Cruzadas

Expedición marítima de las Cruzadas.

Campañas militares promovidas, o al menos aprobadas por el Papa, con el objetivo de defender la fe católica frente a infieles o herejes. Las primeras cruzadas se organizaron para recuperar los territorios conquistados por los musulmanes en Oriente Próximo, pero también se dirigieron otras contra enemigos internos de la Cristiandad. Tuvieron lugar desde el año 1095 hasta 1270.

Contexto socioeconómico

La sociedad feudal, esencialmente belicosa, encontró en Oriente Próximo un escenario adecuado para llevar a cabo sus conquistas. Allí se encontraban las tierras en las que, según los evangelios, había vivido Jesucristo, que eran consideradas por los cristianos como “Tierra Santa” y lugar de peregrinación.

Por otra parte, a partir del siglo X había tenido lugar un crecimiento de la población en Europa occidental, lo que, ante lo limitado de los recursos proporcionados por el sistema feudal, creaba cierta presión expansionista. Además, el relativo crecimiento económico de la Baja Edad Media posibilitó la financiación de las expediciones que, aunque partían en busca de nuevas tierras y riquezas, en general supusieron pérdidas económicas y penalidades físicas para los participantes.

Desde el punto de vista político, la posición del Pontificado se había reforzado durante el siglo XI, con la reforma gregoriana. A finales de este siglo se consolidaba la supremacía jerárquica del Papa sobre los poderes feudales, lo que le permitía liderar una empresa de este tipo. La posibilidad de someter a la Iglesia bizantina, separada de Roma desde el cisma de 1054, actuaba como un incentivo más para que Occidente tomara una iniciativa bélica sobre Asia Menor.

Representación de un grupo de guerreros, durante una de las cruzadas, junto a los muros de Jerusalén.

Primera cruzada

A mediados del siglo XI las tribus turcas de los selyúcidas, recién convertidos al islamismo y de tendencias radicales, iniciaron una expansión que les llevo a conquistar buena parte de Asia Menor y convertirse en una amenaza para el Imperio bizantino. El emperador de Bizancio, Alejo I, solicitó ayuda a Occidente, al tiempo que llegaban noticias sobre los peligros con que se encontraban los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa.

El concilio de Clermont Ferrand

En noviembre de 1095, el papa Urbano II convocó un concilio en Clermont Ferrand (Francia) en el que dirigió un sermón a la multitud congregada al aire libre y declaró la concesión de indulgencia plenaria para aquellos que se dirigieran a prestar ayuda a los cristianos del Este, ayudando así a mantener la “paz de Dios”, es decir, la paz entre los caballeros feudales continuamente en guerra. Se acordó que quienes partieran a luchar contra los infieles portarían una cruz, símbolo cristiano que dio nombre a la campaña bélica. Este acto constituyó la proclamación de la primera cruzada y recibió una respuesta masiva, no sólo de la nobleza, sino también, lo cual resultó inesperado incluso para el pontífice, de sectores populares.

La Cruzada de los pobres

La estrategia planeada consistía en organizar grupos autofinanciados de “cruzados”, responsables sólo ante su propio jefe, que partirían de sus lugares de origen en el verano de 1096 y se concentrarían en Constantinopla, donde contarían con el apoyo de Bizancio. Junto a los grupos principales, dirigidos por caballeros de la alta nobleza, partieron varias expediciones lideradas por gente del pueblo, la llamada “Cruzada de los pobres”. Algunos de estos grupos causaron graves disturbios en su ruta hacia Constantinopla, llegando a realizar matanzas de judíos en diversas ciudades germanas. Uno de los grupos más numerosos fue el liderado por el predicador francés Pedro el Ermitaño. Al frente de una masa de campesinos, proscritos y aventureros mal organizados, llegó a Constantinopla antes que el grueso de las tropas cristianas y pronto tuvo que abandonar la ciudad por el desorden provocado. Fueron aniquilados por los turcos mientras su jefe buscaba refuerzos en Constantinopla.

En la capital del Imperio bizantino se concentraron, hacia comienzos de 1097, unos 4.000 caballeros y 25.000 soldados de infantería. El emperador hizo jurar a los caballeros que le devolverían todos los territorios que consiguieran recuperar y que hubieran pertenecido con anterioridad a Bizancio.

