El nacimiento de la filosofía

La situación en la que se encuentra el mundo en la actualidad se debe a un gran número de factores económicos, sociales y culturales. Resulta cuanto menos asombroso observar cómo lo que empezó siendo una existencia ligada a la lucha por la subsistencia, carente de formas complejas de sentido, se terminó convirtiendo en una forma de vida rica, llena de matices. La historia del hombre es un largo y complejo proceso que lo ha conducido desde las cavernas, desde los sistemas de subsistencia a un planeta dividido en naciones, sustentado por ideas, medios de comunicación, ciencias, cohetes, coches y distintas formas de vida.

En todo este proceso evolutivo, tanto los factores materiales como la economía han jugado sin duda un papel decisivo; sin embargo, sería injusto no tener en cuenta el importante rol que también han desempeñado los factores intelectuales. La filosofía (etimológicamente, «amor por la sabiduría»), entendida no sólo como pensamiento abstracto sino como génesis de todos los procesos intelectuales, no ha supuesto el desarrollo de un pensamiento individual o egoísta, sino que ha significado la creación de una serie de valores, de un conjunto de formas de entender la realidad que ha terminado generando el mundo moderno. En este sentido, la actividad filosófica ha dado origen a la forma que tiene el hombre de manejar el planeta, de relacionarse con otros seres humanos o con lo trascendente, con lo divino.

Aunque muchas veces desdeñada por su abstracción y aparente desvinculación con lo real, la filosofía trata en realidad sobre la vida misma y, tal y como la entendemos hoy día, está fuertemente relacionada con la historia de las sociedades occidentales. De hecho, el pensamiento filosófico nació en un momento y en unos lugares concretos, siempre asociada al ámbito de las civilizaciones. Su aparición coincidió con un hito de la existencia humana, ya que fue aparejada al inicio de una nueva era en la que se pasó de la mera supervivencia de las bandas de cazadores y recolectores paleolíticos al desarrollo de las formas culturales y económicas complejas que caracterizan al mundo urbano. En este sentido, la filosofía nació como el corolario de la evolución del ser humano como ser social.

La necesidad de la filosofía

La filosofía, el examen crítico de las bases que dan pie a creencias fundamentales del ser humano así como de aquellos conceptos que sirven para expresarlos, no ha existido siempre; ni siquiera aparece en todas las épocas, lugares o sociedades. Aunque faltan datos que corroboren una afirmación tan contundente, sí parece necesario que se dé un conjunto de circunstancias muy determinadas para que el arte del pensamiento alcance cierto desarrollo. La filosofía, tal y como se define hoy día, es propia de grandes civilizaciones como las que se han desarrollado en China, India, el mundo árabe o el occidental. Es en estos territorios donde se pueden encontrar frecuentes y ricas expresiones filosóficas, mientras que en otras zonas del planeta como África, más deprimidas económica y socialmente, no se puede hablar de un fenómeno filosófico comparable.

Evolución del ser humano y el pensamiento. A medida que el hombre consiguió hacer su existencia más acomodada, el pensamiento fue alcanzando un mayor desarrollo. Sólo cuando las necesidades básicas son satisfechas es posible hablar de filosofía.

De la misma manera, no parece que durante la prehistoria, a pesar de que se diese un pensamiento mágico o una expresión artística, fuera posible la creación de un pensamiento filosófico. Esto se debe a que la filosofía, salvo en contadas ocasiones, nace únicamente cuando las primeras necesidades materiales se han visto satisfechas. El hombre se relaciona en primer lugar con la realidad desde un punto de vista pragmático, útil; cuando las formas de producción se reducen a una simple economía de subsistencia, no se tiene tiempo para pensar en el sentido de las cosas, sino únicamente en su valor en la carrera de la supervivencia.

