El hombre y la biosfera

El ser humano ha evolucionado durante un lapso de tiempo que los hallazgos paleontológicos sucesivos hacen variar de continuo, ante el descubrimiento de restos fósiles de homínidos de cada vez mayor antigüedad. De cualquier modo, esta evolución se circunscribe a una fase de pocos millones de años, insignificante en comparación con los más de cuatro mil millones en los que se cifra la edad de la Tierra.

Durante un largo periodo el hombre vivió en un nivel de equilibrio razonable con el resto de los organismos que componen la biosfera. Los organismos parásitos, las enfermedades y la mayor o menor dificultad para obtener alimentos mantenía a los primitivos humanos en niveles de población que se compensaban con los de los restantes seres vivos.

Hace más de diez mil años, el ser humano comenzó a cultivar plantas y a desarrollar estrategias de caza y pastoreo que lo colocarían a la cabeza del sistema de redes tróficas. Pronto comenzó a interferir con el medio en el que habitaba en diferentes niveles. Por ejemplo, el uso que hacía del fuego podía producir incendios que mantenían como pastizales zonas que en su evolución natural hubieran sido bosques. Igualmente, el desarrollo de las estrategias de caza en grupo pudo ser una de las causas que en el pleistoceno abocó a la desaparición a especies como el mamut y el mastodonte.

El ingenio humano desarrolló técnicas para extraer minerales de la tierra, obtener energía mediante la combustión de la madera o el carbón, talar los bosques y, en general, utilizar en provecho propio unos recursos que parecían ilimitados. Sin embargo, en los últimos siglos los efectos de la actividad humana sobre el resto de la biosfera han alcanzado dimensiones que constituyen probablemente el principal factor limitante para la futura existencia, tanto de la especie humana como de la propia biosfera.

El extraordinario aumento de la población humana ha tenido repercusiones negativas notables sobre el medio ambiente. En la imagen, vista de São Paulo en la que se puede apreciar la capa de contaminación típica de las grandes ciudades.

Las consecuencias de la expansión del ser humano sobre la Tierra y del desarrollo tecnológico que lleva parejo tienen múltiples facetas. El fulgurante crecimiento de la población humana es base de toda la problemática relacionada con el ambiente. El ser humano ejerce sobre el ambiente una presión que puede llegar a ser insostenible, al consumir cada vez mayores cantidades de agua y alimentos, materias primas y energía. Paralelamente, genera mayores volúmenes de residuos y agentes contaminantes.

El aumento de población y sus repercusiones ambientales es uno de los motivos de estudio de las consecuencias de la actividad del ser humano en el planeta. Otros son la disminución de la biodiversidad, la deforestación, la problemática derivada de la destrucción de la capa de ozono atmosférica y la relacionada con el cambio climático.

Población y degradación ambiental

Los estudios sobre correlación entre el aumento de la población, el consumo de recursos de la biosfera y la degradación ambiental presentan siempre una diversidad tan amplia de variables que resultan de gran complejidad. No obstante, es posible establecer algunas generalidades de interés.

Los recursos naturales que una persona requiere para su supervivencia son cuantitativamente escasos en relación con el conjunto de la masa de la biosfera. Sin embargo, en los países desarrollados la demanda de recursos de cada individuo es infinitamente superior a la requerida para su subsistencia.

Aunque en los países no occidentales el consumo es menor, el gran crecimiento demográfico ejerce una gran presión sobre el suelo, acelerando la degradación del medio. En la imagen, vertedero cercano a un poblado de la India.

A pesar de ello se da la circunstancia de que la degradación ambiental es muy superior en los países en los que el consumo de recursos es menor, es decir, en los subdesarrollados, que en los más avanzados, que consumen más recursos. En los primeros, el aumento rápido de la población ejerce una presión tal sobre los suelos, las fuentes de abastecimiento de agua, etc., que tiende a su agotamiento. La aceleración del crecimiento poblacional debe considerarse como el elemento esencial de la degradación ambiental en los países en desarrollo.

