El hombre, ser espiritual

El ámbito religioso y espiritual ha modificado decisivamente el sentido y el alcance de la existencia humana, poniendo de manifiesto que los objetos y las realidades materiales no son capaces de dar cabida por sí mismos al juego de deseos y necesidades que constituyen la vida. El Universo se muestra en principio como una suma compleja de elementos finitos que nacen y mueren sin descanso, repitiendo una y otra vez los mismos ciclos existenciales; pero el hombre necesita algo más, se resiste a contentarse con los objetos que tienen fin, con las realidades mortales, limitadas, de este mundo, y se dedica a imaginar e idear otras realidades y otros objetos infinitos que no se acaban, que son eternos, que prometen una vida plena.

El concepto del espíritu, de espiritualidad, congrega gran parte de los sueños del ser humano, y aquél no tiene sentido sino es dentro de la asunción de la existencia del alma. La relevancia de ésta es tal que ninguna forma de filosofía ha podido dejar de plantearse su existencia, puesto que se trata en realidad de la promesa de un mundo más justo y eterno en el que al fin se hace justicia; no hay alma o espíritu sin dios. El alma es pues la confirmación de que la raza humana no está sola y de que todo el sufrimiento de la existencia está justificado.

La espiritualidad es en definitiva un fragmento de infinito metido en un cuerpo limitado y mortal, la suma de todos los sueños posibles y la inserción de lo divino en lo humano, que queda impregnado de valores morales fundamentales para la correcta comprensión del hombre.

Tabla 1. A pesar de que el concepto de alma posee una vida longeva, sus caracteres elementales no han variado sustancialmente.

La existencia del alma supone la garantía de que la vida espiritual humana posee sentido, de que ésta es posible. El hombre necesita de esta certeza, puesto que no se contenta con vivir lo que el mundo material le ofrece y apunta a objetos y realidades que escapan a lo físico.

Los movimientos psíquicos, el pensamiento o la imaginación se desarrollan en un plano completamente distinto al de los animales y los objetos inanimados. El pensamiento ni pesa, ni mide, ni parece estar tan limitado. Se trata de un apéndice extraño, singular, y que en consecuencia requiere de un fundamento, de una justificación exclusiva, diametralmente distinta a la que reciben las realidades materiales. Este fundamento, que es el alma, se puede definir como el principio de toda actividad inmaterial o espiritual.

Los caracteres esenciales del alma

Los primeros pensadores helenos entendieron el alma como el principio de cualquier forma de actividad psíquica o espiritual, aunque adecuaron el alcance de esta definición a su forma de concebir el mundo y a los conceptos propios de su pensamiento. Por ejemplo, Anaxímenes (siglo vi a.C.) consideraba que el alma era aire, ya que en su filosofía este elemento era el origen de la vida; mientras, para Heráclito (535-470 a.C.), el alma no era sino fuego, ya que para él éste era la forma que mejor representaba la esencia de la existencia, que era entendida como lucha, como cambio perpetuo.

El alma, sustancia autónoma. En cualquier caso, en estos primeros movimientos filosóficos e intelectuales, el alma es concebida como una sustancia autónoma, lo que quiere decir que posee una existencia propia, independiente de los demás objetos que integran la realidad; y, lo que es aún más importante, un mayor peso existencial que la materia y lo corpóreo.

Esta sustancia se caracteriza además porque no es divisible, porque es pura, y porque no se corrompe, no envejece, y en consecuencia no puede morir. Su existencia responde a unas leyes distintas a las que rigen el comportamiento de los objetos materiales, que desaparecen con el tiempo.

El alma, principio de la actividad y el movimiento. Por otro lado, el alma es el principio de cualquier forma de actividad y constituye aquello que le da movimiento a los objetos materiales. De esta verdad se deriva además el hecho de que lo espiritual debe tener forzosamente un origen previo al de lo material y debe seguir existiendo una vez han dejado de hacerlo las demás cosas que anima. Así, Platón (428-347 a.C.) señaló:

  • «Todo cuerpo que desde fuera sea movido es inanimado; al contrario, todo cuerpo que de dentro se mueva por sí y para sí será animado; que tal es la naturaleza del alma».

