Las reformas de los Borbones

    En 1700 falleció Carlos II, último rey español de la casa de Austria. Al morir sin descendencia, Felipe de Anjou, nieto del rey de Francia Luis XIV de Borbón, fue proclamado rey de España. Este hecho desencadenó la Guerra de Sucesión española, un largo conflicto internacional entre las casas de Borbón y de Austria que se prolongó entre 1701 y 1713. El Tratado de Utrecht, que puso fin a la contienda, reconoció a Felipe V como soberano español a cambio de la renuncia de éste a los territorios de Gibraltar, Menorca, Italia y Flandes, los cuales pasaron a Gran Bretaña y Austria.

    El arribo de la dinastía de los Borbones al trono hispano se tradujo en una reestructuración de la maquinaria administrativa, en una reorganización del territorio y en diversas medidas destinadas a impulsar el crecimiento económico mediante la implantación del libre comercio y el fomento de la industria.

    Tales medidas, conocidas como «reformas borbónicas», se inspiraron en los modelos aplicados en Francia y afectaron a todo el imperio español. Sin embargo, su verdadero origen se encuentra en las ideas de la Ilustración, pues la política desarrollada por los Borbones a lo largo del siglo XVIII tenía como principal objetivo racionalizar y sistematizar la Administración y el Gobierno y fomentar las artes, las letras y las ciencias.

    El reformismo borbónico se desarrolló dentro de un contexto económico y político adverso para España, marcado por el crecimiento económico de Gran Bretaña y Holanda, lo que hacía necesario defender las colonias americanas de las pretensiones territoriales y económicas de dichos países. Fue por ello que España y Francia se vieron en la necesidad de firmar diversas alianzas estratégicas conocidas como Pactos de Familia (1733, 1743, 1761), acuerdos que aseguraban la cooperación militar entre los dos Estados borbónicos.

    Las nuevas disposiciones políticas que fueron entrando en vigor a lo largo del siglo XVIII en las colonias españolas de América comenzaron con la asunción del trono peninsular por el primer rey Borbón, Felipe V (en la imagen). Él y sus sucesores fueron los artífices de las llamadas «reformas borbónicas».

    Las reformas aplicadas a lo largo del siglo XVIII afectaron a diversas esferas de la vida colonial y provocaron un gran descontento entre las élites económicas, quienes no sólo dejaron de obtener grandes beneficios, sino que se vieron desplazadas de los más altos puestos de la Administración colonial. Ello se debió a que, en última instancia, lo que los monarcas pretendían era convertir sus dominios americanos en verdaderas colonias proveedoras de materias primas y suprimir la autonomía económica y administrativa de la que gozaban.

    El estado de las colonias

    A principios del siglo XVIII las colonias españolas en América no formaban un conjunto homogéneo: los accidentes orográficos, las grandes distancias y los numerosos espacios sin poblar eran la causa de ello. Por otra parte, a pesar de todos los esfuerzos realizados por la Corona, lo cierto es que la distancia transocéanica había fomentado un desarrollo hasta cierto punto autónomo de dichas posesiones.

    El imperio ultramarino giraba en torno a dos centros de poder: la Ciudad de México, capital del Virreinato de la Nueva España, y Lima, capital del Virreinato del Perú. Gracias a la explotación minera, al desarrollo de las actividades agropecuarias, a la paulatina consolidación de la industria y a la existencia de fuertes mercados regionales, estos territorios tenían una sólida economía. Tal situación tuvo como consecuencia la conformación de una oligarquía terrateniente y mercantil que asumió, en la práctica, el control de los asuntos internos de cada uno de los virreinatos.

    Cuando la plata americana comenzó a dedicarse a cubrir los gastos generados en el propio continente, el volumen del metal destinado a España descendió considerablemente. La fotografía muestra una vista de Potosí, uno de los principales centros extractores de América.

    La Administración colonial, por su parte, era lenta y poco eficiente. Los funcionarios utilizaban sus puestos como medio para obtener privilegios sociales y económicos para ellos y sus familias. Como la compra era el método más socorrido para hacerse con los cargos, existía una gran corrupción; además, las redes de padrinazgo y los intereses hacían que las medidas decretadas desde la metrópoli no se implementasen con la diligencia esperada o que aquellas que atacaban los intereses de los grupos de poder fuesen contestadas o vieran entorpecida su aplicación.