En cambio, son muchos los países industrializados que obtienen sus medios a costa de la sobreexplotación y, en muchos casos la destrucción de fuentes de recursos naturales, y en los que el crecimiento poblacional es mínimo. En estas zonas, el elemento demográfico generador de la degradación ambiental más significativo no es el aumento de la población sino el consumo de recursos, absolutamente desproporcionado en relación a su población.

Son muchos los recursos naturales necesarios para producir los tejidos de la ropa y las sabanas y mantas de un bebé, los plásticos de sus juguetes, bañera, pañales desechables y demás accesorios, la madera de la cuna en la que duerme o los productos agrícolas necesarios para elaborar las papillas dietéticamente equilibradas con las que se alimenta. Según estos factores, se estima que el impacto ambiental en consumo de recursos que tiene el nacimiento de un niño en un país como los Estados Unidos es doce veces superior al de un infante nacido en un país subdesarrollado.

La acumulación de basuras constituye un problema ambiental de primer orden en las aglomeraciones urbanas de las sociedades occidentales. Por ejemplo, se calcula que el impacto de los productos vinculados a los bebés es doce veces mayor en un país como los Estados Unidos que en una nación subdesarrollada.

A partir de este ejemplo se puede establecer la diferenciación de dos conceptos esenciales en los estudios demográficos de impacto ambiental. Se trata de distinguir entre sobrepoblación de individuos, que produce daño ambiental por sobrecarga de número de personas, con independencia de que éstas consuman escasos recursos, y sobrepoblación de consumo, que degrada el ambiente porque cada individuo consume más recursos que los que necesita para su subsistencia.

Es importante señalar que los dos conceptos tienen la misma importancia desde el punto de vista de los efectos que originan y que el manejo de estas variables en los estudios de impacto ambiental resulta extremadamente complejo. Ello se debe a la gran variedad de condicionantes sociales, culturales, y económicos que hay que evaluar en ellos.

Actividad humana y diversidad biológica

La diversidad biológica, o biodiversidad, se entiende como la variedad de los organismos animales y vegetales y, en consecuencia, la de ecosistemas en las que éstos habitan. Dentro de ella pueden establecerse distintos niveles.

Cabe distinguir entre diversidad de especies y de ecosistemas. La primera es una diversidad genética, que define la variabilidad genética dentro de una misma especie. Un ejemplo característico de especie con gran diversidad genética sería el perro, que puede presentar formas muy diferentes dependiendo de su raza. En cambio, la diversidad de ecosistemas determina la cantidad de interacciones que se establecen dentro de ellos.

Estrechamente vinculado al concepto de biodiversidad, o más bien al de falta de ella, está el de extinción o desaparición de una especie, ya sea animal o vegetal. Se trata de un proceso natural, que ha formado parte de la evolución desde la aparición de las primeras formas de vida sobre la Tierra. Sin embargo, el crecimiento de la población humana ha hecho que, de manera creciente, los hábitats de numerosas especies se hayan visto alterados o destruidos por la presencia del ser humano. En consecuencia, su desaparición se ha convertido en un fenómeno cada vez más generalizado.

Para cuantificar la magnitud de este fenómeno existen una serie de estamentos y acuerdos internacionales, que se encargan de analizar las especies que enfrentan mayor riesgo de desaparición en el futuro inmediato. La Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza publica anualmente una Lista Roja de Especies Amenazadas.

La presión del hombre sobre la biosfera ha situado a numerosos animales al borde de la extinción. Es el caso del rorcual (en la imagen) considerado internacionalmente como una especie amenazada debido a la caza intensiva y al progresivo deterioro de su hábitat.

En la correspondiente a 2006, a especies animales ya incluidas desde hace tiempo como las distintas especies de tortugas marinas (verde, laúd), la ballena azul, o el elefante africano se incorporaron otros que en tiempos pasados rara vez se hubieran podido considerar en peligro. Algunos eran el oso polar, predador dominante en los hielos árticos, y el hipopótamo, que pocos años antes formaba grandes manadas en los ríos africanos. Por su parte la Convención sobre Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES, por sus siglas en inglés) se encarga de adoptar medidas que minimicen la incidencia del fenómeno en todo el mundo.