De esta afirmación se deriva uno de los rasgos fundamentales del alma: ésta se mueve por sí misma y ninguna fuerza exterior actúa sobre ella, puesto que es ella la que mueve las demás cosas. De esto se sigue además que en el cuerpo se pueden distinguir dos elementos esenciales: de un lado un alma que mueve los miembros, que manda a lo corpóreo cómo debe comportarse; y del otro la materia, que por sí misma carece de movimiento, que se limita a obedecer lo que el alma exige.

El alma, principio eterno del orden y el equilibrio. En este sentido, cabe destacar que muchos pensadores antiguos han entendido la naturaleza y la función del alma como un principio no sólo de actividad, sino también de ordenación, ya que ésta posee además la función de darle equilibrio, orden y sentido al caos que aparece en el mundo terrenal, en el mundo material.

El alma en Aristóteles

A pesar de que los primeros pensadores griegos supieron dar al alma sus caracteres más esenciales, fue sobre todo Aristóteles (384-322 a.C.) el que consiguió enunciar una definición más acertada y definitiva de ella, de tal modo que sus ideas llegaron a convertirse en una especie de paradigma alrededor del cual se generaron todas las teorías posteriores.

El pensador de Estagira heredó de su maestro Platón y de los presocráticos la noción de alma sustancial, la idea de que el alma era el principio del movimiento y que actuaba sobre la materia ordenándola, dándole sentido. Sin embargo, Aristóteles introdujo una importante innovación en el alcance del concepto: el alma no era eterna, no era inmortal, o al menos no se podía afirmar su carácter incorruptible con la misma facilidad con la que lo habían afirmado otros pensadores griegos.

Según el pensador heleno, ésta tenía la función de mover el cuerpo, de dirigirlo hacia su perfección. De esta forma, se podría decir que la materia era un simple instrumento que el alma utilizaba, de la misma manera que la mano hace uso de una herramienta cualquiera. La mano, para Aristóteles, es el alma; la herramienta, el cuerpo. Por tanto, la función o esencia de la primera, es decir, mover, no tiene sentido si no hay nada que pueda ser movido.

En otras palabras, el alma es pura actividad, necesita mover cosas haciendo uso del cuerpo; pero si no hay nada que mover, si no hay materia, si no hay cuerpo, el alma deja de tener sentido. En consecuencia, a pesar de que posea su propia sustancia, a pesar de que sea más importante que el cuerpo, el alma necesita de éste para existir, no se puede afirmar que sea completamente autónoma y por lo tanto eterna.

El legado aristotélico en la Edad Media

Esta forma de entender el alma se impuso a lo largo de toda la Edad Media, en la que los distintos pensadores cristianos trataron de aunar filosofía y religión. Como no podía ser de otra forma, la relación entre el cuerpo y el alma fue de vital importancia, aunque se intentó reforzar la idea de que lo espiritual era completamente independiente de lo material. Por otra parte, y a pesar de que Aristóteles no hubiese hablado tanto de un ser divino como de una inteligencia absoluta, en el marco del pensamiento cristiano se impuso la lógica deducción de que el alma era además participación de Dios.

El alma en Aristóteles es también sustancial, y constituye el origen del sentido y el movimiento de la materia; sin embargo, su inmortalidad es relativa, ya que depende de lo corpóreo.

En cualquier caso, el pensador griego había creado una noción de alma que era universalmente aceptada. Según ésta, lo espiritual era el principio del movimiento, suponía en cierto sentido la presencia de Dios o de una inteligencia suprema en el hombre, y apuntaba, según las interpretaciones cristianas de la escolástica, a una vida inmaterial, eterna, ajena a la materia y a la muerte.

Guillermo de Ockham y el alma

Si la escolástica había encontrado en santo de Tomás de Aquino (1225-1274) al mayor valedor de las teorías aristotélicas en torno al alma, el nominalismo contó con el pensador que acabó con gran parte de la tradición griega y medieval. Guillermo de Ockham, en pleno siglo xiv, rompió con la teoría clásica del alma y anticipó una nueva época. Su planteamiento del tema era de tal radicalidad que propuso el divorcio entre el pensamiento especulativo y el tema de la espiritualidad, convirtiéndolo en un asunto exclusivo de la fe.

La creación de los animales en un retablo de la iglesia de San Pedro, Hamburgo. En el intento por aunar los preceptos aristotélicos y la religión cristiana, diversos autores medievales sustituyeron al primer motor ideado por el filósofo griego por la figura de Dios creador.

