El nacimiento de Europa: el mundo medieval

    El periodo de la historia europea comprendido entre el siglo V y el siglo XV es conocido como Edad Media. Atendiendo a la evolución política, económica y cultural, esta época se ha dividido en tres periodos con características específicas: la Alta Edad Media (siglos V al X), la Plena Edad Media (siglos XI al XIII) y la Baja Edad Media (siglos XIV y XV). Sin embargo, a lo largo de dichas centurias pervivieron tres elementos comunes que permiten agrupar a todos estos siglos en una misma época histórica: una economía basada fundamentalmente en la producción agrícola y ganadera; un sistema político y social estructurado en torno a unas relaciones de vasallaje (feudalismo) y, por último, una concepción del mundo marcada por el cristianismo.

    Estas tres características provocaron que, durante mucho tiempo, se considerase a la Edad Media como un periodo oscuro si se la comparaba a la brillantez de la Grecia y Roma clásicas. Los estudios historiográficos, no obstante, han acabado por demostrar que la Edad Media fue en realidad una época compleja y dinámica durante la que se gestaron muchos aspectos de la civilización occidental contemporánea. Así, la mayoría de las actuales entidades políticas europeas o las lenguas vivas de Europa tuvieron su origen en esta época.

    La Alta Edad Media

    La Alta Edad Media comprende un periodo aproximado de cinco siglos (del V al X). Su inicio puede ser fijado cuando se produjeron las invasiones de los «pueblos bárbaros», y su final en los últimos años del siglo X, cuando las expediciones vikingas que asolaron Europa occidental comenzaron a remitir. Estos dos acontecimientos, las invasiones bárbaras o germánicas y las expediciones vikingas, reflejan el retraimiento del Viejo Continente, asolado por distintas fuerzas «exteriores» procedentes de la periferia del occidente cristiano.

    Las invasiones «bárbaras» y los reinos germánicos

    Se ha dado en llamar pueblos bárbaros al conjunto de gentes de origen germánico o euroasiático que habitaban a lo largo del Rin y el Danubio, ríos que formaban parte de la frontera septentrional del Imperio romano. A partir del siglo III, dichas tribus habían entrado en contacto con Roma, estableciéndose en los territorios fronterizos como federados (foederati): a cambio del permiso para asentarse en el interior del imperio, estas tribus se comprometían a defender las tierras de invasores extranjeros y pagar impuestos al emperador.

    Las invasiones de las tribus germánicas pusieron fin al Imperio romano. La imagen muestra la silueta de un guerrero «bárbaro» grabada en un escudo medieval.

    Desde finales del siglo IV, el fenómeno se generalizó y acabó adoptando formas violentas. Empujados por los hunos de Atila (375) y otras gentes de las estepas asiáticas, las tribus germánicas penetraron en el Imperio romano, en busca de botín, con la intención de asentarse como federados. El decadente imperio fue incapaz de contenerlos (batalla de Adrianópolis, 378), teniendo que concentrar sus fuerzas en la defensa de los territorios orientales y abandonando Europa occidental a los pueblos bárbaros. Llegaron así los saqueos de Roma (por los vándalos en 410, por los hérulos en 476), la deposición del último emperador romano de Occidente (Rómulo Augusto, 476) y el asentamiento de diversos pueblos germánicos en el oeste europeo.

    Algunos de estos pueblos germanos consiguieron formar Estados duraderos. En el primer tercio del siglo VI existieron cinco Estados «bárbaros» en los antiguos territorios del Imperio romano de Occidente: el reino visigodo, asentado sobre la mayor parte de la península ibérica; el franco, establecido en las Galias (aproximadamente la actual Francia); el burgundio, en lo que es hoy en día Borgoña; el ostrogodo, constituido en la península itálica –sobre la cual caerían los lombardos a partir del 568– y el reino vándalo, que ocupó el norte de África. A pesar de las diferencias de lengua y de composición étnica, estos reinos compartieron una serie de elementos comunes.

    Autonomía política. Aunque los reyes germanos reconocieron en teoría la autoridad del emperador romano de Oriente, en la práctica actuaron con total autonomía. Esto les permitió centralizar el poder, acuñar moneda e instaurar numerosas costumbres de origen germánico, tales como la ley sálica –que impedía gobernar a las mujeres– o las ordalías, pruebas físicas que el acusado de un delito debía soportar sin sufrir daño para probar su inocencia. Los monarcas establecieron su corte en las ciudades y en ellas, y no en Constantinopla, debían dirimirse los asuntos políticos del reino.

    La organización social. En un principio, la estructura de estos pueblos era de tipo clánico, es decir, estaba compuesta por familias extensas en las cuales el patriarca detentaba la autoridad. Los reyes de las tribus eran elegidos por los patriarcas de las principales familias y aceptados por aclamación por el resto de la tribu o clan. Sin embargo, tras las invasiones, los pueblos germánicos abandonaron su estructura clánica y tendieron a adoptar formas más prácticas para la dirección de los nuevos reinos: surgió así una tendencia, que se consolidaría posteriormente, de traspasar la corona real de padres a hijos, abandonándose el sistema de elección por uno hereditario.

    Por otra parte, para asegurarse el apoyo de los miembros del resto de familias, el rey otorgaba a los jefes de linaje el gobierno de un amplio territorio. Gracias a esta concesión, las principales familias podían mantener su posición a cambio simplemente de ser leales al monarca y ayudarle en caso de necesidad. De esta forma se fueron estableciendo relaciones de dependencia entre hombres libres que, a la postre, darían lugar a los vínculos de vasallaje y al feudalismo.

    Intensificación del proceso de ruralización. Debido a los saqueos de ciudades que tuvieron lugar durante las invasiones, gran parte de la población prefirió refugiarse en el campo. Las actividades agrícolas y ganaderas se convirtieron así en la base de la economía mientras que los centros urbanos quedaron deshabitados y perdieron su floreciente comercio. Muchos de los que huyeron al campo eran hombres libres que, sin embargo, se vieron obligados a situarse bajo la protección de los grandes señores y sus ejércitos. Se fue formando así un grupo social de siervos que, a cambio de protección y tierras, realizaba trabajos para su señor.

