Contenido y forma de la obra literaria

En la obra literaria, al igual que en cualquier obra de arte, contenido y forma están indisolublemente unidos, no se puede entender el uno sin la otra. La forma en que se presenta el mensaje, su disposición exterior, determina el contenido, lo que el autor expresa. Del mismo modo, el contenido también determina los rasgos formales.

Contenido y forma son categorías que sólo se dividen para su estudio. Ni siquiera en la mente del artista, durante el proceso de creación, aparecen estos dos elementos por separado. Durante el proceso que conduce a su construcción, la obra se va conformando como un todo armonioso, en el que el tema se adapta a la expresión y viceversa. Se podrá afirmar que el autor ha logrado su objetivo cuando estos dos elementos estén verdaderamente unidos y logren dicha armonía. En ese caso, el resultado será una obra de arte.

Contenido de la obra literaria

El tema de una obra es la idea central sobre la que el autor quiere expresarse. Cada movimiento literario posee unos temas más habituales que otros, en función de las preocupaciones e inquietudes propias de ese momento histórico. Además, cada autor suele tener unos temas preferidos que trata con más frecuencia.

Es curioso observar en el estudio de la literatura universal que los temas apenas han variado: los problemas que acuciaban a los clásicos griegos son los mismos que vemos en las obras literarias más actuales. No importan los miles de kilómetros o los cientos de años que separen a los escritores, las diferentes culturas de las que puedan provenir o los diferentes estratos sociales en los que se hayan educado: los temas suelen ser los mismos, de lo que se puede deducir fácilmente que constituyen las preocupaciones más íntimas del ser humano.

La mayoría de los temas literarios se remontan a los mismos momentos del nacimiento de la literatura. En la imagen, Edipo explicando el enigma de la esfinge, cuadro del francés Dominique Ingres que ilustra el mito clásico de Edipo, a quien una trágica historia le lleva a matar a su padre y a contraer matrimonio con su propia madre.

El amor. Sin duda el tema más universal y el más reflejado en la literatura de todas las épocas y culturas es el amor, en todas sus variantes: amor filial, amor fraterno, amor divino, amistad, etc. Dentro del amor sexual –el más tratado– hay dos tipos fundamentales: el pasional, en el que se establece una relación física, y el cortés o platónico. Según este último, el ser humano debe amar la belleza espiritual del otro, no su belleza física. De esta manera, el amor se convierte en algo filosófico o sagrado, en una forma de acercarse a un ideal casi religioso.

Entre otras muchas, la tragedia Romeo y Julieta, de William Shakespeare, y la Tragicomedia de Calixto y Melibea (más conocida como La Celestina), obra del español Fernando de Rojas, son dos obras que tratan el tema del amor pasional.

Épica. El tema épico, es decir, el relato de las hazañas guerreras de grandes héroes, es una constante en los primeros estadios de las literaturas nacionales. Los héroes representan las cualidades que se quieren atribuir a la recién nacida nación: son valientes, inteligentes, fuertes e ingeniosos. Es el caso de los protagonistas de La Ilíada y La Odisea, de Homero; el Cantar del Mío Cid, de autor español anónimo; La Araucana, de Alonso de Ercilla, o Martín Fierro, de José Hernández.

El tema moral. Las obras que tratan temas morales suelen hacer una reflexión sobre conceptos como el bien y el mal, la justicia o la guerra. En muchas de ellas hay una intención didáctica, de forma que se pueden extraer de ellas claras conclusiones. El ejemplo más obvio son las fábulas clásicas, como las del escritor griego Esopo.

La glorificación de las figuras épicas y la reflexión sobre el paso del tiempo y la muerte son dos temas recurrentes en la historia de la literatura. En las imágenes, relieve del rapto de Helena por Paris, peripecia narrada en el poema épico de Homero La Ilíada, y Fausto y Margarita en la prisión, obra del pintor romántico español Víctor Hernández Amores que ilustra un episodio del inmortal personaje creado por Goethe.

