La hidrosfera

Lo que más llama la atención cuando se observa la Tierra desde el espacio es la enorme mancha azul que cubre gran parte de su superficie. Se trata de agua, de un extenso manto acuático sin el cual la vida no habría podido llegar a desarrollarse y el paisaje de los continentes sería muy diferente. El conjunto del agua presente en la Tierra es la hidrosfera, el 97 % de la cual es salada y ocupa los mares y océanos.

La hidrosfera no permanece inmóvil. El agua de los océanos se encuentra sometida a permanentes movimientos, como las olas, las mareas y las corrientes. Además existen desplazamientos de otro tipo, englobados en el ciclo hidrológico, que hacen al agua cambiar de estado físico y desplazarse por todo el planeta: de los ríos, mares y océanos a la atmósfera, y de ésta de nuevo a los continentes.

El agua está compuesta por oxígeno e hidrógeno y posee interesantes características fisicoquímicas. Su temperatura de ebullición es muy alta en comparación con la de otros compuestos químicos similares, lo que permite que aparezca en estado líquido en la mayoría de los ámbitos del planeta. Cuenta además con unos elevados valores de calor específico y de vaporización, lo que la hace idónea como mecanismo regulador de la temperatura en los seres vivos.

Sin embargo, el agua no suele aparecer en estado químicamente puro en la naturaleza. Acostumbra a portar con ella sustancias disueltas, en especial sales minerales, y también gases, materia orgánica y sólidos en suspensión. El contenido en sales es más alto en el agua marina –en la que abunda sobre todo el cloruro sódico– que en las aguas continentales.

No todas las sustancias que acompañan al agua son beneficiosas. Las que poseen un origen artificial, derivadas de las actividades humanas, traen consigo en la mayoría de los casos efectos nocivos. El proceso de eutrofización, el cual puede conducir a la degradación total de un ecosistema acuático, constituye un claro ejemplo de los efectos negativos de la contaminación de la hidrosfera.

La Tierra: un planeta líquido

La parte de la Tierra que se halla formada por agua es la hidrosfera. Se trata de una capa mayoritariamente fluida que abarca el 71 % de la superficie del planeta y constituye su segundo recubrimiento, después de la atmósfera. La hidrosfera abarca los océanos y mares, los ríos, lagos, pantanos y aguas subterráneas, y también el agua en estado sólido presente en los polos, glaciares y cumbres montañosas.

Esta enorme cantidad de agua no se encuentra estática, sino que está envuelta en un ciclo continuo del cual depende en buena medida que la Tierra posea el aspecto que tiene hoy día. El ciclo del agua, o ciclo hidrológico, se nutre de la energía aportada por el Sol para evaporar el agua de los océanos y producir nubes que, posteriormente, al descargar sobre tierra firme, reponen las reservas de agua dulce necesarias para que se desarrolle la vida en los continentes.

A continuación, el exceso de agua se filtra a través del terreno hasta llegar a los depósitos subterráneos, o bien discurre por los ríos y es devuelto al océano, donde el ciclo recomienza. Durante su recorrido por los continentes el agua no sólo contribuye a la vida, sino que también modela el paisaje a causa de la erosión.

Origen de la hidrosfera

La aparición de la hidrosfera está ligada al proceso de formación de la Tierra. La Tierra se formó a partir de una nube protoplanetaria de partículas ionizadas que giraba alrededor del Sol. Con el paso del tiempo esta nube comenzó a concentrarse y las partículas se unieron para formar un protoplaneta. Una vez constituido éste, su fuerza de gravedad contribuyó a que nuevas partículas, que hasta entonces flotaban en el espacio, se ligaran a él, aumentando así, poco a poco, sus dimensiones. Se formaron el núcleo líquido de la Tierra –compuesto por hierro y níquel–, el manto y la corteza.

