Evolución histórica de las formas de producción

Desde el dominio del fuego, la rueda y el arado a la ingeniería genética y la biotecnología ha transcurrido un largo periodo de invenciones y adelantos. En este proceso, el uso de la tecnología por medio de herramientas y máquinas crecientemente complejas se ha acompañado de una mejora progresiva de las formas de producción.

En una trayectoria evolutiva no siempre lineal, la historia de la tecnología puede verse como una acumulación sucesiva de inventos cada vez más perfeccionados. No se tiene constancia de grandes invenciones perdidas del pasado, ya que la escritura, una de las más útiles y extraordinarias, ha impedido esta pérdida en buena medida y ha permitido conservar los principios de los desarrollos más interesantes de la mente humana de pueblo en pueblo y de generación en generación.

De la horda prehistórica al grupo nómada y el enclave sedentario y desde las primeras ciudades a las grandes megalópolis y concentraciones urbanas del presente, este devenir se ha caracterizado por una búsqueda y aprovechamiento crecientes de los recursos naturales. La energía obtenida de los combustibles fósiles y el uso extenso de la electricidad son hoy puntales de unas economías en permanente desarrollo que miden su éxito por el crecimiento continuo del producto interno (interior) bruto (pib) de las naciones.

En la actualidad, el gran reto es conseguir formas de producción que sean compatibles con el entorno.

La imagen de la Tierra desde el espacio, desde esos satélites artificiales que la tecnología humana contemporánea ha permitido diseñar y construir, deja ver la huella de la inmensa transformación que la presencia del hombre ha introducido en el planeta: masas deforestadas, terrenos agrestes domeñados para la agricultura y puntos luminosos que delatan, de noche, la presencia de las ciudades testimonian la fuerza expansiva de las comunidades humanas. Hoy, esa misma capacidad tecnológica y de mejora de las formas de producción ha de orientarse hacia un nuevo y trascendental esfuerzo: encontrar vías para que el desarrollo humano pueda ser compatible con la sostenibilidad del entorno en el que tiene lugar.

Los inicios de la tecnología

La prehistoria es un largo periodo de la existencia del ser humano para el cual se carece de fuentes de referencia escritas. Las informaciones de que se dispone sobre los modos de vida y producción de los antepasados remotos de los actuales pobladores del planeta terrestre se obtienen de los yacimientos arqueológicos. No se trata, por tanto, de fuentes directas, sino de inferencias obtenidas indirectamente por los expertos.

La piedra fue uno de los primeros materiales utilizados para la fabricación de herramientas. En la imagen, cuchillo de sílex de época prehistórica.

Teniendo en cuenta esta circunstancia, la comparación entre los innumerables yacimientos prehistóricos encontrados en multitud de lugares dispersos ha permitido establecer un compendio de saberes aceptados sobre la existencia y las costumbres de los primeros seres humanos. Se sabe, así, que algunas de las primeras herramientas fabricadas fueron de piedra, según una técnica que se fue depurando lentamente para obtener resultados cada vez más perfeccionados. La madera, el marfil y el hueso se situaron así mismo entre los materiales comúnmente empleados por las comunidades prehistóricas.

Tal desarrollo ha quedado recogido en testimonios de la época, a través de pinturas rupestres y otras representaciones abstractas, a menudo propiciatorias de la caza. Otros elementos culturales, como los monumentos megalíticos, dan cuenta de los elevados niveles de pensamiento, religiosidad y cultura alcanzados por los pueblos más primitivos. En este contexto, el dominio del fuego se ha señalado como uno de los inventos capitales de este largo periodo. Las hogueras controladas sirvieron no sólo para calentarse, cocinar y protegerse de las fieras, sino también para dominar ciertos materiales que rápidamente demostrarían su utilidad: el barro cocido, el vidrio y, sobre todo, los metales.

La aparición de la cerámica tuvo lugar durante el periodo conocido como Neolítico, caracterizado por la domesticación de animales y los progresos en la agricultura, que se acompañaron de un progresivo sedentarismo de las poblaciones de cazadores-recolectores hasta entonces nómadas. Largos milenios de detenida observación de la naturaleza permitieron a aquellos hombres antiguos elegir las mejores especies para la alimentación y, dentro de ellas, las variedades más productivas. Esta selección se unió a la invención del arado y otros primitivos utensilios para promover la agricultura en zonas geográficas en las que se comenzaba a sentir cierta escasez de recursos naturales, como el llamado Creciente Fértil, entre el delta de los ríos Tigris y Éufrates en Mesopotamia, y la frontera egipcia.