La glorificación de las figuras épicas y la reflexión sobre el paso del tiempo y la muerte son dos temas recurrentes en la historia de la literatura. En las imágenes, relieve del rapto de Helena por Paris, peripecia narrada en el poema épico de Homero La Ilíada, y Fausto y Margarita en la prisión, obra del pintor romántico español Víctor Hernández Amores que ilustra un episodio del inmortal personaje creado por Goethe.

Religión, el paso del tiempo y la muerte. También forman parte de las principales preocupaciones del ser humano. Obras como Fausto, de Johann Wolfgang Goethe; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, o las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, tratan estos temas universales.

La sociedad. Se suele tratar desde dos puntos de vista: el que defiende que el ser humano es fundamentalmente malo y el que propugna su bondad natural. De estas dos ideas se derivan dos visiones de la sociedad: la que presenta modelos positivos, como Cándido, del escritor francés Voltaire, y las que retratan modelos negativos. Suelen ser más comunes las últimas, y algunos de los ejemplos más representativos son la España en crisis del siglo xvii reflejada en la novela picaresca, como El Buscón, de Quevedo, y la Inglaterra del siglo xix de las obras de Charles Dickens.

En ocasiones se describen sociedades imaginarias, en las que se proyectan o se resuelven problemas reales. Los ejemplos más clásicos de sociedades ideales son La República, de Platón, y Utopía, de Tomás Moro. Hay en cambio otras en las que se proyectan los problemas del presente y que suelen estar ambientadas en el futuro, como 1984, de George Orwell, o Un mundo feliz, de Aldous Huxley.

El paraíso perdido. Éste es el nombre que suele darse en literatura al tema de la pérdida de la inocencia de la infancia, que enlaza con el dicho «cualquier tiempo pasado fue mejor». Tema muy sugerente, en numerosas ocasiones se introduce el punto de vista narrativo de un niño y su inocencia y frescura, que, unidas a la nostalgia, hacen que se establezca una comparación entre pasado y presente que puede resultar verdaderamente rica.

La literatura. La literatura en sí misma puede ser también un tema literario. En este aspecto son textos significativos la novela Rayuela, de Julio Cortázar, que trata, entre otros muchos temas, de la propia función de la literatura, o el relato Pierre Menard, autor del Quijote, del también argentino Jorge Luis Borges, en el que su protagonista, el escritor francés Pierre Menard, quiere escribir un Quijote exactamente igual al de Cervantes pero que al mismo tiempo sea diferente, argumento que le sirve al autor para hacer una reflexión acerca del hecho literario.

También hay obras, sobre todo líricas, que no tienen tema, aunque se podría considerar que su temática es la literatura en sí misma. El objetivo del autor es «el arte por el arte», es decir, la creación de un objeto artístico bello en sí mismo, sin ninguna otra finalidad. El movimiento modernista, datado entre las últimas décadas del siglo xix y las primeras del xx, ha proporcionado los mejores ejemplos de este tipo de literatura; es el caso de la poesía del nicaragüense Rubén Darío.

Dentro de los temas literarios se podría incluir un subtipo de temas, los tópicos literarios, llamados también «lugares comunes». Son temas prefijados desde la antigüedad grecolatina y utilizados como recurso por los escritores. Se han tratado con frecuencia en la literatura clásica y se han seguido usando hasta nuestros días.

En muchas ocasiones, los tópicos literarios determinan de manera definitiva la estructura de una obra. Los más frecuentes son carpe diem, tempus fugit, ubi sunt? y locus amoenus, todos ellos expresiones latinas. Carpe diem (aprovecha el momento) es una invitación a disfrutar del momento actual, sin preocuparse de lo que pueda suceder en el futuro. Muy similar es tempus fugit (el tiempo huye), también una exaltación del presente unida a un lamento por la fugacidad de la vida. Ubi sunt? (¿dónde están?) es quizá el tópico que conforma de forma más clara la estructura del texto donde aparece, ya que consiste en una serie de interrogaciones retóricas sobre cosas y personas que ya no existen porque han muerto o desaparecido: es una evocación del pasado que ya no volverá. Locus amoenus (lugar agradable) es la descripción de un lugar idílico, idealizado, en el que, habitualmente, tienen lugar encuentros románticos entre dos amantes. Suele repetir ciertos elementos: un prado, un lugar a la sombra, un arroyo cristalino, el canto de los pájaros, etc.