Durante el primer periodo de existencia del planeta abundaban los volcanes. Sus erupciones aportaban enormes cantidades de gases a la atmósfera primigenia. Entre estos gases figuraban dióxido de carbono, metano, amoniaco, nitrógeno y también vapor de agua. No obstante, hacía todavía demasiado calor para que el agua pudiera permanecer en la atmósfera. Por efecto de la radiación solar se disociaba en sus componentes, oxígeno e hidrógeno.

Hubo que esperar hasta que la Tierra empezó a enfriarse para que el vapor de agua de la atmósfera se condensara y comenzara a llover en el planeta. Esto ocurrió hace aproximadamente unos 3.800 millones de años. Las abundantes precipitaciones formaron los primeros océanos, cuyas temperaturas, debido a la actividad volcánica y al intenso efecto invernadero producido por el alto contenido en dióxido de carbono de la atmósfera, rondaban los 50 °C.

Al enfriarse el planeta aumentó la condensación que se producía y también las precipitaciones. De este modo fue incrementándose el volumen de la hidrosfera, hasta que hace aproximadamente 1.000 millones de años alcanzó el volumen con el que cuenta hoy en día. Desde entonces se ha mantenido casi constante.

De forma continua, la hidrosfera viene sufriendo aportes y pérdidas que se compensan entre sí, sin que lleguen, por tanto, a afectar al volumen total. Los aportes provienen de las nuevas emisiones de gases que realiza el planeta, gases entre los que, al igual que durante el periodo de formación de la Tierra, figura el vapor de agua. Las pérdidas tienen lugar en las capas altas de la atmósfera, donde la radiación ultravioleta del Sol descompone el vapor en oxígeno e hidrógeno.

Distribución del agua en la hidrosfera

La mayor parte del agua que compone la hidrosfera, el 97,2 %, es el agua salada de los mares y océanos. El agua dulce, aunque cuenta con una importancia biológica crucial, dado que es imprescindible para la supervivencia de los seres humanos, animales y plantas, sólo representa un escaso porcentaje del total de la hidrosfera, el 2,8 %. Tal valor se encuentra repartido entre el agua de los ríos, torrentes, lagos y pantanos, el agua que ocupa los depósitos subterráneos, o acuíferos, y la que permanece en estado sólido en los polos terrestres, glaciares y cimas de las montañas.

Aguas oceánicas

Los mares y los océanos cubren casi las tres cuartas partes de la Tierra, con una profundidad media de 3.800 metros. Resulta evidente, por tanto, que representan el mayor depósito de agua del planeta. Aunque se diferencie a los mares y océanos mediante distintos nombres, en realidad forman una capa continua, sin verdaderas separaciones entre ellos.

Aunque geográficamente se establece una diferenciación entre mares y océanos, desde el punto de vista fisicoquímico ambos conforman una entidad homogénea. Las imágenes muestran sendos ejemplos de estas masas hídricas: el océano Atlántico en las proximidades de Río de Janeiro y un islote del mar Báltico en las inmediaciones de Helsinki.

Aunque geográficamente se establece una diferenciación entre mares y océanos, desde el punto de vista fisicoquímico ambos conforman una entidad homogénea. Las imágenes muestran sendos ejemplos de estas masas hídricas: el océano Atlántico en las proximidades de Río de Janeiro y un islote del mar Báltico en las inmediaciones de Helsinki.

El agua de los océanos constituye la principal fuente del ciclo hidrológico. Se evapora por la acción del Sol, forma nubes y regresa a la superficie, sobre zonas diferentes del océano o bien en regiones continentales, en forma de lluvia. Posteriormente el proceso de escorrentía devuelve el agua al océano. Esto quiere decir que, aunque la cantidad de agua presente en los océanos permanece constante, no se trata en realidad siempre de la misma agua, sino que la materia líquida se encuentra sujeta a una continua renovación.