    La unificación cultural. En un principio, en los reinos germánicos existía una gran división cultural y religiosa entre las antiguas poblaciones romanas y las minorías germanas. Las primeras hablaban latín y practicaban el cristianismo; las segundas, utilizaban sus lenguas de origen y o bien continuaban con sus prácticas paganas o bien profesaban una variante del cristianismo conocida como arrianismo. Con el objetivo de obtener el apoyo de la población romana y de las autoridades civiles y eclesiásticas de los territorios conquistados, los reyes germánicos acabaron convirtiéndose al cristianismo católico (Clodoveo, rey de los francos, hacia el 496; Recaredo, rey de los visigodos, el año 587). Al aceptar el catolicismo, los dirigentes germanos adoptaron la religión de la mayoría de la población e hicieron suya la herencia cultural romana, salvaguardada a través de la Iglesia. De esta suerte, los obispos y arzobispos se convirtieron en piezas fundamentales de la estructura política de los nuevos reinos, el latín volvió a imponerse como lengua de cultura y de la práctica jurídica y el cristianismo se convirtió en un elemento de cohesión y unidad.

    Las amenazas exteriores

    Las invasiones germánicas no fueron las únicas que amenazaron a la Europa cristiana occidental durante la Alta Edad Media. El occidente europeo se vio sometido a distintos ataques externos llevados a cabo bien por entidades estatales como los Imperios bizantino e islámico, bien por pueblos y grupos humanos, como los eslavos, húngaros o vikingos.

    Labores de los campesinos representadas en una miniatura. En los inicios de la Edad Media se acentuó la vida rural debido a los continuos saqueos que sufrían las ciudades.

    El Imperio bizantino. El nombre de Bizancio originalmente se aplicaba a una colonia griega fundada en el siglo VII a.C. en la vertiente occidental del Bósforo. En el año 330 d.C., el emperador Constantino trasladó la capital del Imperio romano a esta antigua ciudad, rebautizándola como Constantinopla. Tras la división realizada por Teodosio en el año 395, Constantinopla se convirtió en la capital del Imperio romano de Oriente y desde ella se rigieron, hasta el año 1453 –fecha en que sería conquistada por los turcos– los destinos de un gran número de pueblos congregados en torno al Mediterráneo oriental. A esta entidad geopolítica se la conoció como Bizancio o Imperio bizantino, especialmente a partir del siglo VII y el reino de Heraclio (610-641).

    Justiniano fue uno de los más grandes monarcas del Imperio bizantino. La imagen muestra el célebre mosaico de El emperador Justiniano y su corte, conservado en la iglesia de San Vital de Rávena.

    Un siglo antes, el emperador Justiniano (527-565) intentó recuperar los antiguos territorios romanos de Occidente, lanzando una gran campaña militar contra las penínsulas itálica e ibérica así como contra el norte africano. Entre el 533 y el 552, los ejércitos bizantinos se hicieron con gran parte de los territorios mediterráneos, aprovechando la paz firmada con los persas (532) así como las disputas internas en los reinos germánicos.

    Sin embargo, el sueño de Justiniano se mostró imposible de mantener. Bizancio carecía de recursos para controlar los territorios occidentales. Muchos de los gobernadores bizantinos se convirtieron en señores autónomos que reconocían al emperador pero que estaban más interesados en los asuntos locales que en los orientales. Estos principados acabaron sucumbiendo durante los siglos VII y principios del VIII ante la recuperación de los reinos germánicos y el avance del islam.

    El islam. Surgida en la península arábiga en el siglo VII, la civilización islámica se convirtió rápidamente en protagonista en el panorama político del Medio Oriente y el Mediterráneo. Bajo el liderazgo del profeta Mahoma (h. 570-632), los califas al-rashidun (los «bien guiados»: Abu Bakr, Omar, Uthman y Alí) o los miembros de la dinastía Omeya, los ejércitos musulmanes se apoderaron en apenas algo menos de un siglo de un vasto territorio que abarcaba desde Persia hasta la península ibérica, llegando incluso a amenazar al reino franco (batalla de Poitiers, 732).

    El mapa muestra la configuración de Europa durante los siglos viii y ix de la Alta Edad Media.

    Al igual que ocurriera con el bizantino, este vasto imperio fue difícil de mantener. Casi en el mismo momento en que se producían las últimas conquistas, entre los años 750 y 752, una revolución sustituyó a la familia omeya por la abasí (750-1258). Este proceso produjo una gran inestabilidad en el mundo islámico, provocando la ruptura del imperio.

    Surgieron así diversos emiratos o reinos como al-Andalus en la península ibérica, los principados idrisíes en el norte de África o, posteriormente, el califato fatimí (siglos X-XII). Estos Estados llevaron a cabo diversas ofensivas contra la Europa cristiana que durarían durante toda la Alta Edad Media. Estas campañas llegarían a su fin en el siglo XI, salvo por esporádicas incursiones (Imperios almorávide, siglos XI-XII, y almohade, siglos XII-XIII) que, en realidad, fueron simples réplicas ante el avance cristiano de la Plena Edad Media.

    El islam avanzó hacia Europa introduciéndose por el sur de la península ibérica. Allí se instauró al-Andalus, uno de cuyos monumentos más representativos es la mezquita de Córdoba que reproduce la imagen.

    Otras invasiones. El debilitamiento europeo permitió a otros grupos asaltar los campos y ciudades del continente. Estas expediciones tuvieron dos consecuencias: por una parte, aceleraron el proceso de ruralización ya que la población se refugió en el campo, mucho menos atractivo para los invasores que las ciudades. Por otra parte, impidieron que fructificasen los intentos de construcción monárquica de los reinos europeos, ya que debilitaban la economía y el clima de inseguridad favorecía la aparición de ejércitos privados a cargo de señores regionales.

    Entre estos pueblos cabe destacar a los escandinavos (noruegos, suecos, daneses), denominados popularmente como vikingos en Occidente y como varegos en Rusia. A partir del siglo IX, diversos grupos emprendieron una serie de expediciones marítimas y fluviales por toda Europa que acabarían provocando el establecimiento del ducado de Normandía (911), diversos principados rusos (como el de Rus, en torno a Kiev, 882) y británicos (Danelaw, h. el 875), así como los asentamientos de Islandia (siglo IX) y el de Groenlandia (h. el 985). Estos movimientos, provocados por el fortalecimiento de las monarquías nacionales y la resistencia o huida de grupos locales, generaron también otros fenómenos de menor intensidad pero mucho más llamativos, como fueron las incursiones de rapiña que asolaron las costas del occidente europeo hasta bien entrado el siglo X (Sevilla, 844; Aquisgrán, 881).