El locus amoenus, o lugar agradable, es un paraje idealizado, muy habitual en la novela pastoril. Así se muestra en numerosas miniaturas medievales.

Es importante señalar que la mayoría de las obras literarias no se ciñen a un único tema, sino que suelen tratar varios. Los temas pueden tratarse a un mismo nivel de importancia o puede primar alguno sobre los demás. Lo más frecuente es que una obra literaria, como reflejo del mundo real en el que todo está entrelazado, aborde una diversidad temática.

En ocasiones, el tema es muy obvio. Es lo que sucede en ciertas obras clásicas, como las grandes tragedias de Shakespeare: en Hamlet, la venganza; en Macbeth, la codicia; en Romeo y Julieta, el amor imposible. Sin embargo, hay obras cuyo tema no es en ningún modo obvio, especialmente en las obras llamadas «experimentales» que empezaron a escribirse a partir de las primeras décadas del siglo xx.

Argumento

Se podría definir el argumento como el tratamiento que el autor hace del tema. No se debe confundir el tema de una obra con su argumento. Mientras que el tema es el asunto general de la obra, la idea global, el argumento es el desarrollo de dicha idea, algo así como un breve resumen de la obra.

Al igual que sucede con los temas, también hay argumentos recurrentes en la historia de la literatura universal. Un ejemplo de ello es el cuento de la lechera. Tal como hoy se conoce, procede de una fábula de Félix María Samaniego, pero tiene su origen en una obra clásica de la literatura india antigua, el Panchatantra, escrita alrededor del año 200 a.C. En esta obra había un cuento que contaba la historia de un brahmán pobre que soñaba con los beneficios que le proporcionaría la venta de una olla de arroz que finalmente acaba rompiéndose. La historia pasó a Occidente gracias a una colección árabe de cuentos titulada Calila y Dimna, con la variante de que, en vez de ser un brahmán el protagonista, es un religioso que sueña con vender una jarra de miel y manteca. En la Castilla del siglo xiv, el infante don Juan Manuel introdujo este argumento en su Libro de los ejemplos del conde Lucanor, donde la protagonista es una joven que lleva al mercado un cántaro con miel. Finalmente, Félix María de Samaniego, en el siglo xviii, retomó el argumento y lo convirtió en la historia de una lechera que sueña con las riquezas que logrará mientras lleva su mercancía al mercado.

La historia de amor entre dos jóvenes de familias enfrentadas es también un argumento recurrente en la historia de la literatura. Aparece así en La Celestina, en Romeo y Julieta, e incluso en West Side Story, ópera del compositor del siglo xx Leonard Bernstein.

Estilo literario

El estilo literario es la manera personal en que cada autor se expresa individualmente, aun dentro de las convenciones de una escuela literaria o de una época concreta. Más allá del tema y el argumento, el estilo es el elemento que conforma el carácter particular de cada obra literaria, lo que la diferencia de todas las demás. El modo en el que se usan los recursos literarios constituye una parte importante del estilo.

División clásica del estilo. En la literatura clásica europea, es decir, en la antigua Grecia y en Roma, el estilo se dividía en tres clases: sencillo, medio y sublime. Esta división se correspondía con la visión clásica del mundo, en la que todo tenía su lugar y debía estar ordenado, hasta la forma de tratar temas diferentes.

El estilo sencillo era el más natural y se utilizaba para tratar asuntos humildes, normalmente temas relacionados con criados y campesinos. El estilo medio era más elegante y servía para tratar temas algo más elevados, como podían ser las descripciones de paisajes o de personajes que no tuvieran ocupaciones consideradas serviles. Por último, el estilo sublime se utilizaba para tratar temas nobles y muy elevados, relacionados sobre todo con dioses y héroes. Era solemne y lleno de adornos.