    Aspectos económicos

    Las oligarquías locales tenían una gran libertad de acción y un amplio margen de autonomía. Frente a esta situación de hecho, la Corona optaba por controlar de la mejor manera posible el envío anual de los recursos económicos procedentes de la extracción minera, los derechos aduanales y los diferentes estancos.

    En el último tercio del siglo XVII la cantidad de plata que recibía España se redujo considerablemente. Ello se debió no tanto al agotamiento de los yacimientos como al hecho de que una parte importante de la producción era utilizada en la propia América en forma de moneda con la cual se hacía frente a los gastos de defensa territorial, se cubrían los sueldos de los funcionarios y se conformaban los patrimonios de la Iglesia y las oligarquías locales. A ello debe sumarse el hecho de que una buena cantidad de plata se utilizaba como materia prima para elaborar diversos bienes suntuarios y de uso litúrgico y cotidiano como vajillas, cubiertos, espejos, pulseras, candelabros, cálices, etc. De esta forma, se estima que entre 1651 y 1739 sólo fue enviado a España el 20,6% de la producción total de plata.

    El contrabando. A partir de la segunda mitad del siglo XVII se incrementó el contrabando de mercancías. Éste estaba controlado por franceses y británicos, quienes ofrecían productos más económicos y, en ocasiones, de mejor calidad que los elaborados en España. Estos productos (textiles de lana, sedas, azúcar, relojes, plomo, paños), a los que se añadía el comercio de esclavos africanos, invadieron lentamente el mercado local y generaron grandes pérdidas a la Real Hacienda. Tales actividades eran permitidas o insinuadas por las propias autoridades políticas y aduaneras, lo que fomentaba la práctica del soborno.

    Las incursiones de los colonos ingleses sobre Texas pudieron ser controladas por la Corona española con la fundación de la ciudad de San Antonio (en la foto, misión de la Concepción, destacado centro evangelizador de la urbe). Peor suerte corrieron las posesiones de Florida, donde, a pesar de la construcción del fuerte de San Agustín (lámina), no se logró evitar el asentamiento de los británicos.

    Las incursiones de los colonos ingleses sobre Texas pudieron ser controladas por la Corona española con la fundación de la ciudad de San Antonio (en la foto, misión de la Concepción, destacado centro evangelizador de la urbe). Peor suerte corrieron las posesiones de Florida, donde, a pesar de la construcción del fuerte de San Agustín (lámina), no se logró evitar el asentamiento de los británicos.

    La piratería. A finales del siglo XVIII los corsarios británicos y franceses atacaron sistemáticamente tanto a las flotas como a las principales ciudades portuarias: Veracruz, Campeche y Cartagena de Indias. Para contrarrestar sus efectos sobre el Caribe, la Corona creó la armada de Barlovento.

    La defensa del territorio

    A partir del último tercio del siglo XVII y a lo largo del siglo XVIII la Corona española tuvo que hacer frente a la política expansionista de Francia, Inglaterra y Portugal, las cuales querían extender su dominio sobre las regiones de Paraguay, Centroamérica, el Caribe y Norteamérica.

    Al norte de la Nueva España la situación era difícil de controlar, pues los territorios de Arizona, Texas, Nuevo México y California estaban poco poblados y muy alejados de la ciudad de México y no existían asentamientos permanentes de importancia. Ello propició el arribo de colonos ingleses y franceses, quienes se interesaron de forma especial en Texas y Florida por su posición privilegiada para controlar el golfo de México. Mientras que en el primer caso el Gobierno novohispano hizo frente a la situación mediante la fundación de la ciudad de San Antonio, en el segundo se vio imposibilitado para proteger la ciudad fronteriza de Pensacola y evitar la fundación del primer asentamiento británico: la villa de Savannah, fundada por James Oglethorpe.

    Interesados por asentar su firme dominio sobre la totalidad de la cuenca del Amazonas y la región del Paraguay –poblada por guaraníes que vivían en las misiones jesuíticas–, los portugueses realizaron diversas expediciones militares en territorios que pertenecían a la jurisdicción española. El conflicto se resolvió mediante la firma del Tratado de Límites del Brasil (1750), que establecía el río Uruguay como frontera entre Brasil y la Argentina y que reconocía la soberanía portuguesa sobre la mayor parte de la selva amazónica.

    Al finalizar el primer tercio del siglo XVIII, los actuales territorios de Guyana, Belice, Jamaica y las Bahamas se encontraban ya bajo soberanía inglesa, mientras que Francia había logrado poner bajo su jurisdicción a las islas de Martinica y Guadalupe y la mitad de la isla de Santo Domingo, región que tomó el nombre de Haití.

