura párroco (en la prédica de un sermón, lámina inferior).

    Las poblaciones indígenas. Las poblaciones indígenas que no fueron diezmadas por las epidemias o por la conquista militar fueron puestas bajo la protección directa de la Corona. Ésta reconoció a las autoridades locales tradicionales –los caciques–, dotó de tierras comunales a los pueblos para que pudieran vivir de su explotación y pagar impuestos al Estado y, en la medida de sus posibilidades, protegió a los indígenas de los abusos de los encomenderos. En la segunda mitad del siglo XVI, muchas comunidades fueron reubicadas para su mejor evangelización y control.

    La ciudad de Zacatecas y el estado de Guerrero en el Virreinato de Nueva España y Potosí en el del Perú se convirtieron en los principales centros de explotación de plata de América. En las imágenes, vista de Taxco, ciudad histórica del estado mexicano de Guerrero (arriba) y panorámica de Potosí, urbe ubicada en la actual Bolivia (abajo).

    La ciudad de Zacatecas y el estado de Guerrero en el Virreinato de Nueva España y Potosí en el del Perú se convirtieron en los principales centros de explotación de plata de América. En las imágenes, vista de Taxco, ciudad histórica del estado mexicano de Guerrero (arriba) y panorámica de Potosí, urbe ubicada en la actual Bolivia (abajo).

    Los esclavos. Como las Leyes de Burgos (1512) prohibieron la esclavitud de los indígenas, se recurrió a los esclavos africanos, capturados por portugueses e ingleses en sus diversas factorías. Los esclavos eran muy caros, por lo que la mayoría de las veces se los empleó como capataces y, en el caso de las mujeres y las niñas, como servidoras domésticas. Sólo en las haciendas azucareras y tabaqueras los esclavos negros fueron utilizados como mano de obra, pues eran más resistentes que los indígenas. Aunque siempre fueron una minoría distribuida de forma heterogénea, aportaron a las sociedades coloniales diversos elementos culturales, como la música, la gastronomía y la santería. Los territorios con mayor población negra fueron las Antillas, Colombia, Nueva España y Chile.

    La población asiática. Desde la incorporación de Filipinas a la Corona española (1565) hubo un constante flujo migratorio constituido principalmente por filipinos y chinos.

    Los sistemas de explotación económica

    La riqueza mineral del subsuelo, la fertilidad de muchas regiones, la posición geográfica de América entre los océanos Atlántico y Pacífico, la existencia de numerosas ciudades con varios miles de habitantes y la construcción de una infraestructura de caminos y transportes adecuada permitieron que entre 1550 y 1730 la economía colonial fuera próspera y que se consolidara un sólido mercado interno. Sin embargo, hubo también épocas de crisis generadas por el agotamiento de las vetas mineras o por las condiciones meteorológicas adversas, lo que incidía directamente en una negativa producción agropecuaria y provocaba la carestía de los precios.

    La minería. Aunque la mayor parte de los yacimientos de oro se agotó en los primeros años posteriores a la conquista, tanto la Nueva España (Zacatecas, Guerrero) como el Perú (Potosí) poseían vetas argentarias casi inagotables. Ello hizo que la explotación de las minas americanas se convirtiera en uno de los pilares fundamentales de la economía mundial entre los siglos XVI y XVIII.

    La minería fue fomentada gracias a una serie de innovaciones técnicas destinadas a abaratar y simplificar la producción de metales. Entre éstas pueden mencionarse la invención por Bartolomé Vargas del método de amalgamación, que consistía en separar la plata mediante la reacción química provocada por el mercurio, y la invención de las bombas hidráulicas.

    La Corona delegó la explotación de los yacimientos en los particulares, los cuales debían entregar un quinto del total de la producción al Estado («quinto real»). La plata se fundía en lingotes y era enviada a Lima o a la Ciudad de México, de donde pasaba a España; una parte considerable de la producción, sin embargo, permanecía en América, pues la plata no sólo se utilizó para hacer monedas con las que pagar salarios y deudas y organizar nuevas flotas, sino también para elaborar enseres de uso cotidiano, así como objetos de uso personal y litúrgico. Los reales de minas atrajeron a numerosos pobladores y se constituyeron en importantes mercados.