Sólo cuando las necesidades más básicas se han visto satisfechas, sólo cuando se tiene asegurado el sustento, el ser humano comienza a filosofar, empieza a pensar en aquello que no necesita de manera inmediata para existir. Esto se puede advertir claramente en el origen geográfico e histórico del pensamiento: la filosofía nació de manera prácticamente simultánea en Grecia, China y la India en la segunda mitad del primer milenio antes de nuestra era, precisamente en aquellas sociedades que habían alcanzado un desarrollo cultural y económico más brillante. Egipto y Mesopotamia, cunas de otras civilizaciones antiguas, también conocieron el fenómeno filosófico aunque éste apareció de una manera mucho más atenuada, mezclada con otras expresiones culturales como la religión. Así pues, para que la filosofía tuviese lugar fue necesario ante todo un sistema productivo desarrollado, además de cierto esplendor cultural y político que permitiese la creación de una forma de vida que no estuviese sujeta a la continua lucha por la supervivencia.

El nacimiento del pensamiento abstracto

De la misma manera, el nacimiento del pensamiento abstracto requirió de una situación vital determinada. Los estudios arqueológicos han puesto de manifiesto que hasta que el hombre no empezó a basar su existencia en la economía agrícola y pasó a tener una forma de vida sedentaria, no se emplearon los elementos expresivos abstractos en, por ejemplo, las manifestaciones artísticas. Esto es de una gran importancia para la filosofía, ya que el pensamiento abstracto, que dio lugar a la escritura y a los símbolos, permitió hablar de lo ausente, de lo que no se encuentra delante del ser humano, propiciando así una relación más compleja y efectiva con el mundo. El pensamiento abstracto permitió hablar no sólo de la cueva en la que se vivía o del animal que se pretendía cazar en un momento concreto, sino también de otras cuevas que no se conocían aún o de otros animales que se podían cazar pero que no se hallaban presentes.

Con el nacimiento de los signos, el hombre proyectó su vida en el futuro y en el espacio; pasó de limitar su perspectiva a lo inmediato para acaparar cada vez más tiempo y más espacios. El mundo se volvió más grande pero también más manejable, más previsible; ello propició que el ser humano pudiese dedicar su tiempo a actividades no relacionadas con la idea de la subsistencia, sino a otras de carácter más artístico como la literatura, el arte y la filosofía.

La incertidumbre

Ahora bien, una vez alcanzadas las circunstancias materiales propicias para el nacimiento de la filosofía, se puede observar cómo ésta no es cultivada por todos los hombres. No sólo se requiere de un estado económico, político y cultural para que el pensamiento complejo se desarrolle –de lo contrario, casi todos los occidentales se dedicarían al pensamiento especulativo– sino que también se necesitan unos factores intelectuales, emocionales incluso.

Para que la filosofía tenga origen es necesario que al hombre le acompañe una sensación de pérdida, de desorientación, de incertidumbre. La función de la filosofía es la de otorgar sentido a la realidad; por lo tanto, ésta sólo será desarrollada por aquellas personas que sean especialmente sensibles a la ausencia de sentido, a la desorientación. Además, a esta ausencia de sentido tendría que sumarse la fe en la existencia de una respuesta a las grandes preguntas de la vida. Si no se creyese en la capacidad de la razón para hacer frente al sinsentido y al caos, no existiría la filosofía, no tendría sentido luchar por alcanzar esas respuestas.

Durante el Neolítico apareció un arte basado en figuras geométricas, como el que adorna la cerámica chipriota de la fotografía, y que demuestra la existencia de un pensamiento abstracto. Éste es una herramienta fundamental de la filosofía hasta tal punto que se puede afirmar que, sin él, la actividad filosófica no tendría lugar.

En definitiva, el pensamiento filosófico nació en unas circunstancias materiales concretas y a partir de unas sensaciones, emociones e ideas determinadas, que se basan finalmente en la fe en la existencia de una respuesta racional y en el poder de la razón como facultad humana.

La explicación de la realidad a través de dioses supone una solución mítica a las grandes cuestiones de la existencia. Zeus, representado en la imagen por Dominique Ingres, era para los griegos el responsable de sus destinos, a pesar de que tuviese un comportamiento irracional y caprichoso.

