Alta edad media

Primer periodo de la edad media europea que abarca aproximadamente cinco siglos (del V al X). Su inicio puede ser fijado con las invasiones de los “pueblos bárbaros”, y su final en los últimos años del siglo X, cuando las expediciones vikingas que asolaron Europa occidental comenzaron a remitir. Estos dos acontecimientos, las invasiones bárbaras o germánicas y las expediciones vikingas, reflejan el retraimiento del Viejo continente, asolado por distintas fuerzas “exteriores” procedentes de la periferia del occidente cristiano.

Europa en la alta edad media.

Las invasiones “bárbaras” y los reinos germánicos

Desde finales del siglo IV, empujados por los hunos de Atila (375) y otras gentes de las estepas asiáticas, las tribus germánicas asentadas a lo largo del Rin y el Danubio penetraron en el Imperio romano. El decadente imperio fue incapaz de contenerlos (batalla de Adrianópolis, 378), teniendo que concentrar sus fuerzas en la defensa de los territorios orientales y abandonando Europa occidental a los pueblos bárbaros. Llegaron así los saqueos de Roma (por los vándalos en 410, por los hérulos en 476), la deposición del último emperador romano de occidente (Rómulo Augusto, 476) y el asentamiento de diversos pueblos germánicos en el oeste europeo.

Algunos de estos pueblos germanos consiguieron formar estados duraderos. En el primer tercio del siglo VI existieron cinco estados “bárbaros” en los antiguos territorios del Imperio romano de occidente: el reino visigodo, asentado sobre la mayor parte de la península ibérica; el franco, establecido en las Galias (aproximadamente la actual Francia); el burgundio, en lo que es hoy en día Borgoña; el ostrogodo, constituido en la península itálica –sobre la cual caerían los lombardos a partir del 568– y el reino vándalo, que ocupó el norte de África. A pesar de las diferencias de lengua y de composición étnica, estos reinos compartieron una serie de elementos comunes.

Silueta de un guerrero “bárbaro” en un escudo de época medieval.

Autonomía política. Aunque los reyes germanos reconocieron en teoría la autoridad del emperador romano de oriente, en la práctica actuaron con total autonomía. Esto les permitió centralizar el poder, acuñar moneda e instaurar numerosas costumbres de origen germánico, tales como la ley sálica –que impedía gobernar a las mujeres– o las ordalías, pruebas físicas que el acusado de un delito debía soportar sin sufrir daño para probar su inocencia. Los monarcas establecieron su corte en las ciudades y en ellas, y no en Constantinopla, debían dirimirse los asuntos políticos del reino.

La organización social. Tras las invasiones, los pueblos germánicos abandonaron su estructura clánica y tendieron a adoptar formas más prácticas para la dirección de los nuevos reinos: surgió así una tendencia, que se consolidaría posteriormente, de traspasar la corona real de padres a hijos, abandonándose el sistema de elección por uno hereditario.

Por otra parte, para asegurarse el apoyo de los miembros del resto de familias, el rey otorgaba a los jefes de linaje el gobierno de un amplio territorio. Gracias a esta concesión, las principales familias podían mantener su posición a cambio simplemente de ser leales al monarca y ayudarle en caso de necesidad. De esta forma se fueron estableciendo relaciones de dependencia entre hombres libres que, a la postre, darían lugar a los vínculos de vasallaje y al feudalismo.

Intensificación del proceso de ruralización. Debido a los saqueos de ciudades que tuvieron lugar durante las invasiones, gran parte de la población prefirió refugiarse en el campo. Las actividades agrícolas y ganaderas se convirtieron así en la base de la economía mientras que los centros urbanos quedaron deshabitados y perdieron su floreciente comercio. Muchos de los que huyeron al campo eran hombres libres que, sin embargo, se vieron obligados a situarse bajo la protección de los grandes señores y sus ejércitos. Se fue formando así un grupo social de siervos que, a cambio de protección y tierras, realizaba trabajos para su señor.