    La agricultura. La agricultura se practicaba en la mayor parte de América desde tiempos remotos, por lo que el aspecto más significativo del contacto entre ambos mundos fue la introducción de nuevos productos y nuevas formas de explotación agrícola. Estas últimas fueron de tres tipos:

    • El primero fue el de los señoríos constituidos al estilo medieval, como el que gozó Hernán Cortés; en este caso, el dueño del señorío podía utilizar la mano de obra de los indígenas, que eran sus vasallos, y pagar los impuestos a la Corona.

    • El segundo tipo fueron las tierras comunales indígenas, destinadas a la producción para el autoconsumo y al pago de impuestos.

    • El tercero fueron las haciendas, las cuales se convirtieron en las unidades básicas de producción. Éstas utilizaban la mano de obra indígena o empleaban a trabajadores asalariados. En muchos casos los patrimonios se heredaron de tiempos de la conquista, pero en otros muchos se constituyeron con base en la compra-venta de tierras o en el despojo realizado sobre las comunidades indígenas. Para regularizar la tenencia de la tierra, la Corona realizó varias composiciones de tierras por las cuales cobraba diversos derechos. La producción de las haciendas estaba destinada a abastecer el mercado local o regional.

    El ganado introducido por los conquistadores resultó decisivo tanto para enriquecer la alimentación como para servir de ayuda en las labores agrícolas y de transporte. La ilustración muestra diversas tareas del cuidado requerido por las ganaderías, en este caso de caballos y reses.

    La producción agrícola se centró en los productos oriundos, como el maíz, la calabaza, las judías, el frijol, el chile, el mango, la sandía y la papa o patata, a los cuales se sumaron las especies provenientes del Viejo Mundo, como el trigo, la caña de azúcar, el algodón, la naranja, la vid y el arroz. Esta variedad mejoró la dieta de las poblaciones de ambos lados del Atlántico y generó en América una rica cultura culinaria.

    La ganadería. La ganadería, centrada en la crianza de la llama, se practicaba sólo en los actuales Perú y Bolivia, por lo que su introducción en Mesoamérica acarreó diversas consecuencias:

    • En primer lugar, hubo alteraciones ecológicas, pues los ganados requerían una gran cantidad de pastos para su cría. Aunque las zonas de cultivo se mantuvieron bajo la protección real, lo cierto es que en muchas ocasiones los ganados penetraron en las explotaciones indígenas y ello provocó un bajo nivel de cosechas.

    • Una segunda consecuencia fue el enriquecimiento de la dieta cotidiana de la mayor parte de la población, pues se incorporaron productos animales, como los huevos de gallina, y productos lácteos como el queso o la leche; la introducción de carnes rojas –cerdo, cordero, pollo, res– contribuyó a aumentar el nivel de proteínas, en tanto que las pieles, sobre todo del ganado vacuno, fomentaron una importante industria peletera.

    • La tercera consecuencia fue la introducción de una fuerza motriz hasta entonces inexistente que transformó radicalmente las técnicas agrícolas, gracias a la introducción del arado tirado por bueyes, y facilitó el transporte de productos a grandes distancias mediante la utilización de recuas de mulas y burros; el caballo, por su parte, fue empleado como cabalgadura y como animal de tiro, al tiempo que fue utilizado ampliamente en las tareas ganaderas. Ello daría nacimiento a la cultura de los gauchos en la Pampa argentina y a la del vaquero en el centro y norte de México.

    La artesanía americana se destinó fundamentalmente a satisfacer las necesidades de la vida cotidiana local. Buen ejemplo es este picaporte de filigrana de una casa colonial de Sucre.

    Aunque en muchas regiones existieron zonas dedicadas exclusivamente a la ganadería, las cuales se estructuraron en torno a la institución de la hacienda, en la mayoría de los núcleos de población hubo lo que los economistas denominan «economía de traspatio», es decir, que la mayor parte de las familias tenían en sus casas aves de corral y algún cerdo para su consumo personal.