Del mito al logos

El pensamiento abstracto ya había intentado dar con una explicación de la existencia mucho antes de que naciese la filosofía, tal y como lo demuestra la existencia de los antiguos mitos. De forma simple se puede decir que los mitos eran narraciones ficticias en las que se trataba de explicar el mundo empleando imágenes arquetípicas. Estas narraciones eran irracionales, ya que no se basaban en la lógica o en la razón, sino en la poesía, en las imágenes y en las analogías. Las fuerzas de la naturaleza eran simbolizadas por dioses, y distintos héroes, como Ulises, explicaban para muchos la manera en que se había dado origen a una sociedad dada, en este caso la griega, o algunas de las costumbres y tradiciones que las definían.

Sin embargo, con el desarrollo socioeconómico en las islas del Mediterráneo, visible en la aparición de formas complejas como el comercio o la vida urbana, se comenzó a plantear otra forma de explicar la existencia. El mito planteaba una realidad entendida en términos mágicos que si bien satisfacía emocionalmente al ser humano, era incapaz de ofrecer certezas necesarias para la realización de las actividades cotidianas. El marinero encontraba en los caprichos de Zeus la respuesta a su pregunta de por qué llueve, pero no hallaba en ella garantía alguna sobre su seguridad en la mar. Era necesario hacer uso de una nueva forma de narración, una nueva forma de pensar la realidad que no estuviese sujeta a la relatividad y el subjetivismo de los dioses.

Las transformaciones socioeconómicas anteriormente indicadas se plasmaron en el terreno intelectual en el concepto de logos (gr. «palabra», «razón»). Para Aristóteles, éste hacía referencia a aquella persuasión basada en la atracción por los argumentos lógicos que requieren de una persona que obtenga sus propias conclusiones de los argumentos presentados. Es decir, el logos, la razón, se diferenciaba de la solución mítica en que hacía uso de la lógica, se basaba en una serie de principios que explicaban la razón por la que se daban los hechos; la filosofía nacía pues ligada de manera indeleble al principio de razón suficiente. No bastaba con explicar la muerte o el cambio hablando de un dios que no se podía conocer o que actuaba de manera arbitraria; había que dar con la razón precisa, no variable o caprichosa, que hacía que las cosas cambiasen.

Sin embargo, la transición entre uno y otro, entre el mito y el logos, no fue súbita. En el siglo ix a.C., los mitos seguían vigentes como causa explicativa de los fenómenos que rodeaban a los antiguos griegos, si bien los conocimientos míticos que presentaban narraciones como la Ilíada de Homero intentaban ser organizados ya en un conjunto coherente (Hesiodo, Teogonía). A pesar de estos intentos por aplicar una categorización «científica» al mundo divino, el mito seguía siendo utilizado para contestar cualquier pregunta que surgiera y los conceptos abstractos eran personificados en las figuras de los dioses.

El mito cayó ante la necesidad de dar con una explicación realista, científica, del mundo. Con la llegada del logos, se pasó a entender la realidad en términos de causas y efectos, y no en términos de dioses y caprichos.

No sería hasta mediados del primer milenio, de acuerdo con la mayoría de investigadores en la ciudad jónica de Mileto, que aparecería el logos como «herramienta» filosófica y científica. Allí, filósofos como Tales (hacia 624-548 a.C.) y otros presocráticos comenzaron a especular sobre la razón última de todo lo que hay, sobre el sustrato fundamental de la materia que existe en todo el universo. Aunque la elección del agua como el elemento último de la materia hace caer las teorías de Tales de Mileto en el terreno de la «filosofía especulativa», no es menos cierto que, de ser verdad lo que Aristóteles cuenta de él, debe ser acreditado no sólo como uno de los siete sabios de Grecia sino como el mismo padre de la filosofía. Al fin y al cabo, la elección del agua como fundamento del universo y el rechazo de la explicación divina (aunque esta permaneciera hasta la Edad Moderna) no es sino un intento por encontrar respuestas en la propia naturaleza, base del razonamiento científico, del logos.

Tabla 1. La primera filosofía se dedicó al estudio de la naturaleza. Los griegos vivían ligados a lo natural, al cambio, y se preguntaban por el origen de la realidad, por el sentido del movimiento.

