La organización del léxico

El léxico es el vocabulario, esto es, el conjunto de palabras que componen una lengua. Éste vive en constante cambio –ya que no es fijo– debido a que son los hablantes de una misma lengua quienes fijan las palabras que identifican los distintos elementos que forman parte de la realidad. Día a día, la realidad va generando nuevas necesidades, nuevas «realidades» que hay que nombrar, creando un término para ellas. En contrapartida, también hay términos que simplemente dejan de usarse, porque los elementos a los que hacían referencia apenas aparecen ya en nuestra vida.

El léxico castellano proviene en su mayoría del latín –éste es la base del castellano– pero su origen es heterogéneo, pues hay palabras de las más diversas procedencias. Existen además otros mecanismos, como los neologismos y los extranjerismos, que amplían y renuevan el vocabulario.

La ciencia que estudia las unidades léxicas –las palabras– y sus relaciones y oposiciones en un momento determinado, es decir, sincrónico, es la rama de la Gramática llamada Lexicología. La Semántica, en cambio, estudia las relaciones del significado a través del tiempo; la evolución histórica de las palabras, su estudio diacrónico. Además, la Semántica estudia las relaciones y los cambios que se producen entre el pensamiento humano y el lenguaje. Debido a este «viaje» de las palabras en el tiempo se producen cambios, ampliaciones y alteraciones de los significados que dan lugar a un constante desarrollo del léxico castellano.

Formación del léxico castellano

Se puede afirmar, muy a grandes rasgos, que el léxico castellano procede de dos fuentes distintas. En primer lugar, hay palabras cuyo origen es heredado: unas de procedencia latina y otras que se han ido incorporando según iban apareciendo nuevas realidades. Las segundas se denominan léxico nuevo o ampliado, y son aquellas que se forman a partir de otras que ya existían. Para la creación de estas últimas la lengua posee numerosas herramientas como los préstamos, la derivación, las onomatopeyas, las siglas, etcétera.

Tipos de formación del léxico castellano.

Ya se ha mencionado que la principal fuente del léxico español es el latín. De él proceden aproximadamente el 73% de las palabras del castellano. Sin embargo, no todas ellas se incorporaron de igual manera y hoy día se distinguen dos vías: la patrimonial y la culta.

La primera, la vía patrimonial, está formada por palabras que siempre han existido en castellano, palabras heredadas del latín pero que con el paso de los siglos han ido evolucionando semántica y fonéticamente. En ocasiones, el lento cambio producido hace que algunas voces se identifiquen con facilidad (por ejemplo, entre amar y la latina amare) otras muchas, en cambio, han perdido cualquier semejanza que las haga reconocibles. Así, la palabra trabajar procede del latín tripaliare o torturar, en referencia a los trabajos a los que eran sometidos los esclavos. La forma definitiva de estas voces quedó establecida en torno al siglo XVII, cuando se fijó el sistema fonológico español. A todas estas palabras se las denomina palabras patrimoniales.

A la segunda vía, la culta, pertenecen también voces latinas, si bien éstas fueron introducidas directamente del latín en distintas épocas de la historia. Su escasa evolución fonética las hace muy semejantes a las voces actuales. Así, las voces latinas fraternus y cathedra son hoy fraterno y cátedra, respectivamente. Estos términos son los cultismos.

En algunas ocasiones, una palabra latina, tras haber dado lugar a una voz patrimonial, vuelve a ser tomada del latín para convertirse en un cultismo. De este modo, una sola voz latina origina dos palabras en castellano. A este fenómeno se le denomina doblete. Un ejemplo claro son los verbos colocar (cultismo) y colgar (palabra patrimonial) ya que ambos provienen de la voz latina collocare.

Además de las voces patrimoniales y los cultismos, el léxico español tiene otras muchas voces surgidas del origen plural del castellano; son los préstamos. Por otro lado, los neologismos y los extranjerismos surgen de la necesidad constante de renovación del léxico y su incorporación al castellano es más reciente.

Préstamos. Muchas de estas voces se incorporaron al castellano en distintos momentos de la historia. Algunas incluso lo hicieron al latín para pasar de ahí al español. Los préstamos son, por tanto, voces no latinas que se han añadido al vocabulario castellano. Las más numerosas entre éstas son las de origen prerromano, los germanismos y los arabismos. Las voces prerromanas provienen fundamentalmente del celta y del euskera o vasco (barro, camino, pizarra o izquierda). Los germanismos se adoptaron sobre todo a partir del siglo V. El carácter belicoso de estos pueblos se plasma en los numerosos términos introducidos: yelmo, dardo, guerra, espuela, espía y estaca son algunos ejemplos. Posteriormente, siete siglos de convivencia hicieron que las palabras árabes se incorporaran masivamente al castellano. Cerca de cuatro mil términos aparecen hoy en los diccionarios, más de un 15% del léxico castellano actual; entre ellos, acequia, álgebra, azúcar, jinete, albañil, zanahoria, almohada, cifra, taza, arroz, alcalde, azulejo, etc.

