al-Ándalus

Mezquita de Córdoba, edificio señero del califato cordobés.

Territorio de la península Ibérica bajo dominio musulmán desde el siglo VIII al XV. Su extensión fue variando a lo largo del tiempo, desde la casi totalidad de la península en los comienzos, hasta una pequeña región del sur en los últimos años. En un principio dependía del califato de Damasco, pero terminó convirtiéndose en un territorio independiente en el que se desarrollaron una sociedad y una cultura con características propias. Empujado hacia el sur por los reinos cristianos, al-Ándalus terminó por desaparecer como entidad política a finales del siglo XV.

La conquista

En el año 711 la península Ibérica vivía un periodo de desorganización, con el reino visigodo sumido en sangrientas luchas por el poder entre la alta nobleza. Los árabes, que habían conquistado el norte de África a los bizantinos, encontraron el camino abierto para cruzar el estrecho de Gibraltar y adentrarse en Hispania, al ser reclamada su ayuda por una de las facciones en contienda. En la primavera del 711, Musa ibn Nusayr, gobernador en Ifriqiya (norte de África), organizó un ejército formado por beréberes, al mando de su lugarteniente Tariq, que desembarcó en el sur de España. Allí se enfrentó con éxito a las tropas visigodas en la batalla de Guadalete, en la que perdió la vida el monarca visigodo. Tras esta victoria, el ejército de Tariq siguió avanzando en lo que fue una rápida conquista de casi toda la península.

En pocos meses Tariq conquistó las ciudades de Córdoba y Toledo (capital del reino visigodo). En junio del 712, Musa ibn Nusayr se trasladó a la península con un ejército de árabes y se apoderó de Sevilla y Mérida. Se unió luego a las tropas de Tariq para conquistar Zaragoza, dominando así hasta el valle del Ebro. Musa y Tariq fueron enviados a Damasco, y Abd al-Aziz, hijo de Musa, prosiguió la expansión y conquistó Pamplona, Tarragona y Barcelona en el noreste y, en el este, la región de Murcia. Así, en apenas cinco años (de 711 a 716), la mayor parte del territorio peninsular cayó en manos de los árabes y dio comienzo una larga dominación que se prolongaría casi ocho siglos.

Evolución política

El emirato dependiente (716-756)

al-Ándalus se integró en los dominios árabes como un emirato dependiente del califa de Damasco, desde donde fueron nombrados sucesivos gobernadores. La capital se estableció en Córdoba. La rivalidad entre las distintas tribus árabes y la de éstos con los beréberes originó frecuentes enfrentamientos. Los árabes se asentaron sobre todo en los valles de los ríos Guadalquivir, Tajo y Ebro y en la costa sur y sudeste. Los beréberes tendieron a establecerse en las zonas montañosas y en la meseta central.

En las montañas del norte de la península se organizó un foco de resistencia cristiana, que consiguió mantenerse activo tras vencer a los musulmanes en la batalla de Covadonga (Asturias), en el año 722.

La expansión musulmana continuó al norte de los Pirineos, hasta que fue frenada por los francos, dirigidos por Carlos Martel, quienes derrotaron al ejército musulmán en la batalla de Poitiers (733). Esta derrota fijó definitivamente la frontera al sur de los Pirineos.

El emirato independiente (756-929)

A partir del año 756, al-Ándalus dejó de estar supeditada al gobierno de Damasco, para convertirse en un emirato independiente bajo el gobierno de Abd al-Rahman Ibn Mu'awiya (Abd al-Rahman I). En 750, la familia de los abasíes había derrocado a la dinastía Omeya, que dirigía el califato desde Damasco, y ordenado asesinar a todos sus miembros. El único Omeya que logró escapar fue Abd al-Rahman, quien se refugió en al-Ándalus y consiguió ser proclamado emir.

Abd al-Rahman I sentó las bases de un nuevo estado, para lo cual debió enfrentarse a la oposición interna y a las amenazas exteriores. En el interior, logró sofocar algunas revueltas, como la promovida por la familia abasí en 763. En el exterior, consiguió contener al incipiente reino de Asturias e hizo retroceder a los francos, que habían llegado a la región del Ebro. La victoria sobre éstos en Roncesvalles (778) mantuvo definitivamente a Carlomagno al norte de los Pirineos.

Sus sucesores continuaron enfrentándose a las disidencias internas, provocadas por las luchas entre las distintas familias y tribus, algunas de las cuales terminaron en revueltas reprimidas violentamente. El enfrentamiento con los cristianos en el norte se dirimía en una mezcla de diplomacia y choques armados. A mediados del siglo IX, bajo los gobiernos de Abd al-Rahman II y de su hijo Muhammad I, al-Ándalus era un estado próspero, lo que se reflejó en importantes construcciones públicas como la mezquita de Córdoba.