    En la rígida estructura social de las colonias americanas, tanto mestizos como criollos se vieron marginados por los españoles de la península. Los primeros figuraban entre las clases alejadas del poder económico, mientras que los segundos, aunque gozaban de ciertas riquezas, estaban vetados para ejercer tareas administrativas y de control político. En las imágenes, indio mestizo vestido con traje de gala y familia criolla.

    En la rígida estructura social de las colonias americanas, tanto mestizos como criollos se vieron marginados por los españoles de la península. Los primeros figuraban entre las clases alejadas del poder económico, mientras que los segundos, aunque gozaban de ciertas riquezas, estaban vetados para ejercer tareas administrativas y de control político. En las imágenes, indio mestizo vestido con traje de gala y familia criolla.

    La sociedad colonial

    Al iniciarse el siglo XVIII, la estructura de la sociedad colonial no había sufrido cambios con respecto a las centurias precedentes. Sin embargo, hubo un importante crecimiento demográfico ocasionado por la lenta recuperación de las poblaciones indígenas en el Perú y la Nueva España y por un paulatino crecimiento natural en ambos virreinatos, en especial de las poblaciones mulata y mestiza. Aunque el incremento poblacional mantuvo una progresión constante, se vio frenado en ocasiones por la brusca irrupción de condiciones naturales adversas, como terremotos, huracanes, inundaciones, sequías, epidemias y hambrunas.

    La población de la América española estaba distribuida de forma heterogénea; se concentraba en las zonas más fértiles y en la costa y era predominantemente rural. Existían, sin embargo, importantes núcleos urbanos, comandados por la ciudad de México (unos 130.000 habitantes hacia 1800), a gran distancia de la cual se situaban urbes que superaban las 60.000 almas, como Puebla de los Ángeles, Guanajuato y la Habana, o las 50.000, como Lima y Buenos Aires.

    En los comienzos del siglo XIX, el virreinato más poblado era el de Nueva España (5.800.000 habitantes), seguido de los virreinatos del Perú (2.700.000), Nueva Granada (1.100.000) y Río de la Plata (1.000.000). Los investigadores estiman que en esta época la población americana alcanzaría los 13.500.000 habitantes.

    Como las sociedades coloniales se habían estructurado en función del criterio racial y del lugar de nacimiento, se generaron dos problemáticas: por una parte, los grupos mestizos, mulatos y negros fueron excluidos de los beneficios económicos en provecho de las élites blancas; por otra, los criollos (individuos de raza blanca nacidos en América de padres peninsulares), aunque a efectos legales seguían siendo considerados como españoles, en la práctica fueron discriminados de los altos puestos de gobierno, tanto eclesiásticos como civiles. De estos ciudadanos, que forjaron lentamente un sentimiento de identidad propio conocido como criollismo, surgirían poco después las ideas nacionalistas y emancipadoras.

    Una identidad propia: el criollismo

    La mayoría de los criollos gozaba de una holgada posición económica gracias a la cual había podido realizar estudios universitarios y adquirir una amplia cultura. Además, muchos sectores económicos estratégicos, como el textil o el agropecuario, estaban controlados por importantes familias criollas que pertenecían a la élite social del mundo colonial. Al verse privados del acceso a los puestos de decisión, los criollos comenzaron a reivindicar su origen americano y su capacidad política y administrativa, lo cual se convertiría en el germen del nacionalismo decimonónico.

    El criollismo puede definirse como una identidad colectiva basada en el común sentimiento de pertenencia al continente americano. La construcción de este sentimiento identitario pasó por tres fases:

    • La primera consistió en la apropiación del espacio. Ello llevó a los criollos a loar la feracidad de la tierra, la diversidad geográfica, la riqueza mineral y las bondades del clima americano. De esta suerte, los criollos valoraron muy positivamente el hecho de ser originarios de América, pues, al haber nacido en esa tierra de promisión benigna y rica, habían adquirido una serie de características que les hacían, cuando menos, equiparables a los peninsulares y, al mismo tiempo, diferentes.

    • La segunda fase consistió en sacralizar el espacio mediante la promoción de santos y beatos de origen americano (santa Rosa de Lima, san Felipe Neri) y, sobre todo, a través del fomento del culto mariano, en especial el de la Virgen de Guadalupe, a la que se consideró protectora y patrona de América.