Ya de forma más tardía, en la edad media, aparecieron galicismos como coraje, hereje, deleite o dama. Durante el Renacimiento, se incorporaron italianismos como bronce, campeón, novela o capricho y americanismos como café, patata, cacao, chocolate, tiburón o canoa, aportaciones de las lenguas indígenas del Nuevo Mundo. Ya en el siglo XX, del mundo anglosajón proceden préstamos como champú, fútbol, líder o club. En total, un altísimo porcentaje de préstamos a los que se han de sumar además lusismos, catalanismos, galleguismos y un largo etcétera.

Neologismos. Los neologismos son vocablos o giros nuevos de una lengua. Surgen para hacer frente a las nuevas necesidades que aparecen en la realidad, especialmente en el ámbito tecnológico y en el científico. Los neologismos son o bien préstamos de muy reciente adquisición o bien están compuestos por elementos de origen griego o latino como, por ejemplo, amniocentesis o microcirugía, ambas de origen griego e introducidas recientemente en el diccionario.

Extranjerismos. Los extranjerismos –también llamados xenismos– son términos que todavía no han sido asimilados y que por tanto no se han incorporado al léxico. Esto sucede cuando su uso es limitado o cuando ya existe una voz castellana para el mismo significado. Éste es el caso de las voces inglesas coaching o parking, equivalentes en el castellano a entrenamiento y aparcamiento, respectivamente.

Por último, hay que recordar que la lengua posee otros instrumentos para la creación de nuevo léxico. Entre ellos destacan las voces onomatopéyicas como cucú y las siglas o acrónimos como ONG, láser o radar.

Significado

La intrusión de todas estas voces de distintas procedencias en el léxico español se debe a que surgen nuevas realidades –significados– que hay que cubrir mediante palabras. Las palabras están compuestas de significante y significado. El significante es el símbolo, mientras que el significado es el elemento de la realidad con el que se identifica el significante. De hecho, lo que distingue a las lenguas son los significantes, ya que los significados son esencialmente parecidos en todas ellas.

Los significados suelen ser invariables en distintos idiomas pero no así el significante.

Para estudiar los distintos tipos de significados es necesario reconocer los semas, es decir, las unidades mínimas de significación o rasgos semánticos de las palabras. La primera distinción a tener en cuenta es entre significado léxico y significado gramatical. El primero se encuentra en los sustantivos, los verbos, adverbios y los adjetivos. Lo que caracteriza a esta clase de palabras es que todas ellas nombran conceptos y hechos o califican realidades. Por el contrario, hay otras clases de palabras que no definen elementos de la realidad sino que su función es la de nexos entre palabras. Son las conjunciones, las preposiciones o los artículos.

Asimismo, se puede dividir entre significado literal y significado figurado. Por significado literal se entiende aquel que la palabra tiene en su origen, que no ha sufrido transformaciones. Cantar, en su significado original es «producir con la voz sonidos melodiosos». En el significado figurado, la palabra mantiene su sentido literal pero, debido a un nuevo proceso de significación, esto es, de asociación, nombra una nueva realidad. Siguiendo con el caso anterior, «cantar» también significa «confesar bajo presión», «oler mal» o «llamar la atención».

Las palabras hiperónimas aluden a conceptos que engloban otras palabras denominadas hipónimas.

Según su objetividad, el significado se distingue además entre denotativo y connotativo. El significado denotativo es el significado objetivo, esto es, fuera de cualquier contexto; lo que las personas entienden por un término, admitido por todas ellas y que aparece en el diccionario. En el significado connotativo, al contrario que en el denotativo, prima la subjetividad. Las comunidades y los individuos perciben algunos términos de forma especial, según lo que éstos provoquen en cada individuo. Se habla por tanto de dos tipos de significado connotativo: el individual (lo que una palabra sugiere en una persona), y el cultural (las comunidades otorgan significados especiales a algunas palabras).

Cuando una palabra tiene dos significados distintos, se produce el fenómeno lingüístico de la polisemia.

Cuando una palabra tiene dos significados distintos, se produce el fenómeno lingüístico de la polisemia.

Las palabras y sus relaciones

Las palabras, y por tanto sus significados, generan relaciones entre ellas. Los más importantes entre estos fenómenos semánticos son la hiponimia e hiperonimia, la homonimia y polisemia, y la sinonimia y antonimia.