    La artesanía. Las actividades artesanales tuvieron como principal objetivo abastecer las necesidades del mercado local. Éstas podían ser muy variadas: desde herramientas y objetos de uso cotidiano –vajillas, cubiertos, aguamaniles, cinturones, calzado–, hasta manufacturas de lujo dedicadas a las clases pudientes o al ornato eclesiástico –cálices, candelabros, etc. – A partir del último tercio del siglo XVII comenzó a desarrollarse la industria textil en algunas regiones.

    El comercio. El comercio fue la rama de la economía que logró vincular al resto de las actividades productivas, creando un sólido mercado interno y unas pujantes relaciones comerciales a nivel internacional. El comercio se desarrolló en tres esferas:

    • La primera fue de ámbito local y quedó en manos de los propios productores o de pequeños comerciantes. Su finalidad era abastecer el propio mercado y las operaciones no eran demasiado cuantiosas.

    • La segunda alcanzó el ámbito regional: los distintos poblados abastecían a las grandes concentraciones urbanas. Esta esfera fue monopolizada por los intermediarios, que lograron transportar grandes cantidades de mercancías gracias a las recuas. Se comerciaba con productos de todo tipo, desde granos hasta manufacturas de primera calidad.

    • La tercera esfera fue la internacional, que unió los mercados de Oriente y Occidente, gracias a una ruta que cruzaba el Pacífico y el Atlántico y que tenía en los puertos novohispanos de Acapulco y Veracruz sus conexiones principales. Este comercio, controlado por los grandes mercaderes de uno y otro lado del Atlántico agrupados en consulados y vigilado por la Casa de Contratación de Sevilla, se centraba en los productos de lujo: de Oriente se importaban sedas, porcelana, especias y maderas preciosas; de Europa se traía vino, aceite de oliva, paños, lienzos, obras de arte, instrumentos científicos, libros, tapices, cartas y personas; América exportaba tabaco, algodón, cacao, café, maderas y metales preciosos.

    Existieron tres rutas internacionales: la que unía Sevilla con los puertos de Santiago de Cuba y sus ramificaciones hacia Veracruz y Cartagena de Indias; la que unía Acapulco con Filipinas, gracias a las naves de China, y, por último, la que unía el Virreinato del Perú con el de Nueva España, en la costa del Pacífico. Las flotas se organizaban anualmente e iban protegidas siempre de una poderosa Armada, con lo cual se pretendía evitar los ataques de los piratas franceses e ingleses y aprovechar los vientos favorables.

    Los ingresos reales. Con el objetivo de garantizar el ingreso constante de recursos económicos, la Corona implantó su monopolio sobre la venta y comercialización del tabaco, las barajas, el mercurio, la pólvora, las loterías, el papel timbrado y las bebidas alcohólicas. A ello sumó la venta de cargos públicos, los derechos aduanales –almojarifazgo y alcabala–, el quinto real sobre toda la producción de plata, el control de los bienes de los intestados, el tercio sobre el diezmo eclesiástico y la Bula de Cruzada.

    Las instituciones económicas del trabajo indígena: repartimiento, mita y encomienda. La explotación de los grupos indígenas conoció diversas formas a lo largo del siglo XVI. Ello se debió al conflicto de intereses entre los conquistadores y las órdenes religiosas que querían evitar su maltrato y esclavitud. El resultado fue que se crearon tres sistemas similares de explotación: el repartimiento, la mita y la encomienda. Los dos primeros consistían en que un determinado número de personas debían trabajar periódicamente y de forma obligatoria en las tierras o las minas de un conquistador a cambio de un salario. La encomienda, por su parte, implicaba el otorgamiento de un pueblo entero a un conquistador para que éste pudiera beneficiarse de su mano de obra a cambio de pagarle un salario, obtener los respectivos impuestos y velar por su proceso de cristianización.