Conquista de Jerusalén y fundación de las órdenes de Caballería

El primer éxito de los cruzados fue la toma de Nicea, capital del sultanato turco, seguido por la victoria de Dorileo, en julio de 1097. Tras un asedio de siete meses, consiguieron adueñarse de la ciudad de Antioquía (actual Turquía), en octubre de 1097. Se dirigieron luego a Jerusalén, en poder de los fatimíes que gobernaban Egipto y, el 15 de julio de 1099, tras cinco semanas de asedio, tomaron la ciudad y asignaron su gobierno a Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, que tomó el título de Defensor del Santo Sepulcro.

La mayoría de los cruzados regresó a sus hogares una vez cumplido el peregrinaje a Jerusalén. Los que se quedaron se enfrentaron con la cuestión del gobierno de los territorios conquistados. A la muerte de Godofredo de Bouillon, su hermano Balduino heredó el gobierno y tomó el título de rey, fundando el Reino Latino de Jerusalén, que sobrevivió hasta 1187. A pesar de la promesa hecha al emperador bizantino, los caballeros cruzados se repartieron los territorios conquistados y formaron otros tres estados feudales en el norte: el principado de Antioquía y los condados de Trípoli y Edesa.

Para la protección y administración de los territorios conquistados se fundaron las Órdenes de caballería, formadas por monjes guerreros, con reconocimiento papal.

Las disidencias entre bizantinos y latinos fueron aprovechadas por los musulmanes que, acaudillados por Imad al-Din Zangi, destruyeron el estado cristiano de Edesa en 1144 y pusieron en peligro la conservación del reino latino.

El primer rey de Jerusalén, Godofredo de Bouillon.

Segunda cruzada

En 1145 el papa Eugenio III proclamó una nueva cruzada para ayudar a defender las tierras conquistadas por los primeros cruzados. Este nuevo llamamiento, predicado por San Bernando de Claraval, recibió también una favorable respuesta popular, pero esta vez no fue sólo secundado por caballeros, sino que dos de los monarcas más poderosos de Europa se pusieron al frente de sus ejércitos para dirigir la cruzada: el rey Luis VII de Francia y el emperador del Sacro Imperio, Conrado III.

La situación en Oriente Próximo era muy diferente a la de la primera cruzada. El emperador de Bizancio, Manuel I Comneno, que había acordado una tregua con el sultán selyúcida de Rum, no deseaba un nuevo ejército de cruzados que pusieran en peligro sus dominios. Conrado III, que mantenía una alianza con Bizancio, se mostró más dispuesto a colaborar, pero el rey francés desconfiaba de los bizantinos, por lo que hubo gran desunión entre las tropas cristianas.

La ciudad de Jerusalén cambió varias veces de manos durante las Cruzadas.

Derrotas cristianas

El ejército de Conrado III fue derrotado y prácticamente destruido en octubre de 1147, en Dorileo (Anatolia). Las tropas francesas habían quedado también bastante mermadas por los ataques turcos. Ambos monarcas, en una discutible decisión, optaron por unir sus tropas y atacar la ciudad de Damasco, un estado musulmán independiente que, ante la amenaza cristiana, solicitó ayuda a los selyúcidas de Rum. A los cuatro días de asedio, ante la llegada de refuerzos musulmanes, los cruzados tuvieron que abandonar el sitio de Damasco.

La cooperación entre Bizancio y los ejércitos occidentales ya no era posible. Tras el fracaso de la segunda cruzada, los musulmanes, gobernados por Saladino, se hicieron con el control de Asia Menor y conquistaron Jerusalén en 1187. Sólo el puerto de Tiro quedó en poder latino.

Tercera cruzada

En el año 1189, el papa Gregorio VIII proclamó una nueva cruzada, a la cual respondieron los reyes de Inglaterra, Ricardo I Corazón de León; de Francia, Felipe II Augusto, y de Sicilia, Guillermo I. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I Barbarroja, que ya había participado en la segunda cruzada y tenía en ese momento setenta años, se puso al frente del mayor ejército cruzado que se había reunido hasta entonces.

Tras la victoria sobre los selyúcidas en la batalla de Iconium, en Anatolia, Federico murió ahogado al cruzar un río y la dirección de la cruzada recayó sobre los reyes rivales de Francia e Inglaterra.