De esta manera nació la filosofía en Grecia, como una nueva forma de enfrentarse a la realidad, que se volvía compleja por momentos. Tales de Mileto primero, los grandes presocráticos después, se centraron sobre todo en dos ideas o principios: en primer lugar la existencia de una esencia, de algo que no varía y dice cómo son las cosas, cómo deben ser; en segundo lugar la existencia de un principio unificador, de algo a lo que responde todo lo que hay. En este primer gesto filosófico se da ya lo que es la naturaleza de la filosofía: pasar de lo múltiple a lo unitario, reducir lo complejo a lo simple.

La polis griega y los presocráticos

Grecia se convirtió a mediados del primer milenio antes de nuestra era en el centro cultural y económico del mundo mediterráneo. Su situación privilegiada permitió el desarrollo de una brillante economía basada en el comercio con otros pueblos. De este esplendor cultural surgió la polis, la ciudad entendida como un órgano social vivo sustentado por ideas elementales como las de diálogo, democracia y razón.

La filosofía nació de esta concepción de lo urbano. La polis griega generó una nueva visión racional del mundo, llenándose de pensadores agrupados en distintas escuelas, que recibieron posteriormente el nombre de presocráticos, ya que llevaron a cabo su labor antes de la aparición del primer gran pensador de la historia: Sócrates (hacia 470-399 a.C.).

Los primeros pensadores griegos centraron su atención en un tema fundamental: la naturaleza, en cómo era el mundo y por qué, a qué respondía el hecho de que las cosas cambiasen, qué razón había para que los seres pereciesen. En el seno de esta pregunta aparecía ya el gran tema de la filosofía de todos los tiempos, la pregunta por lo que hay, por el ser. Con los presocráticos apareció la primera ontología o «ciencia del ser».

Heráclito y Parménides representan dos posturas encontradas de entender la realidad y la naturaleza. Se puede decir que ambos inauguraron una serie de conceptos y posturas filosóficas que perduran en la actualidad.

La filosofía de la naturaleza

Los primeros pensadores griegos mostraron desde los orígenes de la filosofía su preocupación por el tema de la naturaleza o physis y el cambio, probablemente como reflejo del interés que las primeras sociedades habían mostrado por el fenómeno natural. Lo que se pretendía a grandes rasgos era explicar el cambio, cómo era posible que hubiese tantos seres naturales y que mutasen; de lo que se trataba era de encontrar una razón que explicase el mundo natural, un principio explicativo o arché que no fuese mítico, sino lógico.

Una vez superado el pensamiento especulativo de Tales de Mileto y su apuesta por el agua como arché, otros pensadores como Anaximandro (siglo VI a.C.), los atomistas o los pitagóricos realizaron otras propuestas más abstractas. Si el primero afirmaba que el apeiron (lo indeterminado) es el origen eterno de todo lo que hay, los atomistas, por su parte, crearon una nueva categoría para explicar la realidad, caracterizada por su naturaleza eterna, por su resistencia al cambio. Se trata de los átomos, que para los integrantes de esta escuela eran los que generaban los choques que daban lugar a las variaciones que se pueden observar en la realidad. Por otro lado, los pitagóricos apuntaron otra vertiente de gran importancia: la de reducir lo real a lo matemático, postura que tendría un notable éxito en grandes pensadores de la talla de Platón (hacia 428-348 a.C.).

Otros filósofos también dedicaron sus esfuerzos al esclarecimiento de este tema. Así, Empédocles (hacia 482-430 a.C.) trató de la existencia de elementos básicos enfrentados en la realidad, que generan el cambio eterno mientras Anaxágoras (hacia 500-428 a.C.) ideó un modelo explicativo según el cual la mente era el principio incorrupto que ordenaba toda la materia; ésta era divisible en una serie infinita de porciones. Sin embargo, fueron Heráclito y Parménides los que dieron al tema una perspectiva mucho más metafísica y trascendental, una postura que terminó por convertirse en el origen de los grandes relatos filosóficos.

Heráclito (535-470 a.C.). Hizo uso de la dialéctica para justificar tanto el cambio como el ser de lo que hay. La realidad no es para él sino una eterna lucha de contrarios, movimiento, cambio, enfrentamiento sin fin. De tal manera que el cambio, la naturaleza tal y como es percibida por el hombre, no tiene nada de contradictorio. Bien al contrario, en la contradicción está precisamente el sentido de lo real; el ser, lo que hay, es algo caótico, por lo que hay que asumir lo múltiple y lo extraño; ésa es la esencia de la verdad.

