La población mundial

La demografía es la rama de las ciencias sociales que se ocupa del estudio de la población humana en un determinado territorio (ya sea una región, un país o, incluso, la Tierra). Este estudio se puede realizar de dos formas diferentes. Puede buscar analizar la estructura de la población, averiguando datos estadísticos sobre la composición de un grupo humano, es decir, la edad de sus miembros, el sexo, las características étnicas, su disposición sobre el territorio (si viven en el campo o en la ciudad), etc.

Aparte de estos datos, la demografía puede, con la ayuda de otras ciencias como la economía, la sociología o la historia, estudiar la dinámica de la población. Los grupos humanos, al fin y al cabo, no son entidades estáticas: sus miembros se reproducen, mueren, se trasladan a otros territorios, etc. Estudiar estos comportamientos puede ser de gran utilidad no sólo por lo que con ellos se averigua sobre el ser humano, sino porque permiten realizar proyecciones en el futuro, anticipar los posibles problemas y, por tanto, buscar soluciones.

La estructura de la población

Los principales datos que maneja la demografía a la hora de establecer la estructura de la población respecto a un territorio son los de tamaño, edad, sexo, grupo «cultural» al que pertenecen (ya sea etnia, religión, «raza», etc.) y su distribución en el ámbito geográfico estudiado.

Los censos

Este tipo de datos se recopilan, en la actualidad, a través de los denominados censos de población, enumeraciones de las personas que viven en un determinado territorio en un momento dado. Esto quiere decir que, a la hora de realizar uno de estos estudios, es absolutamente necesario fijar el lugar y la fecha. Así, se podría realizar un censo que estudiase la población de la Argentina en el año 2006; en él, no se incluirían ni los argentinos residentes en el extranjero ni los nacidos en el país a partir del 1 de enero de 2007.

Una vez fijado el territorio y la fecha, se procede a elaborar una lista que incluya una serie de preguntas que, una vez contestadas, aporten la información relevante al estudio. Según la Organización de Naciones Unidas (ONU), todo censo debería incluir preguntas sobre demografía (edad, sexo, estado civil, lugar de nacimiento, lugar de residencia, número de hijos, etc.), pero también sobre datos económicos (como la ocupación laboral o el salario), sociales (etnia a la que pertenece, lengua materna, religión, etc.) o educacionales (por ejemplo, el nivel educativo o la carrera cursada).

Posteriormente, el formulario que contiene dichas preguntas suele ser repartido entre aquellas personas encargadas de recoger la información: voluntarios, personal de la administración (ya sean especialistas o no, como profesores de primaria o secundaria), contratados temporalmente, etc. Éstos serán los encargados de ir casa por casa para entrevistar a alguno de sus miembros y que conteste a las preguntas, tanto las dirigidas a él personalmente como a las de otros habitantes de su vivienda.

Por último, los datos obtenidos por cada uno de los entrevistadores son puestos en común, adaptados para su análisis mediante computadoras y como norma general, publicados.

Presentación de los datos

Un aspecto importante en este tipo de estudios demográficos es el de la presentación de los datos. A través de los censos sólo se obtienen grandes listados de cifras que, aunque fácilmente «legibles» por una computadora (de hecho, éstas sólo manejan números), son de difícil comprensión y análisis por parte del ser humano. Por ello, los datos «brutos» suelen ser primero transformados, a menudo en datos porcentuales, y representados de forma gráfica a través diagramas circulares o de columnas, esquemas, mapas o las conocidas pirámides de población.

Las pirámides de población. Una pirámide de población se construye a partir de los datos acerca de la edad y el sexo de un colectivo humano. Cada escalón de la pirámide representa a un grupo de edad, desde los más jóvenes (la base de la pirámide) hasta los más viejos (la cúspide). A la izquierda y a la derecha de la pirámide se representa el sexo de las personas que integran la población. El número de hombres suele ser igual al de las mujeres, con muy escasas diferencias que sólo empiezan a ser perceptibles en los escalones más altos (puesto que las mujeres tienden a vivir más años que los hombres).

El censo se realiza mediante la recogida de información a través de formularios como los que se muestran en la imagen, utilizados en la Argentina en 2001.

El censo se realiza mediante la recogida de información a través de formularios como los que se muestran en la imagen, utilizados en la Argentina en 2001.

El censo se realiza mediante la recogida de información a través de formularios como los que se muestran en la imagen, utilizados en la Argentina en 2001.