    Otros grupos que supusieron una amenaza para la Europa cristiana fueron los eslavos y los magiares. Los primeros (búlgaros, checos, polacos, croatas, etc.) mantuvieron contactos con las poblaciones europeas desde los siglos V y VI, ocupando el espacio dejado por las tribus germanas en su curso hacia Occidente. Su asentamiento en Europa central y oriental no estuvo exento de violencia pero la propia contracción europea y la debilidad bizantina a partir del siglo VII les permitieron ocupar una vasta área que abarcaba desde el Báltico hasta el Danubio.

    Recreación de un pintor romántico del avance de los barcos vikingos por el mar del Norte en su camino hacia Inglaterra.

    Las tribus magiares, por su parte, aparecieron en Europa a finales del siglo IX, llegando a atacar las posesiones francesas (Borgoña) y sobre todo, alemanas (Suabia). Su amenaza fue neutralizada un siglo más tarde cuando el rey alemán Enrique I (919-936) los derrotó en Unstrut (933). A partir de esta batalla, los magiares se establecieron en los territorios de la actual Hungría, abandonando el nomadismo y pasando a formar parte de los reinos europeos.

    Todos estos movimientos que amenazaron a la Europa altomedieval desaparecieron paulatinamente a partir de los siglos X y XI. Posteriormente, sólo los ejércitos mongoles llevarían a cabo expediciones capaces de amenazar el continente europeo; su actividad militar, sin embargo, se centró en Asia (conquistas de Gengis Kan en China, 1215, Turkestán –1220–, Persia –1221–; de Hulagu en Iraq, 1258; de Kublai Kan nuevamente en China, 1260-1267) mientras que en Europa, se redujo prácticamente a los nuevos países eslavos (campañas de Batu en Rusia, Polonia, Hungría entre 1238 y 1241).

    Talla en bronce de Carlomagno. Bajo su reinado, buena parte de Europa permaneció unificada en un imperio homogéneo.

    Talla en bronce de Carlomagno. Bajo su reinado, buena parte de Europa permaneció unificada en un imperio homogéneo.

    El fin de las amenazas, en cualquier caso, no se trató tanto de un triunfo de Occidente por las armas como de una victoria cultural, tal y como había ocurrido antes con los pueblos germánicos. Las incursiones de vikingos, eslavos y magiares acabaron al tiempo que la cultura occidental, ya fuera a través del cristianismo o formas estatales más avanzadas que el mero ámbito tribal, penetraba en estos pueblos y los asimilaba al estatus de «europeos».

    El Imperio carolingio y la idea de Europa

    Las amenazas que pendían sobre el mundo occidental sirvieron también para encumbrar a algunas dinastías capaces de brindar la protección necesaria a la población. Uno de los casos más evidentes fue el de los carolingios, una familia franca bien situada en la corte de los reyes merovingios. La familia carolingia obtuvo un gran prestigio tras la victoria sobre los árabes de su «fundador», Carlos Martel (Poitiers, 732). Gracias a ello, uno de sus miembros, Pipino el Breve (751-768) pudo derrocar al monarca legítimo e instaurar su propia dinastía. Ésta hallaría su máximo esplendor bajo el reinado de Carlomagno (768-814).

    Con Carlomagno revivió, al menos temporalmente, el ideal de una Europa unida basada en su pasado imperial romano, la fe cristiana y los nuevos aportes germánicos. Por una parte, Carlomagno consiguió unificar gran parte del occidente europeo gracias a sus victorias militares, las cuales expandieron su reino por los actuales Países Bajos, Francia, el norte de Italia, el este de Alemania y la vertiente hispana de los Pirineos. Desde época romana, ningún otro soberano había conseguido imponer su reinado sobre tan grandes territorios.

    En cualquier caso, este dominio no era tan sólo territorial sino también ideológico. Carlomagno renovó los vínculos de la casa real franca con el papado, erigiéndose en defensor del obispo de Roma frente a las amenazas de los lombardos (conquista de Lombardía, 774) o las disidencias bizantinas (polémica iconoclasta de los siglos VIII y IX). Merced a ello, el papa León III le coronaría en Roma como emperador (año 800), aceptando jurídicamente lo que las armas ya le habían dado de hecho. Con ello se terminaba de cerrar el círculo: un descendiente de los francos recibía, de manos del obispo de Roma, la corona que le acreditaba como sucesor de los emperadores de Occidente.

    Este hecho es de suma importancia para comprender el concepto de Europa. Por primera vez, las jerarquías occidentales aceptaban que el centro neurálgico de la cultura occidental no era ya el Mediterráneo y los países de su entorno (incluidos los africanos y asiáticos) sino que la herencia romana se había refugiado en la ciudad europea de Aquisgrán, capital del Imperio carolingio. Además, este nuevo imperio contaba con dos elementos que lo estructuraban y definían: el cristianismo católico como religión y el latín como lengua. La principal valedora de estos dos últimos elementos era la Iglesia romana, la cual otorgaba al Imperio carolingio su ideología ecuménica; el emperador no era sólo el monarca de los habitantes de las tierras carolingias sino que era el soberano teórico de toda la cristiandad.

    Esta concepción dual del mundo cristiano en el que la Iglesia proporcionaba los elementos unificadores y el imperio actuaba de defensor de la cristiandad sobrevivió a Carlomagno. Tras su muerte, el imperio desapareció al ser repartido entre sus nietos (tratado de Verdún, 843) pero la idea de una Europa unida fue recogida por la dinastía otónida (936-1024), quien la intentó llevar de nuevo a la práctica en el Sacro Imperio Germánico.

    El cristianismo: elemento unificador

    Gracias a su presencia en todos los reinos germánicos, la Iglesia se convirtió en la institución más importante de Europa occidental pero, sobre todo, en la principal difusora de la cultura. El uso exclusivo del latín facilitó los contactos entre religiosos de distintas regiones y el intercambio de saberes entre todos los puntos de Europa. La Iglesia supo adaptarse a los cambios vividos en la sociedad medieval a lo largo de los siglos y gracias a ello logró mantener su posición hegemónica dentro de la misma.

    Durante la Alta Edad Media, la Iglesia quedó configurada como la más importante institución europea, así como en el vehículo más decisivo de la transmisión de la cultura. En la imagen, reunión conciliar de las dignidades eclesiásticas con la autoridad real.