El sedentarismo agrícola impulsó el nacimiento de las primeras ciudades y una nueva organización social y productiva con oficios crecientemente especializados. Esta primera revolución urbana del Neolítico se distinguió por el impulso del comercio al aparecer excedentes agrícolas, la proliferación de los grupos de artesanos y las mejoras de los transportes, principalmente por vías acuáticas, pero también por tierra. El escenario estaba dispuesto para el nacimiento de las primeras grandes civilizaciones de la historia.

El sedentarismo surgido con el dominio de la agricultura en el entorno de los grandes ríos euroasiáticos como el Nilo (en la imagen) o el Tigris-Éufrates, permitió el desarrollo de una incipiente artesanía.

Grandes civilizaciones

Las primeras grandes culturas de la antigüedad surgieron en torno a prósperos valles fluviales: los pueblos mesopotámicos, entre el Tigris y el Éufrates, y los egipcios, en el Nilo anualmente anegado por las aguas que dejaban una tierra limosa extraordinariamente fértil. La benignidad de estos entornos propició el surgimiento de civilizaciones cuyos logros económicos, organizativos, arquitectónicos y artísticos aún sorprenden por su perfección y su monumentalismo.

Estas primeras civilizaciones alcanzaron su cenit bajo la égida de sistemas políticos muy centralizados con un alto peso del componente religioso. Los reyes asirios y babilonios y los faraones egipcios ejercían un poder absoluto, apoyados por una influyente clase sacerdotal. Semejante concentración de poder concedió a estos pueblos una notable pujanza militar y, paralelamente, una capacidad de innovación tecnológica que modificó de modo sustancial las formas productivas.

La agricultura se mejoró con una progresiva optimización en la selección de especies y variedades de plantas y con la invención de aperos y herramientas. Ingeniosos dispositivos para el majado, el prensado y el triturado de los productos agrícolas y el creciente uso de molinos para preparar harina se generalizaron. También se desarrollaron técnicas de elaboración de vino, cerveza y otras bebidas alcohólicas mediante fermentación.

La construcción, como atestiguan las pirámides y templos egipcios como ejemplo emblemático, alcanzó un auge impresionante en algunos de estos pueblos. Mejoraron asimismo las técnicas metalúrgicas, que se aplicaron a materiales de diversa utilidad: el cobre, una variedad mejorada (aleación) del mismo que se llamó bronce y el hierro se emplearon para fabricar armas, pero también multitud de objetos cotidianos. El dominio de la fabricación de metales se basó en tecnologías novedosas, como la minería, el refinado, la laminación, el forjado y la soldadura.

Los grandes imperios de la antigüedad sobresalieron en el campo de la construcción al tiempo que desarrollaban tecnologías del metal que resultaron fundamentales para la humanidad. En la imagen, esfinge y pirámides de Gizeh.

No obstante, uno de los legados principales de estas primeras culturas fue la invención de la escritura. Inicialmente un tanto rudimentaria (como cabe ver en los trazos cuneiformes mesopotámicos o los jeroglíficos egipcios), pronto se desarrollaría en diversas formas simplificadas que ofrecieron a los pueblos una alternativa a la tradicional conservación oral de su historia y sus conocimientos.

Calzada romana frente al arco de Tito. Entre las obras públicas llevadas a cabo por los romanos, el trazado de calzadas cobró una singular importancia.

A las primeras grandes civilizaciones les sucedieron las culturas clásicas que, como la griega y la romana, se distinguieron por un extraordinario manejo de la lengua escrita. Grecia y Roma, en Europa, como China y la India en el centro y este de Asia, sentaron las bases de las modernas civilizaciones. En el periodo grecorromano la sociedad europea evolucionó desde las pequeñas comunidades agrícolas a las polis y las ciudades. El comercio y el transporte se erigieron en puntales destacados de estas sociedades, y las crecientes urbes tenían necesidad de canalizaciones para aportarles agua de consumo (acueductos) y para evacuar las aguas usadas (alcantarillado).

Las obras públicas, al igual que el derecho, se consideran las grandes aportaciones a la posteridad del Imperio romano que ejerció un dominio casi absoluto de la cuenca mediterránea durante varios siglos. La hidráulica (con las geniales contribuciones del griego siciliano Arquímedes), las máquinas de guerra como la catapulta, la red de calzadas, el cuidado por la higiene mediante redes de alcantarillado o las técnicas de construcción basadas en el uso de nuevas clases de cementos fueron logros perdurables de estas culturas que se transmitieron por toda Europa, el norte de África y el Cercano Oriente.