En los países menos desarrollados, la base de la pirámide suele ser muy ancha, mientras que la cúspide es muy estrecha, es decir, hay más niños que ancianos. Esto no hace sino reflejar el gran número de nacimientos existente en dicho país y las dificultades que la población adulta tiene a la hora de superar guerras, enfermedades, mala nutrición, etc. Por ejemplo, en Angola, un país que vivió una cruenta guerra civil y donde las condiciones de vida son deficientes, más del 40% de la población tiene menos de 18 años mientras que sólo el 3% alcanza los 65 años. La media de edad de la población angoleña no supera en realidad los 20 años, por lo que se puede considerar, en términos demográficos, que Angola es un país «joven» o que posee una población expansiva.

Por otra parte, en los países más desarrollados, la estructura de la población es bastante diferente. La base de la pirámide es mucho menos ancha debido a que muchas mujeres sólo tienen uno o dos hijos, a lo sumo; la cúspide, sin embargo, es más ancha que en los países subdesarrollados, ya que mucha gente llega a la ancianidad. Esto se puede comprobar en países como Suecia, donde la media de edad es de 40 años y el porcentaje de la población mayor de 65 años es igual que el de los menores de 14: un 17%. El envejecimiento de la población hace pues que las pirámides poblacionales se inviertan, de modo que sus bases sean cada vez más estrechas y sus cúspides cada vez más anchas. En este caso, se dice que la población es regresiva o «vieja».

Los datos censales pueden mostrarse por medio de distintas representaciones gráficas, como las pirámides de población. A la izquierda se puede observar una de un país desarrollado, que presenta una población homogénea en todos los grupos de edades, frente a la pirámide de la derecha, correspondiente a una nación en vías de desarrollo, en la que predominan claramente los habitantes más jóvenes.

Otras formas de representación gráfica. Aunque sin duda las pirámides poblacionales son uno de los tipos de representación gráfica más conocidos, no son el único existente. Al fin y al cabo, los datos demográficos «brutos» pueden ser analizados de muy diferentes formas, comparando unos con otros, sacando muestras (es decir, analizando sólo un segmento de la población, por ejemplo, los adolescentes), adaptándolo a mapas físicos, etc. Todo dependerá de lo que se quiera interpretar y mostrar.

La dinámica de la población

Los datos estadísticos recogidos a través de un censo ofrecen simplemente una foto fija de un grupo poblacional. Sin embargo, a menudo es interesante el estudio de aquellos factores que con el paso del tiempo pueden acabar afectando o transformando dicha composición demográfica. Es decir, estudiar la dinámica de la población.

En este sentido, son varios los factores claves que ayudan a explicar e incluso aventurar cómo cambiará un grupo poblacional. Entre ellos se encuentra la natalidad, la mortalidad y los movimientos migratorios.

Natalidad y fecundidad

Uno de los aspectos fundamentales que deben ser tenidos en cuenta a la hora de valorar el crecimiento demográfico de un grupo poblacional, es el número de nacimientos que se producen en el mismo durante un periodo de tiempo determinado. Para ello, en demografía, se utiliza el concepto de tasa bruta de natalidad (Tbn).

Ésta es el índice demográfico que expresa el número de nacimientos por cada mil habitantes. Responde a la fórmula:

Dependiendo de las características del grupo de población analizado, estos cálculos pueden ofrecer datos muy dispares, ya que hay que tener en cuenta factores como el desarrollo económico y sus repercusiones sociales así como los componentes culturales y las políticas demográficas de los estados.

Los factores biológicos. La capacidad reproductiva de las mujeres está limitada a un periodo de tiempo: desde la primera menstruación hasta la menopausia. Esto quiere decir que en aquellos países en los que predominen las mujeres jóvenes será más fácil encontrar tasas de natalidad más elevadas que en aquellas otras naciones caracterizadas por el envejecimiento de la población (la predominancia de personas mayores).

Es por ello que, a menudo, los demógrafos prefieren utilizar el concepto de Tasa de fecundidad general (Tfg), que relaciona el número de nacimientos acaecidos en un año con el número de mujeres en edad de procrear (a efectos demográficos, las mujeres entre 15 y 49 años):

El desarrollo económico. Si se comparan las tasas de natalidad de diferentes países o regiones, es posible observar que, mientras que los países desarrollados no superan el 200/00; los países subdesarrollados pueden alcanzar con facilidad el 400/00. Esto tiene una clara causa económica: en los países más avanzados, los hijos pueden suponer una carga monetaria (educación, mantenimiento) y una rémora en la carrera profesional de los padres, especialmente de las madres. Por el contrario, en los países menos desarrollados, los hijos suelen colaborar económicamente con la familia desde edades muy tempranas (no es inusual que desde los 7 años estén ya aportando ciertos ingresos) y además, suponen una ayuda de vital importancia cuando los padres alcanzan la vejez, ya sea al convertirse en el principal proveedor de la economía familiar, ya sea al ser los encargados de cuidar a sus progenitores.