Siglo xxi: ¿tiempo de extinción masiva?

Como se ha indicado, las extinciones masivas son un proceso inherente a la evolución de la biosfera. Sin embargo, muchos estudiosos de este tipo de fenómenos consideran que el incremento actual de la desaparición de especies, o del riesgo de que desaparezcan, puede constituirse en la mayor extinción masiva de la historia, ya que se distinguiría de otras pasadas por una serie de particularidades nada tranquilizadoras.

En primer lugar, y como factor de gran importancia, sería atribuible no a fenómenos naturales sino a la actividad del ser humano, que ha llegado a acumular niveles de consumo de energía en la biosfera que implican un grave riesgo para su equilibrio. Por otra parte, el fenómeno está teniendo lugar en un intervalo de tiempo muy poco significativo en términos de evolución terrestre.

Unas décadas son, ciertamente, insignificantes en comparación con los millones de años a lo largo de los cuales se produjeron extinciones como las de la era secundaria. Además, en la época actual se está extinguiendo un mayor número de especies vegetales que en el pasado. Teniendo en cuenta que los vegetales conforman el primer nivel a partir del cual se establecen las redes tróficas en los ecosistemas, es lógico pensar que a la desaparición de esas plantas puede suceder la de los organismos animales, vinculados con ellas a través de esas redes tróficas.

La tala de bosques es un motivo de traumática destrucción del hábitat en el que viven especies animales y vegetales.

La diversidad biológica se ve amenazada o alterada por diferentes tipos de actividades humanas. Desde el punto de vista cuantitativo, la principal de estas formas de agresión es probablemente la modificación o destrucción del hábitat de una especie. Ello puede producirse de forma directa, como en el caso del abatimiento de masas forestales tropicales que determina la disminución o desaparición de las plantas epifitas que habitan en ellas, o por contaminación de su ambiente como consecuencia de la actividad industrial.

La destrucción de hábitat resulta prácticamente inevitable ante cualquier forma de actividad humana en ese medio. Se alteran los entornos naturales siempre que se tala un bosque, se construye una carretera, se drena una zona pantanosa o se inunda un valle al construir un embalse. Además de la alteración directa, la biodiversidad se ve amenazada por la formación de las llamadas islas ambientales, hábitats de determinadas especies que quedan rodeados por cultivos, carreteras o edificaciones y que limitan el espacio en el que esos organismos se pueden desarrollar. En estas islas, el riesgo de desaparición de especies en mayor no sólo por la limitación espacial, sino porque en ellas aumenta la probabilidad de endogamia entre los integrantes de una población y, por tanto, de disminución de la variabilidad genética.

Junto con esta agresión directa se sitúan obviamente las formas de alteración de los ecosistemas que sirven de hábitat a las especies por medio de agentes contaminantes de todo tipo. Tales son, entre otros, fertilizantes, productos químicos de vertidos industriales, residuos ácidos filtrados al subsuelo o lluvia ácida derivada de las emisiones de óxidos de azufre y nitrógeno a la atmósfera.

El uso de fertilizantes, insecticidas, fungicidas y otros productos químicos para mejorar la productividad agrícola tiene efectos perjudiciales a medio y largo plazo sobre el terreno y sobre las especies que lo ocupan. En la imagen, proceso de fertilización de un campo baldío.

Además de la contaminación derivada de la actividad agrícola y, sobre todo, industrial, hay que distinguir también la llamada contaminación biótica, una de las formas de agresión a la biodiversidad en creciente desarrollo. Por este fenómeno, una especie ajena a un determinado medio se adapta a él rompiendo el equilibrio del ecosistema anteriormente establecido. La ruptura de dicho equilibrio puede producirse por depredación de las especies autóctonas o a través de mecanismos de competencia por el espacio o por el alimento.