    El dogma católico se conformó entre los siglos I y V y en dicho proceso se adaptaron los elementos culturales greco-latinos al pensamiento cristiano. Esto dio como resultado la adopción de un nuevo calendario litúrgico y festivo que tenía como eje la vida de Cristo, la sustitución de las divinidades paganas por santos y mártires cristianos, la implantación de nuevas prácticas religiosas (peregrinaciones), la imposición de unas prácticas y de una moral sexual marcadas por la noción de pecado, etc.

    Todos estos elementos fueron transmitidos por toda Europa gracias a las órdenes monacales. En este sentido, cabe destacar a la benedictina, fundada por san Benito (480-543), y que durante tres siglos llevó a cabo la evangelización de las zonas rurales de Europa occidental. En esta tarea también participaron monjes irlandeses y británicos, quienes realizaron la cristianización de la Bretaña francesa y la Europa al norte del Rin.

    La Plena Edad Media

    Entre finales del siglo X y principios del siglo XI, la sociedad del occidente medieval vivió un proceso de crecimiento económico y demográfico que algunos autores han denominado como «fase de expansión», que se basó en un aumento de la producción agrícola y la intensificación de los intercambios comerciales, lo que a su vez se tradujo en un renacimiento de la vida urbana.

    El crecimiento y auge de las ciudades contrastó con el modelo social imperante en la época, el feudalismo. Éste se apoyaba en realidad en un orden social establecido en el periodo precedente y se puede decir que su momento de mayor esplendor, precisamente la Plena Edad Media, fue también el inicio de su agonía.

    Los reyes europeos no podían sin duda consentir un orden que beneficiaba a la nobleza y que consideraba al monarca como un simple primus inter pares (el primero entre iguales). Por ello, a lo largo de este periodo se observa un intento de fortalecimiento de las monarquías a través de la ampliación de las estructuras administrativas del reino y la alianza con las ciudades, algo contrario a los intereses de la nobleza rural.

    Por otra parte, los intentos monárquicos por acrecentar el poder del soberano chocaron también contra los otros grandes señores feudales: los miembros de la Iglesia. Este choque fue, al principio, de bajo nivel salvo en el caso de la lucha entre el Sacro Imperio Germánico y el papado por hacerse con el control del norte italiano (querella de las investiduras, 1075-1122). Más tarde, ya en la Edad Moderna, el conflicto de intereses entre las monarquías y el papado acabaría provocando los movimientos reformistas y las llamadas guerras de religión; su génesis, sin embargo, se halla en la construcción estatal iniciada a partir del siglo XI.

    En cualquier caso, los conflictos entre monarquía, nobleza, papado y mundo urbano no impidieron la estrecha colaboración de estos poderes en algunas cuestiones de interés mutuo. Éste sería el caso de las cruzadas, símbolo de la fase de expansión en la que entró Europa occidental en este momento: convocadas por el papa y lideradas por los reyes de las principales monarquías, las guerras contra los infieles fueron protagonizadas por las ciudades, interesadas en sacar beneficio comercial de ello, y especialmente por la nobleza, hambrienta de vivir aventuras caballerescas, máxime cuando éstas podían reportar riquezas y tierras.

    El auge agrícola y demográfico

    A partir del siglo XI, Europa vivió un importante crecimiento agrícola que contrastó con la fase anterior. Las tierras que habían sido abandonadas durante el Bajo Imperio romano y la Alta Edad Media debido al descenso demográfico y la inseguridad, fueron de nuevo puestas en cultivo o dedicadas a pastos, lo que aumentó la producción agrícola y ganadera.

    Asedio de Jerusalén por los cruzados. Para poder llevarse a cabo, las cruzadas necesitaron de una intensa colaboración entre los poderes religioso y político de la cristiandad.

    Estas tierras eran generalmente las menos fértiles por lo que este incremento en la producción necesitó además de otros dos factores: el uso de nuevas tecnologías y de técnicas de cultivo. Por una parte, se introdujeron el arado con ruedas, la herradura, los molinos de agua y se sustituyó el lento buey por el caballo como animal de tiro; a esto se añadieron nuevas técnicas como la roturación trienal, la rotación de cultivos, la utilización de abonos y se cultivaron nuevos productos como la avena, las judías y las lentejas. Todos ellos aumentaron la producción agrícola de tal forma que permitieron el crecimiento de la población y facilitaron la verdadera comercialización de los productos.

    Este crecimiento en cantidad y mejora en calidad de los productos agrícolas se tradujo en un aumento de la población y de las expectativas de vida. Hechos como la generalización del consumo de pan y de proteínas hicieron que la población europea pasara de 46 millones a mediados del siglo XI a 73 millones al finalizar el siglo XIII.

    La sociedad medieval

    La sociedad de la Plena Edad Media se estructuró en tres grupos o estamentos perfectamente diferenciados: los guerreros (bellatores o miles), los clérigos (oratores) y los trabajadores (laboratores). Cada uno de ellos tenía una función exclusiva pero complementaria de las otras dos. Así, los guerreros tenían la obligación de defender a los clérigos y a los campesinos; los oratores, por su parte, tenían el deber de rezar por las almas de los miembros de los otros dos estamentos y de servir de intermediarios entre los hombres y la divinidad; por último, los campesinos tenían la obligación de proveer de alimento a guerreros y clérigos. Esta concepción de las relaciones humanas otorgó a la sociedad medieval una gran estabilidad y, sobre todo, dio a cada individuo un lugar dentro de la jerarquía del mundo establecida por Dios.

    Los caballeros. El estamento militar estaba conformado por los miembros de la nobleza. Éstos poseían gran parte de las tierras, ya fuera en propiedad o mediante un feudo o señorío, es decir, mediante un préstamo del rey. A cambio de dicho feudo, tenían el deber de apoyar al monarca en las campañas militares o darle consejo cuando éste lo solicitase.

    Los caballeros conformaron el estamento militar medieval, cuya labor se demostró imprescindible para asegurar la defensa de los territorios. En la imagen, lámina de un libro de caballería.

    Los grandes nobles tenían la obligación de equipar y abastecer a sus propias huestes, mientras que la nobleza menor (hidalgos, caballeros) podía incorporarse dentro de éstas. El equipamiento –caballo, armas, armadura– era sumamente costoso y por ello sólo podían adquirirlo los dueños de las tierras. De ahí que el rey se las concediese, junto a distintos privilegios o regalías.