Guillermo de Ockham afirmaba que del alma no se poseía un conocimiento lo suficientemente exhaustivo y claro como para hacer de ella un objeto más de la filosofía. Todos los atributos con los que se intentaba acceder a su conocimiento eran en realidad caracteres deducidos de una actividad de la que no se gozaba de una experiencia directa, y de la que en consecuencia, poco o nada se podía saber con certeza.

Es decir, Guillermo de Ockham afirmaba que el ser humano es capaz de observar cómo el cuerpo se mueve, y de ello deduce que éste debe tener tras de sí alguna especie de motor; de este razonamiento se deriva la existencia del alma y sus principales caracteres. De esta manera, el alma o espíritu es entendida como la causa de un fenómeno observable (el movimiento animado), pero la causa misma no se puede percibir, el alma no se puede observar. Así, Ockham llegaba a afirmar que el movimiento que se observa en los objetos animados podría proceder de la propia materia, y no de ninguna otra sustancia autónoma de la que no se tiene experiencia científica.

Con este argumento Guillermo de Ockham estaba introduciendo una importantísima revolución en el seno del pensamiento filosófico y religioso. Dado que no se podía demostrar la relación causa-efecto entre el alma y el movimiento, la existencia de la primera y sus principales características tenían que ser forzosamente objeto exclusivo de la fe y no del pensamiento especulativo. Creer que el movimiento del cuerpo es la consecuencia de la existencia del alma no es una deducción lógica, sino una verdad de fe que surge de la experiencia interna.

Guillermo de Ockham acabó con la concepción escolástica del alma. Para él, no se puede conocer algo de lo que sólo se perciben sus consecuencias, de lo que no se tiene una experiencia directa.

En este sentido, Ockham inauguró en el pensamiento occidental una noción fundamental para el ulterior desarrollo de la modernidad, sobre todo a partir de la obra de René Descartes (1596-1650): la experiencia interna consiste en sentir lo que está dentro del pensamiento humano; se trata de una facultad completamente distinta al pensamiento lógico, ya que se basa antes en la intuición, en la sensación, que en el pensamiento puro.

En definitiva, para Guillermo de Ockham, el alma no debe ser estudiada ni entendida desde la filosofía, sino desde la religión, puesto que no se tiene una experiencia científica y positiva de ella. De esta manera, el alma se puede comprender a partir del sentimiento de la interioridad, de la experiencia interior, que da lugar a unas verdades que están por encima de las de la lógica.

El alma en la modernidad: el dualismo cartesiano

El pensador francés René Descartes tomó buena nota de las ideas de Guillermo de Ockham, hasta el punto de concebir la experiencia interior como uno de los elementos fundamentales de su pensamiento. La filosofía cartesiana establece una clara diferenciación entre la experiencia de los objetos externos, que llegan al hombre a través de los sentidos; y la experiencia del propio pensamiento, del alma actuando, que llega al hombre gracias a la intuición o lo que es lo mismo, a la experiencia interna.

Pienso luego existo

Para Descartes, el alma es una sustancia activa que genera todo lo que hay, y su conocimiento, que se deriva de los actos del pensamiento, es posible gracias a la conciencia. Pensar es pues para el filósofo francés una actividad que puede manifestarse de muchas maneras. Por ejemplo, el pensamiento puede darse en forma de duda, de afirmación, de mentira, etc.; sin embargo, en último término no hay más remedio que aceptar que se trata de una actividad, que es resultado de un movimiento interno generado por el alma.

De esta forma, lo espiritual en Descartes y en la modernidad puede ser entendido como una actividad pura, como el principio de todo movimiento intelectual. De la mente sólo se conocen sus productos, que son los pensamientos concretos; ahora bien, la naturaleza de aquélla, lo que la define en tanto que pensamiento, es que se mueve, que produce ideas y estados concretos.

René Descartes consiguió hacer del alma y de la conciencia la primera realidad filosófica. A través de su duda metódica desechó el mundo, para quedarse a solas con el alma como actividad pura del pensamiento.

Siguiendo a Descartes, a partir del siglo xvii se considera que el pensamiento es la forma adecuada de acceder a la naturaleza del alma; de lo que se deriva además que ésta es la actividad pura a partir de la cual se puede empezar a entender el mundo, ya que nada hay más importante que esa primera actividad, la esencia de lo que hay.