    La organización administrativa

    A efectos jurídicos, los virreinatos creados en la América española fueron considerados como reinos de pleno derecho, es decir, se encontraban en un plano de igualdad con respecto a los reinos peninsulares de la monarquía. Ello llevó a la casa de los Austrias a respetar hasta cierto punto las formas de organización política y social internas, a cambio de percibir una serie de ingresos anuales y del sometimiento de los intereses económicos y políticos coloniales a los de la metrópoli.

    La navegación (la lámina reproduce una expedición de barcos portugueses) resultó imprescindible para el desarrollo del comercio colonial. A través de los océanos Atlántico y Pacífico se cubrían no sólo las rutas intercontinentales de occidente y oriente, sino también las que enlazaban las propias ciudades americanas.

    El principal problema con el que se enfrentaron los monarcas españoles era la administración de un vasto imperio ultramarino en una época en la que las comunicaciones eran lentas. La solución pasó por crear un complejo engranaje burocrático y por instituir un sistema de contrapesos políticos entre las autoridades civiles y las autoridades eclesiásticas.

    La estructura política implantada entre los siglos XVI y XVIII sería el antecedente de la organización política de las repúblicas latinoamericanas en el siglo XIX.

    La Casa de Contratación, ubicada en Sevilla, tenía la misión de controlar el comercio a gran escala entre España y sus colonias americanas. La fotografía muestra un aspecto de sus dependencias.

    El Consejo de Indias. Al frente de toda la Administración colonial se encontraba el Consejo de Indias, que apareció por primera vez bajo esa denominación en 1524. El Consejo residía en España y estaba formado por doce consejeros vitalicios –nombrados directamente por el rey– y un presidente. Promulgaba leyes locales o generales para toda América y era el intermediario entre el rey y sus colonias, así como el encargado de proponer al monarca los virreyes y demás altos cargos de la Administración colonial. Las leyes se recopilaron en diversos cedularios como el de Vasco de Puga o Diego de Encinas. Bajo Carlos II se promulgó una Recopilación de las leyes de los reinos de Indias (1681).

    La Administración. El virrey era el representante personal del monarca y se encontraba al frente de toda la Administración. Desempeñaba las funciones de presidente de la Real Audiencia, capitán general, gobernador, vicepatrono de la Iglesia y superintendente de la Real Hacienda. La Audiencia funcionaba como un concejo permanente que debía controlar la actuación del virrey, proteger a los indios y resolver los asuntos de interés general. En el plano local, las autoridades eran los corregidores, los alcaldes mayores, los alguaciles y los justicias.

    La organización territorial en Latinoamérica: audiencias y virreinatos. Para administrar el vasto territorio americano la Corona creó diversas entidades territoriales de las que, a largo plazo, surgirían los actuales Estados latinoamericanos.

    Lámina cartográfica de la Audiencia de La Plata de las Charcas, establecida en la Argentina en 1559.

    Las primeras entidades de Gobierno que se fundaron en el Nuevo Mundo fueron las audiencias. Poseían amplias facultades judiciales y administrativas y ejercían su control sobre amplios territorios. La más antigua fue la de Santo Domingo (1511), a la cual siguieron las audiencias novohispanas de México (1527), Guatemala (1543) y Guadalajara (1548). Por su parte, en el Virreinato del Perú se establecieron las audiencias de Panamá (1538), Lima (1543), Santa Fe de Bogotá (1548), La Plata de las Charcas (1559), Quito (1563), Santiago –de Chile (1609)– y Buenos Aires (1661).

    Correspondió a Carlos V la fundación de los dos primeros virreinatos: el Virreinato de la Nueva España (1535) y el Virreinato del Perú (1542). El primero tenía su capital en la ciudad de México y lo integraban el actual territorio mexicano, Cuba, Centroamérica, California, Arizona, Texas y Nuevo México, más Filipinas cuando ésta se conquistó; el segundo tuvo su capital en Lima y estuvo formado por los actuales Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile. En el siglo XVIII el Virreinato del Perú se dividiría para su mejor administración, dando nacimiento a los del Río de la Plata (parte de Bolivia, la Argentina, Uruguay y Paraguay), con capital en Buenos Aires, y Nueva Granada (Colombia, Venezuela y Panamá), cuya sede de Gobierno se asentó en Bogotá.