La unificación cultural. En un principio, en los reinos germánicos existía una gran división cultural y religiosa entre las antiguas poblaciones romanas y las minorías germanas. Las primeras hablaban latín y practicaban el cristianismo; las segundas, utilizaban sus lenguas de origen y o bien continuaban con sus prácticas paganas o bien profesaban una variante del cristianismo conocida como arrianismo. Con el objetivo de obtener el apoyo de la población romana y de las autoridades civiles y eclesiásticas de los territorios conquistados, los reyes germánicos acabaron convirtiéndose al cristianismo católico (Clodoveo, rey de los francos, hacia el 496; Recaredo, rey de los visigodos, el año 587). Al aceptar el catolicismo, los dirigentes germanos adoptaron la religión de la mayoría de la población e hicieron suya la herencia cultural romana, salvaguardada a través de la Iglesia. De esta suerte, los obispos y arzobispos se convirtieron en piezas fundamentales de la estructura política de los nuevos reinos, el latín volvió a imponerse como lengua de cultura y de la práctica jurídica y el cristianismo se convirtió en un elemento de cohesión y unidad.

Las amenazas exteriores

Las invasiones germánicas no fueron las únicas que amenazaron a la Europa cristiana occidental durante la alta edad media. El occidente europeo se vio sometido a distintos ataques externos llevados a cabo bien por entidades estatales como los imperios bizantino e islámico, bien por pueblos y grupos humanos como los eslavos, húngaros o vikingos.

El Imperio bizantino

El nombre de Bizancio originalmente se aplicaba a una colonia griega fundada en el siglo VII a.C. en la vertiente occidental del Bósforo. En el año 330 d.C., el emperador Constantino trasladó la capital del Imperio romano a esta antigua ciudad, rebautizándola como Constantinopla. Tras la división realizada por Teodosio en el año 395, Constantinopla se convirtió en la capital del Imperio romano de Oriente y desde ella se rigieron, hasta el año 1453 –fecha en que sería conquistada por los turcos– los destinos de un gran número de pueblos congregados en torno al Mediterráneo oriental. A esta entidad geopolítica se la conoció como Bizancio o Imperio bizantino, especialmente a partir del siglo VII y el reino de Heraclio (610-641).

Un siglo antes, el emperador Justiniano (527-565) intentó recuperar los antiguos territorios romanos de occidente, lanzando una gran campaña militar contra las penínsulas itálica e ibérica así como contra el norte africano. Entre el 533 y el 552, los ejércitos bizantinos se hicieron con gran parte de los territorios mediterráneos, aprovechando la paz firmada con los persas (532) así como las disputas internas en los reinos germánicos.

Sin embargo, el sueño de Justiniano se mostró imposible de mantener. Bizancio carecía de recursos para controlar los territorios occidentales. Muchos de los gobernadores bizantinos se convirtieron en señores autónomos que reconocían al emperador pero que estaban más interesados en los asuntos locales que en los orientales. Estos principados acabaron sucumbiendo durante los siglos VII y principios del VIII ante la recuperación de los reinos germánicos y el avance del Islam.

El emperador Justiniano y su corte, mosaico de la iglesia de San Vital, en Ravena.

El Islam

Surgida en la península arábiga en el siglo VII, la civilización islámica se convirtió rápidamente en protagonista en el panorama político del Medio oriente y el Mediterráneo. Bajo el liderazgo del profeta Mahoma (h. 570-632), los califas al-rashidun (los “bien guiados”: Abu Bakr, Omar, Uthman y Alí) o los miembros de la dinastía Omeya, los ejércitos musulmanes se apoderaron en apenas algo menos de un siglo de un vasto territorio que abarcaba desde Persia hasta la península ibérica, llegando incluso a amenazar al reino franco (batalla de Poitiers, 732).

Al igual que ocurriera con el bizantino, este vasto imperio fue difícil de mantener. Casi en el mismo momento en que se producían las últimas conquistas, entre los años 750 y 752, una revolución sustituyó a la familia omeya por la abbasí (750-1258). Este proceso produjo una gran inestabilidad en el mundo islámico, provocando la ruptura del imperio.

Surgieron así diversos emiratos o reinos como al-Andalus en la península ibérica, los principados idrisíes en el norte de África o, posteriormente, el califato fatimí (siglos X-XII). Estos estados llevaron a cabo diversas ofensivas contra la Europa cristiana que durarían durante toda la alta edad media. Estas campañas llegarían a su fin en el siglo XI salvo por esporádicas incursiones (imperios almorávide, siglos XI-XII, y almohade, siglos XII-XIII) que, en realidad, fueron simples réplicas ante el avance cristiano de la plena edad media.