El califato de Córdoba (929-1031)

En el año 929, siguiendo el camino abierto por los fatimidas, que se habían declarado independientes del califa de Damasco, Abd al-Rahman III se proclamó califa, con lo que rompió definitivamente su dependencia de Damasco y unificó el poder político y religioso en la península. Restableció el poder central, que había quedado debilitado en los años anteriores debido a las luchas entre familias, racionalizó la administración y se impuso en las zonas periféricas del emirato, donde poderosas familias musulmanas competían con el poder central. En el exterior, frenó la expansión del reino asturleonés, obligando a los reinos cristianos del norte a rendirle vasallaje.

A finales del siglo IX, la figura del hayib, mezcla de primer ministro y mayordomo de palacio, cobró una importancia capital en el gobierno del reino. Al-Mansur (conocido en España como Almanzor) alcanzó el cargo de hayib bajo el califa Isham II y se convirtió en el auténtico gobernante del califato cordobés. Llevó a cabo una política de control absoluto del reino, reprimiendo cualquier oposición, se enfrentó a sus enemigos exteriores, consolidando la posición de al-Ándalus en el Magreb, y dirigió varias campañas contra los reinos cristianos, en las que llegó a arrasar Santiago de Compostela en 997. Actuó como protector de las letras, lo que dio esplendor a su corte, en la que trabajaban grandes poetas. Consiguió mantener el cargo para su familia, y fue sucedido primero por su hijo y luego por su hermano. Este último dio un papel decisivo a los beréberes, lo que provocó la reacción de la aristocracia Omeya en la revolución de Córdoba, en el año 1009.

En las siguientes décadas se produjo una desintegración del estado andalusí, que dejó el poder en manos de jefes locales. En Córdoba, la aristocracia suprimió definitivamente el califato Omeya en 1031 y constituyó una asamblea de notables encargada del gobierno local.

La presencia árabe en Al-Andalus se perpetuó desde el 711 a 1492. Representante de la dinastía Nasride, en Granada.

Los reinos de taifas

El periodo que siguió al gran esplendor del califato de Córdoba se caracterizó por la aparición de numerosos reinos de taifas (taifa significa facción o tribu). Su número no se puede precisar, pues las continuas luchas hacían que los territorios cambiaran frecuentemente de dueño. Las relaciones tribales, que subyacían en el estado andalusí de los siglos anteriores, se hicieron plenamente manifiestas en esta fragmentación del reino. Cada uno de los reyes, procedentes de distintas familias árabes y beréberes, mantenía su propia corte así como su ejército, lo que dio una ventaja considerable a los estados cristianos del norte. Éstos, aunque carentes de recursos humanos para ocupar efectivamente las tierras conquistadas, se beneficiaron de los tributos (llamados “parias”) que obligaron a pagar a los reinos de taifas para mantener la paz. La creciente presión tributaria a la que se vieron sometidos los súbditos de los pequeños reinos para comprar la paz con los cristianos y para mantener el lujo de las cortes locales, originó una crisis económica y un acentuado descontento popular.

Los almorávides (1090-1146)

Cuando el reino de Castilla ocupó Toledo, en el año 1085, los reinos taifas llamaron en su ayuda a los almorávides, beréberes seguidores de una tendencia religiosa musulmana de renovación que, agrupando a diversas tribus, habían iniciado una política expansionista en el Magreb. En 1086 el ejército almorávide desembarcó en Algeciras (estrecho de Gibraltar) y venció al rey castellano Alfonso VI en la batalla de Sagrajas (o Zalaqa), al norte de la provincia de Badajoz. Se retiraron de nuevo al norte de África para volver dos años después e intentar recuperar al-Ándalus, para lo cual debieron vencer a los reyes taifas, que preferían mantenerse en el poder mediante pactos con los reyes cristianos. Con la conquista de Zaragoza, en 1110, alcanzaron su máximo poder, dominando todo el territorio de al-Ándalus que, desde diez años antes, se había convertido en una provincia del reino almorávide.

A partir de ese momento comenzó su declive, debido en parte a la rebelión almohade que se iniciaba en el Magreb, y en parte a los renovados ataques cristianos liderados por el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador.

Los almohades (1147-1223)

Los almohades, miembros de un nuevo movimiento religioso de origen beréber, tras triunfar en el Magreb, se dirigieron hacia al-Ándalus, amenazado de nuevo por tendencias desintegradoras tras el debilitamiento de los almorávides.