Los factores socioculturales. Asimismo, existen factores de índole sociocultural (algunos de ellos íntimamente relacionados con los económicos) que juegan un papel relevante en este sentido. Por ejemplo, los modelos educativos de las sociedades desarrolladas promueven la continuación de los estudios después de los 16 o 18 años, ya sean estudios universitarios o técnicos, lo que retrasa la emancipación de los jóvenes, su matrimonio y por tanto, la edad a la que se tiene el primer hijo. Así, en algunos países desarrollados, las mujeres no tienen su primer hijo hasta los 25 o 30 años, lo que reduce a apenas 10 o 15 años su etapa procreadora. En ciertos países subdesarrollados, en cambio, puede ser normal que las mujeres se casen a partir de los 16 años y tengan su primer hijo antes de los 18; su etapa procreadora se extendería, por tanto, durante unos 25 años (aproximadamente el doble que en las sociedades desarrolladas).

Del mismo modo, la religión puede convertirse también en un factor de peso. Aunque la mayoría de religiones promueve la natalidad, algunas inciden en ella de una forma más determinante que otras. Así, en los Países Bajos, hasta la década de 1980 se podían observar grandes diferencias entre las familias católicas y protestantes: aunque tuvieran capacidades económicas, educativas y sociales similares, las primeras podían llegar a tener hasta 4 o 5 hijos más que las segundas. Esta diferencia se debía en gran medida a la visión que sobre la natalidad tenían las autoridades religiosas: mientras que la jerarquía católica promovía la natalidad como rasgo distintivo, las autoridades protestantes, especialmente las más moderadas, defendían el control de la natalidad como forma de mejorar las condiciones educativas de los hijos.

Los extremos poblacionales vienen determinados por la infancia y por la vejez. En las últimas décadas, algunos países de Europa, especialmente del norte y del este, afrontan un apreciable descenso de la natalidad, lo que conlleva un envejecimiento cada vez más acusado de su población.

Los extremos poblacionales vienen determinados por la infancia y por la vejez. En las últimas décadas, algunos países de Europa, especialmente del norte y del este, afrontan un apreciable descenso de la natalidad, lo que conlleva un envejecimiento cada vez más acusado de su población.

Políticas de natalidad. Las autoridades políticas de un país pueden estar interesadas en aumentar o controlar la natalidad, dependiendo de si observan un envejecimiento progresivo de la población (es decir, cada vez predominan más las personas mayores que los jóvenes) o de si el crecimiento de la población amenaza con agotar los recursos nacionales.

En el caso de los países del norte de Europa, amenazados por el envejecimiento de la población, se han ido implantando paulatinamente distintas medidas destinadas a favorecer la natalidad. Entre éstas se incluyen tanto las ventajas fiscales (por ejemplo, las deducciones en los impuestos por cada hijo) como los beneficios sociales a las familias (como puede ser el caso del aumento en la oferta de guarderías públicas).

En algunos países en vías de desarrollo, los políticos han implantado medidas de planificación familiar. Entre ellas cabe destacar la ampliación de la educación a las mujeres, lo que por una parte retrasa su edad de contraer matrimonio y tener hijos y, por otra, supone más formación, lo que está asociado a un mayor y mejor uso de los métodos anticonceptivos.

Otra forma de conseguir que la población no aumente rápidamente es a través de leyes que determinan el número máximo de hijos que una pareja puede tener. El caso típico a este respecto es el de China, cuya población no creció mucho más rápido en las últimas décadas del siglo pasado gracias a que estuvo vigente la llamada «política de un solo hijo» (sólo se permitía tener un hijo a cada familia).

Mortalidad

En demografía, el concepto de mortalidad o tasa bruta de mortalidad (Tbm) relaciona el número de fallecimientos que han tenido lugar en un año por cada mil habitantes:

Hasta hace poco se consideraba que este índice demográfico dependía sobre todo de las condiciones alimentarias y sanitarias de la población estudiada. En los países subdesarrollados, donde las hambrunas y las deficientes condiciones sanitarias e higiénicas (carencia de medios adecuados en los hospitales, escasa potabilización del agua, etc.) diezmaban a la población, la tasa de mortalidad superaba fácilmente el 150/00 mientras que en los países más desarrollados se mantenía en torno al 100/00. Sin embargo, desde mediados del siglo XX, ambos índices se han ido equiparando: no sólo porque los países subdesarrollados han ido mejorando las condiciones sanitarias sino también porque, en algunas regiones del mundo occidental, como en Europa, el envejecimiento progresivo de la población ha provocado que cada vez haya más muertos por cada mil habitantes.