Según los clásicos, el estilo sencillo era el apropiado para hablar sobre los episodios de la vida de la gente humilde, por lo que se convirtió en el estilo habitual de la comedia. En la imagen, mosaico romano con escena cómica.

Estos tres estilos podían aparecer en una misma obra; de hecho, era muy propio del teatro clásico griego y latino que los personajes utilizasen lenguajes diferentes según fueran criados, caballeros o dioses.

Otros tipos de estilo. El carácter del escritor, e incluso su estado de ánimo, también puede determinar el lenguaje utilizado en su obra; por tanto, se podría decir que hay tantos estilos como autores y estados de ánimo. De esta manera, el estilo puede ser entusiasta, ecuánime, frío, eufórico, sereno, triste, etc.

Según la visión del mundo del autor, el estilo puede ser realista, idealista o expresionista. El estilo es realista cuando el escritor intenta reproducir una realidad lo más fiel posible a la verdad. El estilo realista requiere un análisis minucioso de todos los elementos que aparecen en la obra, con el fin de reproducirlos de la forma más exacta posible. En el estilo idealista el autor modifica la realidad y destaca solamente los rasgos que le parecen más bellos o buenos. Cuando, al contrario, utiliza la deformación de la realidad, se dice que su estilo es expresionista.

El estilo también puede clasificarse según el tipo de lenguaje utilizado por el autor. Según esa división, el estilo puede ser, por ejemplo, sencillo, artificioso, natural, ampuloso, solemne, burlesco, retórico o familiar.

La escuela literaria a la que pertenezca el autor puede asimismo determinar el estilo de sus obras. La razón es que los autores de una misma escuela literaria viven idénticas circunstancias históricas, pertenecen a un mismo ambiente y tienen gustos e inquietudes similares, todo lo cual, lógicamente, redunda en que su estilo sea parecido.

Un mismo autor puede escribir haciendo uso de distintos estilos. En función de su habilidad como artista, podrá tener más capacidad para variar de estilo según el tema que quiera tratar. Por ejemplo, el poeta barroco Luis de Góngora escribió sencillos romances pero también complejísimos poemas muy elaborados, que dieron origen al llamado «culteranismo».

Dos estilos muy distintos de poemas románticos de mediados del siglo xix son el de José de Espronceda («Canción del pirata»), cuyo entusiasmo y fuerza épica transmite energía y valor, y el de Gustavo Adolfo Bécquer («Rima lxvii»), meditativo y triste, que evoca en el lector una sensación de intensa melancolía. (Consulta el material complementario sobre este tema).

Forma de la obra literaria

Para elaborar su texto, el autor modela los componentes formales de la lengua con el fin de transmitir de la mejor manera posible el contenido de su mensaje. Estos rasgos formales pueden estudiarse en cuatro apartados distintos, según el nivel de la lengua al que afectan o si conciernen a la estructura general de la obra.

Nivel fónico

El uso del plano fónico en la estructura formal de una obra es más obvio en la poesía. La lírica emplea diversos elementos fónicos, como la rima, las estrofas y la métrica. Los diferentes tipos de versos suelen estar determinados por el tema del poema y, a su vez, afectan a la disposición del contenido.

Un caso paradigmático de composición poética donde la estructura formal ha de imbricarse simétricamente con la idea que se desarrolla es el soneto. Un soneto consta de catorce versos endecasílabos, distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos. Cada cuarteto y cada terceto constituyen una unidad formal independiente, pero es el conjunto lo que configura el significado global del poema (consulta el material complementario).

