El viaje a la Luna

En los albores de la cinematografía, el director e ilusionista francés Georges Méliès se aventuró a representar en imágenes uno de los anhelos más antiguos de la humanidad: el viaje a la Luna. Las imágenes de esta primitiva película de 1902 eran a la vez ingenuas y seductoras, brillantes y plenas de creatividad.

Los fotogramas del alunizaje del cohete están teñidos de un tono burlón. La nave, tripulada por seis astronautas, impacta contra el ojo de una Luna viva que se muestra a un tiempo sorprendida y malhumorada. Estas imágenes, evidentemente, nada tienen que ver con las que recogieron el momento histórico de la llegada real del hombre al satélite en 1969.

Un siglo después de su primera proyección, el Viaje a la Luna de Méliès pasa por ser una película pionera del surrealismo y del arte cinematográfico. Sin embargo, el impacto de su imaginaria nave contra la superficie del satélite tiene algo de premonitorio. En los inicios del siglo xxi, cuando la agencia estadounidense NASA ha retomado el proyecto lunar como uno de los ejes de su futura política de misiones espaciales con vistas a fundar en el satélite una base permanente, debe recordarse la imperiosidad de respetar la pureza del ambiente lunar, libre durante eones de la presencia humana y sujeto ahora a un riesgo cierto de contaminación.

Los primeros proyectos lunares

La observación, las disquisiciones filosóficas y el estudio científico de la Luna son actividades que se remontan a los tiempos históricos antiguos. Superada la fase mítica de interpretación del cosmos que caracterizó a las primeras civilizaciones de la historia, el satélite natural de la Tierra fue objeto de un análisis racional que, ya en el siglo xvii y merced a las observaciones de Galileo Galilei con sus rudimentarios telescopios, permitió conocerlo como un mundo físico surcado de valles, montañas, cordilleras y depresiones del relieve.

En su misión de investigación, el Apolo 15 tomó esta imagen de la Luna. Dada su proximidad a la Tierra, la Luna fue el primer objetivo de las exploraciones espaciales.

Al mismo tiempo, se constató que la Luna es el cuerpo astronómico situado más cercano a la Tierra, a una distancia media de ésta de unos 400.000 km. Por ello se convirtió también, en los primeros tiempos de la astronáutica, en el primer objetivo espacial para la exploración extraterrestre. Los inicios de la carrera soviético-estadounidense de la década de 1950 por la conquista del espacio dejaron testimonio de ello con varias misiones que no lograron alcanzar plenamente su propósito.

Sin embargo, los conocimientos adquiridos de estos relativos fracasos condujeron a los primeros éxitos. Tales correspondieron, como fue común en los tiempos iniciales de la astronáutica, a la Unión Soviética. El programa soviético de misiones espaciales no tripuladas Lunik, o Luna, cubrió varios hitos trascendentales en pocos años: la nave Luna 1 fue la primera, en enero de 1959, en escapar del campo de atracción gravitatoria terrestre y encaminarse hacia el satélite; seis meses después, la Luna 2 impactó contra la superficie lunar. En octubre de ese año, la misión Luna 3 sobrevoló la cara oculta del satélite y produjo su primera cartografía fotográfica.

Entre tanto, la fundación de la NASA en 1958 había propiciado una espectacular mejora del programa espacial estadounidense. Ya en la década de 1960 fueron lanzadas en dirección al satélite cinco misiones Ranger, una de las cuales chocó contra la cara oculta de la Luna. Durante los años siguientes, las astronaves Lunik soviéticas y Ranger estadounidenses aportaron imágenes fijas y en movimiento y datos abundantes sobre la composición y las características orográficas de la Luna.

El progresivo conocimiento de las características del satélite y un concienzudo trazado cartográfico favorecido por los programas estadounidenses Surveyor y Lunar Orbiter prepararon el terreno para el siguiente y ambicioso paso en el plan espacial de este país: la llegada del ser humano a la Luna. Este objetivo tenía tanto un cariz científico-tecnológico como puramente político.

En los Estados Unidos, los preparativos se concentraron en el programa espacial Apolo, declaradamente destinado al alunizaje del hombre en el satélite. En la Unión Soviética, las misiones Zond perseguían probablemente un objetivo similar, nunca reconocido por las autoridades, y consiguieron depositar varios vehículos robotizados en la superficie lunar que tomaron muestras de su textura mineral. La competencia entre ambas naciones favoreció sin duda la rapidez y el éxito de los programas lunares.

El hombre en la Luna

A mediados de la década de 1960, los responsables de la NASA eran muy conscientes de los avances en el programa lunar soviético. Ante la posibilidad de que sus rivales en la carrera espacial se anotaran también el éxito propagandístico de la llegada a la Luna en primer lugar, aceleraron sus proyectos en curso y, en 1968, lanzaron al espacio a la primera tripulación con destino al satélite.