Descartes lo explicaba de la siguiente manera: una persona puede dudar de muchas cosas, incluso de la existencia del mundo. Podría ser que todo lo que se experimenta no sea sino un sueño del que no se puede despertar, puesto que no hay nada que diferencie el sueño de la vigilia mientras se sueña, y sólo una vez se ha despertado se sabe que lo que se vivía anteriormente no era cierto.

Tabla 2. El dualismo cartesiano separa el mundo espiritual del mundo material, subordinando éste al primero. Por otro lado, dificulta enormemente la relación entre las dos instancias, al definirlas como dos formas de realidad completamente heterogéneas.

Ahora bien, a pesar de que se dude de todo, hay algo de lo que no se puede, y es del hecho de que se está dudando. No se puede cuestionar por tanto la actividad del pensamiento, que duda. En consecuencia, la primera realidad que aparece ante el hombre es el propio pensamiento actuando, una actividad que en realidad no es otra cosa sino el alma (cogito ergo sum, «pienso, luego existo»).

Con este discurso, René Descartes estaba buscando un principio sobre el que entender el mundo. El desarrollo de las ciencias físicas y matemáticas a partir del siglo xvi hicieron que el pensador francés buscase un fundamento válido, legítimo, para la filosofía. De esta forma de entender el pensamiento surgió la que era para él la primera realidad universalmente válida: «yo pienso», y puesto que pienso, «soy».

El dualismo cuerpo-alma

El pensamiento como actividad aparece en Descartes, pues, como la primera realidad del mundo, como aquello de lo que no se puede dudar y que sirve para fundamentar todo lo que hay. En este gesto cartesiano hay una serie de implicaciones de primer orden para la historia del pensamiento.

En primer lugar, se crea una noción intelectual del alma. Contra lo que decía Guillermo de Ockham, el alma no sólo no es asunto exclusivo de la fe, sino que además sirve para darle un fundamento a la filosofía. Es una entidad inteligente que activa el pensamiento, y esto se descubre en la intimidad de la conciencia, a través del uso de la razón.

En segundo lugar, esta actividad que es el alma es previa y distinta a la materia, ya que aparece como la primera forma de actividad y su existencia se puede demostrar al margen del mundo, de la naturaleza, de lo físico. Esto es así de tal forma que, como afirma el propio Descartes, el pensamiento en tanto que actividad, en tanto que alma, es:

  • «…un ser cuya existencia es más conocida que la de los demás, de manera que puede servir para conocerlos».

Res extensa y res cogitans. Descartes, a partir de su noción de alma, terminó distinguiendo dos mundos distintos: de un lado la res cogitans, el ser que piensa; y del otro la res extensa, el ser material, que no piensa sino que es pensado, que no es animado sino que es movido por otra sustancia. Esos dos mundos están relacionados de una manera jerárquica, puesto que uno de ellos es esencial, importante, original, mientras que el otro es secundario, derivado.

La res cogitans, el pensamiento en tanto que actividad, en tanto que alma, se basta a sí misma para dar sentido al mundo, a la res extensa. Además, el alma en tanto que actividad original es una participación de la actividad suprema, del principio de todo lo que existe, de Dios. De esta manera, en la actividad del pensamiento humano hay un matiz divino, creativo, que hace que éste se enfrente a la realidad con absoluta libertad y poder.

La res extensa mientras tanto sólo es un conjunto de objetos materiales que carecen de voluntad propia, que esperan a que la inteligencia suprema, a que el impulso creador, lo mueva. No sólo se trata de un ser pasivo, sino que además, es menos importante que el pensamiento en tanto que actividad; es decir, es menos importante que el alma.

Esta postura filosófica de Descartes, conocida como dualismo cartesiano, divide la realidad en dos planos heterogéneos, lo que fue de suma importancia para la historia del pensamiento occidental. Gracias a ella, la modernidad pudo llevar a cabo el endiosamiento de la razón, del pensamiento, del alma, y la concepción de la naturaleza material, de la naturaleza física, como un objeto que se encuentra a merced del hombre en tanto que sujeto racional, en tanto que ser pensante.