Colonia de mejillones cebra en el área de los Grandes Lagos estadounidense. La proliferación de colonias de mejillones cebra fuera de su ecosistema original del mar Caspio supone actualmente un problema ecológico de notable importancia en amplias regiones de Europa y América.

A título de ejemplo, se puede mencionar el caso del mejillón cebra, que en los últimos años ha invadido, desde su ecosistema natural en el mar Caspio, extensas regiones de Europa y América. Probablemente, llegó a estas regiones transportado en el agua que llevan como lastre los barcos mercantes. Esta especie es una variedad de molusco que se adapta a todo tipo de entornos y se nutre de grandes cantidades de algas y fitoplancton. Así, reduce los nutrientes disponibles para peces y moluscos nativos y causa además graves daños materiales, porque tiende a obstruir las conducciones de aguas residuales que vierten al mar o a las zonas de delta.

Aunque desde el punto de vista cuantitativo tienen menor importancia que la destrucción del hábitat, sea directa o por contaminación química o biótica, otras formas de agresión al medio que pueden reducir la diversidad biológica son la captura y tráfico de especies en peligro de extinción, la caza y la pesca. La captura comercial de especies es la extracción de los organismos, en este caso predominantemente animales, del medio en el que habitan, para traficar con ellos.

En general, se trata de animales tropicales que son vendidos en tiendas de mascotas de América, Europa o Asia. Aunque el fenómeno afecta a especies de toda índole, es especialmente significativo el de loros y guacamayos, originarios de las selvas tropicales de Brasil y del norte de la Argentina. El alto precio que alcanzan estas aves ha puesto en grave riesgo de desaparición a más de cuarenta de sus especies.

El comercio, a menudo ilegal, de especies exóticas de las selvas tropicales, como los loros y los guacamayos (en la imagen), tiene un efecto demoledor sobre las poblaciones en libertad de estas especies.

Por cuanto respecta a la cacería, las modalidades de subsistencia y deportiva no suponen un problema de alcance, en el primer caso porque en la actualidad sólo comunidades aisladas viven de ella, y en el segundo porque su práctica suele estar regulada por ley en la mayor parte de los países. En cambio, la caza con fines comerciales supone un factor de riesgo.

Tal sucede en animales como el rinoceronte, a partir de cuyos cuernos se obtiene un polvo empleado como medicinal y afrodisíaco en algunos países de Asia, o el elefante, a partir de cuyos colmillos (también de los del hipopótamo) se obtiene el marfil. Este tipo de prácticas está regulado por la legislación internacional, pero los intereses comerciales implicados en ella hacen que prolifere el furtivismo para la venta en el mercado negro.

Biología de conservación y restauración

El término biología de conservación y restauración se aplica al conjunto de estudios destinados a la protección de la biodiversidad y a la recuperación de ecosistemas dañados por la acción del hombre. En los estudios biológicos conservacionistas se emplean dos procedimientos: conservación in situ y ex situ.

La conservación in situ engloba el conjunto de actuaciones proteccionistas que se realizan en el medio silvestres, en zonas preservadas como parques y reservas naturales, santuarios de especies marinas, como las ballenas, o refugios y zonas protegidas de distintos tipos. Este tipo de iniciativas permite salvaguardar la diversidad biológica de grandes espacios. No obstante, la presión que supone la demanda de tierras para su explotación económica y la insuficiencia de áreas protegidas en diferentes partes del mundo, hacen que, en el ámbito global de la biosfera, el sistema no constituya una forma de asegurar la preservación de todos los ecosistemas.

Por su parte, la conservación ex situ agrupa los procedimientos que, con el mismo objetivo, se ponen en práctica en zoológicos, acuarios, jardines botánicos y centros de investigación biológica. En este campo adquieren especial importancia las modernas técnicas biotecnológicas. La salvaguarda de especies vegetales en extinción encuentra, por ejemplo, un amplio campo de desarrollo en la introducción de caracteres de resistencia mediante manipulación genética. En los animales, la inseminación artificial, la transferencia de embriones o la clonación son también potentes armas en la lucha contra la desaparición de especies.