    • La última etapa tuvo como objetivo realizar la apropiación del tiempo, es decir, construir una historia propia. Ello se logró exaltando tanto a las culturas indígenas, a las que se consideró portadoras de grandes valores políticos y culturales, como a la propia conquista militar del siglo XVI, la cual pasó a ser el verdadero origen de la historia americana. En este sentido, Cortés y Pizarro se convirtieron poco menos que en los primeros «héroes nacionales».

    Conforme avanzó el siglo XVIII estos sentimientos de pertenencia se hicieron más tangibles y los criollos demandaron mayores cotas de ingerencia gubernamental y política, pues consideraban que era a ellos a quienes naturalmente correspondía regir los destinos de su patria. Ello no significa que buscaran la independencia política de la monarquía hispánica, sino que pretendían que se les reconociera de hecho la igualdad teórica que les concedían las leyes como súbditos del rey católico.

    La vida cultural

    Al iniciarse el siglo XVIII las colonias americanas poseían una intensa y rica vida cultural que se expresaba a través de las artes plásticas, la literatura –donde destacaron figuras como la de sor Juana Inés de la Cruz–, el teatro, la música y la arquitectura. En esta última disciplina se encuadraron los cientos de iglesias, conventos, catedrales y palacetes nobiliarios extendidos a lo largo de toda la geografía americana.

    Una de las señas de identidad criollas fue potenciar los elementos religiosos autóctonos de América. Así, creció la devoción hacia los santos locales, como santa Rosa de Lima, representada en el cuadro de la imagen alzando la Eucaristía.

    Entre las ciencias, la Zoología, la Botánica, la Mineralogía, la Medicina, la Farmacopea, la Geografía, la Astronomía y la Física fueron las que conocieron mayor desarrollo. De esta suerte, ni el océano ni la censura inquisitorial fueron impedimentos suficientes para que en América circularan instrumentos y libros científicos con cierta facilidad ni para que se estableciera una intensa actividad epistolar entre personalidades científicas de ambos lados del Atlántico.

    El siglo XVIII fue un periodo rico en la vida cultural americana tanto en las artes y las letras como en las ciencias. En la centuria brillaron escritores como sor Juana Inés de la Cruz y científicos como el botánico José Celestino Mutis, autor de numerosas ilustraciones sobre la flora del continente, como la de la imagen.

    El siglo XVIII fue un periodo rico en la vida cultural americana tanto en las artes y las letras como en las ciencias. En la centuria brillaron escritores como sor Juana Inés de la Cruz y científicos como el botánico José Celestino Mutis, autor de numerosas ilustraciones sobre la flora del continente, como la de la imagen.

    Las reformas ilustradas

    La aplicación de las reformas borbónicas en las posesiones americanas se realizó dentro de un amplio marco que afectó a la totalidad del imperio español y a todas las esferas públicas, desde la economía y la política hasta la educación. El objetivo principal de los monarcas y sus agentes fue acabar con los fueros y privilegios que caracterizaban la estructura política del imperio de los Austrias y construir un Estado unificado y centralizado basado en criterios racionales e ilustrados.

    El punto de partida fue el Decreto de Nueva Planta (1715) impulsado por Felipe V; dicho decreto eliminó legalmente la estructura anterior y dio origen a un nuevo sistema administrativo en el que la gestión de los distintos asuntos no recaía ya en un órgano colegiado, sino en el ministro del ramo en cuestión.

    Aunque las primeras reformas que afectaron a América fueron decretadas por el propio Felipe V, lo cierto es que fueron Carlos III y Carlos IV quienes dieron el mayor impulso a estas transformaciones.

    El rey español Carlos III. El monarca, un abanderado de la Ilustración en su país, fue también el mayor impulsor del desarrollo de las ideas ilustradas en las colonias españolas en América.

    Reformas económicas

    En el ámbito económico, los monarcas españoles establecieron dos objetivos prioritarios: modernizar la economía a través del establecimiento del libre comercio entre todos los puntos del imperio y aumentar los recursos y beneficios procedentes de las colonias americanas mediante el desarrollo de los monopolios reales y el saneamiento de la Real Hacienda. La consecución de ambos objetivos tuvo que enfrentar una dura oposición por parte de las élites económicas de ambos lados del mar, las cuales se negaron a perder el control que ejercían sobre la economía.