En consecuencia, de la concepción religiosa del alma se pasó con Descartes a una concepción intelectualista de ella. El alma ya no sólo supone participar de la naturaleza de Dios o alcanzar su visión, sino sobre todo manipular lo material. El hombre se enfrenta al mundo con la ventaja del pensamiento, fruto del alma, que le permite hacer de aquél lo que considere oportuno.

El alma y la conciencia

A pesar de la importancia del pensamiento cartesiano en el marco de la filosofía moderna, la postura de Descartes encontró pronto la oposición del racionalismo crítico de Immanuel Kant (1724-1804), quien demostró que en realidad se estaba derivando la existencia del alma de los actos del pensamiento, tal y como había adelantado Ockham. O lo que es lo mismo: no se tenía una experiencia directa de ella, sino derivada, y por tanto no se podía hacer ninguna afirmación científica al respecto.

De la crítica de Kant se derivó una nueva concepción simplificada del alma, que pasó a ser identificada con la conciencia. La interioridad del pensamiento era exactamente lo mismo que la espiritualidad, y así lo hicieron ver tanto los idealistas como los románticos. El alma se había intelectualizado por completo, de la misma manera que Dios había sido sustituido por la razón como facultad.

Georg W. F. Hegel (1770-1831) fue bastante preciso al respecto, afirmando que el alma es el origen de la conciencia, el primer acto por el que el espíritu comienza a tener conciencia de sí mismo. Para el pensador alemán, este primer momento de la conciencia debía ser superado por otros superiores, más complejos, en una fase posterior. Con Hegel, el alma terminó siendo idéntico a la conciencia, concepción que heredó el siglo XX y que dura hasta la actualidad.

Las críticas al alma y a la espiritualidad

Con la decadencia del paradigma moderno y de las principales ideas de la Ilustración, el concepto de alma sufrió una fuerte crítica por parte de los autores irracionalistas. Esta crítica se dirigió a dos frentes bien definidos: las nociones religiosa y filosófica de alma.

Por una parte se criticó la noción religiosa de alma, ya que se consideraba, como afirmaba Friedrich Nietzsche (1844-1900), que Dios no era sino una invención humana, por lo que cualquier facultad o sustancia que tuviese que ver con él, como era el caso del alma, carecía por completo de realidad. Según el pensador alemán y otros grandes precursores del irracionalismo como Arthur Schopenhauer (1788-1860), el alma sólo era una proyección de lo mejor que había en el ser humano. Según estas teorías, la tradición cristiana había enseñado que la tierra y el cuerpo humano eran un error, una forma de pecado, y que cada vez que el hombre hallaba algo sublime en sí mismo corría a proyectarlo en otra dimensión, corría a inventar dioses o almas para darles un sentido no terrenal.

Tabla 3. La crítica de Nietzsche a la noción de alma parte de la consideración de que tanto la religión como el pensamiento metafísico son una enfermedad vital, que intenta escapar del mundo para refugiarse en mentiras trascendentales.

Por otra parte, al haber identificado Descartes y Hegel el alma con el pensamiento y la conciencia, al realizarse a mediados y finales del siglo xix una serie de críticas contra la razón, también se realizaron críticas contra la idea de alma. Un ejemplo de esto se halla en la obra del psicoanalista austriaco Sigmund Freud (1856-1939), para quien la conciencia no era una instancia pura y sagrada, tal y como proponían Descartes, Aristóteles o Leibniz, sino una instancia compleja, llena de temores, impulsos e instintos. Es más, el pensamiento no se debía en absoluto a ninguna participación de Dios, sino al inconsciente, un reino reprimido e irracional.

A partir de estas críticas, el concepto de alma se convertía nuevamente en una mera cuestión de fe. Es cierto que la concepción hegeliana, según la cual aquélla era la conciencia, siguió operando desde la informalidad en el pensamiento del siglo xx; pero desde un punto de vista más certero, el alma como órgano divino, como base de la vida espiritual, dejó de tener un lugar destacado dentro de la filosofía.

Tabla 4. La crítica de Sigmund Freud al alma parte de su psicoanálisis, según el cual la religión es el resultado de una desviación mental y el pensamiento jamás es puro.

Tal y como habían propuesto Guillermo de Ockham e Immanuel Kant en dos momentos completamente distintos de la historia de la humanidad, el alma no era tanto un asunto de la ciencia como un asunto de la fe, ya que por mucho que se intente aprehender su naturaleza a través del pensamiento, ésta no puede ser entendida de la misma manera que se entienden otros fenómenos que sí son objeto de la filosofía.