Por ello, los demógrafos utilizan otros conceptos como la mortalidad infantil y la esperanza de vida, índices que puestos en relación con la mortalidad, ayudan a comprender mejor la dinámica de una población.

La mortalidad infantil en amplias zonas del planeta reduce drásticamente la esperanza de vida de numerosos países. Las campañas de vacunación, como la que muestra la imagen, intentan combatir este dramático fenómeno.

Tasa de mortalidad infantil (Tmi). Pone en relación el número de fallecidos entre los 0 y 12 meses de edad durante un año y el total de la población infantil de dicha edad.

Este índice permite obtener conclusiones sobre las condiciones sanitarias del país estudiado ya que analiza la mortalidad en un sector de la población que es muy sensible a esta cuestión. De hecho, mientras que en un país como la Argentina la mortalidad infantil se sitúa en torno al 150/00, en países como Sudán alcanza casi el 700/00.

Esperanza de vida. Al igual que la tasa de mortalidad infantil sirve para estudiar más a fondo las condiciones sanitarias de un país, el concepto de esperanza de vida ayuda a relativizar el índice de mortalidad relacionándolo con el envejecimiento poblacional.

La esperanza de vida se define como el promedio de años que vive una persona. En los países económicamente más avanzados, la media se sitúa en torno a los 78 años (es decir, se calcula que una persona vivirá alrededor de 78 años) mientras que en los países menos desarrollados la esperanza de vida puede no superar la barrera de los 50 años.

Esta diferencia se puede deber a multitud de factores: desde la existencia de guerras (que afectan sobre todo a la población masculina) hasta las condiciones sanitarias. De hecho, aunque está demostrado que las mujeres suelen vivir más que los hombres, en los países subdesarrollados la esperanza de vida de las mujeres es menor que la de la población masculina debido, principalmente, a problemas médicos surgidos durante los embarazos y partos.

El crecimiento de la población

Esta serie de conceptos o índices sirve para analizar la evolución de los grupos poblacionales que son objeto de estudio. Para ello, en demografía se suele recurrir a la tasa de crecimiento natural o vegetativo (Tcv). Éste pone en relación el número de nacidos y fallecidos durante un año con la población total:

Si el resultado es un número positivo, se deduce que los nacimientos superan a las defunciones y por tanto, que la población del país crece. Si, por el contrario, el resultado es negativo, significa que hay más fallecimientos que nacimientos y por tanto, se puede hablar no sólo de que la población decrece sino de que envejece (es decir, proporcionalmente cada vez hay más personas mayores y menos jóvenes).

En cualquier caso, el cálculo de la tasa de crecimiento natural o vegetativo no sirve totalmente para conocer la situación real de un país. Al fin y al cabo, trata al conjunto poblacional como un ente cerrado que no cuenta con aportaciones humanas externas; para conocer el crecimiento real de la población se necesita tener en cuenta el saldo migratorio: es decir, restar el número de emigrantes (aquellos que salieron del país) al de inmigrantes (aquellos que llegaron al país) y sumar el resultado al crecimiento vegetativo.

La migración

Se conoce como migración o movimiento migratorio todo desplazamiento poblacional que implique un cambio más o menos duradero de residencia. Es decir, no se consideran como tales los movimientos debidos a actividades itinerantes (pasto de ganado, venta ambulante) y a menudo, se suelen excluir también los desplazamientos temporales de corta duración como pueden ser los provocados por actividades agrícolas como la vendimia.

Dicho conjunto de movimientos se puede categorizar atendiendo a distintas cuestiones. Así, si se analiza desde la óptica de un país en concreto como Chile, se consideran emigraciones todos aquellos movimientos migratorios de salida; mientras que serán inmigraciones los movimientos de llegada. Es decir, un alemán que marche a vivir a Chile será considerado como un inmigrante por los propios chilenos (ya que llega al país sudamericano) pero como un emigrante para sus compatriotas alemanes (ya que sale de Alemania).