Si bien el ser humano intenta proteger a la fauna amenazada mediante programas de reproducción en cautividad, algunas especies, como el panda gigante (en la imagen), presentan serios problemas de adaptación a entornos artificiales como los zoológicos.

Las dimensiones de la deforestación

Junto a la pérdida de biodiversidad, la deforestación es otra de las principales consecuencias negativas de la actividad humana en la biosfera. Tradicionalmente, la reducción de la superficie arbolada del planeta se debía a la extensión de los cultivos de roza y quema, a la apertura de terrenos para apacentar ganado o a cubrir las necesidades energéticas que, hasta las primeras décadas del siglo XX, se cubrían en el medio rural casi exclusivamente con recursos madereros.

A pesar de la obtención de nuevas fuentes de energía, paradójicamente en décadas posteriores el fenómeno no hizo más que expandirse como consecuencia del aumento de la demanda de madera, celulosa, papel, resinas y otros productos derivados de la explotación forestal. El hecho constituye un factor de gran alcance en la degradación de la biosfera, ya que sus consecuencias ecológicas no se reducen ni mucho menos a la pérdida de masa boscosa.

La destrucción de los bosques plantea problemas de distintos órdenes. La deforestación produce una importante erosión del suelo y, así, una reducción sustancial de su fertilidad. Por otra parte, la misma erosión hace aumentar los sedimentos que pasan a los ríos y torrentes lo que, a su vez, hace que la luz penetre en menor medida en sus aguas. Con ello se reduce la vegetación que se desarrolla en ellas y se arrastra a sus cursos agentes contaminantes que entran en el ciclo del agua.

Otro de los efectos inmediatos de la supresión drástica de la cubierta arbórea de las laderas de montaña es que el terreno queda sin protección ante las avenidas y riadas. Además de constituir un potencial riesgo de inundación de las zonas de valle, arrastran las capas de duelo, tendiendo a dejar al descubierto la roca de los estratos inferiores y favoreciendo la desertización.

La deforestación es un importante elemento generador de cambios climáticos a escalas regional y global. Ello se debe al hecho de que la transpiración de los árboles libera a la atmósfera importantes volúmenes de humedad en forma de vapor de agua que, siguiendo el ciclo hidrológico normal, vuelve al terreno en forma de lluvia. La pérdida de cobertura arbórea reduce las precipitaciones y favorece la sequía y el aumento de las temperaturas medias, al anular el ligero enfriamiento que produce la evapotranspiración.

La eliminación de la cubierta arbórea de las laderas montañosas deja los valles y llanuras más desprotegidos frente a las riadas y las inundaciones, un problema que afecta especialmente a países en vías de desarrollo. En la imagen, un helicóptero intenta brindar ayuda a los desplazados por las fuertes inundaciones acaecidas en Mozambique en 2001.

La diversidad biológica también se ve afectada por la deforestación. Resulta especialmente evidente en las zonas de bosque tropical. Se estima que la tala indiscriminada de las grandes masas arbóreas de la selva amazónica produce una pérdida de más del 90 % de las especies vegetales que habitan en ella, tanto arbóreas como de lianas y plantas epifitas asociadas. En el terreno deforestado sólo crece vegetación arbustiva, reproduciéndose muy pocos de los centenares de especies preexistentes. Los bosques de Centroamérica, Indonesia y el sudeste asiático y la cuenca del río Congo en África sufren problemas semejantes.

La reducción de la capa de ozono

La estratosfera es una de las partes de la atmósfera que rodea la Tierra. Comprendida entre los doce y los cincuenta kilómetros de altura, contiene en su nivel superior una capa de ozono, un gas formado por moléculas triatómicas de oxígeno (O3). Este ozono protege la superficie del planeta de la radiación ultravioleta de alta energía de tipo B (uvb) procedente del Sol.