Mezquita de Córdoba, muestra del arte andalusí.

Otras invasiones

El debilitamiento europeo permitió a otros grupos asaltar los campos y ciudades del continente. Estas expediciones tuvieron dos consecuencias: por una parte, aceleraron el proceso de ruralización ya que la población se refugió en el campo, mucho menos atractivo para los invasores que las ciudades. Por otra parte, impidieron que fructificasen los intentos de construcción monárquica de los reinos europeos ya que debilitaban la economía y el clima de inseguridad favorecía la aparición de ejércitos privados a cargo de señores regionales.

Entre estos pueblos cabe destacar a los escandinavos (noruegos, suecos, daneses), denominados popularmente como vikingos en occidente y como varegos en Rusia. A partir del siglo IX, diversos grupos emprendieron una serie de expediciones marítimas y fluviales por toda Europa que acabarían provocando el establecimiento del ducado de Normandía (911), diversos principados rusos (como el de Rus, en torno a Kiev, 882) y británicos (Danelaw, h. el 875) así como los asentamientos de Islandia (siglo IX) y el de Groenlandia (h. el 985). Estos movimientos, provocados por el fortalecimiento de las monarquías nacionales y la resistencia o huida de grupos locales, generaron también otros fenómenos de menor intensidad pero mucho más llamativos como fueron las incursiones de rapiña que asolaron las costas del occidente europeo hasta bien entrado el siglo X (Sevilla, 844; Aquisgrán, 881).

Otros grupos que supusieron una amenaza para la Europa cristiana fueron los eslavos y los magiares. Los primeros (búlgaros, checos, polacos, croatas, etc.) mantuvieron contactos con las poblaciones europeas desde los siglos V y VI, ocupando el espacio dejado por las tribus germanas en su curso hacia occidente. Su asentamiento en Europa central y oriental no estuvo exento de violencia pero la propia contracción europea y la debilidad bizantina a partir del siglo VII les permitieron ocupar una vasta área que abarcaba desde el Báltico hasta el Danubio.

Las tribus magiares, por su parte, aparecieron en Europa a finales del siglo IX, llegando a atacar las posesiones francesas (Borgoña) y sobre todo, alemanas (Suabia). Su amenaza fue neutralizada un siglo más tarde cuando el rey alemán Enrique I (919-936) los derrotó en Unstrut (933). A partir de esta batalla, los magiares se establecieron en los territorios de la actual Hungría, abandonando el nomadismo y pasando a formar parte de los reinos europeos.

Todos estos movimientos que amenazaron a la Europa altomedieval desaparecieron paulatinamente a partir de los siglos X y XI. Posteriormente, sólo los ejércitos mongoles llevarían a cabo expediciones capaces de amenazar el continente europeo; su actividad militar, sin embargo, se centró en Asia (conquistas de Gengis Kan en China, 1215, Turkestán –1220–, Persia –1221–; de Hulagu en Iraq, 1258; de Kublai Kan nuevamente en China, 1260-1267) mientras que en Europa, se redujo prácticamente a los nuevos países eslavos (campañas de Batu en Rusia, Polonia, Hungría entre 1238 y 1241).

El fin de las amenazas, en cualquier caso, no se trató tanto de un triunfo de occidente por las armas como de una victoria cultural, tal y como había ocurrido antes con los pueblos germánicos. Las incursiones de vikingos, eslavos y magiares acabaron al tiempo que la cultura occidental, ya fuera a través del cristianismo o formas estatales más avanzadas que el mero ámbito tribal, penetraba en estos pueblos y los asimilaba al estatus de “europeos”.

El imperio carolingio y la idea de Europa

Las amenazas que pendían sobre el mundo occidental sirvieron también para encumbrar a algunas dinastías capaces de brindar la protección necesaria a la población. Uno de los casos más evidentes fue el de los carolingios, una familia franca bien situada en la corte de los reyes merovingios. La familia carolingia obtuvo un gran prestigio tras la victoria sobre los árabes de su “fundador”, Carlos Martel (Poitiers, 732). Gracias a ello, uno de sus miembros, Pipino el Breve (751-768) pudo derrocar al monarca legítimo e instaurar su propia dinastía. Ésta hallaría su máximo esplendor bajo el reinado de Carlomagno (768-814).