Griegos y romanos, como otros pueblos anteriores y coetáneos a ellos, hicieron uso ya de sistemas productivos dotados de cierta complejidad. En un mundo de producción básicamente artesanal, la proliferación de encargos llevó a que algunos talleres comenzaran a aplicar técnicas elementales de división del trabajo. En la Grecia clásica existen, por ejemplo, testimonios de la existencia de trabajadores exclusivamente dedicados a afilar los cinceles de piedra que habían de usar los maestros artesanos.

Así mismo, algunos de estos talleres crecieron en tamaño hasta pasar a funcionar como pequeñas fábricas. En estos centros se elaboraban los artículos más habituales de consumo de la época, por lo general productos de bronce, vidrio, madera o material textil.

De la tecnología medieval a la máquina de vapor

El desmoronamiento del Imperio romano de Occidente en el siglo V de la era cristiana, ante la decadencia política y económica y el empuje de los pueblos septentrionales de Europa, conllevó la pérdida de buena parte de la sabiduría acumulada en las técnicas y sistemas de producción que sustentaron la prosperidad de la región mediterránea. No obstante la denominación de «época oscura» con que se ha tildado a menudo a la Edad Media, ésta fue un periodo diverso en el cual las guerras, las epidemias y la desarticulación política convivieron con algunos focos de conservación y empuje de la ciencia y la tecnología y con una remodelación de los procesos productivos.

Cierto es que la caída del Imperio romano y la desorganización social, política y económica que siguió tuvieron efectos muy negativos sobre la vida cotidiana y comunal. Sin embargo, los pueblos bárbaros invasores se hallaban sometidos a cierto grado de romanización, el Imperio de Oriente (bizantino) pervivió y las conquistas árabes en Occidente aportaron, además del sometimiento por la fuerza, un interesante compendio de costumbres refinadas, sincretismo científico y renovación económica.

Manuscrito inglés del siglo VIII que muestra la introducción del arado con ruedas durante la Edad Media. Éste y otros inventos permitieron el desarrollo de la agricultura y el mantenimiento de una clase urbana de artesanos.

La Europa surgida de la recomposición de las ruinas del Imperio romano en reinos cristianos y del contacto –a menudo estrecho, como en España– con los árabes vivió un proceso económico caracterizado a grandes rasgos por la expansión de la agricultura y el desarrollo de las ciudades. Desde los «tiempos oscuros» inmediatamente posteriores al fin del imperio hasta la Baja Edad Media, lindante temporalmente con el Renacimiento, se produjo un incesante aporte de nuevas tecnologías que parece contradecir en cierto modo la tradicional imagen de decadencia y pobreza tecnocientífica que se atribuye al periodo.

El armamento y las técnicas militares prosperaron. Se inventó el estribo, lo que mejoró las formas de montar a caballo, y se desarrollaron máquinas y artilugios de combate y asedio que habrían derrotado a las mejores legiones romanas del pasado. También progresó la industria artesanal, lo que impulsó la creación de gremios de artesanos con un notable poder dentro de los burgos y las ciudades. Más importante aún fue la expansión de la agricultura, sustentada en el uso de potentes arados con ruedas y en la combinación de la explotación agrícola y ganadera para mutuo beneficio de ambas actividades.

Así pues, la Edad Media entregó a la posteridad una plétora de nuevos inventos, técnicas y formas de producción en las artes bélicas y en el uso pacífico. De este modo, allanó el camino hacia la eclosión de creatividad que supuso el siguiente periodo histórico, el llamado Renacimiento, que tuvo su cuna en Italia y que imperó en Europa durante los siglos xiv al xvi.

Como en tiempos medievales, la agricultura y la ganadería durante el periodo renacentista se basaron en la aplicación de métodos comunales tradicionales. La variedad de especies se multiplicó tras el descubrimiento de América en 1492 por Cristóbal Colón. La papa o patata, el tomate, el maíz y el tabaco se situaron entre algunas de las plantas americanas que fueron trasladadas a Europa para su cultivo y aprovechamiento.

Los molinos de viento eran ya conocidos en la antigüedad tardía pero su gran desarrollo en el mundo occidental no tuvo lugar hasta la Edad Moderna.