Ricardo I, tras conquistar Chipre, isla de gran importancia estratégica en los siglos siguientes, se dirigió a San Juan de Acre y se sumó a las tropas francesas que ya habían iniciado el asedio de la ciudad. Tras rendir la plaza, Felipe II Augusto dio por concluida su misión y regresó a su país, dejando a Ricardo al frente de la cruzada. En septiembre de 1791 el rey inglés consiguió una brillante victoria sobre Saladino en la batalla de Arsuf. Reclamado en Inglaterra, donde su dominio estaba en peligro de ser usurpado por sus enemigos, Ricardo alcanzó una tregua por la que la costa al norte de Jaffa quedaba en poder cristiano y se garantizaba el paso de los peregrinos hacia los lugares santos. En septiembre de 1192 regresó a Inglaterra.

Cuarta cruzada

En 1198 el papa Inocencio III decretó una nueva cruzada contra Egipto, pero los serios problemas de financiación que encontró y la rivalidad de intereses comerciales entre Venecia y Bizancio desviaron su camino para terminar atacando Constantinopla.

A la cuarta cruzada respondieron principalmente nobles franceses, que solicitaron equipamiento y transporte a la República de Venecia. El ejército que se consiguió reclutar resultó bastante menor de lo esperado y, con el fin de pagar la deuda contraída con los venecianos, los cruzados acordaron conquistar para Venecia la ciudad cristiana de Zadar (en la actual Croacia), dependiente del rey de Hungría. A pesar de la oposición del Papa, la conquista se completó en noviembre de 1202.

Conquista de Constantinopla

El príncipe bizantino Alejo propuso después a los cruzados tomar Constantinopla con la promesa de someterse, una vez coronado emperador, al poder de Roma. Los líderes de la cruzada aceptaron la propuesta, pero no así la tropa, en la que se produjeron numerosas deserciones.

En el año 1204 los cruzados conquistaron Constantinopla y saquearon la ciudad, lo que supuso la destrucción de uno de los grandes símbolos de la cristiandad. Fundaron entonces el Imperio Latino y proclamaron emperador a Balduino IX de Flandes y patriarca al veneciano Tommaso Morosini. El Papa, que en principio se había opuesto a esta campaña, terminó por reconocer el recién creado imperio. En 1261, Miguel Paleólogo, jefe de la casa imperial griega que había mantenido la resistencia bizantina y había fundado un reino en Nicea, reconquistó Constantinopla y fue proclamado emperador, tras expulsar a los francos y venecianos.

Las últimas cruzadas

Durante el siglo XIII los papas continuaron haciendo llamamientos a la guerra santa, pero fueron encontrando cada vez menos eco, tanto entre la nobleza como entre el pueblo llano. En 1212 se produce un hecho execrable cuando, en la llamada “Cruzada de los niños”, que nada tuvo que ver con las autoridades eclesiásticas, miles de adolescentes fueron animados a participar en una campaña contra los infieles, embarcados hacia Alejandría y vendidos como esclavos.

La cruzada contra los albigenses, proclamada en 1208 por el papa Inocencio III, fue la primera que se lanzó contra miembros de la cristiandad. Apoyada por el rey francés, consiguió acabar con una corriente cristiana declarada herética, que amenazaba con extenderse por el sur de Francia y norte de Italia.

La quinta cruzada

La quinta cruzada fue proclamada en 1215 el IV Concilio de Letrán contra Egipto. El rey de Inglaterra, Juan sin Tierra, que había respondido al llamamiento, falleció antes de su comienzo y finalmente el rey de Hungría, Andrés II, dirigió la campaña en la que participaron otros príncipes europeos.

Los estados cristianos de oriente no deseaban perturbar el equilibrio que les permitía mantener relaciones comerciales con Egipto. Los cruzados atacaron y tomaron la ciudad de Amieta, junto al río Nilo, en 1219, pero finalmente fueron derrotados y debieron entregar de nuevo la ciudad.

La sexta cruzada

En 1225, el papa Honorio III proclamó la sexta cruzada, en la que participó el emperador Federico II, amenazado de excomunión por no participar en una anterior empresa. La expedición tuvo que ser retrasada por la dificultad para reclutar tropas y luego por la enfermedad del emperador, lo que provocó su excomunión. Finalmente Federico partió en agosto de 1227, sin autorización papal, se dirigió a San Juan de Acre y negoció un acuerdo con el sultán de Egipto, Al-Kamil, por el que se establecía una tregua de diez años.