El imperio carolingio en época de Carlomagno.

Con Carlomagno revivió, al menos temporalmente, el ideal de una Europa unida basada en su pasado imperial romano, la fe cristiana y los nuevos aportes germánicos. Por una parte, Carlomagno consiguió unificar gran parte del occidente europeo gracias a sus victorias militares, las cuales expandieron su reino por los actuales Países Bajos, Francia, el norte de Italia, el este de Alemania y la vertiente hispana de los Pirineos. Desde época romana, ningún otro soberano había conseguido imponer su reinado sobre tan grandes territorios.

En cualquier caso, este dominio no era tan sólo territorial sino también ideológico. Carlomagno renovó los vínculos de la casa real franca con el papado, erigiéndose en defensor del obispo de Roma frente a las amenazas de los lombardos (conquista de Lombardía, 774) o las disidencias bizantinas (polémica iconoclasta de los siglos VIII y IX). Merced a ello, el papa León III le coronaría en Roma como emperador (año 800), aceptando jurídicamente lo que las armas ya le habían dado de hecho. Con ello se terminaba de cerrar el círculo: un descendiente de los francos recibía, de manos del obispo de Roma, la corona que le acreditaba como sucesor de los emperadores de occidente.

Este hecho es de suma importancia para comprender el concepto de Europa. Por primera vez, las jerarquías occidentales aceptaban que el centro neurálgico de la cultura occidental no era ya el Mediterráneo y los países de su entorno (incluidos los africanos y asiáticos) sino que la herencia romana se había refugiado en la ciudad europea de Aquisgrán, capital del imperio carolingio. Además, este nuevo imperio contaba con dos elementos que lo estructuraban y definían: el cristianismo católico como religión y el latín como lengua. La principal valedora de estos dos últimos elementos era la Iglesia romana, la cual otorgaba al imperio carolingio su ideología ecuménica; el emperador no era sólo el monarca de los habitantes de las tierras carolingias sino que era el soberano teórico de toda la cristiandad.

Esta concepción dual del mundo cristiano en el que la Iglesia proporcionaba los elementos unificadores y el imperio actuaba de defensor de la cristiandad sobrevivió a Carlomagno. Tras su muerte, el imperio desapareció al ser repartido entre sus nietos (tratado de Verdún, 843) pero la idea de una Europa unida fue recogida por la dinastía otónida (936-1024), quien la intentó llevar de nuevo a la práctica en el Sacro imperio germánico.

El cristianismo: elemento unificador

Gracias a su presencia en todos los reinos germánicos, la Iglesia se convirtió en la institución más importante de Europa occidental pero, sobre todo, en la principal difusora de la cultura. El uso exclusivo del latín facilitó los contactos entre religiosos de distintas regiones y el intercambio de saberes entre todos los puntos de Europa. La Iglesia supo adaptarse a los cambios vividos en la sociedad medieval a lo largo de los siglos y gracias a ello logró mantener su posición hegemónica dentro de la misma.

El dogma católico se conformó entre los siglos I y V y en dicho proceso se adaptaron los elementos culturales greco-latinos al pensamiento cristiano. Esto dio como resultado la adopción de un nuevo calendario litúrgico y festivo que tenía como eje la vida de Cristo, la sustitución de las divinidades paganas por santos y mártires cristianos, la implantación de nuevas prácticas religiosas (peregrinaciones), la imposición de unas prácticas y de una moral sexual marcadas por la noción de pecado, etc.

Todos estos elementos fueron transmitidos por toda Europa gracias a las órdenes monacales. En este sentido, cabe destacar a la benedictina, fundada por san Benito (480-543), y que durante tres siglos llevó a cabo la evangelización de las zonas rurales de Europa occidental. En esta tarea también participaron monjes irlandeses y británicos, quienes realizaron la cristianización de la Bretaña francesa y la Europa al norte del Rin.