    En la esfera comercial, la primera medida consistió en instituir una Junta de Restablecimiento del Comercio (1705) para realizar un balance de la situación de las relaciones comerciales entre América y España. Poco después se constituyó la Junta de Hacienda y Comercio (1713) con el objetivo de liberar el comercio con América. De esta suerte, se creó la Casa de Contratación de Cádiz (1717) y se abolió el monopolio de la Casa de Contratación de Sevilla, al tiempo que se constituyeron las compañías comerciales encargadas de la producción y comercialización de determinados productos en zonas específicas. De éstas, las más importantes fueron la de Caracas, o Real Compañía Guipuzcoana, creada en 1728 y avocada a la comercialización del tabaco, el cacao y el índigo; la de la Habana, surgida en 1740 y centrada en el comercio de tabaco y azúcar, y la de Cumaná, o Compañía de Barcelona, instituida en 1752 para encargarse del comercio del algodón. A ellas deben añadirse algunas de menor calado, como la Compañía de Montesacro, la sevillana de San Fernando, la de Madrid y la de Filipinas.

    El paso definitivo en la liberación comercial se dio en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los puertos de Santander, San Sebastián, Gijón, La Coruña, Barcelona, Málaga, Cartagena, Alicante, Almería, Cádiz, La Palma y Santa Cruz de Tenerife fueron autorizados a comerciar con América. El comercio entre la Nueva España y el Perú, sin embargo, se mantuvo prohibido hasta 1774 para evitar que la plata peruana se desviase hacia los circuitos comerciales del océano Pacífico.

    Parte complementaria de todas estas medidas fue la supresión definitiva en 1740 del sistema de flotas –el cual, tras haberse casi extinguido en los comienzos del siglo XVIII, había sido reinstaurado brevemente por Felipe V– y el establecimiento de la libertad de circulación; tal medida, sin embargo, no afectó a la Nueva España, donde el sistema de flotas se mantuvo vigente hasta 1785. A ello se sumó la reducción o eliminación de diversos aranceles y el establecimiento de una tasa impositiva única. Por otra parte, se concedió a los ingleses el monopolio del comercio de esclavos en la América hispana entre 1713 y 1743.

    La implantación del libre comercio se tradujo en un aumento efectivo del volumen de las transacciones comerciales –sólo entre el comienzo y el final de la década de 1780 las exportaciones peninsulares se triplicaron–, en la supresión definitiva de la Casa de Contratación de Cádiz (1790) y en la constitución de los Juzgados de Arribadas, encargados de hacer cumplir los reglamentos, revisar los cargamentos y acabar con el contrabando.

    Con el objetivo de acrecentar sus ingresos directos, la Corona siguió tres políticas concretas: suprimir la encomienda, acrecentar los monopolios y sanear la Real Hacienda.

    La primera de las medidas significó un duro golpe para los terratenientes y los mineros españoles: el fin era que los indígenas pagasen directamente sus impuestos (capitación) en vez de hacerlo a través de los encomenderos. Hacia 1707 la mayoría de las encomiendas se encontraban ya bajo la jurisdicción regia, aunque sobrevivieron algunas encomiendas privadas en zonas aisladas de Venezuela, Paraguay, Yucatán y Chile.

    El monopolio que más creció fue el del tabaco gracias a un aumento de las áreas de cultivo, al establecimiento de reales fábricas tanto en América como en España que utilizaban a cientos de mujeres y a la proliferación de estancos por toda la geografía imperial.

    Finalmente, la Corona combatió la evasión fiscal, vigiló a los recaudadores de impuestos, concedió a los intendentes el control final de los impuestos e incentivó las actividades primarias para aumentar los recursos obtenidos mediante diversas imposiciones. Todo ello, sumado al descubrimiento de nuevas vetas argentíferas en la Nueva España, permitió un incremento notable de los recursos enviados a la península.

    A lo largo del siglo XVIII se fueron asentando en América ciertas entidades encargadas del comercio de determinados productos americanos. Entre las más importantes figuraron la Compañía de Caracas, que explotó las plantaciones de índigo (ilustración), y la de la Habana, dedicada principalmente al tabaco.

    Reformas administrativas

    La primera medida administrativa aplicada en América por la nueva dinastía fue la creación de una Secretaría de Despacho de Indias (1714) en sustitución del Consejo de Indias. Esta nueva institución se mantuvo ligada a la Secretaría de Marina hasta 1776. Paralelamente, se anuló la venta de cargos públicos como forma de combatir la corrupción, al tiempo que se instauró la designación por aptitudes y se reformaron diversos puestos de la Administración. Asimismo, los funcionarios fueron sometidos a juicio de residencia para terminar con las prácticas ilícitas.