Los cruzados obtuvieron Jerusalén, Belén y un corredor entre estas ciudades y el mar, y se comprometieron a dar apoyo al sultán frente a sus enemigos, entre los que se encontraban los estados francos de Trípoli y Antioquía. El acuerdo no fue aceptado por el Pontífice ni por los nobles de Jerusalén, pues el gobierno establecido rompía con la estructura feudal establecida. El papa lanzó una nueva cruzada contra Federico II que, a pesar de su excomunión, se había proclamado rey de Jerusalén. De vuelta a Europa, el emperador consiguió detener a los soldados pontificios y firmó la paz con Roma.

Las campañas finales

En 1244 Jerusalén cayó en manos del sultán egipcio sin que se produjera una reacción inmediata de las fuerzas cristianas. Cuatro años después, Luis IX de Francia decidió organizar una nueva expedición con el objetivo de recuperar dicha ciudad. Dirigió sus tropas contra Egipto y tomó Damieta en 1249, pero fue finalmente derrotado y hecho prisionero junto con su ejército. Tras el pago de un elevado rescate fue liberado y se dirigió a Acre donde no consiguió que los nobles franceses le enviaran refuerzos para proseguir su campaña. En 1254, tras el fracaso de su cruzada, tuvo que regresar a Francia.

En 1270, Luis IX inició una nueva y última cruzada con el objetivo de acabar con el poderoso sultanato de Egipto. Dirigió sus naves hacia Túnez y allí se desató una epidemia que diezmó su ejército y acabó con la vida del monarca. Tras esta expedición emprendida por el rey de Francia, se llevaron a cabo algunas campañas en Tierra Santa que, por su escasa dimensión, no pueden ser consideradas cruzadas.

En 1291 la dinastía mameluca que gobernaba Egipto tomó la ciudad de San Juan de Acre, el último reducto cristiano en Asia Menor. Las islas de Chipre y Rodas permanecieron en poder de los francos hasta su conquista por el imperio turco en el siglo XVI.

Balance de las cruzadas

Las cruzadas fracasaron en su objetivo de llevar la “paz de Dios” a los cristianos de Asia Menor. La discrepancia de objetivos entre el Imperio bizantino, por un lado, y el Papa o sus caballeros cruzados, por otro, hacía casi imposible el éxito de la misión, pues sin el apoyo logístico de Bizancio los ejércitos cristianos se encontraron en serias dificultades para conquistar y mantener sus posiciones.

En el Mediterráneo occidental, las ciudades costeras de Italia y de Francia meridional se vieron beneficiadas por la expansión del comercio que surgió como consecuencia de las cruzadas. Al mismo tiempo, se desarrolló una economía monetaria que contribuyó al nacimiento de la burguesía. En el Próximo Oriente, por el contrario, los ataques de los cruzados, además de causar la ruina de los territorios atacados, generaron un fuerte sentimiento de odio hacia los cristianos.

El poder del papado alcanzó su cenit durante las cruzadas, pero al mismo tiempo significó el comienzo de su declive como autoridad moral, por los fracasos y luchas que estas campañas generaron entre los propios cristianos. La desviación del objetivo fundamental, de carácter espiritual, hacia otros de carácter puramente terrenal que pretendían ampliar el poder de Roma, desprestigió enormemente a la Iglesia católica.

Caballero de regreso de las Cruzadas.

Cronología de las Cruzadas

1095 – Primera Cruzada, proclamada por el papa Urbano II, destinada a recuperar Tierra Santa. Miles de caballeros marchan de Europa a Jerusalén.

1097 – Los cruzados toman Antioquía (actual Turquía).

1099 – Toma de Jerusalén. Godofredo de Bouillon asume el poder.

1145 – Segunda Cruzada, proclamada por el papa Eugenio III para ayudar a defender las tierras conquistadas por los primeros cruzados.

1145 – Los musulmanes comienzan a recuperar poder.

1148 – Los cristianos son derrotados en Damasco. Los musulmanes continúan reconquistando ciudades con el general Saladín al mando.

1189 – Tercera Cruzada, proclamada por el papa Gregorio VIII. Ricardo Corazón de León organiza un nuevo ejército.

1198 – Cuarta Cruzada, proclamada por el papa Inocencio III.

1204 – Conquista de Constantinopla.

1215 – Quinta Cruzada, proclamada por el IV Concilio de Letrán.

1225 – El papa Honorio III proclama la sexta cruzada.

1270 – Luis IX inicia la última cruzada.

1291 – Cae Acre, la última ciudad en poder cristiano. Los 200 años de ocupación cristiana en Tierra Santa llegan a su fin.