    Los clérigos, reunidos en torno a la Iglesia, propagaron la fe y la cultura por todos los reinos medievales. Así se aprecia en esta miniatura, en la que un monje imparte clase a sus discípulos.

    Los clérigos. Este estamento agrupaba a todos los miembros de la Iglesia, es decir, el clero secular y el regular. El primero estaba constituido por los arzobispos y obispos junto con los miembros de su cabildo así como por los curas párrocos. Arzobispos y obispos, muchos de los cuales eran hijos de grandes nobles, vivían en las ciudades y tenían a su cargo la administración de un territorio, la recaudación del diezmo (décima parte de la cosecha), la imposición de penitencias y la predicación. Los segundos vivían en el mundo rural y tenían la obligación de oficiar misas y otras ceremonias e impartir los sacramentos a los habitantes de aldeas y pueblos, aunque su formación no era siempre la adecuada para ello.

    En la compartimentada sociedad medieval, la realización de las tareas laborales quedaba en manos de los laboratores o trabajadores. La miniatura muestra la ejecución de trabajos agrícolas con la ayuda de caballos de tiro.

    El clero regular estaba constituido por personas que vivían apartadas de la sociedad en un monasterio. Los monjes, que podían tener o no las órdenes sacerdotales, vivían en comunidad presididos por un abad y tenían que profesar los votos de obediencia, pobreza y castidad además de cumplir con una serie de normas (regla o regula). La regla de san Benito de Nursia fue la más conocida durante la Alta Edad Media pero fue posteriormente reformada por la orden de Cluny o cluniácea y por la orden de Cister o cisterciense (siglos X y XII, respectivamente).

    Los trabajadores. El grupo de los laboratores estaba formado por todos aquellos que no eran ni nobles ni clérigos y sus miembros podían pertenecer tanto al campo como a la ciudad. La división estamentaria se refería por lo general a los primeros, es decir, a los campesinos, quienes constituían la gran masa de la población medieval.

    Los campesinos podían estar sometidos a la jurisdicción de un noble o señor –caso en el que eran considerados como siervos– o ser libres y propietarios de pequeños terrenos, denominados alodios. En cualquier caso, ambos tipos de campesinos estaban obligados a pagar un décimo de lo producido –el diezmo– a la Iglesia y, en el caso de los siervos, debían prestar numerosos servicios personales y entregar parte de la cosecha al señor. Aunque en la mayoría de los casos su situación era precaria, en otras disfrutaban de cierta posición económica; además, los campesinos libres tenían personalidad jurídica ya que podían comprar, heredar y hacer donaciones.

    El feudalismo

    Estos grupos sociales se relacionaban entre sí mediante un sistema social con fuertes implicaciones económicas, políticas y militares: el feudalismo (sistema feudo-vasallático). Éste alcanzó su consolidación en Europa occidental entre los siglos XI y XIII para posteriormente comenzar un lento declinar; en Europa oriental, necesitada de colonos libres para su repoblación, el feudalismo y la servidumbre no fueron comunes hasta mucho más tarde.

    Gracias al incremento demográfico que se dio en Europa desde el siglo xi, las ciudades fueron poco a poco repoblándose y embelleciéndose. Esta tendencia la reflejaron los pintores de la época en cuadros como Una ciudad junto al mar, de Ambrogio Lorenzetti, que reproduce la imagen.

    La institución básica del feudalismo era el vasallaje. Éste era un juramento de fidelidad entre dos hombres libres que se hacía de forma solemne en una ceremonia denominada homenaje. El hombre que juraba fidelidad se convertía en vasallo del otro, a quien reconocía como su señor. El primero tenía la obligación de prestar auxilio militar y económico al segundo y no podía atentar contra sus bienes; como contrapartida, recibía protección y un medio para su subsistencia: el feudo.

    Un feudo era una porción de tierra que el rey o un miembro de la alta nobleza otorgaban a un hombre libre para que éste lo administrara e impartiera justicia en su nombre. A cambio, éste podía disfrutar de una parte de los beneficios económicos que aquella producía y mantener con ellos a su familia. Por lo general, el feudo estaba constituido por bosques, molinos, corrientes de agua, tierras de cultivo, etc., e incluía a los siervos que en habitaban en él y que no podían abandonarlo sin consentimiento de su señor. En caso de mal comportamiento o traición por parte del vasallo, el feudo podía ser recuperado por el rey y otorgado a otra persona, aunque lo usual fue que la tierra se incorporara al patrimonio de la familia, pasando en herencia de padres a hijos.

    Los grandes nobles –duques, condes y marqueses– que habían recibido su feudo directamente de manos del monarca, podían crear a su vez nuevos feudos y repartirlos entre sus familiares cercanos o aliados. Ello creó un complejo sistema de relaciones sociales y de parentesco entre los miembros de la nobleza, puesto que el matrimonio de dos de sus miembros podía cristalizar en la constitución de un gran feudo y, por tanto, en la obtención de numerosos ingresos económicos y un importante peso político.

    Una consecuencia de la concesión de feudos fue que la monarquía perdió progresivamente poder. La alta nobleza, a través de sus vasallos, creó importantes ejércitos personales con la justificación de que eran necesarios para ayudar al rey en caso de necesidad; sin embargo, muchas veces estas tropas privadas eran utilizadas en contra de los intereses del monarca, convirtiéndose los nobles en importantes protagonistas en las guerras civiles y otros conflictos internos. De ahí que a lo largo de la Plena y Baja Edad Media, las monarquías intentaran, por una parte, recuperar los feudos otorgados por sus antecesores y por otra, recaudar dinero y lealtades mediante la creación de vínculos feudo-vasalláticos con nobles que se mostrasen fieles a la causa real.

    El mundo urbano

    A partir del siglo XI las ciudades fueron recuperando población debido al aumento demográfico experimentado. El crecimiento natural de las poblaciones urbanas se vio incrementado también por la llegada de muchos campesinos que pretendían escapar de la servidumbre a la que estaban sometidos.

    Este renacimiento urbano se observó especialmente en el norte de Italia, Flandes y el norte de Alemania. En esas zonas, ciudades como Génova, Venecia, Florencia, Brujas o Lübeck se convirtieron en verdaderos motores económicos gracias al floreciente comercio que desarrollaban sus clases altas.