Aunque ya se comentaron en el capítulo anterior las figuras literarias más comunes, se van a analizar aquí las tres más habituales del nivel fónico de la lengua, empleadas tanto en la poesía como en la prosa: son la aliteración, la onomatopeya y la paronomasia. La primera de estas figuras, la aliteración, consiste en la repetición de varios sonidos similares con el fin de lograr un efecto sonoro, como el siguiente verso de Rubén Darío: «con el ala aleve del leve abanico». La segunda, la onomatopeya, es la imitación de sonidos reales, en ocasiones cercana a la aliteración, como el sonido de la s en: «En el silencio sólo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba». (Garcilaso de la Vega). Por último, la paronomasia es un recurso que consiste en aprovechar la semejanza fonética de palabras o grupos de palabras de significado distinto con una intención burlesca (p.ej., hubo unanimidad en una nimiedad).

Nivel morfosintáctico

El nivel morfosintático hace referencia a las palabras como categorías gramaticales (sustantivo, verbo, adjetivo) y su uso en la estructura sintáctica de la oración.

Estilo nominal/estilo verbal. El uso de las categorías gramaticales determina estos dos tipos de estilo. El estilo nominal se produce cuando predominan en un texto los elementos propios del sintagma nominal, es decir, sustantivos y adjetivos. Si el sustantivo es el elemento que más abunda, el texto resulta estático y las oraciones se hacen muy largas, lo que origina que el ritmo del texto sea lento. El mismo efecto de lentitud se consigue en un texto con predominio del adjetivo, aunque los párrafos, de naturaleza descriptiva, se ven notablemente embellecidos.

Se puede hablar de estilo verbal cuando en un texto hay mayor abundancia de elementos constituyentes del sintagma verbal (verbos y adverbios). En estos casos, el texto resultante es narrativo y muy dinámico.

Tipo de oración. Las oraciones simples son el reflejo de un texto sencillo y claro, mientras que el uso de las oraciones subordinadas suele encontrarse en textos muy elaborados y complejos.

Figuras literarias morfosintácticas. Son numerosas. Una de las más utilizadas es el hipérbaton, que altera el orden lógico de la oración para destacar alguno de sus elementos, normalmente el que aparece en primer lugar:

  • Del monte en la ladera,

  • por mi mano plantado tengo un huerto.

(Fray Luis de León, «Oda I: Vida retirada».)

Otra figura es el paralelismo, que consiste en la repetición de una misma estructura sintáctica en dos o más versos, sintagmas, oraciones, etc.:

  • Hora de ocaso y de discreto beso;

  • hora crepuscular y de retiro;

  • hora de madrigal y de embeleso...

(Rubén Darío, Cantos de vida y de esperanza: «Regreso a Dariana».)

El pleonasmo es una redundancia que consiste en la adición de términos no necesarios para reforzar el contenido de una forma más expresiva: lo vi con mis propios ojos. La elipsis, en cambio, es la supresión de algún elemento de la frase, no necesario para su comprensión, con el fin de aligerar su contenido. El más habitual es la elipsis del verbo ser: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Al igual que ocurre en la elipsis, el objetivo del asíndeton es dar más ligereza al texto. Consiste en la omisión de las conjunciones:

  • Acude, corre, vuela,

  • traspasa la alta sierra, ocupa el llano…

(Fray Luis de León, «Profecía del Tajo».)

El epíteto, aunque no es específicamente una figura literaria, es un recurso expresivo perteneciente a este nivel. Consiste en el uso especial de un adjetivo que, aunque no aporta ninguna información nueva sobre el sustantivo al que acompaña, destaca alguna de sus cualidades. Su objetivo es matizar con exactitud y de forma muy subjetiva lo que el autor quiere expresar. Suele aparecer antes del nombre, como en los versos siguientes:

  • Por ti la verde hierba, el fresco viento,

  • el blanco lirio y colorada rosa

  • y dulce primavera deseaba.

(Garcilaso de la Vega, «Égloga I».)

Nivel semántico

La frecuencia en la obra literaria de determinado tipo de palabras, caracterizadas no por su categoría gramatical sino por su significado, determina el tipo de texto y el mensaje que con él quiere expresar el autor. Es el caso de los arcaísmos (vocablos en desuso), neologismos (expresiones nuevas en la lengua), cultismos (palabras eruditas) y vulgarismos (formas lingüísticas que carecen de prestigio social).