Al margen del ciclo hidrológico, el agua de los océanos está siempre desplazándose. Realiza tres tipos fundamentales de movimientos: las olas, las mareas y las corrientes. Las primeras son ondulaciones, de mayor o menor tamaño, que tienen lugar en la superficie, especialmente en las cercanías de las costas, y que son efecto del viento. Las olas no representan un verdadero transporte de agua, dado que trazan una trayectoria circular de reducidas dimensiones.

Las mareas, por su parte, son subidas o bajadas del nivel de las aguas que se producen varias veces al día como consecuencia de la atracción gravitatoria ejercida por el Sol y la Luna. Su efecto resulta más notable en las costas de los mares abiertos que en las de los cerrados, como el Mediterráneo. Sin embargo, el mayor desplazamiento de las aguas oceánicas es el ocasionado por la presión de las corrientes, las cuales hacen circular grandes masas de agua de unas zonas del planeta a otras.

Los océanos cuentan con una enorme influencia en el clima. Actúan como reguladores de la temperatura atmosférica. Cuando hace mucho calor aportan agua evaporada, lo que, al formar nubes y producir precipitaciones, trae como consecuencia que la temperatura vuelva a descender.

Su efecto es especialmente apreciable en las regiones continentales costeras, donde el clima es más moderado que en las regiones interiores, más secas y con unas variaciones térmicas más acusadas. Las corrientes oceánicas contribuyen también al clima local merced a su aporte de agua cálida o fría.

Aguas continentales

Del total de agua dulce presente en la hidrosfera, sólo el 21 % resulta apto para el consumo de los seres vivos. El resto se encuentra en estado sólido y forma los casquetes polares, los glaciares y las nieves perpetuas. En realidad, a ese 21 % todavía habría que restarle cierta cantidad, pues parte del agua dulce de los continentes se encuentra mezclada con agua salada en las marismas o almacenada en depósitos subterráneos profundos y de difícil accesibilidad.

Entre las aguas continentales superficiales destacan los ríos y los lagos. Los primeros tienen su origen en manantiales naturales, fruto de una surgencia de agua subterránea o del aporte realizado por el deshielo de nieves y glaciares. Avanzan siempre hacia zonas bajas, siguiendo la pendiente del terreno, y desembocan en el mar o en otro río de mayores dimensiones.

Con una superficie mucho menor que la de las masas oceánicas, las aguas continentales resultan esenciales para el mantenimiento de la vida. De éstas, las más comunes son las de los ríos (en la imagen, el río Potomac a su paso por Washington) y las de los lagos (en la imagen, lago Mascardi, en el parque nacional argentino de Nahuel Huapí).

Con una superficie mucho menor que la de las masas oceánicas, las aguas continentales resultan esenciales para el mantenimiento de la vida. De éstas, las más comunes son las de los ríos (en la imagen, el río Potomac a su paso por Washington) y las de los lagos (en la imagen, lago Mascardi, en el parque nacional argentino de Nahuel Huapí).

Su corriente en la zona alta del curso es muy rápida, ya que pasa por pendientes acusadas. En el curso medio, y en especial cuando el río se aproxima a su desembocadura, la corriente se vuelve cada vez más suave. El área bañada por un río y por sus afluentes recibe la denominación de cuenca hidrográfica.

Los lagos son fruto del progresivo estancamiento de agua en una depresión del terreno, o bien de un ascenso del nivel freático del terreno. Salvo que de ellos parta alguna corriente fluvial, no cuentan con desembocadura al mar. Las aguas subterráneas son las que, por el proceso de infiltración, penetran en el terreno hasta llegar a depósitos donde se acumulan.

Las cuencas de captación, que en ocasiones coinciden con las cuencas hidrográficas, son las regiones del terreno que captan y transportan el agua de escorrentía hasta los depósitos de aguas superficiales: lagos y ríos. Normalmente, las cuencas están separadas entre sí por algún tipo de barrera orográfica, por ejemplo, una cordillera. Otras acumulaciones de aguas continentales, además de las citadas, son los pantanos, los torrentes, las lagunas, las albuferas, los estuarios, las marismas y las charcas.