    La importancia económica de las ciudades provocó a su vez que las monarquías las apoyaran en su lucha contra la nobleza. Los reyes estaban interesados en recaudar impuestos de los burgueses (los habitantes de la ciudad) para financiar su corte y campañas militares; además, así negaban este tipo de recursos económicos a los nobles, sus rivales políticos. Gracias a ello, las ciudades fueron reuniendo distintos privilegios: órganos de gobierno independiente (concejos, municipios, magistraturas), instituciones culturales (universidades, como las de Bolonia, Oxford o París) o estructuras militares (murallas), etc.

    A finales de la Alta Edad Media, el resurgir económico y poblacional urbano permitió la creación de las primeras universidades europeas. La ciudad inglesa de Oxford, cuyo Colegio Christchurch se muestra en la imagen, se convirtió en uno de los recintos universitarios más destacados del momento.

    Con el tiempo, los grandes comerciantes se hicieron con el control del Ayuntamiento y conformaron un auténtico patriciado urbano. En algunos casos, estas familias lucharon entre sí por hacerse con el poder total e incluso, desvincularse del poder real y convertirse en ciudades-estado independientes. Éste fue el caso de algunas ciudades del norte italiano: nominalmente estaban bajo el control del Sacro Imperio Germánico pero en realidad, actuaban de forma autónoma e incluso combatieron al emperador (victoria de la Liga lombarda en Legnano, 1176). En el norte de Alemania, por otra parte, algunas ciudades como Lübeck, Hamburgo o Colonia formaron la Hansa, una asociación con objetivos mercantiles pero que patrocinó aventuras militares como la conquista y colonización del Báltico (s. XIV).

    Las actividades artesanales. Las ciudades eran el principal punto de fabricación de manufacturas. La producción estaba especializada y controlada por corporaciones denominadas gremios, asociaciones que aglutinaban a todas las personas que desarrollaban un mismo oficio: herreros, plateros, peleteros, pintores, etc. Cada gremio tenía sus propias reglas internas y regulaba la promoción de nuevos maestros –grado que se alcanzaba después de haber trabajado durante años como aprendiz y oficial–, la calidad de los productos, el precio de venta de las mercancías y las sanciones aplicadas a quienes no respetaban los reglamentos. Por lo general, cada uno de estos gremios se concentraba en un barrio de la ciudad, fundaba y mantenía una capilla en la catedral y se acogía a la protección de un santo.

    El renacimiento comercial. La recuperación demográfica de las ciudades y el aumento de la producción artesanal generó una reactivación de las grandes rutas comerciales. En este proceso, las ciudades mediterráneas como Barcelona, Génova, Nápoles y Venecia, o algunas situadas en el eje constituido por el mar del Norte y el Báltico como Hamburgo, Lübeck y Brujas, desempeñaron un papel de primer orden, ya que el transporte marítimo resultaba más barato que el terrestre. Por lo general, los grandes comerciantes establecían una sociedad temporal que fletaba los barcos y sus tripulaciones y las enviaban a distintos puertos del Imperio bizantino, del mundo islámico o de la propia Europa cristiana. Por su parte, el comercio por el interior del continente europeo se sirvió de los grandes ríos y encontró en la celebración de ferias anuales –como las de Champagne, en Francia– el mejor mecanismo de poner en contacto mercados y mercancías distintas.

    Fachada del Ayuntamiento de la ciudad alemana de Lübeck. En las inmediaciones del mar Báltico, Lübeck asentó su importancia económica en el comercio marítimo.

    En el Mediterráneo, los productos comercializados volvieron a ser, principalmente, los productos de lujo: de Oriente se importaban seda, especias, cosméticos, piedras preciosas y marfiles mientras que de África se obtenían esclavos, oro y marfil. En Europa del norte, por su parte, se inició un comercio de bienes básicos: grano de las llanuras polacas, madera y pieles de Escandinavia y lana de Castilla y las islas británicas. Las ciudades europeas, por su parte, se especializaban por regla general en la producción y comercialización de cierto tipo de productos: espadas en Toledo; paños en Amberes y Florencia. Todas estas actividades comerciales se vieron potenciadas por la acuñación y puesta en circulación de grandes cantidades de moneda, por la actividad de los prestamistas y banqueros así como por la invención o perfeccionamiento de instrumentos de pago como el cheque o las letras de cambio y la difusión de las sociedades comerciales.

    La religiosidad popular. El crecimiento de las ciudades y la gran cantidad de desposeídos que en ellas se congregaron fueron los factores que explican el surgimiento de nuevas organizaciones religiosas denominadas «órdenes mendicantes». A diferencia de las monásticas, éstas vivían de la limosna y tenían como principal objetivo difundir el mensaje cristiano entre los más desfavorecidos. Así, a principios del siglo XIII, san Francisco de Asís fundó la orden franciscana mientras que santo Domingo de Guzmán hizo lo mismo con la orden de los dominicos o de los Predicadores; a ellas se sumarían a lo largo del siglo XIII las órdenes del Carmen (carmelitas), san Agustín (agustinos) y la Merced (mercedarios).

    Viviendo de las limosnas, las órdenes mendicantes llevaron el mensaje cristiano a los sectores más humildes de la sociedad. Una de ellas, la de los dominicos, fue creada por santo Domingo de Guzmán, cuya figura, pintada por fra Angélico, reproduce esta imagen.

    El resurgir de la ciudad y de nuevos grupos sociales en los siglos XII y XIII fomentó el surgimiento de diversas manifestaciones religiosas. Estas cuestionaban la autoridad papal, el orden social establecido, la función de intermediarios que los clérigos se habían arrogado y las grandes riquezas atesoradas por la Iglesia. Estas críticas se articularon a menudo en nuevas doctrinas: tal era el caso de Pedro Valdo (1140-1217), quien predicaba un retorno a la pobreza originaria de Cristo; de Arnaldo de Brescia (muerto en 1155), quien lucharía por las libertades comunales o de los cátaros –conocidos también como albigenses–, que predicaban el dualismo, es decir, la idea de que el mundo se regía por los principios del bien y el mal que estaban en constante oposición.