Las migraciones pueden responder a diversas causas aunque generalmente se suele distinguir entre las voluntarias y las forzadas. Entre las primeras destacan las migraciones por motivos económicos en las que la persona busca encontrar un empleo o simplemente, mejorar su salario o vivir en un lugar con mejor calidad de vida. Entre las forzadas, suelen considerarse aquellas que responden a causas políticas como son las guerras y las persecuciones de carácter ideológico. A lo largo de la historia, sin embargo, ha habido numerosas migraciones forzadas que no respondían a este patrón, como fue la trata de esclavos africanos para su empleo en las plantaciones americanas.

En cualquier caso, hay que tener en cuenta que muchas de las llamadas migraciones forzadas no tienen en realidad tal consideración: en algunos casos, más que de emigrante/inmigrante es necesario hablar de un desplazado que tan pronto acabe la razón de su salida (por ejemplo, una guerra), volverá a su lugar de origen. En otros casos, se prefiere utilizar el término refugiado para designar a aquella persona que busca residir en un país extranjero para evitar la persecución por motivos políticos, religiosos o sociales en su país de origen. Dichos refugiados suelen gozar de un estatus especial que no siempre es asimilable al de la inmigración.

La migración por causas económicas

En la actualidad, los desplazamientos poblacionales por motivos económicos representan el mayor grupo entre todos los movimientos migratorios. Pueden dividirse en dos fases atendiendo al centro de salida y de llegada. Generalmente, el primer paso suele darse dentro del propio territorio nacional: la persona decide marchar desde el pueblo a la ciudad en busca de trabajo o desde una ciudad pequeña y con menos perspectivas laborales a una mayor (migración interior). Más adelante, en caso de no solucionarse el motivo que llevó a la primera migración, el hombre o mujer puede intentar realizar un desplazamiento a otro país (migración internacional). En este último caso debe además distinguirse entre tres fenómenos distintos según las condiciones económicas del país de origen y de llegada.

Entre países subdesarrollados. Los movimientos migratorios producidos entre países subdesarrollados por causas económicas no suelen tener como finalidad tanto mejorar las condiciones salariales del inmigrante como permitirle dar el salto a otro lugar con mayor calidad de vida. Éste sería el caso de los inmigrantes del África subsahariana que marchan a Mauritania (uno de los países más pobres del mundo) para pasar por mar a las islas Canarias o la península ibérica.

Bien sea para escapar de la miseria o bien para huir de las persecuciones políticas y de las guerras, grandes grupos humanos se ven obligados a migrar cada año de sus lugares de origen. A veces, este acontecimiento presenta connotaciones especialmente dramáticas, como la balsa de ciudadanos centroafricanos que intenta llegar a las costas españolas o el grupo de refugiados afganos que huyen del país durante la guerra contra los talibanes .

Bien sea para escapar de la miseria o bien para huir de las persecuciones políticas y de las guerras, grandes grupos humanos se ven obligados a migrar cada año de sus lugares de origen. A veces, este acontecimiento presenta connotaciones especialmente dramáticas, como la balsa de ciudadanos centroafricanos que intenta llegar a las costas españolas o el grupo de refugiados afganos que huyen del país durante la guerra contra los talibanes .

De un país subdesarrollado a un país desarrollado. El emigrante busca en estos casos mejorar claramente su situación económica. En su gran mayoría, este tipo de emigrantes responde a un perfil de trabajador poco cualificado que busca hacerse con trabajos poco valorados o peligrosos en el país de destino (labores agrícolas, construcción, servicio doméstico). El drástico cambio cultural puede suponer para el inmigrante un choque emocional con fuertes repercusiones para su integración en la sociedad receptora.

Por regla general, los empleos de los emigrantes suelen ser poco cualificados. Las tareas agrícolas y los trabajos de albañilería se encuentran entre los más comunes.

Por regla general, los empleos de los emigrantes suelen ser poco cualificados. Las tareas agrícolas y los trabajos de albañilería se encuentran entre los más comunes.

Entre países desarrollados. Aunque la motivación sigue siendo la búsqueda de un empleo, en este caso el perfil del emigrante/inmigrante suele ser el de un trabajador cualificado y que, a pesar de las posibles dificultades idiomáticas, no vive el cambio como un shock debido a las afinidades existentes entre la sociedad de origen y la de llegada. Dentro de este grupo también se deben incluir a aquellas personas que son destinadas por sus empresas a trabajar en otro país.

Las consecuencias de la migración

Los movimientos migratorios tienen fuertes implicaciones para los países de origen y de llegada. De hecho, hoy día existen aproximadamente 180 millones de inmigrantes, en su gran mayoría desplazados por causas económicas. Aunque en general se conocen bien las consecuencias de estos desplazamientos en los países de llegada (dificultades de integración, marginación, etc.), no es menos cierto que también tienen importantes efectos en los países emisores.