El agua y sus propiedades

El agua es un compuesto químico formado por hidrógeno y oxígeno. Cada molécula de agua (v. figura 3) se compone de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Su fórmula química es H2O. Los tres átomos forman una estructura triangular, con un ángulo de 90° entre los dos de hidrógeno.

Estructura de una molécula de agua.

El oxígeno es un elemento muy electronegativo, es decir, se ve muy atraído por sustancias o iones de carga eléctrica positiva. Por su parte, el hidrógeno es electropositivo. Este comportamiento opuesto de los elementos que la integran convierte al agua en un compuesto dipolar: un lado de la molécula (oxígeno) actúa como si poseyera carga negativa, mientras que el otro (hidrógeno) lo hace como si su carga fuera positiva.

Dado que las cargas eléctricas de signos contrarios se atraen, en un grupo de moléculas de agua los átomos de oxígeno de unas se verán atraídos por los de hidrógeno de otras, estableciéndose entre ellos unos enlaces químicos de naturaleza débil que reciben la denominación de puentes de hidrógeno. Son estos enlaces los que permiten que el agua permanezca en fase líquida a la temperatura ambiente, y que además posea una temperatura de ebullición superior a la de otros hidruros (compuestos formados por hidrógeno y otro elemento químico).

El agua posee la particularidad de dilatarse de forma anómala. Como norma general, una sustancia se dilata cuando es calentada y se contrae al enfriarse. Esto no ocurre con el agua. Al congelar el agua, ésta se dilata. El motivo es que, debido a la particular naturaleza de los puentes de hidrógeno, las moléculas de agua en fase sólida (hielo) están más alejadas entre sí que cuando se encuentran en fase líquida.

En consecuencia, el hielo es menos denso que el agua líquida y, por tanto, su volumen es mayor. El agua alcanza su mayor densidad (1 g/cm3) a la temperatura de 4 °C. Para valores mayores de temperatura predomina la expansión térmica y la densidad del agua disminuye.

El fenómeno de la dilatación anómala trae como resultado que el hielo flote en el agua, lo que resulta una ventaja para la vida en determinados medios acuáticos. Gracias a la diferencia de densidades, cuando un lago se congela el hielo forma una capa sobre su superficie, que protege el agua líquida que se encuentra debajo e impide que continúe enfriándose. El hielo actúa así como un escudo térmico. Esta protección garantiza la supervivencia durante el invierno de muchos de los organismos que habitan en ríos y lagos.

El hielo flota en el agua porque es menos denso que ésta. Así impide que el agua siga enfriándose, lo que permite sobrevivir en invierno a numerosos organismos de hábitat fluvial o lacustre.

Otro efecto beneficioso relacionado con los puentes de hidrógeno es el elevado calor específico del agua. Los enlaces limitan en gran medida el movimiento de las moléculas de agua, por lo que ésta se calienta y se enfría muy despacio. Es necesario aportar una gran cantidad de calor para que el agua se caliente.

Al mismo tiempo, cuando se enfría libera mucho calor. Esta particularidad hace que el agua sirva de excelente protección térmica. Todos los organismos vivos poseen agua en su composición, lo que les permite regular su temperatura corporal.

El agua posee además un elevado calor de evaporación, que es el consumido en el proceso de cambio de fase líquida a vapor. Gracias a él, la transpiración representa un medio muy eficaz para que los vertebrados pierdan calor. El sudor, al evaporarse, consume el exceso de calor del cuerpo.

Los puentes de hidrógeno conllevan también que el agua tenga una alta tensión superficial. Esto facilita que, por el fenómeno de capilaridad, el agua ascienda por el interior de las raíces y tallos de las plantas, y también que, cuando el suelo está saturado de agua, ésta suba a través de los materiales porosos hasta surgir a la superficie.