    La expansión europea en la Plena Edad Media

    El dinamismo mostrado por la sociedad europea de la Plena Edad Media, visible en hechos como la recuperación demográfica o la revitalización del comercio, generó una serie de movimientos que sólo pueden ser definidos como «de expansión». Entre ellos se deben contar las diferentes cruzadas que, desde el 1095, fueron dirigidas contra Oriente Próximo y cuyo objetivo declarado fue la recuperación de los Santos Lugares (Jerusalén) y la ayuda a Bizancio contra la creciente presión turca. Movimientos similares fueron los de la mal llamada reconquista de los territorios ibéricos en manos del islam (al-Andalus) o de algunos enclaves mediterráneos (conquista normanda de Sicilia, 1057), las expediciones contra movimientos heréticos internos (cruzada albigense, 1209-1255) o la colonización de los territorios bálticos por parte de la Hansa y la orden Teutónica. A esto se le debe añadir algunos viajes (Marco Polo, Guillermo de Rubruck) que, si bien no tenían ningún objetivo militar, rompieron con el aislamiento típico de la Europa altomedieval.

    Los reinos cristianos de la península ibérica se unieron para expulsar al islam de sus territorios, en un largo proceso que recibió el nombre, hoy desautorizado, de reconquista. En la imagen, patio del alcázar de Sevilla, destacada ciudad de al-Andalus.

    En cuanto a las cruzadas, éstas fueron expediciones militares lanzadas contra el infiel –ya fuera el islam ibérico u oriental, ya fueran los paganos bálticos– pero impulsadas por otros muchos motivos. La Iglesia quería imponer su autoridad sobre los patriarcas ortodoxos de Constantinopla, separados del catolicismo tras el Cisma de Oriente (1054). Los monarcas europeos, a su vez, consideraron la ayuda contra el infiel una oportunidad de legitimar su poder y dirigir las energías de los nobles contra terceros; la nobleza, por su parte, veía en las expediciones militares una forma de ganar tierras, honores y riquezas.

    El pueblo llano, formado por la burguesía urbana y las clases bajas de la ciudad o el campo, también encontró razones suficientes para participar en estas aventuras. Los mercaderes italianos, especialmente venecianos y genoveses, se enriquecieron con el alquiler de barcos y venta de provisiones a los cruzados y con las conquistas realizadas en Palestina ya que éstas facilitaban el acceso a las rutas comerciales de Oriente. El interés comercial incluso llevó a redefinir el objetivo de algunas expediciones y lanzar a los cruzados no contra el infiel sino contra el propio Imperio bizantino (cuarta cruzada, 1204). Las clases bajas también participaron en las cruzadas, convirtiéndose en protagonistas de algunas de ellas (cruzadas de los pobres, 1096), impulsados por la nueva religiosidad popular y la búsqueda de la expiación de los pecados.

    Entre finales del siglo XI y comienzos del XIII los reinos cristianos lanzaron cuatro expediciones militares contra los infieles de oriente conocidas como cruzadas. En la imagen, representación de la toma de Antioquía, que se llevó a cabo durante la segunda cruzada.

    El balance general de las cruzadas no es ni positivo ni negativo. Las dirigidas contra Oriente Próximo fueron claramente un fracaso pues sólo consiguieron alcanzar sus objetivos temporalmente, como lo demuestra la caída de Constantinopla en manos turcas en 1453. En otros casos, como la península ibérica, Sicilia o la región báltica, fueron, en contrapartida, un evidente éxito ya que esos territorios fueron definitivamente ganados por Europa. A pesar del contraste entre unas y otras iniciativas, se puede considerar que las cruzadas no fueron sino el inicio de una fase que establecería el dominio europeo en gran parte del mundo a partir del siglo XV. Es cierto que Europa todavía tendría que hacer frente a algunas invasiones y amenazas (incursiones mongolas, s. XIII; invasiones turcas, s. XV) pero éstas apenas repercutieron en el occidente europeo.

    La crisis de los universalismos

    Desde tiempos de la coronación de Carlomagno, se planteó en Europa un intenso debate político, jurídico y teológico entre el papado y el imperio a propósito de quién debía ser la cabeza de los príncipes europeos.

    Los emperadores alegaban que a ellos les correspondía tal supremacía, puesto que eran los sucesores de sus predecesores romanos. Los papas, por su parte, justificaban que como sucesores de san Pedro y representantes de Dios en la tierra, debían ser ellos quienes ostentasen la cabeza visible del pueblo cristiano; además, alegaban en su favor la propia vocación universalista que había acompañado a la Iglesia desde sus orígenes.

    Aunque algunas importantes ciudades de Oriente cayeron bajo el poder de los cruzados, poco tiempo después volvieron a pasar a manos de los musulmanes. Constantinopla, de la que la imagen muestra un cuadro alusivo a su conquista obra del francés Eugène Delacroix, fue una de las más representativas.

    La lucha entre ambas instituciones fue larga y compleja y alcanzó su punto más importante durante la llamada «querella de las investiduras» (1075-1122). El papa Gregorio VIII (1073-1085) se enfrentó con el emperador Enrique IV (1084-1106) por el privilegio de nombrar o «investir» a las altas dignidades eclesiásticas (obispos y arzobispos); este conflicto se continuaría por sus respectivos sucesores.

    Una de las consecuencias más graves de la querella de las investiduras fue el cisma de Avignon, por el que los papas abandonaron su sede de Roma y se trasladaron a esa ciudad francesa. Allí levantaron el espléndido palacio papal que se muestra en la fotografía.

    El enfrentamiento se vivió con mayor intensidad en la actual Alemania y la península italiana, sedes respectivas del imperio y el papado, y fue aprovechado por las ciudades para intentar alcanzar mayores grados de autonomía. Asimismo, el conflicto se unió en Italia a las luchas entre las clases populares (popolo minuto) y la aristocracia mercantil (popolo grasso) por hacerse con el poder del concejo o municipio.

    Ilustración de una batalla naval durante la Guerra de los Cien Años. Este conflicto enfrentó a Francia e Inglaterra por las posesiones que ésta tenía en suelo francés.

    Estos problemas provocaron el abandono progresivo de los universalismos. La Iglesia tuvo que aceptar la protección de las monarquías nacionales, las cuales podían defenderla de cualquier ataque. El imperio, por su parte, tuvo que renunciar a sus intenciones de liderar a la cristiandad e incluso, a crear una monarquía fuerte en sus territorios: las ciudades italianas y alemanas siguieron reconociendo al emperador pero sin ceder ninguno de los derechos conquistados.