Tampoco el desarrollo de nuevas máquinas se apartó demasiado de las pautas marcadas durante el medievo. No obstante, se vivió un importante perfeccionamiento de los dispositivos existentes, con el desarrollo de molinos de viento y máquinas hidráulicas que permitieron abordar cambios profundos en la naturaleza de los procesos productivos.

Otra de las características sobresalientes del Renacimiento fue el extraordinario auge del comercio y el transporte. Los grandes barcos adquirieron la forma que conservarían hasta la sustitución de la navegación a vela por el vapor. También mejoró el transporte terrestre y se produjo la invención de los sistemas de rieles y vagonetas que, usados inicialmente en las minas, tendrían una aplicación siglos más tarde en el transporte por ferrocarril.

Con todo, la originalidad del Renacimiento se situó más bien en la esfera de las artes y el pensamiento. A ello contribuyó sobremanera la invención de la imprenta de tipos móviles, por Johannes Gutenberg, hacia 1450. Sin embargo, en el plano de la tecnología y la innovación productiva, los siglos renacentistas no alcanzaron el empuje y la notoriedad que en los tiempos medievales.

El nacimiento de la ciencia moderna

En el ámbito del pensamiento, la Edad Media ha quedado ligada a las líneas filosóficas de la escolástica, inspirada en la doctrina cristiana y en los esquemas de la filosofía griega clásica, en particular tomada de Platón y Aristóteles. La liberación intelectual que acompañó al periodo renacentista tuvo, entre otros, el mérito de orientar la mente colectiva e individual de los hombres hacia nuevos senderos. Fruto de ello fue uno de los episodios más importantes de la historia moderna: la llamada revolución científica de la Edad Moderna.

Aunque tal denominación resulta un tanto ambigua, dado que el proceso aludido de renovación del pensamiento científico se extendió durante más de un siglo, esta revolución introdujo un cambio sustancial en la forma de abordar los problemas abstractos de la naturaleza y su relación con el hombre. Con figuras como Nicolás Copérnico, Galileo Galilei, Johannes Kepler e Isaac Newton, se centró en primer lugar en postular una nueva concepción de los sistemas de la astronomía y la mecánica física.

El desarrollo del cálculo diferencial y otras herramientas matemáticas permitió poco después inventar un lenguaje novedoso para expresar las ideas de la «filosofía natural», como era llamado entonces el conocimiento de la física, en forma más concisa y poderosa. A las leyes de la mecánica expuestas por Galileo y Newton siguieron las de la óptica, expuestas por este mismo pensador inglés. Más tarde, también la medicina, la fisiología, el estudio de las plantas y animales y la alquimia, en su proceso de transformación en la química moderna, se sumaron a una nueva forma de plantear y resolver los problemas de la relación del hombre con el medio.

Aunque la revolución científica tuvo lugar primordialmente en el dominio de las ideas, sus aplicaciones prácticas para la vida cotidiana fueron innegables. Tras algunos conflictos con los estamentos preexistentes, ilustrados de forma dramática en el proceso inquisitorial contra uno de sus adalides, el propio Galileo, la ciencia pasó a constituirse en un referente universal del progreso económico y social de los pueblos.

La Edad Moderna deparó notables avances científicos en diversos campos, entre ellos la medicina. En la imagen, ilustración del médico suizo Paracelso.

Los ingenieros de la época pronto aprendieron a aplicar las fórmulas de los científicos a sus realizaciones prácticas. Mecánica, óptica, hidráulica y unas incipientes química, electricidad y termodinámica («ciencia del calor») pasarían de las pizarras de las aulas y las disquisiciones de las academias a alimentar una interminable sucesión de nuevas invenciones que terminarían por modificar de modo sustancial la faz de las ciudades, las industrias y las viviendas.

La revolución industrial

Como sucede a menudo, el término revolución aplicado a los rápidos cambios tecnológicos y en las formas de producción que se vivieron a partir del siglo xviii resulta un tanto engañoso. En este periodo se recogieron los frutos de los tiempos anteriores de avances sustanciales en la ciencia y las técnicas. Sin embargo, el concepto de «revolución industrial» se ha acuñado con éxito por su elocuencia para resumir una época que auspició una alteración sustancial en los modos de vida y organización de las sociedades humanas.

La máquina de vapor figura entre los inventos más útiles de la revolución industrial. En la imagen, grabado que muestra un pequeño tren de mercancías arrastrado por uno de estos artilugios.