La temperatura de ebullición del agua, a la que coexisten la fase líquida y la fase de vapor, es de 100 °C. Por otra parte, la temperatura de fusión, o de congelación, en la que las fases que coexisten son la líquida y la sólida, es de 0 °C. Por tanto, el intervalo entre ambas es muy amplio, y abarca la mayoría de temperaturas que se dan en los niveles bajos de la troposfera.

El agua permanece líquida en este margen, lo que permite su adecuado desplazamiento mediante el ciclo hidrológico. Desde el punto de vista químico, el agua es un buen disolvente y puede actuar como ácido y como base, como oxidante y como reductor. Éstas y otras propiedades fisicoquímicas del agua se describen esquemáticamente en la tabla 1.

Tabla 1. Propiedades fisicoquímicas del agua en sus diversos estados.

Agua dulce y agua salada

Aunque tradicionalmente se define el agua como una sustancia incolora, inodora e insípida, en la realidad no es así. Estas tres propiedades pueden aplicarse sólo al agua en estado puro. En la naturaleza, sin embargo, el agua suele aparecer combinada con otras sustancias en disolución. Estas sustancias son en su mayoría sales minerales, y según su naturaleza y nivel de contenido es posible clasificar el agua de la Tierra en dos grandes grupos: dulce y salada.

El agua dulce

Las aguas continentales, presentes en ríos, lagos, torrentes, acuíferos subterráneos y demás emplazamientos posibles, no sólo contienen en su composición oxígeno e hidrógeno. Poseen también sales, gases y ciertas sustancias orgánicas disueltas. Además, portan en suspensión arena y restos del terreno, fruto de la potente erosión que se produce durante el transcurso del ciclo hidrológico. El contenido de sales minerales en disolución se expresa en grados de dureza.

Cuando el agua posee un alto valor de sales se dice que su dureza es alta. Si por el contrario tiene pocas sales, el agua tiene una dureza baja, o bien se denomina agua blanda. Por lo general, la dureza del agua de los ríos es más alta en los manantiales que en las zonas bajas de su curso. Depende también de la naturaleza del terreno por el que corre el agua, que puede ser más o menos calizo, y de las épocas del año.

Presentes en todos los continentes, las aguas de los ríos están compuestas de oxígeno, hidrógeno, sales, gases y diversas sustancias orgánicas. Mayor pureza aún que la de estas cuencas fluviales posee el hielo, otra forma de almacenamiento y conservación del agua dulce.

Presentes en todos los continentes, las aguas de los ríos están compuestas de oxígeno, hidrógeno, sales, gases y diversas sustancias orgánicas. Mayor pureza aún que la de estas cuencas fluviales posee el hielo, otra forma de almacenamiento y conservación del agua dulce.

Los tipos de sales presentes en el agua de los manantiales son carbonatos, cloruros y sulfatos de magnesio y calcio, entre otros. En el caso del agua procedente de pozos, ésta es más blanda que la de los manantiales, aumentando su pureza cuanto más profundo sea su origen. Esta agua, almacenada durante largos periodos de tiempo bajo tierra, suele haber perdido el oxígeno que lleva disuelto, pero no el dióxido de carbono, que al contacto con los minerales del terreno contribuye a la formación de sales.

Puede ocurrir que, junto con estas sales, aparezcan también compuestos nitrogenados. Tales compuestos proceden de los abonos y fertilizantes empleados en la actividad agrícola y que se han filtrado hasta el subsuelo.

Para que un agua reciba el calificativo de mineral, las sustancias que contiene en disolución deben proporcionarle un gusto particular, afectar al organismo humano o incluir minerales poco frecuentes. Dependiendo de cuál sea su composición se clasifican en aguas minerales alcalinas, ferruginosas, sulfurosas, etc.