    La Baja Edad Media

    A partir de la llamada Baja Edad Media (siglos XIV-XV), Europa entró en crisis. Se trató de una fase de ajustes y reestructuraciones ante los cambios producidos en el periodo anterior y los problemas que ello conllevaba. Así, el crecimiento urbano estuvo en muchos casos acompañado del hacinamiento de las clases populares; las condiciones insalubres en las que vivían facilitaron la expansión y alta mortandad originada por la peste de 1348. Por su parte, la querella de las investiduras debilitó al papado y lo dejó en manos de los príncipes europeos (Cisma de Avignon, 1378-1417). Éstos, por su parte, persiguieron consolidar sus monarquías, luchando contra la nobleza y enfrentándose a menudo entre ellos con el objetivo de unificar sus territorios (Guerra de los Cien Años, 1346-1452). Estas crisis, en cualquier caso, no fueron permanentes y además, sirvieron para demostrar el dinamismo de la propia sociedad europea; al fin y al cabo, la Baja Edad Media coincidió en el tiempo con uno de los momentos artísticos y culturales más importantes de su historia: el Renacimiento.

    El lento fortalecimiento de las monarquías

    A partir del siglo XIII, las diferentes monarquías europeas ganaron terreno a la nobleza. Este proceso fue posible gracias al apoyo de las ciudades y al incremento de los recursos económicos del Estado (impuestos, burocracia). Como forma de derrotar a la nobleza, las monarquías buscaron además la sustitución de las relaciones personales feudales por otras de carácter jurídico basadas en la promulgación de códigos legales. Todo este proceso se justificó mediante la vinculación de los monarcas con lo religioso y especialmente los santos (Santiago en España, san Luis en Francia), así como con la ostentación del poder real ante el pueblo. Todas estas medidas significaron una lenta transformación de las estructuras políticas europeas de tal forma que se puede hablar del paso de los reinos feudales a los Estados feudales. Los casos más representativos de esta evolución fueron Francia e Inglaterra y, en menor medida, la península ibérica.

    La nobleza, en cualquier caso, siguió gozando de poder y prestigio. Muchos nobles se incorporaron a la corte real como consejeros, se convirtieron en generales de los ejércitos reales o ejercieron actividades comerciales. En algunos casos, su posición económica les permitió financiar importantes obras artísticas (mecenazgo) que mejoraban su imagen ante la sociedad.

    El proceso de fortalecimiento de las monarquías no transcurrió de forma pacífica. En primer lugar, muchos nobles se opusieron al recorte de sus privilegios feudales y no dudaron en oponerse abiertamente al poder real en busca de obtener garantías (Carta Magna inglesa, 1215) o intervenir en conflictos sucesorios (guerra civil castellana, 1351-1369; Guerra de las Dos Rosas, 1454). Por otra parte, las complejas relaciones feudales dieron a veces como resultado el conflicto entre monarquías, como fue la Guerra de los Cien Años (1346-1452), protagonizado por los monarcas de Inglaterra (vasallo) y Francia (señor). También en este sentido hay que entender el llamado Cisma de Avignon (1378-1417) que provocó la existencia de varios papas a la vez así como el traslado temporal del papado desde Roma a la ciudad francesa que dio nombre a este cisma.

    La peste negra y sus repercusiones

    El primer tercio del siglo XIV fue una época de malas cosechas producidas por alteraciones climáticas –lluvias torrenciales, sequías, aumento de la temperatura– que provocaron el aumento del precio del grano y una hambruna generalizada. Sobre una población mal alimentada, sin las condiciones higiénicas adecuadas, cayó, en el año de 1348, una terrible epidemia: la peste negra. Los efectos de la peste y sus brotes posteriores (1360, 1371) fueron letales, especialmente para las poblaciones urbanas, en donde murieron dos tercios de sus habitantes. Esta mortandad, a la que habría que sumar la producida por la Guerra de los Cien Años, haría que la población europea descendiera de 73 millones en 1300 a unos 45 millones en 1400.

    Ante el creciente poder de la nobleza, el rey inglés Juan sin Tierra, representado en la imagen durante una cacería, se vio obligado a promulgar la Carta Magna.

    Las consecuencias de la crisis demográfica fueron varias. En primer lugar, disminuyó el número de campesinos, con lo que la producción agrícola descendió y provocó una gran carestía. Esto a su vez, llevó a los señores feudales a ver reducidos sus ingresos, pérdidas que intentaron limitar mediante el aumento de los impuestos y cargas sobre los supervivientes, lo que provocaría numerosas revueltas populares (jacquerie francesa, 1358).

    Esta intranquilidad se reflejó también en las ciudades. La crisis demográfica había reducido la demanda por lo que artesanos y comerciantes atravesaron por un periodo de dificultades económicas. Esto, se reflejó en los salarios de los trabajadores que, a menudo, se organizaron y protagonizaron revueltas urbanas (Florencia, 1358; Gante, 1379). En algunos casos, esta violencia fue utilizada por las oligarquías e instituciones urbanas: los gremios intentaron alcanzar el poder en ciudades como Lieja o Colonia, mientras que los nobles «azuzaron» a las masas contra las comunidades judías como forma de debilitar el poder real o de otros competidores nobiliarios. En Alemania se produjeron importantes pogromos o persecuciones entre 1348 y 1350, justo cuando la peste atacó con más fuerza a Europa y en un momento en que las casas nobiliarias de Luxemburgo y Wittelsbach luchaban por hacerse con el poder en el imperio.

    En 1348 una terrible epidemia, conocida como peste negra, diezmó la población europea. El tema de la muerte se convirtió entonces en un asunto recurrente para los pintores de la época.

    Las desgracias del siglo XIV generaron a su vez nuevas formas de religiosidad popular. Las órdenes mendicantes habían hecho un gran esfuerzo por acercar la vida religiosa a los laicos y muchos de ellos encontraron en la pertenencia a cofradías o en las donaciones piadosas un vehículo de expresión religiosa. Otras personas buscaron expresar sus sentimientos mediante manifestaciones externas de tinte dramático: tal fue el caso de los grupos de flagelantes que azotándose públicamente, pedían el perdón divino. Las órdenes monásticas, por su parte, iniciaron procesos de reforma en los que se abogaba por el cumplimiento de las reglas y constituciones y por una vuelta a los principios evangélicos. Muchos de estos movimientos reformistas no serían sino el inicio del protestantismo surgido en el siglo XVI.

    Cronología

    Cronología de la Edad Media en Europa.