Consecuencias en el país de origen. La emigración tiene numerosos efectos en los países emisores, algunos de ellos positivos y otros, a veces más difíciles de valorar, negativos. En el lado positivo, hay que tener en cuenta que los países emisores no suelen tener una economía plenamente desarrollada por lo que la marcha de personas capacitadas permite, por una parte, dejar libres puestos de trabajo para aquellos que permanecen en el país. Por otra parte, la mayoría de emigrantes suele enviar remesas de dinero a sus familiares, lo que en términos económicos ayuda a mejorar el nivel de riqueza del país.

Sin embargo, la emigración también tiene consecuencias negativas. Por una parte, afecta especialmente a un sector determinado de la población (sobre todo, hombres jóvenes), creando importantes desequilibrios en el país de origen. Éste podría llegar a convertirse en uno dominado por niños, ancianos y mujeres.

Por otra parte, se suele considerar que aquellos que emigran son precisamente los que poseen mayor iniciativa del total de la población. Es decir, son aquellos que realmente podrían beneficiar, con su trabajo e inventiva, a la economía nacional. Esto es mucho más evidente cuando se trata de personal cualificado y, sobre todo, con un nivel educativo elevado (lo que se conoce como «fuga de cerebros»).

Consecuencias en el país de destino. Aunque la llegada de personal altamente cualificado debe ser considerada como uno de los aspectos más positivos de la inmigración, esto no suele ser la norma común. Por lo general, los inmigrantes son gente escasamente cualificada que viene a ocupar aquellos sectores laborales menos demandados por los nacionales.

No obstante, su llegada beneficia al país receptor por otros motivos. Por una parte, se trata de un sector poblacional joven que reduce la media de edad del país y que, además, puede contribuir al crecimiento demográfico ya que se encuentran en edad de procrear. Por otra parte, a medida que van entrando en el mercado de trabajo «legal» (hay que recordar que muchos de ellos empezarán trabajando en la economía sumergida), ayudan a generar riqueza y contribuyen, con el pago de impuestos, al mantenimiento del país de acogida. Finalmente, también se puede considerar como beneficioso la diversidad cultural que se crea en el país receptor gracias a la presencia de personas procedentes de diversas culturas y sociedades.

La inmigración, sin embargo, también puede ser origen de conflictos, especialmente si es masiva. Por una parte, los inmigrantes tienden a acudir a aquellos sitios donde conocen a otros compatriotas, residiendo en los mismos barrios y trabajando en los mismos sectores. Esto provoca la creación de focos «extranjeros» que dificultan la integración de los recién llegados en su país de adopción, máxime si se tiene en cuenta que a menudo deberán buscar soluciones de vivienda y trabajo fuera de los cauces establecidos en el sistema. Además, su afluencia masiva puede provocar la saturación de los sistemas educativos, sanitarios y sociales del país de acogida, quienes difícilmente habrían previsto su llegada.

Para solucionar estos problemas, los países receptores de inmigración suelen plantear dos tipos de medidas. Por una parte, están aquéllas destinadas a limitar la afluencia de inmigrantes para que no rebasen cierto número (cupos) o al menos, encauzar su llegada para controlar su integración en el país. Por otra parte, también se intenta facilitarles la integración en la sociedad de acogida mediante servicios de intermediación y orientación.

Los factores físicos y técnicos

De la misma forma que se deben tener en cuenta los movimientos migratorios a la hora de calcular o realizar proyecciones demográficas sobre un conjunto de población, hay que contar con que existen otros factores que pueden afectar al mismo. Entre éstos cabe destacar el medio físico y los avances tecnológicos.

El medio físico

El ser humano ha dependido siempre del medio en el que vive. Factores físicos como el clima o la fertilidad del suelo han tenido especial incidencia, especialmente a largo plazo, en el comportamiento demográfico de las sociedades humanas. Esta repercusión no ha sido siempre la misma: si en un primer momento el hombre tuvo que adaptarse al medio, con el desarrollo tecnológico ha sido capaz de ir dominando los territorios más agrestes y en la actualidad es capaz de vivir en los polos, en los desiertos o en las selvas.

Sin embargo, el medio sigue siendo determinante. Desde la más remota antigüedad, el ser humano tuvo que desechar aquellos lugares cuyas características físicas los hacían demasiado inhóspitos: climas extremos, ausencia de agua, imposibilidad de encontrar alimento, presencia de enfermedades endémicas, etc. Si bien es cierto que ha sido capaz de crear ciudades en algunos de estos territorios (como es el caso de Las Vegas, en pleno desierto de Nevada, o La Paz, a más de 3.250 metros de altitud), no ha sido lo más común.