Hiponimia e hiperonimia. Es un caso en que se produce una relación jerárquica y de inclusión de un término sobre otro. Se basa en la extensión del signo. Un término abarca por su extensión a otros. Por ejemplo, «árbol» cubre semánticamente a «roble», «abeto» o «encina». Esta relación genera, por tanto, una distinción entre palabras hipónimas, aquellas cuyo significado está incluido en el de otro, y palabras hiperónimas, cuyo significado abarca al de otras. Ejemplos de voces hipónimas son gorrión, verde o cuchara. Sus respectivos hiperónimos serían pájaro, color y cubierto.

Polisemia y homonimia. Este fenómeno se produce cuando una palabra tiene dos o más significados –caso de la polisemia–, o cuando varios significados coinciden en un mismo término –homonimia–. Las palabras polisémicas son las que poseen varios significados, y, además del significado literal, son capaces de expresar otros nuevos. Así, «arco» significa «porción continua de una curva» pero también «arma hecha con una varilla elástica» o «fábrica que cubre un vano entre dos pilares». La pluralidad de significados de estas voces hace que sea imprescindible para el hablante conocer el contexto, para que el mensaje pueda ser interpretado correctamente.

Las palabras homónimas son aquellas que, siendo igual en su forma, varían en su significado; es decir, poseen un origen distinto. Es importante además distinguir entre las palabras homógrafas, es decir, las que se escriben igual, y las homófonas, cuya pronunciación es igual pero su grafía es distinta. Un ejemplo de término homógrafo es río, «corriente de agua continua que desemboca en otra o en el mar» o «primera persona del singular del presente de indicativo del verbo reír». Las palabras homófonas en cambio dan lugar a dificultades ortográficas debido a que varía su grafía. Son bien conocidos los casos entre hecho (de hacer) y echo (de echar), y otros menos problemáticos como tubo/tuvo y ola/hola.

Sinonimia y antonimia. Este fenómeno semántico se produce cuando dos o más palabras tienen idéntico significado –sinonimia–, o cuando existe una oposición entre dos términos; es el caso de la antonimia. Los lingüistas han discutido mucho acerca de la existencia real de los sinónimos, ya que para considerar una palabra sinónimo, lo ha de ser en cualquier contexto. Esta dificultad hace que se distinga entre sinónimos totales y parciales, siendo los segundos mucho más numerosos. La posibilidad de elección entre términos distintos ayuda a matizar lo que se quiere expresar en un escrito, además de evitar repeticiones y de enriquecer la lengua. Así, para expresar que alguien está enfadado se puede afirmar que, o se siente disgustado o quizá enojado e irritado.

En la antonimia se produce un fenómeno dispar: varios términos se oponen en su significado. Se distinguen tres tipos de antónimos: con relación de gradación (empapado-mojado-húmedo-seco); con relación de reciprocidad (nieta/abuela, recordar/olvidar) y antónimos con relación de complementariedad, en la que los términos se excluyen (muerto/vivo, soltero/casado).

Campos semánticos y cambios semánticos

Para poder hablar de un campo semántico son necesarias dos condiciones: que exista un grupo de vocablos con la misma función gramatical y que además compartan un elemento léxico común. Así, el campo semántico de familia sería padre, madre, hijos, hermanos, primos, abuelos, etc. Si el nexo entre estas palabras fuera tan sólo temático se denominaría campo léxico; no se comparte la categoría gramatical, por lo que, por ejemplo, al campo léxico de la gastronomía pertenecen sustantivos como cocinero, pinche; verbos como freír o caramelizar y adjetivos como salado o sabroso. En cambio, las palabras que pertenecen a un campo semántico concreto comparten rasgos significativos comunes, pero sus elementos se interrelacionan mediante vínculos de oposición (madre/hija) y delimitación (adulta/niña). Tienen por tanto rasgos comunes y rasgos diferenciadores o rasgos distintivos de significación –semas–.

Se denomina cambio semántico al proceso de cambio de significación de una palabra. La lengua es un sistema abierto, no es fijo, y con el paso del tiempo se producen cambios en la forma o en el contenido de las palabras. Es el estudio diacrónico de la semántica el que observa estas modificaciones, primero su uso en el habla y posteriormente, su introducción en la lengua. De hecho, siempre hay una cierta asociación entre el significado nuevo y el que le precedía. Por ejemplo, un cambio semántico muy significativo es la transformación de la palabra pluma a lo largo de la historia. En la antigüedad, las plumas de las aves se convirtieron en objetos que, convenientemente cortadas, servían para escribir. Hoy día, se denomina pluma estilográfica al objeto que cumple esta misma función.

Cuando las palabras distintas tienen una misma grafía, como río (curso fluvial) y río (de reír), se produce el fenómeno de la homonimia.

Cuando las palabras distintas tienen una misma grafía, como río (curso fluvial) y río (de reír), se produce el fenómeno de la homonimia.