En cuanto al hielo, su composición es la del agua de lluvia, y más pura que la de las aguas antes descritas. Sin embargo, cuando tiene lugar el deshielo y esta agua pasa a fase líquida y comienza su recorrido por los continentes, ya sea de forma superficial (escorrentía) o subterránea (infiltración), entra en contacto directo con el terreno y su contenido en sales se incrementa.

El agua salada

Si las aguas continentales no son puras, las oceánicas lo son mucho menos. Las sales disueltas en los océanos alcanzan hasta un 4 % en peso, con una concentración media de 35 gramos de sales por kilogramo de agua. Sin embargo, este valor no es constante. La concentración salina en las diferentes zonas depende de factores como los aportes de los ríos, la temperatura, los fenómenos volcánicos submarinos y el consumo de sales que llevan a cabo los organismos vivos oceánicos.

En las regiones cálidas, donde la evaporación es mayor, también es más alto el contenido de sales. En el mar Rojo, por ejemplo, la concentración media es de 41 g/kg de agua. En las regiones frías, por el contrario, el nivel de sales es menor. La concentración salina del mar Báltico es de 10 g/kg de agua. Un caso extremo es el del mar Muerto, con un contenido en sales de 370 g/kg de agua.

El contenido salino del agua es mayor en los mares de las regiones cálidas. En el mar Rojo (en la foto, con agua azul verdoso) alcanza una media de 41 g/kg, y en el mar Muerto (imagen con bañista), donde llega a los 370 g/kg, la concentración de sal es tal que los cuerpos flotan sin realizar esfuerzo.

El contenido salino del agua es mayor en los mares de las regiones cálidas. En el mar Rojo (en la foto, con agua azul verdoso) alcanza una media de 41 g/kg, y en el mar Muerto (imagen con bañista), donde llega a los 370 g/kg, la concentración de sal es tal que los cuerpos flotan sin realizar esfuerzo.

Al margen del oxígeno y el hidrógeno, los diez elementos con presencia más alta en el agua oceánica son, de mayor a menor cantidad, cloro, sodio, magnesio, azufre, calcio, potasio, bromo, estroncio, boro y flúor. De todos ellos, el cloro y el sodio son sin lugar a dudas los más abundantes. Entre los dos forman el cloruro de sodio, de fórmula química NaCl, o sal común. Esta sal representa casi el 2,5 % en peso del agua oceánica.

También se encuentran presentes en el agua gases en disolución, y en particular los gases que forman parte de la atmósfera, entre ellos oxígeno, nitrógeno y dióxido de carbono. Su nivel de contenido depende, entre otros factores, del grado de salinidad del agua y de la actividad de los organismos vivos. Éstos contribuyen a la presencia de gases disueltos mediante sus procesos de respiración y fotosíntesis.

La hidrosfera en peligro

Además de las sales y gases disueltos y los sólidos en suspensión, que de forma natural se encuentran en el agua, a menudo aparecen también en su composición sustancias de origen artificial que afectan negativamente a su calidad. El término calidad aplicado al agua valora las características fisicoquímicas y biológicas de este compuesto para un fin determinado. No se trata, por tanto, de un concepto absoluto, sino relativo a cada caso. Un tipo de agua válido para determinado proceso industrial puede no serlo para el consumo humano.

Teóricamente, las sustancias que afectan a la calidad del agua pueden ser naturales o artificiales, es decir, originadas por la actividad del hombre. En la práctica, son estas últimas las que poseen una mayor gravedad. El indebido tratamiento de los residuos industriales, la expansión de las zonas urbanas y el uso de insecticidas y fertilizantes en la actividad agrícola, entre otras muchas acciones negativas, ponen en peligro la calidad de los recursos de la hidrosfera.

Los contaminantes más frecuentes del agua se dividen en cuatro grupos: residuos que demandan oxígeno, organismos patógenos, nutrientes minerales y minerales orgánicos. Los residuos que demandan oxígeno son sustancias que causan una reducción del contenido de oxígeno disuelto en el agua. Esto provoca la desaparición de la fauna acuática que requiere de este gas para respirar. En su lugar proliferan los organismos anaerobios, los cuales producen dióxido de azufre (SO2), lo que causa que el agua huela a podrido.