    La Iglesia

    La Iglesia desempeñó un papel de primer orden dentro de la vida colonial. No sólo fue la encargada de evangelizar a los grupos indígenas y de implantar el cristianismo en América, sino que desempeñó otras funciones muy diversas: fue un eficaz instrumento de control sobre todos los aspectos de la vida –nacimiento, matrimonio, muerte–; sirvió como refugio para los segundones y las hijas de la alta aristocracia que por cuestiones de herencia no podían casarse; patrocinó el fomento de la arquitectura, de las artes plásticas y de las letras; realizó una importante tarea educativa entre las clases medias y altas; desarrolló una insustituible labor asistencial mediante el reparto de limosnas y la fundación de hospitales, hospicios y beaterios, y, por último, participó activamente en la vida económica mediante el préstamo a bajos intereses, el arriendo de fincas urbanas y la explotación de numerosas haciendas agrícolas y ganaderas.

    Arriba, mapa que muestra los territorios americanos de la Corona española y sus principales ciudades. Abajo, la ciudad de Lima, capital del Virreinato del Perú, durante la época de la colonización.

    Arriba, mapa que muestra los territorios americanos de la Corona española y sus principales ciudades. Abajo, la ciudad de Lima, capital del Virreinato del Perú, durante la época de la colonización.

    La Iglesia estaba dividida en dos ramas: el clero secular y el clero regular. El primero estaba integrado por los arzobispos, los obispos, los deanes y los curas párrocos; vivían del diezmo eclesiástico y podían tener propiedades. El segundo lo conformaban todas aquellas órdenes que vivían bajo una regla y que se organizaban en provincias; las principales órdenes que se instalaron en América fueron las de San Francisco, San Agustín, Santo Domingo, La Merced, El Carmen, San Jerónimo y la Compañía de Jesús; todas, salvó la Compañía, tenían su rama femenina.

    El Real Patronato. Gracias a las bulas alejandrinas, el rey de España se había convertido en el patrono de la Iglesia en sus dominios. Ello significaba que podía designar a las altas autoridades eclesiásticas –normalmente lo hacía el Papa– y también velar por la expansión del cristianismo y por la fundación y manutención de iglesias y conventos.

    El proceso de evangelización. Como una de las principales justificaciones y objetivos de la conquista era la conversión de los naturales al cristianismo, desde los primeros años del siglo XVI, dominicos, franciscanos y agustinos se dedicaron a ello guiados por un espíritu humanista y por la idea de implantar en América el cristianismo en sus formas más puras. Para ello se dieron a la tarea de aprender las lenguas indígenas con el objetivo de facilitar la impartición de la doctrina y elaborar gramáticas y catecismos, al tiempo que se dedicaban al estudio de la historia y de las tradiciones autóctonas –aspectos en los que destacaron fray Toribio de Benavente y fray Bernardino de Sahagún– con el fin de erradicar mejor la idolatría. Aunque el esfuerzo desarrollado fue ingente, lo cierto es que los resultados no fueron los esperados, pues sobrevivieron muchas creencias antiguas, o se superpusieron las creencias católicas a las indígenas, o, lo que sucedió en la mayoría de los casos, se creó un sincretismo religioso.

    El bautismo constituía el primer paso de la conversión de los indios. Dominicos, franciscanos y agustinos fueron las primeras órdenes evangelizadoras en América.

    Las reducciones. Con el nombre de reducciones se conoce a las comunidades indígenas que fueron aisladas y reubicadas para protegerlas de la esclavitud y evitar su contacto con los españoles y los negros. Su organización corrió a cargo de los misioneros y estuvieron bajo la protección real. Ello permitió la supervivencia de muchas formas culturales tradicionales.

    Aunque seguía siendo atemorizadora, la labor de los inquisidores en América fue mucho menos represiva que la llevada a cabo en España. En la imagen, Palacio de la Inquisición de la ciudad colombiana de Cartagena de Indias.