El hito histórico más señalado del periodo fue la invención de la máquina de vapor y, sobre todo, su aplicación a sectores industriales (sobre todo, el textil) y al transporte. No obstante, este momento estuvo precedido de una sucesión de otros inventos de indudable interés y repercusión. El termómetro y el barómetro para medir temperaturas y presiones, el microscopio y el telescopio para visualizar lo minúsculo o lo inmenso, la bomba de vacío o las primeras y rudimentarias pilas eléctricas sirvieron para sostener un desarrollo científico-experimental continuado.

En el ámbito de la producción, surgieron en el siglo xviii diseños avanzados de tornos de rosca e interesantes mejoras en la ingeniería y la construcción. Precisamente el perfeccionamiento de las redes de transporte definió en Inglaterra un escenario propicio para el éxito de la revolución industrial que tendría lugar para gran parte del mundo occidental medio siglo más tarde. Aunque, como se ha apuntado, la invención y el perfeccionamiento de las máquinas de vapor se constituyeron en elementos indispensables para el progreso económico e industrial.

En esencia, una máquina de vapor es un dispositivo capaz de aprovechar el vapor desprendido en la combustión para realizar un trabajo mecánico. Aunque con algunos precedentes interesantes, se considera que los primeros modelos teóricos relativamente eficientes de esta máquina fueron los debidos al francés Denis Papin y a los británicos Thomas Savery y Thomas Newcomen. Sobre estos trabajos se sustentó el diseño posterior presentado por el escocés James Watt ya en la segunda mitad del siglo xviii.

Los usos más eficientes de los motores de combustión basados en máquinas de vapor se dieron en la industria y en los medios de transporte. Por sus características, la producción textil había sido la primera en someterse a un proceso claro de industrialización. Aunque algunas de sus tareas habían sido ya mecanizadas, el uso de la rueca y el telar manual persistían en las instalaciones, ralentizando el ritmo de producción.

A finales del siglo xviii, varios avances permitieron una tejeduría mecanizada, a la vez que se generalizó el empleo de máquinas de vapor para algunas de las tareas más ingratas de la producción industrial. Usadas sobre todo en el drenaje de las minas, la introducción de varias innovaciones sucesivas hicieron pronto posible su extensión a otros ámbitos: las serrerías y, sobre todo, el transporte mediante locomotoras y barcos de vapor.

El desarrollo de las técnicas metalúrgicas permitió la construcción de grandes obras públicas y máquinas más robustas y eficientes. En la imagen, uno de los puentes de hierro que cruzan la bahía de Sydney, Australia.

En paralelo con lo anterior, las técnicas metalúrgicas y el inicio del dominio de la electricidad impulsaron el desarrollo industrial a través de nuevas vías. El uso del hierro como material predilecto en la construcción y las obras públicas se hizo extensivo ya en el siglo xix, y ello permitió fabricar máquinas más robustas y eficientes. La mecanización de la industria experimentó un progreso extraordinario en torno al empleo de estos materiales.

Por otra parte, el xix fue el siglo de la electricidad. Después de los trabajos pioneros anteriores sobre pilas y sencillos acumuladores realizados por Luigi Galvani y Alessandro Volta, entre otros, en el periodo decimonónico se alcanzó una comprensión mucho más extensa del comportamiento de los circuitos eléctricos y los imanes. Los adelantos teóricos dieron paso a un aprovechamiento práctico de los mismos, que concluyó en la invención de la bombilla de filamento incandescente y los motores eléctricos, entre otros logros. La repercusión de estos avances fue tal que el siglo xx no sería comprensible sin el uso de la electricidad.

La revolución tecnológica actual

El siglo xx vivió en sus dos primeras décadas una profunda convulsión en el ámbito de la ciencia. La teoría de la relatividad y la mecánica cuántica subvirtieron algunos de los principios generales admitidos de la física y abrieron el camino hacia el uso de tecnologías de un poder extraordinario. La energía nuclear, usada trágicamente contra Japón durante la Segunda Guerra Mundial, permitió en su aplicación civil disponer de una fuente alternativa a la quema tradicional de combustibles fósiles (madera, carbón y, desde el siglo xx, sobre todo petróleo).

A finales del siglo XIX y sobre todo durante el siglo XX se produjo una verdadera revolución energética por la cual fueron sustituidos los combustibles fósiles tradicionales (madera y carbón) por otros de mayor capacidad energética como el petróleo. En la imagen, campo petrolífero en Central Valley, California.