Conquistaron al-Ándalus, aunque no llegaron a pacificar su territorio, donde las revueltas internas, los pactos de los pequeños reinos musulmanes con los cristianos y los ataques de los reinos de Castilla, Aragón y Portugal se sucedieron durante todo el periodo. De tendencia fundamentalista, introdujeron medidas de integración religiosa, obligando a cristianos y judíos a convertirse al islam o emigrar.

La derrota sufrida por los almohades frente a los reinos cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), señaló el comienzo del declive de su poder, que pasó a ser ocupado por pequeños reinos musulmanes que terminaron cayendo progresivamente en manos cristianas.

El reino de Granada (1231-1492)

Uno de los reinos que surgieron tras el declive almohade fue el de Granada, que consiguió sobrevivir dos siglos más al avance cristiano mediante una política posibilista, que les llevó a pactar alternativamente con los reyes cristianos de la península Ibérica y con los musulmanes del norte de África.

El reino fue fundado por el árabe Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr, de la dinastía Nasrí o nazarí, quien desde su ciudad natal de Arjona (Jaén) conquistó Granada en 1238. Ocupaba una pequeña franja de la costa en el sur-sudeste, entre las ciudades de Tarifa y Almería. A pesar de la debilidad de su situación, constituyó un importante centro cultural.

Su posición exterior empeoró en el siglo XV, cuando el Magreb vivía una situación de anarquía mientras los reinos cristianos se reforzaban con la unión de Castilla y Aragón en 1479. Decididos entonces a terminar con el último reino musulmán de la península, los Reyes Católicos iniciaron una campaña que culminó el 2 de enero de 1492, cuando el rey Abu Abd-Allah Muhammad (Boabdil) entregó la ciudad de Granada. Las capitulaciones garantizaban la vida y propiedades de los granadinos y la libertad de los musulmanes para seguir practicando su religión. La realidad que siguió fue, sin embargo, la imposición del catolicismo y la persecución de los musulmanes y judíos hasta su definitiva expulsión.

Caligrafía cúfica en la Alhambra de Granada.

Economía y sociedad en al-Ándalus

Tras el inicial dominio militar, los árabes no encontraron gran resistencia en la poco integrada sociedad visigoda y fue frecuente la rendición de la nobleza y las ciudades mediante pactos. Algunos sectores se beneficiaban del dominio árabe, como los siervos, que al convertirse al islam, mejoraban su posición social, o los judíos, acosados por la legislación visigoda, que eran mejor admitidos en la nueva sociedad.

La sociedad que nació tras la conquista resultó más urbana y con mayor presencia de la artesanía y el comercio que la sociedad visigoda, aunque la agricultura y la ganadería siguieron siendo su base económica. Se introdujeron nuevas técnicas de regadío y algunas especies importadas, como las naranjas, el arroz o la caña de azúcar. En la industria, continuó la explotación de minas de hierro, oro, cobre y mercurio, iniciada por los romanos.

Los musulmanes no llevaron a cabo una persecución religiosa hacia cristianos y judíos, pues como monoteístas eran aceptados por ser “gente del libro”; no obstante, estaban sometidos a tributos especiales y fueron frecuentes las conversiones al islam. La diversidad religiosa dio un carácter complejo a la sociedad andalusí, donde se distinguían árabes, beréberes, muladíes (antiguos cristianos convertidos al islam), mozárabes (cristianos que mantenían sus creencias) y judíos. En general la tolerancia fue la norma, aunque hubo periodos de intransigencia, especialmente bajo el domino almorávide y almohade.

La cultura y el arte en al-Ándalus

El reino de al-Ándalus alcanzó un alto grado de desarrollo cultural, especialmente en las ciudades como Córdoba, Sevilla, Toledo o Granada.

Durante el califato se vivió una época dorada, en la que abundaron los estudios de jurisprudencia, astronomía y matemáticas. Abd al-Rahman III fundó en Córdoba la primera escuela de medicina de Europa, amplió la mezquita de la ciudad, iniciada por Abd al-Rahman I, y construyó el palacio de Medina Azahara. Las bibliotecas constituyeron un tesoro importante, pero buena parte de sus fondos desapareció en épocas posteriores de mayor intransigencia religiosa.

En la época de decadencia, algunos de los reinos taifas consiguieron dar un gran esplendor cultural a sus cortes, en contraste con su escaso poder político. La corte de Al-Mutamid en Sevilla era, a comienzos del siglo XI, un importante foco poético y musical. Granada, el último reino andalusí, constituyó también un centro cultural de primera magnitud.