Destrucción masiva de productos de piratería audiovisual. La dificultad de encontrar trabajo lleva a buen número de emigrantes a desempeñar tareas de economía sumergida, muchas veces ilegales, como la venta callejera de CD y DVD pirateados.

Se puede decir que la población humana se ha concentrado en tres grandes regiones mundiales: la costa este de Norteamérica, especialmente en torno al enclave de Nueva York y la región de los Grandes Lagos; Europa (excepto Escandinavia) y el sudeste asiático, que abarca desde la India hasta China y Japón aunque con un «claro» en las regiones más selváticas de Tailandia y Camboya. Aparte de estas grandes franjas, también existen algunas zonas más localizadas como el sur de California, el área en torno a algunas ciudades latinoamericanas como México DF, Buenos Aires o Río de Janeiro, el golfo de Guinea y la costa sudoriental africana, la región del Nilo, así como ciertas zonas de Indonesia y el sudeste australiano. En todos estos territorios existe una densidad de población de entre 25 y 100 (o incluso más) habitantes por kilómetro cuadrado.

Aunque estas regiones son diferentes, es posible sacar algunas conclusiones:

  • Se trata de zonas costeras o a lo largo de grandes ríos lo que desde la antigüedad ha facilitado el aprovisionamiento de agua y alimentos, ya fuera directamente o a través de transportes.

  • Salvo el caso del sudeste asiático, se trata de territorios de clima templado que facilitan su habitabilidad. En Asia, las inclemencias del clima tropical son a su vez la causa de la rica agricultura monzónica.

  • El medio físico se caracteriza por ser «domesticable». El ser humano rechaza los territorios muy elevados, selváticos o de­sérticos ya que éstos impiden el desarrollo estable de las actividades agrícolas, básicas para el sustento del hombre.

  • Muchos de estos territorios fueron ya poblados en la antigüedad y han mantenido su vitalidad demográfica desde entonces. Éste sería el caso de Europa, la costa china y las cuencas del río Amarillo y el Yang-tsé, la costa oriental de la península indostánica y especialmente, las orillas de los grandes ríos indios o el Nilo egipcio.

El mapa muestra el modo en que se distribuye la población del planeta. Observa que las áreas más densamente pobladas se encuentran en Asia y en Europa, con esporádicas zonas en las costas de América y de África.

Sin embargo, no todos los territorios que fueron densamente poblados en la antigüedad mantienen en la época moderna densidades demográficas elevadas. Es el caso de la región comprendida entre los ríos Tigris y Éufrates, cuna de civilizaciones como la mesopotámica o sede de las capitales del imperio abasí. La población de estas entidades políticas dependía sin embargo de un frágil y complicado sistema de canales para irrigar las tierras de la región; las conquistas y guerras civiles fueron destruyendo acequias y canalizaciones y por tanto, llevando la ruina a la agricultura de la región. La decadencia del imperio islámico imposibilitó la reconstrucción de este sistema de regadío y por tanto, acabó dificultando el mantenimiento del volumen de población.

Los avances tecnológicos

El ejemplo iraquí ilustra la dependencia que el ser humano tiene de los medios técnicos o tecnológicos a la hora de subsistir. De hecho, las grandes revoluciones técnicas de la historia de la humanidad han servido a los demógrafos para definir un modelo de evolución en cuatro o cinco fases, según se tenga en cuenta o no la prehistoria.

Fase prehistórica. El ser humano se veía incapacitado para dominar el medio físico, lo que le obligaba a adaptarse a él. Esta característica ha sido considerada por algunos antropólogos como la razón que llevó al hombre a abandonar África en busca de territorios menos hostiles para la actividad humana. Las tasas de natalidad y de mortalidad en las sociedades prehistóricas de cazadores y recolectores eran muy altas, y la esperanza de vida bastante baja (apenas unos treinta años). Se puede decir que, en la actualidad, ningún país se encuentra en esta fase; sólo algunas tribus poco avanzadas siguen sin ser capaces de controlar totalmente el medio que las rodea, dependiendo de la caza y la recolección itinerante.