Los adelantos en los motores de combustión interna revolucionaron así mismo las bases del transporte colectivo, que pasó a ser individual con la venta masiva de automóviles desde la segunda mitad del siglo. La industria alcanzó un alto grado de desarrollo en Europa y Norteamérica y, posteriormente, también en Asia y otras regiones del planeta. La tecnología de nuevos materiales, asociada al desarrollo de la química orgánica y, en particular, los plásticos, también impulsó novedosas sendas de desenvolvimiento económico.

La electricidad abrió el camino de la electrónica, donde el uso de semiconductores auspició un rápido proceso de miniaturización y automatización de las máquinas y los procesos productivos. Las últimas décadas del siglo xx vinieron marcadas por la eclosión de la informática y la tecnología de las telecomunicaciones. En los albores del xxi, las autopistas de la información, representadas sobre todo por Internet, irrumpieron en prácticamente todas las facetas de la vida productiva: la industria, el comercio, la fabricación, los servicios, la enseñanza, el ocio y el entorno doméstico.

En los primeros años del siglo xxi, el relevo de la ingente mejora de la productividad propiciada por las computadoras y las redes ha sido tomado por las industrias de biotecnología. La ingeniería genética, la biónica, la robótica, la inteligencia artificial y una acelerada automatización forman un cóctel altamente prometedor para revolucionar las formas de producción. En los centros de actividad humana, muchas de las tareas tradicionalmente realizadas por personas han quedado en manos de máquinas inteligentes, a menudo robots altamente desarrollados o incluso colonias controladas de seres vivos (como las bacterias descomponedoras) al servicio de la industria o de la lucha contra la contaminación.

Este proceso se desarrolló en un marco en el que las hipótesis económicas y de mejora del rendimiento en el trabajo adquirieron la condición de disciplina científica. La división del trabajo en modelos como el fordismo y el taylorismo es buena muestra de la importancia de la organización para alcanzar cotas más altas de rendimiento productivo.

La creciente automatización de la industria ha mejorado la productividad pero lleva asociados otros peligros como el desempleo en el sector fabril y la necesaria reconversión.

No obstante, el mantenimiento del creciente ritmo productivo de la humanidad se ve en la actualidad amenazado por varios riesgos. En los inicios del siglo xxi, uno de los fenómenos económicos y culturales más característicos es la globalización. Surgida al albur de los adelantos tecnológicos, en particular los transportes, las telecomunicaciones, el libre comercio y la informática, este fenómeno se ha manifestado en dos facetas concomitantes.

Por una parte, los medios de comunicación, como la televisión o Internet, han permitido difundir los modos de vida de las sociedades tecnológicamente avanzadas a otros muchos lugares del mundo. Además, se han instituido organismos internacionales que, como la Organización Mundial del Comercio (omc), el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (fmi), tienen un papel trascendental en la vigilancia del desarrollo económico y comercial de los países y en la concesión de préstamos para favorecerlo.

Este proceso de globalización económica y cultural, a la vez que potencia el desarrollo, presenta algunos puntos vulnerables. Las crisis provocadas por la escasez o el monopolio de ciertos recursos esenciales, como el petróleo y otras fuentes de energía, se contagian con rapidez entre las economías interconectadas. Así sucedió en 1973 cuando la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (opep) decidió imponer un embargo a ciertos países occidentales e impulsó un radical aumento de los precios. Los complejos acuerdos sobre compraventa de petróleo, gas natural y tecnología nuclear son reveladores de la importancia de contar con un marco político y económico estable a escala internacional.

Otro riesgo implícito en las formas productivas actuales proviene del progresivo agotamiento de los recursos. El propio petróleo y otros bienes limitados, como ciertos metales, son objeto de una intensa presión de consumo origen de agudos conflictos en los propios países productores. Además, las tecnologías surgidas de la revolución industrial han demostrado tener un acusado efecto contaminante sobre el medio ambiente.

Ante esta panorámica, las instituciones internacionales y los gobiernos de numerosos países concentran sus esfuerzos en impulsar un desarrollo próspero en términos socioeconómicos desde varias vertientes. Por una parte, pugnan por lograr un equilibrio estable en las relaciones entre productores, distribuidores y consumidores de unas materias primas cada vez más escasas. Así mismo, la industrialización se ha visto sometida a un proceso de cambio tendente a lograr reducir los niveles de contaminación ambiental ligados a sus tecnologías más obsoletas. De forma resumida, podría decirse que las formas de producción del futuro inmediato han de procurar un modelo sostenible tanto en términos económicos como sociales que sea, a la vez, respetuoso con el medio ambiente.