Esta tripulación, formada por Frank Borman, James Lovell y William Anders, completó tres vueltas alrededor de la Luna a bordo de la astronave Apolo 8. Tomó centenares de fotografías y consiguió regresar a la Tierra tras activar el motor del módulo de mando. Las dos misiones posteriores, Apolo 9 y 10, ensayaron los procedimientos de aproximación, alunizaje y despegue que permitirían completar con éxito el siguiente vuelo del programa. Éste supuso un acontecimiento decisivo en la historia del hombre.

Dos imágenes históricas de sendas misiones Apolo: el astronauta James Irwin posa la bandera estadounidense sobre el suelo de la Luna, en julio de 1971, tras el alunizaje del Apolo 15 y módulo que permitió el desplazamiento sobre la superficie lunar y la toma de fotografías del entorno del Apolo 16 durante su viaje de abril de 1972.

Dos imágenes históricas de sendas misiones Apolo: el astronauta James Irwin posa la bandera estadounidense sobre el suelo de la Luna, en julio de 1971, tras el alunizaje del Apolo 15 y módulo que permitió el desplazamiento sobre la superficie lunar y la toma de fotografías del entorno del Apolo 16 durante su viaje de abril de 1972.

En julio de 1969, los astronautas estadounidenses Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins partieron hacia la Luna a los mandos del Apolo 11. Unos días más tarde, los dos primeros pusieron su huella en la superficie lunar. Al pisar el satélite, Armstrong describió el acontecimiento con una frase afortunada: «Un pequeño paso para el hombre, un salto de gigante para la humanidad». El suceso fue transmitido por televisión a todo el mundo y causó una explicable conmoción.

El comandante del Apolo 17, Eugene Cernan, y el piloto del módulo lunar, Harrison Jack Schmitt, a bordo del vehículo que daría el último paseo sobre la Luna de la misión Apolo, en diciembre de 1972.

Las misiones posteriores (Apolo 12, 14, 15, 16 y 17) recogieron datos y experiencias que revolucionaron los conocimientos disponibles sobre la Luna. Los tripulantes del Apolo 13, tras un incidente que estuvo a punto de suponer la pérdida de la astronave y su segura muerte, lograron regresar a la Tierra sin haber pisado la Luna, pero provistos de valiosas series fotográficas.

Entre 1969 y 1972, varias misiones lunares estadounidenses permitieron a sus tripulantes caminar sobre la superficie lunar. Uno de ellos fue Alan Shepard, el primer astronauta de su país. El último de estos hombres privilegiados, Eugene Cernan, lo hizo en 1972 en el marco de la misión Apolo 17. Tanto ellos como los vehículos robotizados soviéticos que alunizaron en la misma época dejaron instalados en la Luna numerosos instrumentos científicos, como detectores sísmicos y prismas reflectantes para la medición de distancias mediante láser.

Preparativos del módulo de propulsión Cassini. El envío al espacio de la sonda Cassini-Huygens fue una misión conjunta de la NASA y de la ESA.

En estos años, 65 vehículos se posaron sobre la Luna, diez de ellos en 1971. Después, el interés por el satélite declinó y la exploración espacial soviética y estadounidense se enfocó hacia otros planetas, en particular Venus y Marte. Tras el desmembramiento de la Unión Soviética en 1991, los responsables políticos rusos reconocieron que el estado soviético había pretendido anticiparse a los Estados Unidos en la puesta de un hombre en la Luna mediante programas espaciales militares secretos.

Entre tanto, otros países se unieron a la exploración espacial y a las misiones lunares. En 1990, la astronave japonesa Hiten entró en órbita circunlunar y situó a Japón como el tercer país en sumarse a la aventura de los viajes no tripulados a la Luna.

Perspectivas futuras

Durante la década de 1980, los proyectos lunares estadounidenses quedaron como algo residual dentro del programa espacial de la NASA. Sin embargo, en la de 1990 se reinició la exploración de la Luna mediante una serie de vehículos robotizados en el marco de las misiones del programa Discovery. En 1998, la misión Lunar Prospector cobró particular notoriedad al constatar la presencia de notables cantidades de hidrógeno en los polos de la Luna. Ello apuntaba a la posibilidad de la existencia de agua en las regiones polares del satélite.

Tal posibilidad alentó los planes de exploración lunar y de instalación en la superficie del satélite de una base espacial permanente. El presidente estadounidense George W. Bush anunció en 2004 la asignación de fondos para un programa espacial destinado a llevar nuevas misiones tripuladas a la Luna hacia 2020.

En esta ocasión, sin embargo, la iniciativa estadounidense no contaba con un único rival. La Agencia Espacial Europea (ESA, según sus siglas en inglés), que había lanzado en 1997 la sonda Cassini-Huygens en colaboración con la NASA, mandó al espacio en 2003 la nave Smart 1, que entró en órbita lunar en noviembre del año siguiente. También Japón, la India y la República Popular China planearon misiones lunares de exploración del satélite, y la agencia espacial japonesa jaxa elaboró planes detallados para la creación de una base lunar.

A diferencia de los tiempos de la guerra fría, esta carrera espacial rediviva se entabló en un marco de mayor colaboración internacional. No obstante, como trasfondo destacaba el objetivo declarado de conseguir competitivamente ventajas científicas, de investigación y de explotación económica y comercial futura del satélite natural terrestre.