Fase antigua o preindustrial. Está marcada por la revolución agrícola del Neolítico, la cual tuvo lugar en diferentes momentos de la antigüedad (entre 10.000 y 2.000 años a.C.). El hombre consiguió dominar las técnicas agrícolas básicas posibilitando el mantenimiento de poblaciones cada vez mayores y el surgimiento de las primeras ciudades. De los escasos 7 millones de habitantes de la fase prehistórica se pasó a los 300 millones en torno al comienzo de la era cristiana.

Este boom demográfico fue posible gracias al aumento de la producción de alimentos y, en cierta medida, a las condiciones de vida. Aún así, las tasas de natalidad y mortalidad eran muy elevadas (algunos estudios estiman que alcanzaban casi el 500/00) y la esperanza de vida muy baja (entre 30 y 40 años). Además, los grupos poblacionales estaban sometidos a continuos cambios, atravesando épocas de bonanza (plena edad media europea) o sufriendo grandes crisis demográficas, como la ocasionada por la peste negra de 1348, que diezmó a la población europea en pocos años, reduciéndola en aproximadamente un 30%.

En la actualidad, muchos países africanos del área sahariana y subsahariana (Mali, Chad, Sudán, Etiopía, etc.) poseen un régimen demográfico mixto que conjuga las características de esta fase (natalidad de más del 400/00) con las de la primera transición.

Fase de la primera transición. Entre 1650 y 1750 se produjeron una serie de adelantos técnicos y tecnológicos que dieron pie a la llamada revolución industrial del siglo XIX. Gran parte de estos inventos fueron de aplicación directa en la agricultura, dando como resultado un incremento de la producción de alimentos y por tanto, creando la posibilidad de mantener a más población. Además, también se cosecharon grandes éxitos en campos como la medicina, lo que permitió rebajar la tasa de mortalidad a la mitad y aumentar la esperanza de vida.

En la actualidad, prácticamente la mayoría de países subdesarrollados se encuentra en esta fase aunque quedan trazos, sobre todo en las áreas rurales, de la fase precedente.

Los adelantos conseguidos en cada revolución industrial tuvieron una incidencia positiva en el aumento poblacional del planeta. En los Estados Unidos, la evolución de los barcos de vapor a lo largo del siglo XIX y de los ferrocarriles en la transición del XIX al XX supuso un excepcional avance en el ámbito del transporte.

Los adelantos conseguidos en cada revolución industrial tuvieron una incidencia positiva en el aumento poblacional del planeta. En los Estados Unidos, la evolución de los barcos de vapor a lo largo del siglo XIX y de los ferrocarriles en la transición del XIX al XX supuso un excepcional avance en el ámbito del transporte.

Fase de la segunda transición. A finales del siglo XIX y principios del XX, los adelantos técnicos de la revolución industrial ya habían encontrado acomodo en prácticamente todo el mundo occidental, lo que, junto a la introducción de otras mejoras (electricidad), permitió a muchos países experimentar la llamada revolución demográfica.

Esta explosión demográfica se caracterizó por una importante reducción de la tasa de mortalidad y un no tan pronunciado descenso de la natalidad. De los 800 millones de personas que había en el mundo a mediados del siglo XVIII, se pasó a unos 1.700 en la primera mitad del siglo XX. Como consecuencia, la densidad de población comenzó a aumentar fuertemente en algunos territorios del mundo occidental, creando problemas de pauperismo y llevando a la emigración a casi 75 millones de personas (especialmente con destino a Norteamérica, Sudamérica y los territorios rusos de Asia). En la actualidad, muchos de los países con economías emergentes (China, India) se encuentran en este estado evolutivo.

Régimen demográfico moderno. Se inició nada más acabar la Segunda Guerra Mundial y se caracterizó, en los países occidentales, por tasas de natalidad y mortalidad muy reducidas debido a los adelantos médicos, la mejora de la calidad de vida y algunos cambios sociales como la inserción de la mujer en el mundo laboral. En algunas naciones, por primera vez la mortalidad superó la natalidad, lo que implicó un crecimiento natural negativo. Esta situación de «despoblamiento» ha sido corregida a medio plazo por el fenómeno migratorio.

Dado que sólo los países occidentales han alcanzado esta fase o estadio, no se puede hablar en realidad de un parón demográfico a nivel mundial. De hecho, en la segunda mitad del siglo XX la población mundial ha pasado de los 3.000 a los 6.000 millones de personas y según la ONU, en 2050 se podrían superar los 9.000 millones de continuar este ritmo. Este crecimiento ha sido sin embargo muy desigual. Mientras que África y Latinoamérica han triplicado su población, Asia, Norteamérica y Oceanía «sólo» la han duplicado y Europa ha pasado simplemente de 570 millones a poco más de 700.