    La Inquisición. Establecido de forma oficial a mediados del siglo XVI, el Santo Oficio de la Inquisición fue el encargado de velar por la ortodoxia de las creencias y el mantenimiento del orden social. No tenía jurisdicción sobre los indígenas por considerar que eran «nuevos en la fe», de tal suerte que sólo actuaban sobre los cristianos viejos. Mediante un ejército de delatores y una compleja maquinaria burocrática, el Santo Oficio se dedicó a combatir los atentados contra el dogma de la Iglesia y los sacramentos, las supersticiones paganas y, en general, todas aquellas ideas y libros que cuestionaban a la monarquía o a la Iglesia. La mayor parte de los procesos inquisitoriales concluyeron con la imposición de penas monetarias. La quema de judíos conversos fue excepcional y, desde mediados del siglo XVI, ningún indígena fue procesado por la Inquisición.

    El modelo portugués: Brasil

    El amplio territorio brasileño estuvo sujeto a la soberanía portuguesa. Su organización política, económica y social fue similar a la de los territorios bajo dominio hispano, aunque con algunas diferencias importantes. Entre éstas deben destacarse la influencia de los factores geográficos (tipo de clima, extensas zonas selváticas) que impidieron una colonización interior, la ausencia de sociedades indígenas complejas y numerosas, lo que hizo necesaria la importación de una gran cantidad de esclavos africanos, y la prioridad otorgada a la exportación de productos tropicales como las maderas preciosas, la caña de azúcar y el tabaco.

    El proceso de colonización

    La preferencia que tenía la monarquía hacia los enclaves asiáticos y africanos hizo que la colonización brasileña se desarrollara lentamente y sólo afectara al litoral. El proceso colonizador atravesó por cinco etapas, que se correspondieron con otras tantas formas de organización política.

    Las factorías (1502-33). Éstas fueron enclaves comerciales establecidos sobre la costa, destinados al comercio del palo de Brasil, una planta utilizada como tinte vegetal. Fueron fundadas por particulares y el control de la Corona fue escaso.

    Las capitanías (1534-48). Brasil fue dividido en catorce unidades geográfico-administrativas, al frente de las cuales se puso un capitán general (donatario) con carácter perpetuo. El cargo de capitán era hereditario y tenía atribuciones administrativas y jurisdiccionales, puesto que era el encargado de repartir la tierra entre los colonos.

    El gobierno general (1548-80). A mediados del siglo XVI, la Corona puso a Brasil bajo su gobierno directo mediante el nombramiento de un gobernador general. Durante este periodo se fomentó el asentamiento de numerosos colonos, se fundó San Salvador de Bahía, sede del Gobierno político y del eclesiástico, y se asentaron los primeros jesuitas, quienes fundaron diversas misiones con el objetivo de evangelizar y proteger a los indígenas. Ante la imposibilidad de controlar tan extenso territorio, la Corona se vio en la necesidad de dividir Brasil en dos regiones administrativas, cuyas respectivas capitales fueron San Salvador de Bahía, al norte, y Río de Janeiro, al sur. Ambas serían los centros de dos zonas claramente diferenciadas tanto en los aspectos económicos como en los sociales.

    El dominio español (1580-1648). Cuando el monarca español Felipe II obtuvo la Corona portuguesa (1580), todas las colonias de Portugal, incluida Brasil, fueron incorporadas a la monarquía hispana siguiendo los mismos principios políticos y administrativos que regían los dominios españoles, por lo que se designó un virrey para Brasil. Los altos puestos de la Administración se mantuvieron siempre en manos portuguesas. Cuando Portugal se separó de la Corona española, Brasil volvió a ser administrado bajo el sistema de capitanías, y tanto Río de Janeiro como San Salvador de Bahía recuperaron su papel rector.

    Mapa de Río de Janeiro realizado por João Teixeira Albernas en 1626. Durante la unión de las coronas española y portuguesa (1580-1648), Río perdió su preeminencia sobre la región.