    Más importante fue, sin embargo, la división territorial y administrativa llevada a la práctica por los Borbones tanto a nivel continental como a nivel regional. Tal decisión se basó en un mejor conocimiento de la realidad y la geografía americanas, así como de los problemas políticos, económicos y hacendísticos que aquejaban a la sociedad del nuevo continente. Para ello, la Corona encomendó a José Gálvez realizar una serie de visitas entre 1765 y 1771 por la mayor parte de la Nueva España y otros puntos del imperio americano.

    De esta suerte, se crearon dos nuevos virreinatos. El primero fue el de Nueva Granada (1717), constituido por los territorios de las audiencias de Santa Fe, Panamá y Quito, los cuales se encontraban hasta entonces dentro del Virreinato del Perú. La capital se instauró en Santa Fe de Bogotá y el principal objetivo era vigilar el Caribe y el istmo de Panamá.

    El segundo, formado a instancias de José de Gálvez, fue el Virreinato del Río de la Plata (1776). Se constituyó con los actuales territorios de la Argentina, Uruguay, Paraguay y buena parte de Bolivia, y su capital se estableció en Buenos Aires. La decisión obedeció a un doble objetivo: acabar con el contrabando y combatir el expansionismo portugués que se desarrollaba desde Brasil.

    La intendencia de Guatemala fue la última de las creadas en el siglo XVIII. Santiago de los Caballeros, posteriormente conocida como Antigua (panorámica en la imagen), fue su ciudad principal.

    En el ámbito regional, la política borbónica cristalizó en la creación de nuevas unidades administrativas denominadas intendencias. Puestas bajo la jurisdicción de un militar en activo con atribuciones militares, judiciales, políticas, administrativas y fiscales, las intendencias pretendían hacer más eficiente la administración del territorio y, sobre todo, relegar a un segundo plano a las autoridades tradicionales.

    El intendente poseía un poder semejante al del virrey y en cualquier caso superior al de los corregidores y alcaldes, por lo que se convirtió en un agente directo de la Corona. A las intendencias establecidas en Cuba (1764) siguieron las de Venezuela (1776), Río de la Plata (1782), Nueva España (1786) y Guatemala (1790). En la mayoría de las ocasiones estas intendencias fueron el origen de las entidades administrativas regionales de las naciones latinoamericanas al acceder a la vida independiente en el siglo XIX.

    A Gálvez se debió la formación, además del Virreinato del Río de la Plata, de la Comandancia General de las Provincias Internas de la Nueva España, organismo cuyo objetivo era conceder cierta autonomía y un mando único a las provincias septentrionales de Coahuila, Sonora, Nueva Vizcaya, California, Nuevo México y Texas; con ello se pretendía someter a los grupos indígenas, fomentar la colonización y detener el expansionismo inglés –y posteriormente norteamericano–. También correspondió a Gálvez la creación de la Capitanía General de Venezuela –integrada por las regiones de Caracas, Maracaibo, Cumaná, Margarita, Guyana y Trinidad– y la formación de las audiencias de Buenos Aires y Caracas.

    Con la finalidad de aplacar los diversos movimientos de disconformidad criolla y los motines generados por el aumento de precios, así como de combatir las incursiones francesas, portuguesas e inglesas, la Corona decidió crear un Ejército permanente. Originalmente estuvo integrado sólo por peninsulares, pero a lo largo de la centuria se abrieron espacios de participación para los criollos. Éstos fueron acogidos como cadetes en las academias militares hispanas y pudieron acceder a los mandos medios; muchos de ellos, como Simón Bolívar o Ignacio Allende, participarían activamente en los movimientos independentistas del siglo XIX. La colaboración de los grupos indígenas en estos Ejércitos fue esporádica y se reservó a casos de extrema necesidad.

    La expulsión de los jesuitas. Debido al gran poder económico y político y a la influencia social que la Compañía de Jesús había acumulado, Carlos III decretó su expulsión de todos los reinos de la monarquía hispana en 1767.