Figuras literarias propias de la semántica. Además de los tropos (metáforas y metonimias, ya analizadas en el capítulo anterior), las figuras literarias más habituales dentro del nivel semántico son las siguientes:

  • la paradoja, expresión que encierra una contradicción aparente, como el verso de santa Teresa de Jesús: «Vivo sin vivir en mí»;

  • el juego de palabras, que consiste en utilizar diversos recursos (alteración del orden de las palabras, de las sílabas) con el objeto de crear una confusión semántica y así lograr un doble sentido con el que llamar la atención del lector , como cuando Quevedo llamó coja a la reina de España sin que ella se enterase diciéndole: «Entre el clavel y la rosa, su majestad escoja».

  • la ironía, por la que se da a entender lo contrario de lo que se está diciendo: «¿Dónde has aprendido a hablar así a los niños? Continúa así y te llamarán de usted...». (Juan García Hortelano, Tormenta de verano);

  • la hipérbole, una exageración desmesurada, como en el siguiente texto de El otoño del patriarca, novela del colombiano Gabriel García Márquez: «El humor corrosivo de tus manos feroces de novicia que cortaban la leche y oxidaban el oro y marchitaban las flores…»;

  • la personificación o prosopopeya, figura consistente en atribuir cualidades humanas a seres no humanos o cualidades animadas a objetos inanimados: «Algo miró después de sí la Muerte...». (Gabriel Bocángel, «Soneto»);

  • la sinestesia, recurso que consiste en atribuir a un objeto cualidades que no puede tener por su propia naturaleza: «Y tenía un olor ácido, como a yodo y a limones». (Rafael Sánchez Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhuí).

Estructura general del texto

La estructura de un texto literario es la organización que el autor le da en partes relacionadas entre sí en función del contenido que desea expresar. Por tanto, a la hora de estudiar la estructura de una obra literaria no hay que contemplar la mera división del texto en partes, sino también la relación que existe entre ellas. Dichas partes suelen corresponderse con unidades de contenido. En un texto literario se pueden distinguir dos niveles de estructura:

  • Estructura externa o patente. Es la más obvia, la organización formal del contenido de una obra literaria: en capítulos, estrofas, partes, episodios, etc.

  • Estructura interna o latente. Este tipo de estructura exige un estudio más minucioso, ya que se trata de la organización del contenido de la obra, manipulado por el autor para atraer al lector. La estructura interna es la forma que tiene el autor de proporcionar información sobre los personajes, las situaciones, los motivos y las acciones de la obra, o para ocultar parte de esa información hasta el momento que considere oportuno.

El tipo de estructura más sencillo, descrito ya en la antigüedad por Aristóteles, se compone de presentación de la situación, desarrollo, crisis o clímax y desenlace o resolución del conflicto. No todas las obras literarias siguen este esquema, pero es el más habitual en la historia de la literatura y constituye una base sobre la que se pueden construir infinitas variaciones.

A partir de esta estructura aristotélica, los dramaturgos europeos de la época neoclásica, en el siglo xviii, extrajeron la llamada «regla de las tres unidades»: unidad de acción, unidad de lugar y unidad de tiempo. Según esta preceptiva, la acción de una obra dramática debía tener una única línea argumental (se consideraba que, como mucho, podría tener una subtrama), debía desarrollarse en un único lugar y no había de narrar acontecimientos ocurridos en más de una jornada (de hecho, lo óptimo era que se mantuviera dentro de los límites de la duración de la propia representación). La mayoría de las obras de teatro escritas en esta época respetan la regla de las tres unidades.

La extensa novela La Regenta, de Leopoldo Alas, Clarín, una de cuyas primeras ediciones se muestra en la imagen, está considerada como uno de los textos clásicos de la literatura decimonónica.