    Características socioeconómicas de Brasil

    La mayor parte de la emigración portuguesa se concentró en la zona norte, mientras que en la meridional, región que conoció un mestizaje más intenso, predominaron los grupos negros y mulatos. Con todo, el escaso número de emigrantes europeos permitió la continuidad de numerosas costumbres indígenas y, sobre todo, la implantación y aclimatación de las tradiciones –religiosas, culinarias, musicales, etc.– de los esclavos africanos.

    Los jesuitas se encargaron de la evangelización de los indígenas nativos de Brasil. Para llevar a cabo esta tarea edificaron numerosas misiones, como la de San Miguel, en Río Grande do Sul, que aparece en la fotografía.

    Al igual que en las colonias españolas, la sociedad se articuló en función de un criterio racial y económico cuya base y cúspide estaban ocupadas, respectivamente, por los esclavos y los altos funcionarios.

    Los primeros esclavos fueron llevados a Brasil al comenzar el siglo XVI, procedentes del golfo de Guinea y de Sierra Leona, aunque su importación masiva se realizaría a partir de la segunda mitad del XVIII para incentivar la producción azucarera: casi un millón fueron llevados a Brasil entre 1761 y 1810. Durante el dominio colonial, las poblaciones negra y mulata acabarían convirtiéndose en las etnias predominantes de Brasil.

    Como la población indígena brasileña era escasa y el territorio tenía tanta extensión, se necesitó recurrir a grandes masas de esclavos para desarrollar las tareas agrícolas y mineras. Buen número provenía de la región africana del golfo de Guinea. En la ilustración, escena de una captura de esclavos.

    Los grupos indígenas más importantes fueron los arawak, los tupí y los guaraníes. Ninguno practicaba la agricultura ni estaba organizado en sociedades complejas, por lo que su reducción en las misiones fue relativamente sencilla.

    El mestizaje, tanto biológico como cultural, entre los tres grupos raciales principales –negros, blancos e indígenas– fue probablemente mayor que en la América española.

    Durante el siglo XVII, la economía brasileña se sustentó fundamentalmente en la producción y comercialización de la caña de azúcar, de la que el Brasil era el primer productor mundial, y de otros productos agrícolas como el café, el tabaco, el algodón y las maderas preciosas; a cambio, Brasil recibía de la metrópoli manufacturas y productos de lujo. Las vetas auríferas no se descubrirían sino hasta el siglo XVIII en una región meridional conocida como Minas Gerais.

    Las actividades agropecuarias. Los colonos portugueses tuvieron que introducir la agricultura en el territorio brasileño. Ésta se desarrolló a partir de dos modelos de producción: la gran propiedad, estructurada en haciendas –que en el caso de las haciendas azucareras poseían sus propias plantaciones y molinos–, y las pequeñas parcelas, denominadas rocas, destinadas al consumo familiar. Las actividades ganaderas, centradas en la cría de cerdos, reses, ovejas y animales de tiro, estaban encaminadas a abastecer el mercado local.

    La minería. La producción de los yacimientos de Minas Gerais pervivió a lo largo de toda la centuria hasta su agotamiento: entre 1741 y 1760 se extrajeron aproximadamente 16 toneladas de oro. La producción agropecuaria del sur y el norte del país sirvió en buena medida para satisfacer las necesidades de este centro minero.

    El comercio. La comercialización de la caña de azúcar se realizó a través de compañías privadas internacionales y de los comerciantes locales que sirvieron como intermediarios. La ruta atlántica pasaba por Cabo Verde y las Azores antes de tocar Lisboa; de esta suerte se aprovechaban las corrientes marinas y los vientos. La flota se organizaba anualmente y estaba acompañada por una fuerte Armada. El comercio entre las distintas ciudades brasileñas se hacía a través del mar.

    Los ingresos reales. La Corona portuguesa ejerció el monopolio sobre la explotación del palo del Brasil y el tabaco. Por otra parte, se implantó el quinto real sobre la producción de oro y se establecieron distintos derechos aduaneros.