Tanto el alma como la dimensión espiritual del ser humano no pueden ser en último término sino una realidad religiosa, ya que no existen argumentos lógicos que puedan demostrar ni la existencia del alma ni la existencia de Dios. Como afirman muchos pensadores contemporáneos, puede que sea mejor así, ya que el poder de las religiones y el de las instancias sagradas como el alma proceden precisamente del hecho de que se cree en ellas a pesar de que no se tengan razones para hacerlo.

Análisis de textos

Platón: –Fedro

Por lo pronto es preciso determinar exactamente la naturaleza del alma divina y humana por medio de la observación de sus facultades y propiedades.

Partiremos de este principio: toda alma es inmortal, porque todo lo que se mueve en movimiento continuo es inmortal. El ser que comunica el movimiento o el que lo recibe, en el momento en que cesa de ser movido, cesa de vivir; sólo el ser que se mueve por sí mismo, no pudiendo dejar de ser el mismo, no cesa jamás de moverse; y aún más, es, para los otros seres que participan del movimiento, origen y principio del movimiento mismo.

Un principio no puede ser producido; porque todo lo que comienza a existir debe necesariamente ser producido por un principio, y el principio mismo no ser producido por nada, porque, si lo fuera, dejaría de ser principio. Pero si nunca ha comenzado a existir, no puede tampoco ser destruido. Porque si un principio pudiese ser destruido, no podría él mismo renacer de la nada, ni nada tampoco podría renacer de él, si como hemos dicho, todo es producido necesariamente por un principio. Así, el ser que se mueve por sí mismo, es el principio del movimiento, y no puede ni nacer, ni perecer, porque de otra manera el cielo entero y todos los seres, que han recibido la existencia, se postrarían en una profunda inmovilidad, y no existiría un principio que les volviera el movimiento, una vez destruido. Queda, pues, demostrado, que lo que se mueve por sí mismo es inmortal, y nadie temerá afirmar, que el poder de moverse por sí mismo es la esencia del alma. En efecto, todo cuerpo, que es movido por un impulso extraño, es inanimado; todo cuerpo que recibe el movimiento de un principio interior, es animado; tal es la naturaleza del alma. Si es cierto que lo que se mueve por sí mismo no es otra cosa que el alma, se sigue necesariamente, que el alma no tiene, ni principio, ni fin.

Texto 1. Para los filósofos griegos de la antigüedad, entre ellos Platón, el alma era principio y fin de la actividad humana y el movimiento.

René Descartes: –El discurso del método

Examiné después atentamente lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo alguno y que no había mundo ni lugar alguno en el que yo me encontrase, pero que no podía fingir por ello que yo no fuese, sino al contrario, por lo mismo que pensaba en dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía muy cierta y evidentemente que yo era, mientras que, con sólo dejar de pensar, aunque todo lo demás que había imaginado fuese verdad, no tenía ya razón alguna para creer que yo era, conocí por ello que yo era una sustancia cuya esencia y naturaleza toda es pensar, y que no necesita, para ser, de lugar alguno, ni depende de cosa alguna material; de suerte que este yo, es decir, el alma, por la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo y hasta más fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de ser cuanto es.

Texto 2. René Descartes y la división dual de la realidad en alma y materia.

Sigmund Freud: –El porvenir de una ilusión

[…] hemos de admitir que también la colectividad humana pasa en su evolución secular por estados análogos a las neurosis y precisamente a consecuencia de idénticos motivos; esto es, porque en sus tiempos de ignorancia y debilidad mental hubo de llevar a cabo exclusivamente por medio de procesos afectivos las renuncias al instinto indispensables para la vida social. Los residuos de estos procesos, análogos a la represión, desarrollados en épocas primitivas, permanecieron luego adheridos a la civilización durante mucho tiempo. La religión sería la neurosis obsesiva de la colectividad humana, y lo mismo que la del niño, provendría del complejo de Edipo en la relación con el padre. Conforme a esta teoría hemos de suponer que el abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos ya dentro de esta fase de la evolución.

Texto 3. El pensamiento religioso, el espiritualismo, no es para Freud sino una especie de neurosis colectiva que impide la liberación del hombre.