En su efecto más nocivo, la contaminación de ríos y mares causada por el ser humano provoca la muerte de la fauna acuática. Además, en las aguas contaminadas proliferan bacterias como Escherichia coli (foto microscópica), notablemente perjudiciales para el propio ser humano.

En su efecto más nocivo, la contaminación de ríos y mares causada por el ser humano provoca la muerte de la fauna acuática. Además, en las aguas contaminadas proliferan bacterias como Escherichia coli (foto microscópica), notablemente perjudiciales para el propio ser humano.

Por su parte, los organismos patógenos son virus, bacterias y protozoos que pueden provocar enfermedades, tanto a los animales como al ser humano. Algunos de estos organismos son las bacterias Escherichia coli y Salmonella tiphi, así como el protozoo Entamoeba histolytica. Sus efectos sobre el organismo abarcan desde trastornos intestinales hasta disentería y cólera.

Los nutrientes minerales son sustancias en las que abundan el fósforo y el nitrógeno. Su fuente se halla en el uso de insecticidas, fertilizantes y detergentes biodegradables. El exceso de nutrientes en el agua hace que prolifere el crecimiento de algas, que al morir y descomponerse atraen a microorganismos cuya actividad reduce el contenido de oxígeno del agua. En consecuencia, el ecosistema acuático se degrada. Cuando llegan a un medio acuático, los detergentes no biodegradables –y también los aceites y las grasas– producen espumas y películas en la superficie.

Finalmente, los minerales inorgánicos están formados por compuestos de plata, mercurio, plomo, cobre y hierro, entre otros. Los organismos marinos los absorben, acumulándolos en su organismo.

Los vertidos a las cuencas fluviales de aguas residuales humanas o de granjas ganaderas ponen en marcha la llamada eutrofización, fenómeno que supone la degradación completa del ambiente.

Existen además otras causas de contaminación del agua, como excesos de sólidos en suspensión, vertidos de agua caliente que afectan al equilibrio térmico de los ecosistemas y vertidos de sustancias radiactivas. Paradójicamente se observa que, a medida que aumenta la población mundial –y por tanto son necesarios mayores recursos de agua–, en lugar de cuidar y preservar la hidrosfera, la actividad humana la degrada cada vez más.

La eutrofización

Los vertidos de aguas residuales de origen humano y de las granjas ganaderas, ricos en materia orgánica y en nitrógeno, a menudo llegan a los ríos y lagos. La combinación de estos residuos con el fósforo procedente de los detergentes supone un exceso de nutrientes minerales en el medio acuático dulce, que conduce a un proceso de efectos nocivos conocido como eutrofización.

La abundancia de fósforo provoca una proliferación desmedida de fitoplancton, los diminutos organismos vegetales que habitan en el agua. El fitoplancton consume nitrógeno disuelto, y su excesivo crecimiento conduce a la desaparición de este gas. Cuando ya no queda nitrógeno en el agua, proliferan otros microorganismos que se nutren mediante el proceso de fotosíntesis. Estos microorganismos fotosintéticos hacen que, en su superficie, el agua adopte un aspecto verdoso y turbio.

Al mismo tiempo, al agotarse el nitrógeno del agua, todo el fitoplancton que se alimentaba de él perece, y sus restos caen al fondo. Esta repentina abundancia de materia orgánica hace que proliferen bacterias que se dedican a oxidarla consumiendo su oxígeno, y de paso también el que se halla disuelto en el agua.

El último paso, tras la eliminación del nitrógeno y el oxígeno, es la aparición de nuevas bacterias, en este caso anaerobias. Estas bacterias desarrollan procesos de fermentación y emiten compuestos gaseosos de azufre y de nitrógeno, causantes de malos olores. El ecosistema acuático queda así totalmente degradado.