    La organización de los territorios

    Durante el periodo de las capitanías, Brasil fue dividido en catorce unidades territoriales. Los capitanes encargados de su gobierno poseían atribuciones militares, políticas, administrativas –nombraban a los funcionarios menores– y judiciales, y podían fundar villas y ciudades; éstas, constituidas por los colonos, tenían el derecho de formar Ayuntamientos con los mismos privilegios que las ciudades lusas.

    Durante la época del Gobierno general, las capitanías fueron transformadas en demarcaciones administrativas. Al frente de cada una de ellas se designó a un gobernador provincial investido de poderes judiciales y militares que, además, debía servir como contrapeso al gobernador general. Este último, que era designado por el monarca para un periodo de tres años, debía hacer cumplir las órdenes de la metrópoli y poseía atribuciones militares y administrativas. Para aplicar la justicia se contaba con la colaboración de los oidores de cada antigua capitanía, todos los cuales se encontraban bajo la autoridad de un Juez Real nombrado por el monarca. La Casa de las Suplicaciones desempeñó la función de tribunal de última instancia. En el ámbito eclesiástico, el monarca portugués podía designar a las altas jerarquías utilizando su derecho de patronazgo. A mediados del siglo XVIII, el ministro Pombal instauró la figura del virrey, a la que se le concedió la máxima autoridad en los ámbitos militar y administrativo.

    Los barcos que realizaban las transacciones comerciales entre la colonia brasileña y la metrópoli portuguesa recalaban en las islas de Cabo Verde y Azores antes de arribar al territorio luso.

    Los modelos franco-británicos en Norteamérica y el Caribe

    El modelo de colonización franco-británica en América se distinguió del español por el predominio concedido a la producción y comercialización de materias primas destinadas a satisfacer la demanda de las incipientes industrias de las respectivas metrópolis: tabaco y algodón en el caso británico; caña de azúcar en el caso francés. De la colonización británica en particular, debe mencionarse la ocupación de tierras y la destrucción sistemática de los pueblos aborígenes.

    La colonización francesa se asentó en tres zonas geográficas: el actual Canadá –colonizado a lo largo de los siglos XVI y XVII–, la Louisiana en el sudeste de los Estados Unidos y el enclave caribeño de Haití, obtenido por cesión de la Corona española en 1697.

    En los tres casos los colonos fueron minoritarios. Muchos de ellos pertenecían a la baja nobleza y poseían una mentalidad señorial, por lo que buscaban obtener beneficios económicos de la explotación de la tierra. Mientras que en Canadá y la Louisiana hubo acuerdos y relaciones más o menos pacíficas con los indígenas, en Haití la población autóctona fue diezmada a causa de las enfermedades y los trabajos forzosos. Como la colonia haitiana fue destinada a la producción de caña de azúcar y tabaco, los indios fueron sustituidos por esclavos africanos.

    La colonización británica se asentó sobre el litoral atlántico de los actuales Estados Unidos. Aunque las costas fueron exploradas desde mediados del siglo XVI, la colonización efectiva se desarrolló a partir del siglo XVII. La mayoría de los colonos pertenecía a los estratos sociales más bajos, aunque algunos eran de clase media. El mestizaje étnico y cultural fue prácticamente nulo.

    Mientras que en las colonias septentrionales las actividades comerciales y manufactureras fueron la base de la economía, en las meridionales predominó el cultivo del algodón y del tabaco en grandes plantaciones trabajadas por esclavos negros.

    Frente al despojo de que eran objeto, las comunidades indígenas intentaron oponerse con las armas, pero ello sólo desencadenó un proceso de exterminio sistemático. Convencidos de su superioridad racial y religiosa, los colonos británicos no realizaron ningún esfuerzo por adoctrinar a los indios ni reconocieron sus aportes culturales. En el mejor de los casos, éstos fueron reagrupados y encerrados en reservas de las que les estaba prohibido salir. Ello supuso un duro golpe a su forma de vida y a su cosmovisión.

    Los colonos británicos pertenecieron a alguna de las variantes del protestantismo. La comunidad más importante fue la de los puritanos, caracterizada por su rigorismo moral y una forma de vida austera.

    Cronología

    Cronología de los siglos coloniales en América.