La novela realista de finales del siglo xix tenía también una estructura bastante rígida. Estas obras solían narrar el desarrollo espiritual de sus protagonistas, por lo que resultaban más descriptivas que narrativas. A pesar de no ser muy dinámicas, su estructura general solía seguir las unidades neoclásicas de acción y, en ocasiones, de lugar. Algunos destacados ejemplos son Madame Bovary, del escritor francés Gustave Flaubert; Guerra y paz, del ruso Liev Tolstói, y La Regenta, del español Leopoldo Alas Clarín.

A comienzos del siglo xx se empezaron a desarrollar nuevas estructuras y formas de presentar la información literaria. En este sentido, una de las novelas más innovadoras fue el Ulises del irlandés James Joyce, escrita en 1922. A pesar de contar sólo la historia de un día y una noche en la ciudad de Dublín, la estructura de la obra es enormemente compleja y muy elaborada.

En sucesivas décadas del siglo xx, numerosos autores continuaron esa misma línea experimental y desde entonces se han explorado todo tipo de alteraciones de la estructura clásica, lo que exige un esfuerzo de lectura mayor. Una obra paradigmática del vanguardismo es Rayuela, del escritor argentino Julio Cortázar. Sus 155 capítulos pueden leerse de dos formas: los 56 primeros, en orden lineal (tal como están publicados), y omitirse los restantes, «prescindibles» según el propio autor, o enlazarse con los anteriores, según se indica al final de cada capítulo. Esta opción aparece reseñada en el «Tablero de Dirección» que encabeza la obra:

  • TABLERO DE DIRECCIÓN

  •   A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El lector queda invitado a elegir una de las dos posibilidades siguientes:

  •   El primer libro se deja leer en la forma corriente, y termina en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin. Por consiguiente, el lector prescindirá sin remordimientos de lo que sigue.

  •   El segundo libro se deja leer empezando por el capítulo 73 y siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo.

(Julio Cortázar, Rayuela.)

Algunos de los tipos de estructura más usuales son la cerrada, la abierta, la lineal, la convergente y la concéntrica.

Al igual que el resto de las artes, la literatura del siglo XX se caracterizó por su enorme complejidad estructural en relación con las obras del pasado. En la imagen, el escritor brasileño Rubem Fonseca, una de las máximas figuras de la narrativa contemporánea.

En la estructura cerrada, el desenlace de la obra es definitivo, y la situación que se presentaba en el planteamiento queda resuelta; en la estructura abierta, por el contrario, el desenlace no es definitivo, de tal manera que la situación presentada al inicio puede tener varias soluciones, que quedan en muchas ocasiones a la imaginación del lector.

La estructura lineal –la más usual y la más sencilla– hace avanzar cronológicamente y de forma continua los elementos de la historia. En cambio, en la estructura convergente los distintos elementos presentados en la obra de forma separada convergen en un mismo final, procedimiento llamado anudamiento o coda. Por último, en la estructura concéntrica los elementos se presentan en torno a un núcleo central, que aparece en último lugar.

Los flashbacks y los cambios temporales y de narrador son recursos utilizados en algunas de estas estructuras, sobre todo en las más complicadas, la convergente y la concéntrica. Las estructuras cerrada y lineal son propias de textos clásicos, mientras que las estructuras abierta, convergente y concéntrica suelen aparecer en obras más modernas, muchas veces calificadas de «experimentales». En ellas el autor exige cierta actitud por parte del lector; ya no se espera que éste sea un mero espectador de la obra que se le está narrando, sino que debe añadir su imaginación y su capacidad de discernimiento a la experiencia misma de la lectura.

Análisis de textos

Horacio: –Odas I, 11, 7-8

…dum loquimur, fugerit invida

aetas: carpe diem, quam minimum

[credula postero.

(…mientras hablamos, huye el envidioso tiempo: aprovecha el día, y no confíes lo más mínimo en el mañana.)

Texto 1: Versos del poeta latino del siglo I a.C. Horacio, en los que aparece por primera vez la expresión carpe diem, tópico literario que invita a aprovechar el momento presente, dada la fugacidad de la vida.