Parménides (nacido hacia el 515 a.C.). En el otro extremo, Parménides afirmó que el cambio es incongruente, no es lógico ya que la forma en la que se expresa la naturaleza es en realidad algo aparente. En esta postura, en la negación del cambio y lo múltiple, aparece un elemento fundamental en la historia de la filosofía, una idea que marcó definitivamente las corrientes del pensamiento posteriores: el orden lógico, el orden de las matemáticas, está por encima del real o material. Es imposible que algo sea y no sea a la vez; las cosas deben ser siempre idénticas a sí mismas, no pueden cambiar, porque la lógica lo dice así, y la lógica es lo más real que existe.

Heráclito y Parménides inauguraron dos posturas ontológicas, dos posturas referidas al ser, a lo que hay, que han recorrido la historia de la filosofía hasta la actualidad. La radicalidad, la profundidad de sus propuestas fue tal que aún hoy en la contemporaneidad los grandes pensadores tienen que decantarse por una de las dos posturas.

Este último matiz hace que se pueda hablar de la eternidad de los temas filosóficos. Es cierto que la filosofía como disciplina nació en unos lugares y en unos momentos concretos, pero también es cierto que los grandes temas del pensamiento siempre han existido. El hombre siempre se ha preocupado por los mismos temas metafísicos, y la filosofía es en realidad un diálogo continuo y atemporal que recoge cada idea expresada por el hombre a lo largo de los tiempos.

Análisis de textos

Aristóteles: –Metafísica

Pues los hombres comienzan, y comenzaron siempre en su filosofar movidos por la admiración; al principio, admirados ante los fenómenos sorprendentes más comunes; luego, avanzando poco a poco y planteándose problemas mayores, con los cambios de la luna y los relativos al sol y a las estrellas, y la generación del universo. Pero el que plantea un problema o se admira, reconoce su ignorancia... De suerte que si filosofaron para huir de la ignorancia, es claro que buscaban el saber en vista del conocimiento, y no por alguna utilidad. Y así lo atestigua lo ocurrido. Pues esa disciplina comenzó a buscarse cuando ya existían todas las cosas necesarias y las relativas al descanso y al ornato de la vida.

Texto 1. El nacimiento de la filosofía según Aristóteles.

El himno homérico de Deméter

Según este mito, Deméter, hermana de Zeus y diosa de la fertilidad, tuvo una hija con éste, Perséfone. La joven diosa fue educada por su madre en Sicilia hasta que un día, Hades, el dios del reino de los muertos, la vio recogiendo flores y se quedó prendado de ella. Tras raptarla y llevarla con él a su reino, la desesperación se apoderó de Deméter quien desatendió sus obligaciones para con la agricultura y sometió al mundo a una terrible hambruna. Tras meses y meses de vagar en búsqueda de su hija, Deméter por fin conoció la verdad y pidió la intercesión de Zeus para recuperar a Perséfone. A pesar de sus reticencias, Zeus reclamó el regreso de la joven diosa a Hades pero éste, para no perder a su compañera, hizo que Perféfone comiera una granada (nadie que hubiera ingerido alimentos del reino de los muertos podía regresar al de los vivos). Dado que Deméter se negó, ante este hecho, a acabar con la sequía, Zeus tuvo que intervenir nuevamente, llegándose al acuerdo de que Perséfone pasaría seis meses con su madre y otros seis con Hades.

Aunque no todos los mitos buscan explicar un hecho físico, éste está evidentemente relacionado con el paso de las estaciones de tal forma que la estancia de Perséfone en el reino de los muertos es en realidad un símbolo del otoño y el invierno. El «rapto de Perséfone» no es, en cualquier caso, una simple alegoría o narración explicativa ya que, en su tiempo, dio paso al que fue probablemente uno de los más importantes ritos religiosos de la antigüedad: los misterios de Eleusis, santuario a unos veinte kilómetros de Atenas.

Texto 2. El mito de las estaciones entre los griegos.