En el proceso de cambio semántico se producen dos clases: la ampliación y la alteración semántica. La ampliación semántica o del significado tiene lugar al agregar un nuevo significado a una palabra, que pasa a ser polisémica. Este fenómeno se produce sobre todo mediante una metáfora. Los hablantes generan relaciones de semejanza entre dos conceptos y de esta unión psicológica surge la metáfora, por la que se utiliza la misma voz para ambos. Cabeza de alfiler es un buen ejemplo de esta relación metafórica en la que del sustantivo cabeza, «parte superior del cuerpo del ser humano», amplía su significado a la de «extremidad roma y abultada de un alfiler» o la de «conjunto de los dientes del ajo cuando todavía forman un solo cuerpo».

En cambio, la alteración semántica o del significado es un proceso mediante el cual una palabra cambia su significado. No se amplía; simplemente se modifica debido sobre todo a la evolución histórica. Esta forma de cambio semántico se muestra en el vocablo deleznable, que de «que se puede romper» ha pasado a adoptar el significado de «reprochable».

Tabla 1. Campo léxico y campo semántico.

Se debe señalar por último cuáles son las causas del cambio semántico, ya que gracias a ellas se comprenden mejor las razones de estas modificaciones. Se pueden distinguir cuatro clases. Las causas históricas están determinadas por los avances técnicos y científicos, por las modificaciones en las costumbres o por la aparición de nuevos objetos. Las causas lingüísticas se producen principalmente por cambios fonéticos o morfológicos que van surgiendo en el habla. Las causas sociales son préstamos o palabras que se generalizan y pasan de un ámbito social a otro. Así, lidiar, verbo que proviene del mundo taurino, se asume hoy día como «hacer frente a alguien, pelear». Por último, existen causas psicológicas. Algunos hablantes, en un intento por resultar más expresivos o por provocar más emotividad, cambian el significado de algunas palabras; es el caso de la metáfora. Hay otro cambio que, por el contrario, se produce al pretender no hacer uso de ciertas voces o expresiones consideradas tabúes. Para evitarlas se han creado los eufemismos.

Mediante el fenómeno denominado ampliación semántica, una palabra adquiere un nuevo significado además del original.

Mediante el fenómeno denominado ampliación semántica, una palabra adquiere un nuevo significado además del original.

Tabú y eufemismo

El término tabú proviene del polinesio y significa prohibido. Por cuestiones psicológicas y/o culturales, prácticamente todas las comunidades poseen palabras tabú en sus léxicos, temas que permanecen vedados por el desagrado que provocan en la sociedad. Los tabúes pueden referirse a conductas que la sociedad, y muchas veces la religión, suelen sentir como reprochables e incluso condenables. Los más habituales son los referidos a la muerte, la religión, a las actividades sexuales y a lo escatológico. En su intento por evitar voces tabúes, la lengua ha creado nuevos modos de expresión que provocan la creación de nuevas palabras, dando un giro al lenguaje que da lugar al eufemismo.

Un eufemismo es la palabra o expresión que surge de sustituir un término cargado de connotaciones desagradables o malsonantes por otro más suave o inofensivo. El eufemismo, como ya se ha visto, es un tipo de cambio semántico cuyo origen se encuentra en las causas psicológicas. Hay casos de eufemismos que se usan con asiduidad; así, cuando alguien muere se recurre a las expresiones «pasó a mejor vida», «ya no se encuentra entre nosotros» o sencillamente «falleció». El empleo de otros, en cambio, roza lo ñoño o cursi, y cada vez son menos empleados. «Donde la espalda pierde su nombre», «pipí» o «popó» son algunos ejemplos. Por tanto, la conveniencia o inconveniencia de hacer uso de los eufemismos depende del contexto y de la situación del hablante. Adecuar su empleo al nivel lingüístico utilizado será una característica del correcto uso del lenguaje.

Un paso más en el intento por hacer del lenguaje un cuerpo más aséptico, no discriminatorio y sin connotación alguna es lo que da lugar a lo que se conoce como lenguaje políticamente correcto. Su objetivo consiste en conseguir que el lenguaje no ofenda a nadie. Es muy habitual oír hablar de personas obesas o de reclusos cuando se hace referencia a lo que se podría expresar con palabras más generalizadas como gordos o presos. Se puede considerar a este tipo de lenguaje como un invento político y lingüístico que trata de suavizar la realidad. Es importante reconocer que lo que se modifica es el lenguaje, no la realidad. Así, cuando en los noticiarios se habla de conflicto bélico o de daños colaterales, lo que se pretende es «suavizar» términos mucho más duros y francos como guerra o víctimas civiles. Por todo ello, hay que tener en cuenta que tanto el eufemismo como el lenguaje políticamente correcto son un tipo de cambio semántico que transforma la lengua, modifica la for­ma que tenemos de nombrar las cosas: es decir, cambian los significantes, pero no pueden cambiar los significados.