Fotografía de la NASA en la que se muestra el agujero de la capa de ozono sobre la Antártida. El uso indiscriminado de compuestos clorofluorocarbonados (CFC) en propelentes de aparatos de refrigeración y aerosoles ha contribuido a un adelgazamiento de la capa de ozono de la estratosfera, que es especialmente acusado sobre las regiones polares.

Los rayos uvb son nocivos para los seres vivos en distintos niveles. Así, por ejemplo, la exposición continuada a esta radiación ultravioleta aumenta la incidencia de enfermedades como cáncer de piel, cataratas o deficiencias inmunitarias. También se han realizado estudios que demuestran otros efectos lesivos. Uno de ellos es el daño de esta radiación sobre el plancton, base de las cadenas alimentarias marinas, o sobre los cultivos.

En 1985 se observó que la capa de ozono estratosférica estaba experimentando un rápido adelgazamiento sobre la Antártida, por lo que en los países del hemisferio sur la penetración de radiación ultravioleta estaba aumentando. Esta reducción del espesor de la capa, a la que popularmente se conoce como «agujero de ozono», es un fenómeno cíclico anual que, según se demostró en estudios posteriores, se registra con magnitudes variables no sólo en la Antártida sino también en otras partes del planeta.

Las investigaciones sobre el fenómeno pronto dieron frutos. Se comprobó que la alteración de la composición de la atmósfera era consecuencia directa de la actividad industrial. Los principales responsables del «agujero» son los compuestos clorofluorocarbonados (cfc), agentes químicos usados como propelentes de aerosoles, gases refrigerantes en instalaciones frigoríficas y sistemas de aire acondicionado y limpiadores en la industria electrónica. Otros compuestos como los halones, empleados en espumas de extintores, el tetracloruro de carbono, disolvente muy usado en la industria química, y el bromuro de metilo, plaguicida, participan en el proceso.

Ante la dimensión de esa amenaza, en 1987 se firmó el denominado Protocolo de Montreal, un acuerdo internacional ratificado por 160 países firmantes que se comprometían a erradicar el uso de cfc en el plazo más breve posible. Aunque el protocolo se considera uno de los tratados internacionales con mayor grado de cumplimiento, la obtención de proyecciones fiables sobre el efecto de la eliminación de los cfc sólo podrá obtenerse a medio plazo.

Entre tanto, aunque con niveles variables, la magnitud de la reducción del espesor de la capa se ha venido manteniendo a lo largo de la década de 2000. Uno de los medios para aplicar este acuerdo fue la rápida obtención de productos sustitutivos como los hidrofluorocarbonos (hfc), que no degradan el ozono, aunque se ven implicados en el otro gran problema que la actividad humana ha inducido en la biosfera: el efecto invernadero.

El cambio del clima terrestre

La Tierra ha experimentado cambios de clima desde sus orígenes, en ocasiones con fenómenos tan extremos como las glaciaciones de épocas prehistóricas. Sin embargo, en época reciente, la tendencia al calentamiento global del planeta ha sido una constante que ha dado lugar, como en el caso del adelgazamiento de la capa de ozono, a la movilización de las instituciones internacionales. En este marco se creó el Panel Intergubernamental de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, que limitó el uso de este término a las alteraciones climáticas inducidas por la actividad humana.

Aunque, como en todos los fenómenos que afectan a la biosfera, las posibles causas incluyen numerosas variables, el principal desencadenante del calentamiento global son los gases de efecto invernadero. El uso de combustibles fósiles como el carbón, el gas natural y el petróleo que, aunque generalizado en los últimos tres siglos experimentó un enorme auge desde la segunda mitad del siglo XX, ha dado lugar a un gran aumento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera.

Este compuesto es el gas de efecto invernadero por excelencia, y a su abundancia en la atmósfera contribuyen otros factores como los incendios forestales. A ello hay que añadir gases adicionales como el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O).

Dos de los factores más importantes de contaminación. Tráfico rodado, cuyas emisiones de dióxido de carbono y otros gases por los tubos de escape no sólo contaminan la atmósfera sino que contribuyen, además, al calentamiento global. Este problema se ve agudizado por los incendios forestales, responsables de la emisión a la atmósfera de importantes cantidades de dióxido de carbono y otros gases.