    En América, los jesuitas mantenían numerosas misiones indígenas –particularmente en Paraguay y California–, controlaban la educación de las élites criollas por medio de sus colegios y habían logrado conformar un importante patrimonio material integrado por haciendas agropecuarias y bienes inmuebles. Por esta razón, su expulsión significó un duro golpe a los intereses de la Iglesia y de los propios criollos, pues muchos de ellos habían ingresado en las filas de la Compañía o mantenían vínculos políticos y económicos con la misma. Con esta medida, la Corona pretendía acabar con un germen potencial de movimientos independentistas.

    Reformas sociales y culturales

    Las reformas de orden social tuvieron como finalidad acabar con la disconformidad y el malestar generado entre los criollos a causa de su segregación de los puestos de gobierno. Es por ello que se les reservó un tercio del total de las prebendas y beneficios eclesiásticos y se les admitió en el Ejército.

    Por otra parte, en 1792 se fundó un Real Colegio de Nobles Americanos en la ciudad española de Granada con el objetivo de educar a los hijos de las más importantes familias criollas y en 1793 se creó una orden militar destinada exclusivamente a los súbditos del nuevo continente: la Compañía Española de Caballeros Americanos.

    A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, los monarcas españoles llevaron a cabo algunas medidas destinadas a fomentar las artes y las ciencias. Entre ellas destacaron la realización de expediciones científicas (como la de Alejandro Malaspina), el establecimiento de Reales Academias de Bellas Artes (San Carlos de México) y la fundación de escuelas de minas. Además, los principales centros urbanos vivieron una importante actividad periodística mediante la publicación de numerosas gacetas.

    La región del valle de Cusco fue el principal escenario del movimiento de rebelión del mestizo José Gabriel Condorcanqui, quien tomó el nombre incaico de Túpac Amaru. La ciudad de Cusco, representada aquí en un cuadro de la época, llegó a ser sitiada por las fuerzas rebeldes.

    El impacto del reformismo en la sociedad hispanoamericana

    La implantación de las reformas borbónicas tuvo diversas consecuencias. Por una parte, logró hacer más efectivo el control político y administrativo sobre las colonias, al tiempo que incrementó los recursos que la Corona recibía; por otra, generó un gran descontento entre las oligarquías locales y los criollos, quienes se vieron excluidos nuevamente de los altos puestos de la Administración y, además, perdieron parte de sus privilegios económicos.

    Primeras insurrecciones

    Las primeras protestas no tuvieron un carácter independentista ni poseyeron un componente de reforma social, pues únicamente buscaban terminar con los abusos y las injusticias de lo que era considerado como un «mal gobierno». Fue por ello que se escribieron numerosos panfletos y manifiestos denunciando la situación, al tiempo que hombres serios y eruditos publicaron diversos tratados en los cuales ofrecían soluciones a los conflictos de intereses. Además, los criollos encontraban una fuente de inspiración en la consecución de la independencia de los Estados Unidos, la cual se había logrado con el apoyo español. A largo plazo, sin embargo, la Corona hizo caso omiso de estas inquietudes y prefirió endurecer los controles antes que devolver ciertas cotas de autonomía. Ello generaría importantes revueltas políticas y sociales.

    La primera ocurrió en Paraguay (1718-35) y tuvo como protagonistas por un lado a los jesuitas –apoyados por el virrey– y por otro a los comuneros criollos, los cuales, apoyados por el Cabildo de Asunción, exigieron la cesión de una parte de la mano de obra indígena.

    La segunda revuelta tuvo lugar en Venezuela (1749-50) y su víctima fue la Compañía Guipuzcoana de Caracas. Los criollos, afectados en sus intereses por las actividades de esta institución, conquistaron Caracas dirigidos por Juan Francisco de León y lograron suprimir la Compañía durante algunos meses. Reconquistada la ciudad por las tropas realistas, los jefes de la revuelta fueron encarcelados, al tiempo que se reinstauró la Compañía. Se estableció, sin embargo, que ésta admitiera en su seno a un número determinado de criollos.

    Las protestas más violentas tuvieron lugar, sin embargo, en el Perú entre 1776 y 1781. En ellas mulatos, negros, mestizos e indígenas se alzaron sucesivamente contra las autoridades virreinales. El movimiento más importante fue el encabezado por el mestizo José Gabriel Condorcanqui, quien tomó el sobrenombre de Túpac Amaru. Sus principales reivindicaciones consistían en la supresión de numerosos impuestos y en el nombramiento de autoridades indígenas.

    Cronología

    Principales acontecimientos del siglo XVIII relacionados con la historia de América.