Natalidad (tasa bruta de natalidad)

    La natalidad o tasa bruta de natalidad es el índice demográfico que expresa el número de nacimientos por cada mil habitantes. Responde a la fórmula:

    Dependiendo de las características del grupo de población analizado, estos cálculos pueden ofrecer datos muy dispares, ya que hay que tener en cuenta factores como el desarrollo económico y sus repercusiones sociales así como los componentes culturales y las políticas demográficas de los estados.

    Los factores biológicos. La capacidad reproductiva de las mujeres está limitada a un periodo de tiempo: desde la primera menstruación hasta la menopausia. Esto quiere decir que en aquellos países en los que predominen las mujeres jóvenes será más fácil encontrar tasas de natalidad más elevadas que en aquellas otras naciones caracterizadas por el envejecimiento de la población (la predominancia de personas mayores).

    Es por ello que, a menudo, los demógrafos prefieren utilizar el concepto de Tasa de fecundidad general (Tfg), que relaciona el número de nacimientos acaecidos en un año con el número de mujeres en edad de procrear (a efectos demográficos, las mujeres entre 15 y 49 años):

    El desarrollo económico. Si se comparan las tasas de natalidad de diferentes países o regiones, es posible observar que, mientras que los países desarrollados no superan el 200/00; los países subdesarrollados pueden alcanzar con facilidad el 400/00. Esto tiene una clara causa económica: en los países más avanzados, los hijos pueden suponer una carga monetaria (educación, mantenimiento) y una rémora en la carrera profesional de los padres, especialmente de las madres. Por el contrario, en los países menos desarrollados, los hijos suelen colaborar económicamente con la familia desde edades muy tempranas (no es inusual que desde los 7 años estén ya aportando ciertos ingresos) y además, suponen una ayuda de vital importancia cuando los padres alcanzan la vejez, ya sea al convertirse en el principal proveedor de la economía familiar, ya sea al ser los encargados de cuidar a sus progenitores.

    Los factores socioculturales. Asimismo, existen factores de índole sociocultural (algunos de ellos íntimamente relacionados con los económicos) que juegan un papel relevante en este sentido. Por ejemplo, los modelos educativos de las sociedades desarrolladas promueven la continuación de los estudios después de los 16 o 18 años, ya sean estudios universitarios o técnicos, lo que retrasa la emancipación de los jóvenes, su matrimonio y por tanto, la edad a la que se tiene el primer hijo. Así, en algunos países desarrollados, las mujeres no tienen su primer hijo hasta los 25 o 30 años, lo que reduce a apenas 10 o 15 años su etapa procreadora. En ciertos países subdesarrollados, en cambio, puede ser normal que las mujeres se casen a partir de los 16 años y tengan su primer hijo antes de los 18; su etapa procreadora se extendería, por tanto, durante unos 25 años (aproximadamente el doble que en las sociedades desarrolladas).

    Del mismo modo, la religión puede convertirse también en un factor de peso. Aunque la mayoría de religiones promueve la natalidad, algunas inciden en ella de una forma más determinante que otras. Así, en los Países Bajos, hasta la década de 1980 se podían observar grandes diferencias entre las familias católicas y protestantes: aunque tuvieran capacidades económicas, educativas y sociales similares, las primeras podían llegar a tener hasta 4 o 5 hijos más que las segundas. Esta diferencia se debía en gran medida a la visión que sobre la natalidad tenían las autoridades religiosas: mientras que la jerarquía católica promovía la natalidad como rasgo distintivo, las autoridades protestantes, especialmente las más moderadas, defendían el control de la natalidad como forma de mejorar las condiciones educativas de los hijos.

    Políticas de natalidad. Las autoridades políticas de un país pueden estar interesadas en aumentar o controlar la natalidad, dependiendo de si observan un envejecimiento progresivo de la población (es decir, cada vez predominan más las personas mayores que los jóvenes) o de si el crecimiento de la población amenaza con agotar los recursos nacionales.

    En el caso de los países del norte de Europa, amenazados por el envejecimiento de la población, se han ido implantando paulatinamente distintas medidas destinadas a favorecer la natalidad. Entre éstas se incluyen tanto las ventajas fiscales (por ejemplo, las deducciones en los impuestos por cada hijo) como los beneficios sociales a las familias (como puede ser el caso del aumento en la oferta de guarderías públicas).

    En algunos países en vías de desarrollo, los políticos han implantado medidas de planificación familiar. Entre ellas cabe destacar la ampliación de la educación a las mujeres, lo que por una parte retrasa su edad de contraer matrimonio y tener hijos y, por otra, supone más formación, lo que está asociado a un mayor y mejor uso de los métodos anticonceptivos.

    Otra forma de conseguir que la población no aumente rápidamente es a través de leyes que determinan el número máximo de hijos que una pareja puede tener. El caso típico a este respecto es el de China, cuya población no creció mucho más rápido en las últimas décadas del siglo pasado gracias a que estuvo vigente la llamada “política de un solo hijo” (sólo se permitía tener un hijo a cada familia).