Dos de los factores más importantes de contaminación. Tráfico rodado, cuyas emisiones de dióxido de carbono y otros gases por los tubos de escape no sólo contaminan la atmósfera sino que contribuyen, además, al calentamiento global. Este problema se ve agudizado por los incendios forestales, responsables de la emisión a la atmósfera de importantes cantidades de dióxido de carbono y otros gases.

La Tierra emite la energía sobrante que recibe del Sol en forma de calor, que pasa a la atmósfera y de ella al espacio. Sin embargo, el CO2 y los restantes gases que contaminan la atmósfera apantallan esa energía de manera similar a como lo hacen los paneles de vidrio que evitan la pérdida de calor en los invernaderos. De ahí que estos compuestos sean conocidos como gases de efecto invernadero.

Los potenciales efectos del calentamiento global son variables y en algunos casos difícilmente cuantificables. Por eso, la controversia en medios científicos sobre la gravedad del problema o si el calentamiento entra dentro de lo que puede considerarse normal en la evolución de la biosfera se ha prolongado tal vez más de lo aconsejable.

El hecho cierto es que las mediciones de temperatura sistemáticas se han realizado desde hace unos 150 años y que en ese siglo y medio la temperatura media del planeta se ha incrementado sólo en 0,5 °C. Todas las presiones coinciden en señalar un aumento de 1 °C para 2020 y de 2 °C para 2050, ello sin tener en cuenta que en los últimos años se han registrado las temperaturas medias más altas en buena parte de las regiones del mundo.

Probablemente, el efecto más inmediato del calentamiento global sea la elevación del nivel del mar, derivada sobre todo de la fusión de las masas de hielo polar. Desde la década de 1990 se han venido sucediendo desprendimientos de grandes bloques de hielo de la banquisa antártica y se han registrado reducciones en las dimensiones de los hielos que cubren el círculo polar ártico. Ello es signo evidente de un efecto que puede dar lugar a la desaparición bajo las aguas de zonas de costa, efecto especialmente grave si se tiene en cuenta que dos terceras partes de la humanidad viven en una banda litoral de pocos cientos de kilómetros.

En este mismo sentido, el cambio del clima puede facilitar la inundación de grandes deltas fluviales, como el del Nilo o el del Mississippi, donde se encuentran algunas de las regiones agrícolas con mayor productividad. Todo ello podría determinar cambios radicales en la distribución geográfica de la agricultura, con los consiguientes riesgos de hambrunas y desplazamientos de población.

Por otra parte, las variaciones en las precipitaciones, con marcada tendencia a la sequía, suponen un elemento de expansión de la desertificación. Este fenómeno es ya evidente en muchas áreas del planeta, como el Sahel africano, colindante con el sur del desierto del Sahara, o las estepas centroasiáticas.

Arrecifes coralinos, como el de la imagen, son ecosistemas altamente vulnerables a los cambios de temperatura y salinidad de los océanos.

Paralelamente, la variación del clima puede inducir una reconfiguración general de la propia biosfera, ya que determinará movimientos migratorios masivos de especies animales y reubicación de las comunidades vegetales. Las especies que presenten intervalos térmicos estrechos para sobrevivir se verán abocadas a la extinción, otras quedarán limitadas a regiones reducidas y las más adaptables iniciarán desplazamientos masivos.

A corto plazo, los ecosistemas para los cuales la variación de la temperatura y las precipitaciones suponen una mayor amenaza son los mares polares, los humedales de costa, los arrecifes coralinos y las llanuras de tundra y taiga. En cualquier caso, las consecuencias negativas de la actividad humana sobre la Tierra están estrechamente interrelacionadas. Es imperioso, así, que el ser humano comprenda que forma parte de una biosfera en la que resulta imprescindible buscar los medios para minimizar los desequilibrios en la compleja red de sistemas biológicos de los que depende su existencia.