Gustavo Adolfo Bécquer: –Rima lxvii

¿De dónde vengo?... El más

[horrible y áspero

de los senderos busca;

las huellas de unos pies ensangrentados

sobre la roca dura,

los despojos de una alma hecha jirones

en las zarzas agudas

te dirán el camino

que conduce a mi cuna.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste

de los páramos cruza,

valles de eternas nieves y de eternas

melancólicas brumas.

En donde esté una piedra solitaria

sin inscripción alguna,

donde habite el olvido,

allí estará mi tumba.

Texto 2: Gustavo Adolfo Bécquer y José de Espronceda, dos estilos muy diferentes del romanticismo.

José de Espronceda: –Canción del pirata

Con diez cañones por banda,

viento en popa, a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín.

Bajel pirata que llaman,

por su bravura, el Temido,

en todo mar conocido

del uno al otro confín.

La luna en el mar riela,

en la lona gime el viento,

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;

y va el capitán pirata,

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Estambul:

«Navega, velero mío,

sin temor,

que ni enemigo navío

ni tormenta, ni bonanza

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor.»

Texto 2: Gustavo Adolfo Bécquer y José de Espronceda, dos estilos muy diferentes del romanticismo.

Sor Juana Inés de la Cruz: –A su retrato

Este que ves, engaño colorido,

que, del arte ostentando los primores,

con falsos silogismos de colores

es cauteloso engaño del sentido;

éste, en quien la lisonja ha pretendido

excusar de los años los horrores,

y venciendo del tiempo los rigores

triunfar de la vejez y del olvido,

es un vano artificio del cuidado,

es una flor al viento delicada,

es un resguardo inútil para el hado:

es una necia diligencia errada,

es un afán caduco y, bien mirado,

es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Texto 3: Excelente poetisa, sor Juana Inés de la Cruz es una de las figuras cumbre del barroco americano. Algunos de sus sonetos son obras maestras del género.

Ha muerto el rey de Dinamarca y su espíritu se le aparece a Hamlet, su hijo. El espectro le revela que ha sido envenenado por Claudio, tío de Hamlet, y le exige venganza. Claudio se ha casado con Gertrudis, madre de Hamlet y viuda del rey. Hamlet está paralizado por las dudas y no se decide a llevar a cabo la venganza, de tal forma que incluso su amor por la joven Ofelia se ve resentido por su tortura interior. Accidentalmente Hamlet mata a Polonio, padre de Ofelia, y se embarca hacia Inglaterra por orden de su tío, que sospecha que conoce la verdad y ha fraguado un plan para matarle durante la travesía. El plan de Claudio fracasa y Hamlet regresa a Dinamarca. Durante la ausencia de Hamlet, debido a la muerte de su padre y al rechazo de su amado, Ofelia ha perdido la razón y se ha suicidado. Laertes, hermano de Ofelia, reta a duelo a Hamlet inducido por Claudio, que le da una espada con veneno en la punta. En el combate Hamlet y Laertes intercambian las espadas, hiriéndose mutuamente de gravedad. La reina bebe entonces de una copa de vino que Claudio había preparado para Hamlet y muere. Antes de que Claudio pueda huir Hamlet logra herirle de muerte con la espada y lo obliga también a beber del vino envenenado. Claudio muere al instante. Una vez vengada la muerte de su padre, Hamlet bebe del mismo vino y muere.

Cuadro 1. Trama argumental de Hamlet, tragedia de William Shakespeare.

Se cuenta que el poeta español Francisco de Quevedo (1580-1645) hizo la apuesta de que sería capaz de decirle a la reina de España que era coja sin que ella se ofendiese. Para lograrlo, tomó un clavel y una rosa del jardín en el que la reina estaba paseando y salió a su encuentro diciéndole:

Entre el clavel y la rosa,

su majestad escoja.

Cuadro 2. El equívoco fonético-semántico «escoja» / «es coja» que se le atribuye es uno de los juegos de palabras más famosos de la literatura burlesca española.